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Consecuencias inmediatas del desastre de Curupayty

Les tomó varias horas a los Aliados calcular la verdadera extensión del desastre. Cuando terminaron de hacerlo, no podían contener su conmoción. Los argentinos habían perdido 2.082 hombres, heridos o muertos en acción, incluyendo a 16 oficiales veteranos y 147 oficiales jóvenes; esto representaba casi la mitad de los soldados argentinos que habían participado en el ataque(1).

(1) “Detalles sobre el ataque de Curupaiti”, en el “El Siglo” (Montevideo), del 3 de Octubre de 1866; y “El Nacional” (Buenos Aires), 29 de Septiembre de 1866; el corresponsal de otro diario porteño, lacónicamente, observó que los hombres en el frente “ya no preguntan quién ha muerto, sino quién ha sobrevivido”, en “La Palabra de Mayo” (Buenos Aires), del 3 de Octubre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Roseti estaba muerto, lo mismo que Charlone; Francisco Paz (hijo del vicepresidente); el mayor Lucio Salvadores, del Tercero de Entre Ríos; el teniente coronel Alejandro Díaz; el coronel Manuel Fraga y el capitán Octavio Olascoaga, los últimos tres, comandantes de batallón o superiores.

Otra pérdida sumamente sentida por los hombres fue la del capitán Domingo Fidel Sarmiento, el hijo adoptivo (y posiblemente biológico) de Domingo Faustino Sarmiento, entonces embajador argentino en los Estados Unidos. “Dominguito” había sido el favorito de todos. Con veintiún años en el momento de su muerte, era inteligente, sensible e invariablemente afable en sus relaciones personales. Idealizado por sus padres como una promesa de la generación joven, tuvo una desgarradora y muy conmemorada despedida; alcanzado por una granada en el tendón de Aquiles, no dejó de sangrar y lentamente se fue muriendo enfrente de sus desconsolados amigos(2).

(2) Cuando era removido del campo de batalla, el semicomatoso Capitán repentinamente se despertó y, confundiendo a los camilleros con paraguayos, tomó su revólver y se preparó para disparar, pero murió antes de poder apretar el gatillo. Ver: Informe de Falstaff, Corrientes, 28 de Septiembre de 1866, en “La Tribuna” (Buenos Aires), 2 de Octubre de 1866; ver también: Andrés M. Carretaro. “Estudio preliminar”, en: “Correspondencia de Dominguito en la guerra del Paraguay” (1975), pp. 9-15, Buenos Aires; y Juan Antonio Solari, “Dominguito”, en “La Prensa” (Buenos Aires), del 26 de Junio de 1966. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Para los brasileños, el día también fue costoso, con 2.011 hombres fuera de acción, incluyendo 201 oficiales(3). Seis comandantes de batallones murieron, los dos más significativos de los cuales eran el mayor Manoel Antunes de Abreu y el capitán Joaquim Fabricio de Matos, ambos oficiales de infantería con más de veinticinco años de servicio y ambos Caballeros de la Orden de la Rosa(4).

(3) Ver los distintos “Partes Officiaes” emitidos por comandantes de cuerpo brasileños después de la batalla, que enumeran las pérdidas con nauseabundo detalle, en: “Jornal do Commercio” (Rio de Janeiro), del 7 de Diciembre de 1866.
(4) Reporte de Joaquim Aniceto Vaz, mayor en comando del Batallón 46 de Voluntários da Bahia, Curuzú, sin fecha, en Paulo de Queiroz Duarte. “Os voluntários da patria na guerra do Paraguai” (1982), tomo 2, capítulo V, p. 93. Ed Biblioteca do Exército, Río de Janeiro; y Augusto Tasso Fragoso. “História da Guerra entre a Tríplice Aliança e o Paraguay” (1957), tomo 3, pp. 140, 719, 721. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En un ejército altamente necesitado de experiencia profesional, estos eran hombres que no se podían reemplazar fácilmente. Entre los brasileños heridos, los camilleros del hospital descubrieron a una persona cuya presencia en la batalla dio lugar a considerables comentarios. Su nombre era María Francisca de Conceição, tenía trece años y había venido de Pernambuco siguiendo a su marido soldado al frente. Cuando este murió en Curuzú, se disfrazó de infante, participó en el asalto del 22 de Septiembre y fue aparentemente herida en la cabeza con un golpe de sable de un jinete enemigo. Cuando los demás brasileños se percataron de su sexo, fue acogida como una gran heroína y se le dio el apodo de “María Curupayty”(5). Su sacrificio, sin duda, tenía un carácter poético, casi helénico, pero poco podía hacer para compensar las tremendas pérdidas que sufrió el Imperio ese día.

(5) Cómo se las arregló María Curupayty para enfrentar al jinete o cualquier soldado paraguayo en una batalla donde los aliados nunca pudieron penetrar la línea enemiga es algo que nunca ha sido explicado. En cualquier caso, se recuperó de su herida y se mantuvo cerca del ejército por el resto de la campaña, incluso sirviendo de nuevo en batalla con el 42 de Voluntários. Posteriormente, retornó a Río de Janeiro y todavía vivía allí, en la pobreza, unos 30 años después. Ver: Joaquim Silveiro de Azevedo Pimentel. “Episodios Militares” (1978), pp. 149-50. Biblioteca do Exército, Río de Janeiro. La historia de María Curupayty no es ni mucho menos única entre los brasileños, que eran muy proclives a interpretaciones románticas de la guerra. Otra voluntária, Jovita Alves Feitosa, fue ensalzada como una especie de Juana de Arco en las etapas iniciales de la campaña paraguaya y fue todavía más famosa después de cometer suicidio cuando su amante británico la abandonó en Río de Janeiro. Ver: “Diário do Rio de Janeiro”, del 11 de Octubre de 1867 y “O Correio Mercantil” (Río de Janeiro), del 11 de Octubre de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Veinticuatro horas o más pasaron antes de que los detalles de la derrota alcanzaran a los soldados aliados en las periferias. Los dos batallones de francotiradores que Pôrto Alegre había enviado al Chaco para dar fuego de cobertura, tuvieron la distinción de ser las unidades más exitosas del lado aliado en Curupayty. Fueron las que provocaron la mayor cantidad de bajas paraguayas, que sumaban apenas 54 muertos y probablemente otros 150 heridos(6).

(6) Como hemos visto en otras ocasiones, el número preciso de bajas en cualquier enfrentamiento particular tiende a ser sumamente controvertido en la literatura académica. Curupayty es una excepción en ese sentido, ya que si bien existe algún debate sobre las pérdidas aliadas (con Thompson, reportando una cifra imposible de 9.000 cadáveres argentinos y brasileños), nadie parece cuestionar que las pérdidas paraguayas fueron ridículamente escasas, ciertamente no más de 250, entre muertos y heridos. La cifra de 54 muertos del lado paraguayo proviene del coronel Thompson, quien muy bien pudo haberlos contado personalmente. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 180. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.

Al otro extremo de la línea aliada, más cerca del Bellaco, los generales Polidoro y Flores habían oído las malas noticias algo más temprano. Relegado a un papel subordinado desde el principio, Polidoro había dedicado el día a esperar la señal final para lanzar su ataque contra las posiciones paraguayas en Tuyutí. Pero, o bien la orden nunca le llegó, o bien decidió ignorarla. Considerando su previa frustración con Pôrto Alegre y Tamandaré, y la bien conocida predilección de estos por marginarlo, es sorprendente que no hubieran ocurrido -ya antes- más de estos cortes de comunicación.

Polidoro mantuvo su posición todo el día y evitó cualquier choque con el enemigo. Sus superiores -y los combatientes de salón en Río de Janeiro y Buenos Aires- lo castigaron duramente por su inactividad pero, en retrospectiva, su actitud probablemente le ahorró al Imperio una buena cantidad de hombres(7).

(7) El coronel Thompson ofrece un extravagante elogio de Polidoro, el único oficial superior del lado aliado cuyas acciones aprobó: “Polidoro tenía órdenes de asaltar el centro en Paso Gómez. No lo hizo, sino que se contentó con formar a sus hombres fuera de su trinchera para hacer creer a los paraguayos que estaba a punto de avanzar. Si hubiera asaltado Paso Gómez, habría sido quebrado aún más categóricamente de lo que fue Mitre en Curupayty, y no tenía flota para asistirlo. Fue muy culpado por lo aliados pero, tal como ocurrieron las cosas, hizo muy bien”. George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 182. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.

Flores fue mucho más agresivo y puntilloso en la obediencia de sus órdenes. A primera hora del día lideró sus unidades de caballería en una barrida alrededor de la izquierda paraguaya. Cruzó el Estero Bellaco en Paso Canoa, peleó un par de rápidas y sangrientas escaramuzas y tomó veinte hombres. Había casi alcanzado Tuyucué (futuro asiento del puesto de comando aliado) cuando llegaron mensajeros con novedades de que las cosas habían resultado mal en Curupayty y Flores, a duras penas, escapó de ser capturado cuando el mariscal envió dos regimientos de caballería a interceptarlo. Cuando cabalgó a Tuyutí hacia el final del día, se enteró por Polidoro de que los aliados habían sufrido un completo desastre.

Las implicancias políticas y militares de su derrota tenían todavía que terminar de penetrar en los principales comandantes aliados y hubo muchas acusaciones mutuas en las semanas y meses siguientes. Para ser justos, sin embargo, no era tiempo de buscar culpables ni de plantearse preguntas sobre el futuro. El campo todavía estaba atestado de cuerpos. Algunos de los postrados fueron evacuados a hospitales de campaña y a las instalaciones médicas en Corrientes, que pronto se vieron sobrepasados por miles de casos graves(8).

(8) Thompson nota que, sólo en Corrientes, 104 oficiales argentinos y 1.000 hombres estaban internados en los hospitales. Los brasileños heridos en Curupayty eran probablemente apenas un poco menos. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 180. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres.

Y estos hombres heridos eran los afortunados, ya que hacia las líneas paraguayas había muchos argentinos y brasileños que no podían trasladarse por sí mismos y que no podían ser asistidos por los miembros de los equipos médicos aliados sin arriesgar sus propias vidas. En ausencia de una tregua, tales individuos fueron dejados a la clemencia de un enemigo que tenía poca misericordia que ofrecer. Como relata el coronel Thompson:

López ordenó al Batallón 12 salir de las trincheras para recoger armas y restos, además de masacrar a los heridos. Se les preguntaba si podían caminar y aquéllos que respondían negativamente eran aniquilados [...].
Al teniente Quinteros, que tenía una rodilla quebrada, se le hizo la pregunta; cuando dijo que no podía y el soldado comenzó a cargar su mosquete, Quinteros logró alejarse gateando y se salvó(9).

(9) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 181. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; la ejecución de prisioneros heridos se volvió común durante la guerra y fue tristemente notable después de Curupayty. Un oficial de la proaliada Legión afirmó, en los días siguientes, que los “salvajes” de López enterraban junto con los muertos a soldados argentinos gravemente heridos, pero todavía vivos. Ver informe de Juan José Decoud, Curuzú, 23 de Septiembre de 1866, en “La Nación Argentina” (Buenos Aires), 8 de Octubre de 1866. Tales atrocidades no pasaron desapercibidas para Cándido López, cuyas pinturas de los momentos posteriores a la batalla retratan a un paraguayo de camisa roja terminando con un herido argentino con un disparo de mosquete. Probablemente deberíamos juzgar la imagen un tanto exagerada, no porque los paraguayos hubieran podido perdonar a un enemigo herido, sino porque habían recibido órdenes de no desperdiciar cartuchos cuando podían fácilmente matar a un hombre caído con lanza o bayoneta. Ver óleo de López “Después de la batalla de Curupaytí” en el Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires. Por su parte, Juan O’Leary rechazó petulantemente todas estas barbaridades e hizo la improbable afirmación (sobre la base de un simple documento de archivo) de que los prisioneros aliados liberados del cautiverio por los paraguayos no tuvieron más que elogios por el trato recibido. Ver su “Ante la magna efemérides de Curupayty. Elocuente testimonio de los prisioneros de esa jornada”, en: “Revista de las Fuerzas Armadas de la Nación”, tomo 3, p 33 (Septiembre de 1943), pp. 2.177-83. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Se tomaron muy pocos prisioneros aliados (Thompson afirmó que solamente fueron media docena). Dos paraguayos que se habían unido a las fuerzas aliadas después de Uruguayana fueron capturados e inmediatamente ahorcados por órdenes de Díaz. Uno de los dos tardó en morir y, era tal su tormento, que le rogó al General poner fin a su vida. Pero Díaz no le concedió ese deseo, diciendo que el hombre se había ganado una muerte penosa. Como su superior, cada vez que percibía cualquier olor a traición, el General exhibía una irrefrenable crueldad(10).

(10) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 181. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sólo una semana antes, la entrevista en Yataity Corá había ofrecido la luz de una posibilidad de paz honorable y reconciliación. Ya no. Ahora la acritud y la venganza, todas las inclinaciones más primitivas de la naturaleza humana, se habían apoderado de cada combatiente. Los paraguayos despojaron de sus uniformes a los muertos aliados y arrojaron sus cadáveres a las lagunas adyacentes, o bien, los ataron y los tiraron al río Paraguay.

A la mañana siguiente, temprano, mientras Díaz y López dormían tras los efectos de una cena de celebración con champagne, estas grotescas guirnaldas pasaron flotando por Curuzú a la vista de las fuerzas aliadas. Mitre, Pôrto Alegre y Tamandaré las observaron sin emitir palabra.

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