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Curupayty (batalla)

Francisco Solano López nunca había realmente pensado en un acuerdo negociado con Mitre y, pese a ello, se sentía desilusionado. Sus espías e informantes en Montevideo y Buenos Aires afirmaban que la opinión pública en las provincias de abajo ya se había tornado contraria a la guerra y muchos políticos clamaban por el fin de las hostilidades. Pero ello no hizo diferencia, ya que en el punto sobre el cual el mariscal no podía hacer concesiones -su propia renuncia y exilio voluntario- el general Bartolomé Mitre se había mostrado inflexible.

En el momento en que el mariscal rechazó las inalterables condiciones de Mitre, pronunció la sentencia de muerte de una generación de sus compatriotas. Aun así, uno tiene la impresión de que el líder argentino, experto como era en el arte de la táctica política, debió haber encontrado alguna forma de ofrecer a López concesiones más amplias. En esto, Mitre claramente fracasó; y la guerra continuó.

Cualesquiera que hubiesen sido las intenciones al llamar a una reunión con los líderes aliados, el mariscal había usado bien su tiempo. Detrás de las líneas, en Curupayty, los paraguayos habían emplazado ocho cañones de 68 libras en plataformas elevadas, cuatro dominando los acercamientos desde el río, dos dirigidos hacia el campo y los otros dos listos para disparar tanto hacia el agua como hacia la tierra.

Ubicaron cuarenta y un cañones menores (incluyendo dos lanzadores de cohetes y cuatro cañones previamente capturados de Flores) en ventajosos intervalos a lo largo del perímetro. Dirigidos por Wisner y Thompson, los paraguayos habían trabajado día y noche cavando varias zanjas no muy profundas y una importante trinchera de dos metros de hondo y 3 de ancho(1).

(1) Carlos M. Urien. “Curupayty. Homenaje a la memoria del teniente general Bartolomé Mitre en el primer centenario de su nacimiento” (1921), pp. 53-4, Buenos Aires; ver también: teniente coronel Enrique Jáuregui. “Curupaity”, en el diario “La Nación” (Buenos Aires), del 23 de Septiembre de 1916. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Una fina, pero inquietante franja de abatís completaba las formidables obras que protegían 2.000 metros del frente desde la vera del río hasta laguna López. La ubicación de los cañones y la profundidad de la laguna hacían imposible para los aliados rodear a los paraguayos por la izquierda, como habían hecho en Curuzú, por lo cual no les quedaba otra opción que un peligroso ataque frontal.

Cuando comenzaran ese asalto, encontrarían pesados cañones esperándolos, junto con 5.000 soldados, en siete batallones de infantería, tres regimientos de caballería y cinco de artillería, todos coordinados y comandados por el temible general Díaz(2).

(2) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, pp. 214-5 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Era una potente combinación. Había llovido fuertemente varias veces desde el 12. Primero, unas pocas gotas, grandes y pesadas; luego, un repiqueteo metálico, como un redoble de tambores, seguido de repente por un torrente de agua.

Un oficial brasileño maldijo los efectos de tanta lluvia. El campamento, observó, había tomado el aspecto de una fosa de lodo con los soldados, con sus pantalones arremangados hasta las rodillas, deslizándose y resbalándose de un lado a otro en el fango, tratando de encontrar sus carpas en medio de la enceguecedora precipitación(3).

(3) Joaquim Silveiro de Azevedo Pimentel. “Episodios Militares” (1978), p. 99. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Dado que todos tenían su pólvora mojada y que prácticamente no se había hecho ningún trabajo del lado aliado, Flores, Pôrto Alegre, Polidoro y los comandantes subordinados estaban seguros de que el enemigo tampoco podía haber progresado en la construcción de trincheras en Curupayty. Además, con 18.000 hombres a su disposición (11.000 brasileños y 7.000 argentinos y uruguayos), los comandantes aliados tenían razones para sentirse confiados. Avanzarían a través de las defensas paraguayas y tomarían Humaitá, quizás el mismo día.

El ataque estaba originalmente programado para el 17 de Septiembre de 1866. La Armada supuestamente estaba relamiéndose y acababan de desembarcar en Curuzú el primer y el segundo cuerpos argentinos(4).

(4) Cándido López inmortalizó el arribo de los dos cuerpos argentinos con un lienzo en 1891, que bautizó “Desembarco del ejército argentino frente a las trincheras de Curuzú, 12 de septiembre de 1866”, que puede ser visto en el Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires. En sus notas, López recordó cuán difícil fue realizar esta marcha de noche, con el terreno lleno de hormigueros y cuerpos semimomificados de muertos paraguayos. Ver: Franco María Ricci. “Cándido López. Imágenes de la guerra del Paraguay” (1984), p. 148, Milán. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El comando aliado ya había preparado un plan detallado. Preveía que la flota forzara su paso río arriba hasta un punto opuesto a Curupayty y que luego lanzara un bombardeo general para reducir las baterías enemigas como preludio a un asalto por tierra. Las fuerzas terrestres, organizadas en cuatro inmensas columnas de tamaño más o menos similar, presionarían simultáneamente. Una unidad más pequeña de francotiradores sería enviada a través del río al Chaco para ayudar al batallón de zapadores ya dispuesto en esa área en el fuego de cobertura.

Al sur, la artillería de Polidoro vertería todavía más fuego para desalentar un posible envío de refuerzos desde el Bellaco por parte del mariscal mientras, a su derecha, Flores lanzaría una maniobra de flanqueo para desviar la atención de los paraguayos del avance principal desde Curuzú. Si las cosas salían bien, ambos comandantes podrían variar su papel de apoyo e incorporarse al ataque general. Si, como se esperaba, los aliados gozaban de una ventaja de número de cuatro a uno, podrían barrer las obras enemigas con mínimas pérdidas(5).

(5) “Plan detallado de las operaciones que se efectuarán para atacar Curupayty, las que serán iniciadas por la Escuadra y completadas por las fuerzas de tierra [...] Curuzú, 16 de Septiembre de 1866”, en Archivo del coronel, doctor Marcos Paz, tomo 7: 24951; ver también “Ofício confidencial do Almirante Tamandaré [?] ao Marqués de Paranaguá”, a bordo del vapor ‘Apa’, Curuzú, 28 de Octubre de 1866, en el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, lata 314, pasta 19, Rio de Janeiro; y Juan Beverina. “La Guerra del Paraguay. 1865-1870 (Resumen Histórico)” (1973), pp. 236-8. Ed. Círculo Militar, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tamandaré había anunciado inicialmente que estaba listo, pero se excusó la mañana del 17 alegando la inclemencia del tiempo. El corresponsal de guerra de “The Standard” consideró esta decisión como otro ejemplo más de ineptitud o pusilanimidad: ninguna batalla en absoluto, gracias al almirante Tamandaré. El almirante había firmado el plan de ataque [...] Estaría todo bien si hubiera mantenido su palabra pero, como la mañana estaba brumosa, el primer pretexto fue ‘que las cubiertas de los barcos estaban demasiado húmedas para permitir las maniobras’; más tarde, a la hora acordada, el almirante envió a decir ‘que el clima estaba demasiado amenazante’ [...] Si no fuera por el almirante, el plan se habría llevado a cabo(6).

(6) “The Standard” (Buenos Aires), 27 de Septiembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Uno puede entender la frustración y el desprecio del corresponsal anglo-argentino. Tamandaré ocasionalmente era inepto, pero podía merecer más reprimenda por exceso de precaución que por negligencia en ejecutar órdenes. Sin duda estaba más atento a las necesidades de sus hombres en la flota que a las de los infantes aliados en tierra y, esto, le costó cada onza de su respeto.

Las intimaciones de cobardía que le dirigía la prensa, sin embargo, eran injustas. Tamandaré había estado, sin vacilaciones, bajo fuego muchas veces. Dieciocho años antes, siendo un joven Capitán al comando de la fragata “Dom Affonso”, arriesgó su propia vida para salvar a 396 pasajeros y tripulantes del barco americano “Ocean Monarch”, que se había prendido fuego en el puerto de Liverpool. El almirante podía ser un aliado difícil, pero no era un cobarde(7).

(7) Antonio da Rocha Almeida. “Vultos da Pátria” (1961), tomo 1, p. 150, Rio de Janeiro; el ministro brasileño en Londres, remitió 100 libras esterlinas a tripulantes del “Dom Affonso” como recompensa por su coraje en el incidente, pero los marineros insistieron en que el dinero les fuera entregado a los sobrevivientes del “Ocean Monarch”, muchos de los cuales habían quedado arruinados por el desastre. La reina Victoria recompensó posteriormente a Tamandaré con un cronómetro de oro e incrustaciones de piedras preciosas con una inscripción en testimonio por la admiración de su Gobierno por “la gallardía y humanitarismo demostrados en el rescate de muchos súbditos británicos en un siniestro”. Ver: J. Arthur Montenegro. “Framentos Históricos. Homens e Factos da Guerra do Paraguay” (1900), pp. 85-7, Rio Grande. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esto, por supuesto, significaba poco para los argentinos. Su segundo Cuerpo ya había llegado a 500 metros de las líneas del frente paraguayo y estaba preparado para atacar a pesar de la lluvia. Mientras esperaba la orden, el general Emilio Mitre, comandante del Cuerpo y hermano del presidente, se acomodó la gorra hacia atrás y bebió varios sorbos de coñac de su cantimplora(8).

(8) Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), tomo 2, pp. 119-20 (dos volúmenes). Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Luego, con su poncho empapado por la lluvia, el ataque fue abortado.

Del otro lado, sin que los aliados lo notaran, los paraguayos habían seguido cavando incluso en la peor parte de las lluvias. Durante tres días seguidos de mal tiempo, prepararon posiciones de tiro más elevadas junto con polvorines de ladrillos de barro y vigas de madera. Acarrearon grandes cantidades de arena desde la orilla del río y la usaron para reforzar las márgenes de las trincheras más alejadas. Los hombres no durmieron, ni siquiera una siesta de vez en cuando apoyados contra las fangosas paredes de la trinchera para tratar de olvidar sus labores; cualquier soldado que flaqueaba, recibía un rápido golpe de uno de sus camaradas. Fue un esfuerzo sobrehumano(9).

(9) Juan E. O’Leary. “Nuestra Epopeya (Guerra del Paraguay. 1864-70)” (1919), pp. 172-3, primera parte (dos volúmenes). Ed. La Mundial, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Y cuando López envió a Thompson a una inspección de último minuto, la noche del 21 de Septiembre, el coronel pudo reportar que los hombres acababan de completar la sección final y que ahora estaban listos para repeler cualquier ataque(10). El general Díaz, quien había hecho una inspección él mismo, fue a Paso Pucú esa misma noche y enfáticamente corroboró la opinión de Thompson en una conversación con López(11).

(10) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 178. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres, y teniente primero Antonio E. González. “Curupayty”, manuscrito inédito en la Biblioteca Nacional de Asunción-CJO.
(11) O’Leary caracteriza la exitosa construcción de las trincheras como un “exclusivo trabajo del genio de Díaz”, elevando al ex Jefe de Policía al nivel de un competente ingeniero militar. Esta evaluación, aunque inspirada en un loable patriotismo, es difícil de fundamentar en hechos y evidencia. Thompson y Wisner tenían experiencia práctica como constructores, mientras que Díaz no tenía ninguna. Aun así, el general entendió cómo extraer el máximo esfuerzo de sus hombres, una habilidad que los paraguayos describen como saber mandar. Casi con seguridad, sus soldados no habrían hecho un sacrificio similar por pedido del británico Thompson o el húngaro Wisner. Díaz, por lo tanto, sí merece reconocimiento, aunque las trincheras de Curupayty (con todas sus debilidades y fallas de diseño) no deberían contar como “el pedestal de granito de su fama”. Ver: Juan E. O’Leary. “Nuestra Epopeya (Guerra del Paraguay. 1864-70)” (1919), pp. 173-4, primera parte (dos volúmenes). Ed. La Mundial, Asunción.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El mariscal, quien había estado enfermo en cama con problemas estomacales, se reanimó ante estas noticias y, secundado por Madame Lynch, se manifestó ansioso, incluso entusiasmado, por la lucha que se avecinaba.

Un sentimiento muy distinto permeaba el campamento de Curuzú, al menos entre algunos oficiales veteranos. Ningún argentino había perdonado la vacilación de Tamandaré. El presidente Mitre, pensativo como de costumbre, no olvidaba que le había concedido a Pôrto Alegre dos semanas para obtener un progreso sustancial a lo largo del río. Aunque el barón había conseguido tomar Curuzú, el que no hubiera avanzado más allá de ese punto debería significar un retorno a la estrategia original de flanquear a los paraguayos en Estero Bellaco o, al menos, así lo pensaba Mitre.

Tamandaré y Pôrto Alegre, sin embargo, estaban convencidos de la inutilidad de ese enfoque previo y ahora persistían en considerar Curupayty como el punto más débil del enemigo. Siguiendo el principio aceptado de Jomini, argumentaban que había que golpearlo en forma decisiva con el grueso del ejército aliado, cuanto antes mejor.

Los dos comandantes brasileños sólo tenían que convencer a don Bartolo de continuar con el esquema. Creían que el General había perdido tiempo en cuestiones pequeñas en el pasado y se había cerrado deliberadamente a los buenos consejos. Nunca había sido un buen aliado. Esta vez, no obstante, se sentían seguros de que Mitre haría lo correcto.

Un factor que jugaba a su favor era la presencia en el campamento del consejero Francisco Octaviano, un diplomático profesional que, un año antes, había servido como ministro plenipotenciario del Imperio en las negociaciones de la Triple Alianza. Al igual que el presidente argentino, Octaviano era un hombre culto y sofisticado, un poeta y un experto en Derecho Internacional. Antes que promover estrategias militares él mismo, el consejero había preferido acentuar su buena fe como buen amigo de los liberales porteños; esto, señalaba, le daba derecho a actuar como un desinteresado partidario del ataque a Curupayty.

Mitre, correctamente, leía todo esto como parte de un juego político, pero como había perdido algún terreno frente a sus oficiales brasileños desde las fracasadas negociaciones con López, no tenía sentido continuar ahora con el teatro. Personalmente, consideraba a Tamandaré, Pôrto Alegre y Octaviano como infantiles e incluso idiotas en su conducta, y así lo decía en su carta del 13 de Septiembre a su ministro de Relaciones Exteriores(12).

(12) Mitre a Rufino Elizalde, 13 de Septiembre de 1866, en: Francisco Doratioto. “Maldita Guerra (Nova história da Guerra do Paraguai)” (2002), p. 229. Companhia das Letras, São Paulo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pese a ello, los tres brasileños podían estar en lo correcto. Actuando en equipo, consiguieron desvanecer los restos de dudas que pudieran persistir en el Comandante en Jefe, quien anunció su apoyo incondicional. Dado que Mitre ya se había asignado él mismo el comando general del ataque una semana antes, necesitaba expresar un compromiso con el plan o quedar como un tonto cuando tuviera éxito. También tenía que tomar en cuenta cuestiones de política doméstica. Con el crecimiento de la facción autonomista en las recientes elecciones en Buenos Aires, el respaldo a la alianza había comenzado a declinar entre los porteños(13).

(13) El vicepresidente Marcos Paz, actuando en nombre de Mitre, hizo aprobar el 13 de Septiembre de 1866 una ley en el Congreso que autorizaba a otorgar una medalla de agradecimiento a aquellos miembros de la Guardia Nacional Argentina que hubieran servido al menos seis meses en la campaña contra el Paraguay. Aunque ningún senador utilizó la sesión para articular sentimientos antibélicos, la discusión fue apática y finalmente se enredó en el debate sobre si en la medalla se debía leer “las armas de la patria” o “las armas de la república”. Si bien los senadores finalmente adoptaron esto último (doce votos contra siete), queda la impresión de que habrían preferido estar discutiendo sobre exportaciones de sebo. Ver: Congreso de la Nación Argentina. “Diario de Sesiones de la Cámara de Senadores (1866)” (1893), pp. 427-30, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Un triunfo sobre López podría dar un fuerte impulso a sus seguidores liberales y poner a sus rivales en la Capital a la defensiva. No sólo quería una victoria en Curupayty, la necesitaba. Sus subordinados argentinos tenían mucha menos confianza en el plan de batalla. La noche del 21 de Septiembre, el capitán Francisco Seeber tomaba mate con un pequeño grupo de camaradas oficiales que incluía al capitán José I. Garmendia, al mayor Ruperto Fuentes y al coronel Manuel Roseti.

Este último tenía las maneras de un verdadero aristócrata. De hecho, era el vástago de una rica familia de inmigrantes italianos y había ingresado al ejército en los 1850 contra los deseos de sus parientes. Roseti era un hombre erguido, modesto y jovial, pero esa noche su rostro estaba ensombrecido por lúgubres pensamientos:

Camaradas [murmuró] mañana vamos a ser derrotados. Los paraguayos están fuertemente atrincherados, con cincuenta cañones.
“[Su] frente está defendido por troncos espinosos. El terreno es, en su mayor parte, pantanoso, los lechos profundos y las trampas empinadas.
Nuestra artillería es débil e insignificante. Las posiciones enemigas no han sido suficientemente reconocidas y, sobre todo, [nadie] se ha molestado en construir una línea paralela de trincheras para permitirnos aproximarnos [a los paraguayos con esperanza de un número aceptable de] bajas.
La flota no puede actuar con eficacia, porque las barrancas del río son demasiado altas. Tengo una premonición de que estaré entre los primeros en caer con una bala en las tripas y ya le he dicho al mayor Fuentes que esté listo para reemplazarme(14).

(14) Francisco Seeber. “Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866” (1907), pp. 157-8. Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires; Garmendia, más tarde escribió un conmovedor elogio de Roseti que apareció en “La cartera del soldado (bocetos sobre la marcha)” (2002), pp. 69-74, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

A las 05:30, las columnas comenzaron a moverse hacia el norte de manera lenta y ordenada. Las tropas avanzaban en líneas majestuosas, como olas en una playa. Para eludir los esteros, sin embargo, pronto se vieron obligadas a tomar rutas sinuosas. El terreno pantanoso no les permitía usar caballos y ni los brasileños ni los argentinos podían mover su artillería con facilidad, ya que casi no tenían bueyes para ayudarlos en la tarea.

Los soldados prosiguieron en silencio hasta que, a las 07:00, se detuvieron y se agacharon en el momento en que las salvas de la flota cortaron el aire frente a ellos. Los paraguayos replicaron de inmediato con una ronda de descargas simultáneas que estremecieron los árboles aledaños con un trueno “de lo más terrible y sobrenatural(15). Tamandaré continuó disparando, imaginando confiadamente que sus bombas habían barrido muchas de las defensas enemigas(16).

(15) Periódico “The Standard” (Buenos Aires), del 11 de Octubre de 1866.
(16) Tamandaré había fanfarroneado, diciendo que destruiría las obras paraguayas en dos horas y esta afirmación, “Amanhã descangalharei tudo isso em duas horas”, ha entrado en el folclore de la guerra como un clásico error de cálculo. Fue repetida por Garmendia en sus “Recuerdos de la guerra” (pp. 214-5) y también por el popular novelista argentino Manuel Gálvez quien, escribiendo a mediados de los 1920, eficazmente reflejó no sólo la visión errónea del almirante, sino la de la mayoría de los oficiales imperiales navales de la época. Ver: Manuel Gálvez. “Humaitá, escenas de la guerra del Paraguay”, p. 62. Editorial Tor, (Buenos Aires, sin fecha).
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pero las barrancas de tres metros a lo largo del río le impedían divisar el grado de destrucción que provocaban sus cañones. Además, una fortificación vertical podía ser volada en pedazos, pero disparar contra las trincheras equivalía a golpear una almohada con un puño cerrado.

Dada la probable trayectoria de sus cañones, el almirante tenía que concentrar su flota cerca de la margen derecha del Paraguay si quería hacer algo más que disparar por encima de las baterías enemigas. Al final, sólo una de sus bombas hizo algún daño -una bala de 150 libras que alcanzó una sola batería paraguaya, partió por la mitad un cañón de 8 pulgadas y mató al desafortunado mayor Albertano Zayas, que apenas el día anterior había sido liberado de un arresto para tomar parte en la acción(17).

(17) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 217 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. Ver también: E. A. M. Laing. “Naval Operations in the War of the Triple Alliance. 1864-70” (1968), en: “Mariner’s Mirror”, Nro. 54, passim, de la “The Society for Nautical Research”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Durante las siguientes cuatro horas, la flota remontó el río e intentó enfrentar a los paraguayos. Ignorando el peligro de los “torpedos”, dos de los ocho acorazados pasaron por las principales posiciones enemigas, cortaron las cadenas con bombas que les habían puesto como obstáculos y anclaron detrás de la batería, pero ni aún así podían ver mejor que los otros barcos.

Una enorme nube de humo dominaba la escena y los cañoneros brasileños suponían que estaban causando una extensa devastación detrás de ella. Observadores aliados en tierra más tarde censuraron a los hombres de la Armada por su supuesta timidez, pero en este momento era fácil constatar la falsedad de tal acusación.

Los paraguayos cambiaron bomba por bomba y nunca aflojaron. Antes de que el duelo concluyera, pesados proyectiles golpearon cincuenta veces el “Brasil”, once el “Tamandaré”, trece el “Barroso”, quince el “Lima Barroso”, diecinueve el “Bahia” y tres el “Parnahyba”(18). Los hombres a bordo de estos barcos enfrentaron su cuota de terror y realizaron su tarea pese a ello. Treinta y tres murieron(19).

(18) Ver: “Partes dos comandantes de Divisão de Navíos” (23 de Septiembre de 1866), en: “Diário do Rio de Janeiro”, 7 de Octubre de 1866; “Sobre el combate del 22 de Septiembre”, en “El Pueblo” (Buenos Aires), del 13 de Octubre de 1866; y Theotonio Meirelles. “A Marinha da Guerra Brasileira em Paysandu e durante a Guerra do Paraguay. Resumos Históricos” (1876), pp. 150-2, Rio de Janeiro.
(19) Informe del almirante Tamandaré, a bordo del vapor “Apa”, Curuzú, 24 de Septiembre de 1866, en “O Diário do Rio de Janeiro”, del 6 de Octubre de 1867; y “El Siglo” (Montevideo), del 17 de Octubre de 1866.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Alrededor de las 11:00, Tamandaré decidió poner fin a la descarga. Había disparado 5.000 bombas, muchas de las cuales fueron recobradas y reutilizadas por los paraguayos(20). Tras consultar su reloj de bolsillo, izó la bandera roja, luego la blanca, luego la azul en señal de misión cumplida, más una expresión de deseo que de realidad(21).

(20) Juan E. O’Leary. “Nuestra Epopeya (Guerra del Paraguay. 1864-70)” (1919), pp. 183, primera parte (dos volúmenes). Ed. La Mundial, Asunción. Thompson remarcó que las balas de Whitworth y las bombas de percusión disparadas por la flota, eran “tan hermosas que habría sido casi un consuelo ser muerto por una”. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 181. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.
(21) Esta señal y todas las otras que los aliados desplegaron en Curupayty son discutidas in extenso en “Comando en Jefe del Ejército. Historia de las comunicaciones en el Ejército Argentino” (1970), pp. 103-6, Buenos Aires (basado en documentos no identificados en el Museo Mitre, Buenos Aires). En su reporte inicial al ministro naval, Tamandaré pasó por alto su propio fracaso en Curupayty, señalando solamente que su flota mantuvo vivo el fuego contra las baterías paraguayas por tres horas antes de que avanzaran las fuerzas terrestres. Ver: Tamandaré al Ministro Naval, Río Paraguay, 22 de Septiembre de 1866, en Arquivo Tamandaré. Serviço Documental Geral da Marinha (Rio de Janeiro).
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El bombardeo desde el río cesó abruptamente. Pasaron unos pocos minutos y la artillería argentina abrió fuego sobre Curupayty desde el sudeste. De nuevo, el humo ocultó el hecho de que la mitad de las bombas se había quedado corta y las demás habían hecho poco daño. A mediodía, cuatro grandes columnas aliadas de nuevo avanzaron en formación al son de tambores y trompetas(22).

(22) Muchos estudiosos y comentaristas, incluyendo a Centurión, Godoi, Leuchars, Kolinski y Carlos Urien, aludieron a las trompetas y los tambores en el inicio del asalto aliado, pero el testigo Cándido López afirmó que tales reportes estaban muy mal informados; notó en cambió que “apenas un clarín se escuchó entre las formaciones abiertas e [...] incluso la marcha desde el campamento transcurrió en silencio, sin música”. Ver notas de López en: Franco María Ricci. “Cándido López. Imágenes de la guerra del Paraguay” (1984), p. 154, Nro. 1, Milán. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Era un día brillante de primavera y las tropas se habían vestido con sus uniformes de parada. Lucían espléndidas en un alarde de colores fácilmente visible en contraste con el fondo del verde tropical; los blancos pantalones, las túnicas caquis y azul marino, abriéndose paso en el lodazal como en un desfile imposible. Los soldados tenían poco más de un kilómetro de marcha hasta su objetivo y, a medida que se acercaban, cada uno lanzaba su grito de batalla, un triunfante, casi festivo sonido que correntinos y paraguayos llaman sapukái.

Eran altos, entusiastas y unánimes. A diferencia de Roseti, estos hombres no entendían lo que estaban enfrentando. Tenían pocas dudas acerca de su misión y ningún oficial les había advertido de ningún peligro extraordinario. Por lo tanto, en cada corazón latía un sentimiento de confianza de que con este último, extremo esfuerzo, la victoria largamente buscada finalmente llegaría.

A la derecha, las tropas de la primera columna brasileña se sentían fastidiadas por tener que marchar a través de altos pastizales y arbustos cerca del río. El barón de Pôrto Alegre, quien poseía tanto coraje personal como el muy añorado Osório, había insuflado entusiasmo en sus hombres para la pelea, no para arrastrarse entre el follaje. Veían que el campo era abierto bien a la derecha, tanto que sus aliados argentinos podían obtener la victoria sin ensuciarse las botas.

En batalla, las emociones y la percepción fluctúan casi constantemente. Curupayty no fue la excepción, ya que la vegetación que inicialmente parecía tan irritante, proporcionó a los hombres de Pôrto Alegre la única cobertura que pudieron encontrar aquel día terrible. Los argentinos pronto comprendieron la insensatez de su asalto. Sólo una pequeña unidad de artillería cubría su avance en el extremo derecho y ésta resultó ineficaz. Por lo tanto, antes de que hubieran llegado a mitad de camino desde Curuzú, se encontraron con un fuego creciente que finalmente se volvió continuo a medida que los hombres se acercaban a las primeras defensas de Curupayty.

Diez minutos antes, los soldados habían lanzado confiados insultos contra López y hurras por la causa aliada. Ahora, con las primeras estampidas del fuego de los cañones, cayeron en la duda, comprobando una vez más que toda certeza de un plan operacional acaba tras el contacto inicial con el enemigo. Los hombres tosían, buscaban aire, golpeaban el humo con sus rifles. Eran incapaces de pronunciar palabras, incapaces de permanecer en línea. Y su confianza se evaporó.

Algunos llevaban escaleras de madera, de 5 metros de altura, para trepar los terraplenes. Otros llevaban fardos de caña y ramas para improvisar puentes y cruzar las zanjas a lo largo de la marcha. Las cargas eran pesadas y, dado que cada hombre llevaba un rifle, raciones de galleta, una cantimplora, una cacerola y una caja de cartuchos, algunos se encorvaban bajo casi el doble de su peso(23).

(23) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 150. Greenwood Press, Westport, Connecticut. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Marchaban para encontrar la muerte a cada paso. Muchos de ellos, a medida que avanzaban, se hundían repentinamente o se caían en los pastizales. Otros seguían caminando, formando y reformando tercamente la línea. No resultó en nada bueno. Cuando alcanzaron los primeros abatís, recibieron órdenes de tomar las trincheras adyacentes al trote. Esto dividió las columnas, ya que algunas unidades trataron de atravesar las espinosas ramas y otras buscaron sortear el obstáculo con escaleras.

El general Díaz ya había retirado a sus hombres y las piezas de campo de esas zanjas, pero esto no benefició a sus oponentes argentinos. De hecho, a la mayoría de ellos el verdadero destino infernal los estaba esperando del otro lado:

Cuando se acercaron, pese a la gallarda manera en que avanzaban, los aliados cayeron en desorden bajo el terrible fuego de artillería [...] que cruzaba desde todas partes -las enormes piñas de cañones de 8 pulgadas causaban estragos a una distancia de doscientas o trescientas yardas-.
Algunos de los oficiales argentinos [los únicos] a caballo, llegaron casi al borde de la trinchera, desde donde animaban a sus soldados, pero casi todos ellos fueron muertos. La columna que atacó la derecha tenía la mejor ruta, pero fue objeto en todo su trayecto de un fuego de enfilada y, cuando estuvo cerca de las trincheras, soportó el fuego concentrado de varios cañones sobre ella(24).

(24) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 179. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; parece haber alguna confusión sobre si las tropas aliadas de hecho penetraron esta primera línea de defensa; el coronel Centurión insistió en que nunca llegaron cerca y los brasileños en que sí lo hicieron [ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 221 (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción]. En cualquier caso, importa poco, ya que los cañones y tiradores paraguayos barrieron el campo con ferocidad y los aliados nunca pudieron mantenerse. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pronto llegaron noticias a Mitre de que sus hombres habían capturado la primera línea de trincheras; en realidad, los argentinos sólo habían llegado a la fosa inicial. Actuando con esta información incorrecta, sin embargo, Mitre ordenó a sus tropas cargar sobre las baterías hostiles. Su hermano Emilio y su camarada, general Wenceslao Paunero (el héroe de Corrientes), comandaban las columnas de la derecha y la centroderecha, respectivamente, y transmitieron las instrucciones del comandante a sus incrédulos soldados, quienes temblaron por una fracción de segundo.

Luego, con expresión de asombro, se pusieron en pie y se enfrentaron a la furia del fuego enemigo. Corrieron hacia adelante, pasando por encima de sus camaradas muertos. Cuando llegaron a 25 metros de la línea paraguaya se encontraron con una barrera infranqueable de árboles caídos. Estancados una vez más, se amontonaron, mientras los hombres del mariscal comenzaban a lanzarles granadas.

En contraste con los proyectiles disparados por los cañoneros de Tamandaré, estos -en su mayoría- dieron en el blanco. A medida que los minutos lentamente pasaban, piñas, metrallas, cohetes, bombas castigaban las líneas argentinas, mientras la infantería paraguaya, en los flancos de sus baterías, lanzaba constantes rondas de mosquetería sobre ellas. Cada centímetro que éstas avanzaban, estaba marcado por los desmembrados, los inconscientes y los muertos. Fue allí donde la flor y nata de la milicia argentina -Roseti, Manuel Fraga, Gianbattista Charlone y muchos otros- encontró su destino(25).

(25) El general Daniel Cerri afirmó que el 22 de Septiembre de 1866 terminó como un “día de gloria para la patria y uno de gran pena, que entristeció al ejército sin disminuir el espíritu de lucha de nuestros jefes”. Ver: Daniel Cerri. “Campaña del Paraguay” (1982), p. 29. Tipografía Del Pueblo, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Roseti asumió un semblante de cuasiserenidad cuando cayó herido al suelo. Cuando sus hombres se acercaron a ayudarlo, él los alejó con una sonrisa y un gesto de impaciencia, antes de sumergirse en un coma. El italiano Charlone, con su brillante calva y su larga barba, se había convertido en una leyenda en el ejército desde el asalto de Mayo de 1865 a La Batería y no había perdido nada de su ímpetu en este nuevo enfrentamiento.

Con voz controlada y mesurada, en medio de los estruendos de la artillería, se reportó ante el coronel Ignacio Rivas, comandante de la Primera División y, calmadamente, le pidió refuerzos. Su propia brigada, que estaba integrada por 300 hombres una hora antes, ahora contaba apenas con 80, y necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.

Antes de que Rivas le pudiera responder, un fragmento de metal incandescente le atravesó el brazo y se le introdujo en el pecho. Otras tres balas lo alcanzaron inmediatamente después. Un médico brasileño le hizo una breve inspección y pronunció que las heridas habían sido mortales(26).

(26) Informe de Falstaff, Corrientes, 28 de Septiembre de 1866, en “La Tribuna” (Buenos Aires), del 2 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuatro legionarios de Charlone se apresuraron a evacuar a su comandante a pesar de este veredicto pero, cuando lo acomodaban en una camilla de ramas, una piña cayó en el lugar y los mató a todos. Rivas sintió el viento de un disparo en el mismo instante y luego él también cayó gravemente herido. Valentía y resolución bajo fuego eran cualidades que no estaban limitadas a los oficiales argentinos más conocidos.

De hecho, el coraje del soldado común no sólo era habitual, sino generalizado. Hombres de todas las edades y orígenes dieron ejemplo de ello. El artista Cándido López, quien era Capitán en el Batallón San Nicolás, perdió el brazo derecho en el enfrentamiento (y vivió para dejar el testimonio más elocuente de la brutalidad de la guerra a través de su cincuentena de óleos, todos los cuales fueron confeccionados años después, luego de aprender a pintar con su mano izquierda)(27).

(27) José Ignacio Garmendia. “La Cartera de un Soldado (Bocetos sobre la Marcha)” (2002), pp. 29-38. Ed. Círculo Militar, Buenos Aires; Belén Gache. “Cándido López y la batalla de Curupaytí: relaciones entre narratividad, iconicidad y verdad histórica”, ensayo leído ante el II Simposio Internacional de Narratología (Buenos Aires, Junio de 2001); un documental de 95 minutos sobre la vida y logros del artista, titulado “Cándido López y los campos de batalla”; fue producido por el cineasta argentino José Luis García en 2004 y subsecuentemente exhibido en Europa y varias ciudades de Sudamérica. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Otro hombre, el cabo Gómez, del Batallón Santafesino, recibió un tiro en la pantorrilla cuando se acercó a la línea paraguaya. Esto lo hizo caer sobre una rodilla pero, cuando se le ordenó retirarse, se rehusó abiertamente y se quitó el proyectil con un cuchillo antes de reunirse con su unidad en el ataque(28).

(28) Ver informe del capitán Martín Viñales [¿1887?], en el Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 141, n. 32. Esta historia contiene una asombrosa similitud con una relatada por Lucio Mansilla acerca de un soldado apellidado Gómez, quien también fue herido en una pierna en Curupayty. El Gómez de Mansilla era correntino y servía en la Guardia Nacional bonaerense; sin embargo, no es imposible que las dos historias se refieran al mismo hombre, pues Gómez es un nombre excepcionalmente común en el Litoral argentino. Ver: Lucio Mansilla. “Una excursión a los indios ranqueles” (1984), pp. 25-9. Ed. Ayacucho, Caracas.

Otro miembro del mismo batallón, Mariano Grandoli, de diecisiete años, inspiró a todos sus camaradas al avanzar entre una nube de metralla y, luego de ser alcanzado no menos de catorce veces, se envolvió en el pabellón nacional, cayó y murió(29). Pero la más simple y más franca evocación de la audacia argentina ese día provino de otro santafesino, el capitán Martín Viñales, que fue encontrado después de la acción con todo el cuerpo cubierto de sangre: “No es nada -dijo impacientemente-; sólo un brazo menos, mi país merece más(30).

(29) Ver: José María Avalos a Estanislao Zeballos, [¿Rosario?], Octubre de 1889, en el Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 149, n. 15; Calixto Lassaga. “Curupaytí (el abanderado Grandoli)” (1939), passim, Rosario; y materiales diversos en el Archivo del Museo Histórico Provincial de Rosario, legajo “Grandoli”.
(30) José Ignacio Garmendia. “Recuerdos de la Guerra del Paraguay”, Primera Parte: “Batalla de Sauce - Combate de Yataytí Corá - Curupaytí)” (1890), pp. 184-90. Ed. Peuser, Buenos Aires.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Montones de hombres sucumbían ante el fuego enemigo y el apoyo que había requerido Charlone comenzó a arribar en forma de unidades frescas comandadas por un teniente tercero, cuyos oficiales mayores ya habían perecido antes de dar treinta pasos. Cuatro batallones argentinos más se sumaron en total, pero todos fueron horriblemente devastados, al igual que las unidades precedentes.

El coronel José Miguel Arredondo, comandante de la Segunda División y oficial de rango en la escena, tomó una escalera de debajo de un hombre muerto y con consumada osadía se preparó para escalar el parapeto cercano. De repente, la flota aliada, que había suspendido el fuego mientras las fuerzas terrestres avanzaban, reasumió su bombardeo y esta vez fuertes rondas cayeron, no entre los paraguayos ni en los esteros, sino entre los argentinos.

Arredondo y todos los otros se diseminaron por el campo en total confusión. El general Paunero, quien había visto colapsar la vanguardia argentina, cabalgó hacia el sitio y encontró a un joven teniente con un quepi de Teniente Coronel dirigiendo a sus hombres lo mejor que podía:

- “¿Dónde está la Primera División?”, demandó el General.
- “Aquí está, señor”, fue la respuesta; “cuatro banderas escoltadas por sesenta hombres(31).

(31) Miguel Angel de Marco. “La Guardia Nacional Argentina en la guerra del Paraguay”, en: “Investigaciones y Ensayos”, Nro. 3 (1967), p. 238. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estas palabras, y la tragedia que las acompañan, presentan un irónico paralelo con la escena en Gettysburg tres años antes, en la cual el general confederado Robert E. Lee ordenó a su subordinado, el mayor general George Pickett, volver a su división, y éste le respondió: “General Lee, ya no tengo División”.

El general Díaz había estado esperando este momento de debilidad aliada y, bajo su comando, los paraguayos salieron de los flancos de su batería y descargaron sus mosquetes sobre el enemigo en retirada. Díaz quiso enviar la caballería en su persecución, pero fue refrenado, al parecer, por el mariscal López, quien no tenía deseos de perder ningún jinete en una victoria ya garantizada ni de lanzar su propia ofensiva.

Algunos argentinos corrieron derecho a través de la retaguardia brasileña al río Paraguay y se ahogaron. De lejos el mayor número, sin embargo, fue tragado por los pantanos, que se habían vuelto profundos y traicioneros con las recientes lluvias.

El malherido coronel Rivas logró un escape milagroso. La unidad de Roseti lo buscó en cada rincón del campo y concluyó que había muerto en la retirada. La verdad era que el coronel, de alguna manera, se las había arreglado para alcanzar las líneas brasileñas, donde rogó en vano a Pôrto Alegre que enviara refuerzos. En tributo a la valentía de Rivas, Mitre lo hizo General en el campo de batalla, pero nadie pudo salvar a sus hombres(32).

(32) “The Standard” (Buenos Aires), 11 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Durante lo que pareció una eternidad, miles de pequeñas balas habían zumbado en el aire en su dirección -un virtual aluvión de metralla- y ahora, como explicó Pôrto Alegre, no quedaba nada por hacer. Todo este tiempo, sobre la izquierda, los brasileños habían sufrido una carnicería similar(33).

(33) Antes de que comenzara el enfrentamiento, los oficiales brasileños no sentían las mismas dudas que Roseti y sus otros camaradas argentinos, pero, posteriormente, cuando el polvo se hubo disipado, los brasileños agregaron sus voces al clamor crítico. Incluso Luiz de Orléans Bragança, nieto de Pedro II, admitió a regañadientes que la derrota había sido inevitable. Ver: Luiz de Orléans Bragança. “Sob o Cruzeiro do Sul” (1913), p. 397, Montreaux. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La columna de la centroizquierda, bajo el coronel Albino Carvalho, pudo aproximarse a la primera trinchera bajo un fuego fulminante, pero fue detenida por una profunda ciénaga que se extendía en paralelo a la línea. Encarando hacia la izquierda, en un esfuerzo por rodear la posición enemiga, las tropas de Carvalho se reagruparon en una línea única que rápidamente cayó bajo fuego enemigo.

Los artilleros paraguayos, negros de pólvora, sólo raramente podían ver a los brasileños. Simplemente disparaban mecánicamente una y otra vez a través del humo, mostrando una disciplina de la que nadie pensaba que fueran capaces. Nada podía sobrevivir a su fuego en el cuerpo a cuerpo. El valor, la ferocidad y el fanatismo de los brasileños les valieron apenas una brevísima tregua.

Los cañones paraguayos estaban tan tensos que se salían de sus carruajes a cada descarga y las esponjas empapadas que les introducían crepitaban al contacto con el metal caliente. Muchos cañoneros parecían desorientados y ensordecidos por las incesantes detonaciones. Apenas podían escuchar los gritos del general Díaz, quien cabalgaba a lo largo de la línea blandiendo su espada en el aire en todo momento(34).

(34) La siguiente generación de paraguayos tendió a otorgarle a Díaz más crédito por la victoria del que probablemente merecía. Ver: “Curupayty”,en “La Unión, Organo del Partido Nacional Republicano” (Asunción), del 22 de Septiembre de 1894. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los hombres de Carvalho tampoco podían escuchar estos gritos, pero no podían sustraerse al horrible sonido de las granadas y los cohetes paraguayos. La columna brasileña más cercana al río parece haber tenido mejor suerte, al evitar los cañonazos enemigos. El coronel Augusto Caldas, cuyos hombres se habían quejado más temprano de los sarandí y del suelo esponjoso a lo largo de la línea de avance, ahora encontraba razones para agradecer por ellos.

En algunos sitios, los Voluntários da Patria y los de la Guardia Nacional Riograndense tenían que cortar los arbustos para abrir senderos. Como resultado, una compañía de caballería desmontada llegó sin ser detectada a la vera de la línea paraguaya, pero al encontrarse aislada fue pronto descubierta y aniquilada(35).

(35) El visconde de Ouro Preto afirmó que la Compañía pudo confiscar cuatro cañones paraguayos antes de ser sobrepasada, pero no parece ser ése el caso. Ver: “A Marinha d’Outrora”, p. 151. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Una brigada de reserva, enviada para reforzar las unidades de avanzada, creyó que los sobrevivientes que emergían del humo eran la vanguardia de un contraataque enemigo, lo que causó una desbandada y una huida general hacia el sur, sin que ni Caldas ni sus oficiales pudieran controlar el sentimiento de alarma(36). El pánico también cundió entre las unidades de Carvalho hacia las 14:30. Esto no fue provocado por la precipitada huida sobre el extremo izquierdo, sino más bien porque alguien -probablemente Mitre- emitió una totalmente comprensible orden de repliegue(37).

(36) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 152. Greenwood Press, Westport, Connecticut; ver también “Parte do Tenente Coronel Alexandre Freire Maia Bittencourt”, Curuzú, 23 de Septiembre de 1866, en Arquivo Nacional (Rio de Janeiro), vol. 547, n. 1.
(37) Las notas iniciales de Mitre sobre el enfrentamiento, aunque amplias, no son especialmente lúcidas sobre esta fase de la batalla. Ver: Mitre a ministro de Guerra en ejercicio, Julián Martínez, Curuzú, 24 de Septiembre de 1866, en: Carlos M. Urien. “Curupayty. Homenaje a la memoria del teniente general Bartolomé Mitre en el primer centenario de su nacimiento” (1921), pp. 215-6, Buenos Aires.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las tropas que habían llegado más lejos reaccionaron ante esta orden, arrojando sus mochilas y corriendo lo más rápido que pudieron. Cuando las unidades en ambos lados vieron esta desordenada retirada, presumieron que López venía justo detrás. Esto hizo que los recién llegados también salieran disparados por el campo, atropellándose unos a otros en dirección a Curuzú(38).

(38) Comentario del visconde de Maracajú (“Grande Combate de Curupaity”), Rio de Janeiro, Diciembre de 1892, en el Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, lata 223, doc. 19 (pp. 6-8), Río de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

A esta hora, cuando parecía que el sentido común finalmente prevalecería, una nueva orden llegó desde la retaguardia cancelando la retirada. Esto fue una completa locura, tal como oficiales como Arredondo y Rivas declararían más tarde(39).

(39) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 152. Greenwood Press, Westport, Connecticut. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pese a ello, la batalla se reanudó en todo el frente sobre la incorrecta premisa de que se estaban produciendo avances en el extremo izquierdo. Hombres completamente descorazonados e incrédulos se aproximaron nuevamente a la línea paraguaya, todavía inquebrantable en su resistencia, sólo para ser diezmados en gran número.

Descargas concentradas de metrallas y piñas estallaban en medio de las unidades aliadas en su ataque tan desesperado como inútil, el último del día. Muchos de los que no eran alcanzados se hacían los muertos o se escondían entre los montículos de cadáveres, con la esperanza de alejarse gateando por la noche(40). La mente de al menos un hombre se quebró por el estrés. Terminó sus días en el manicomio(41).

(40) El soldado Gómez, de Lucio Mansilla, fue uno de los hombres que sobrevivió simulando estar muerto: “Los paraguayos no me tocaron, aunque pasaron cerca varias veces. Luego, a la noche, hice un esfuerzo por ponerme en pie y me arrastré con mi rifle [...] pero me perdí y era muy doloroso moverse. Cuando llegó la mañana supe dónde estaba porque pude escuchar la diana brasileña. Seguí el sonido y el humo que venía de los vapores y finalmente llegué a Curuzú”. Ver: Lucio Mansilla. “Una excursión a los indios ranqueles” (1984), p. 28. Ed. Ayacucho, Caracas.
(41) Escribiendo a principios de los 1890, el coronel Centurión contó que uno de estos desafortunados -un ex recluta en las fuerzas argentinas- estaba todavía en ese momento en un asilo de enfermos mentales. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 220, nota “a” (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. El número de hombres de ambos bandos que sufrieron estrés postraumático por los sucesos de ese día, sólo se puede adivinar.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los infantes de Díaz cazaron a los últimos soldados aliados cuando intentaban abandonar el campo; dentro y fuera de las trincheras los paraguayos se sentían sedientos de sangre. Todas las victorias tienen sus intoxicaciones que, vistas en retrospectiva, son siempre repulsivas, por más que estén basadas en un comprensible deseo de venganza.

Las cuentas por las derrotas en Tuyutí y Uruguaiana habían finalmente sido saldadas. Cuando los cañonazos disminuyeron, los soldados pudieron distinguir los gritos de sus oficiales: “Oguereko porãma ko! Oguereko porãma ko!” (“¡Al fin tienen lo que se merecen!”)(42).

(42) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), tomo 2, p. 220, nota “31” (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. El número de hombres de ambos bandos que sufrieron estrés postraumático por los sucesos de ese día, sólo se puede adivinar. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Justo antes de las 16:00, Mitre ordenó una retirada general. La batalla estaba perdida.

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