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En el frente, después de Curupayty

Después de Curupayty, Bartolomé Mitre vivió dos meses de autocompasión, confusión y persistentes rencillas. Varias veces, durante la campaña paraguaya, cuando todo estaba aparentemente tranquilo, se había retirado a su carpa o a sus cuarteles para sumergirse con la luz de su lámpara en la poesía de Dante u Homero.

La musa de la literatura nunca lo abandonó -a diferencia de sus amigos y colegas- y le recordaba que seguía teniendo ante sí la gran tarea de construir una nación moderna en la Argentina. Sus ansias de refugiarse en la poesía nunca fueron simple escapismo -era un hombre demasiado serio para eso- pero tenían su efecto tónico pese a todo(1).

(1) En algún momento, durante la campaña, Mitre comenzó la traducción del Inferno, una elección decididamente afortunada ya que podía servir como metáfora de toda su experiencia de guerra (con San Martín o Belgrano, uno supone, actuando como su Virgilio). La ironía de este emprendimiento literario no pasó desapercibida para el fallecido autor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien la usó como telón de fondo de su cuento “Frente al frente argentino”, en Roa Bastos et al., Los conjurados del quilombo del Gran Chaco (Buenos Aires, 2001), pp. 15-53. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuando rumiaba las hazañas de los héroes clásicos, Mitre se aseguraba de no perder nunca de vista el momento. Pero, como Laocoonte entrelazado con las serpientes, encontraba imposible liberarse de los monstruos que la guerra había creado. Alguna vez había mostrado las habilidades adecuadas para hacer malabares con los intereses políticos y derrotar a un enemigo vulnerable. Ahora, sin embargo, la lucha parecía eterna. Los paraguayos nunca se rendirían y él no podía hallar un camino para sortear el dilema militar que se le presentaba(2).

(2) Mitre no fue el único en el frente que consideraba la guerra interminable. Un corresponsal rogaba a sus lectores enfrentar los hechos de la situación. Decía que no era un militar, sino un testigo que había visto a los paraguayos pelear cuerpo a cuerpo, descuartizar a sus enemigos al grito de ¡Viva López! Contaba que en sus hospitales, los prisioneros tratados con afecto y cuidado igual se rehusaban a condenar al tirano de su patria. Había visto a paraguayos que habían residido con ellos por años negarse a reconocer a sus parientes más cercanos debido a que se habían unido a las fuerzas aliadas. “Al reconocer con total imparcialidad todas estas cosas, pienso que no estoy equivocado al asegurarles que la guerra apenas ha comenzado y que mucha sangre correrá todavía antes de que las banderas aliadas flameen en Asunción”. Ver: “Tenacidad paraguaya”, El Siglo (Montevideo), 1 de Diciembre de 1866. Sólo cinco días después, el mismo periódico reportó el tonto rumor de un levantamiento contra López en el campamento paraguayo. Ver: “La sublevación de los paraguayos”, El Siglo (Montevideo), 6 de Diciembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Peor todavía, sus retadores políticos, tanto en la Argentina como en el Brasil, parecían listos para saltar sobre su indecisión. Los mensajes tranquilizadores de Elizalde, Rawson y Paz ya no podían esconder el duro hecho de que todo lo que Mitre había construido en su propio país se podía desintegrar.

Si esperaba que él y su nación sobrevivieran, debía decidir qué adversario enfrentar primero: López, los líderes montoneros o los distintos disidentes en Buenos Aires. Si elegía al primero de estos enemigos, ¿Qué harían los brasileños? ¿Sería el marqués de Caxias un amigo o un rival?

Como Comandante en Jefe de las fuerzas Aliadas, ponderaba sus cuestiones más apremiantes, y lo mismo hacían sus hombres en las trincheras y campamentos. A todo lo largo de la línea, estos masticaban su charque, buscaban protegerse del sol en las sombras de los árboles y miraban cansados en dirección a Humaitá. De noche, Canopus, la Cruz del Sur y la gran procesión de todas las estrellas hincaban el cielo tinto encima de ellos, tal como lo hacían para sus enemigos paraguayos y para sus familias en Río de Janeiro y Buenos Aires.

Era un tiempo de soledad para todos. Aunque nadie esperaba un ataque paraguayo después de Curupayty, los comandantes aliados no corrieron riesgos. Ordenaron a sus tropas iniciar la ardua tarea de fortificar su línea desde Curuzú hasta Tuyutí. En el primer sitio, los argentinos evacuaron sus fuerzas y les dejaron el trabajo a los brasileños, quienes cavaron fuertes trincheras y construyeron una ciudadela de barro reforzada con ladrillos y defendida por una variedad de cañones.

Por conveniencia, Pôrto Alegre vivía a bordo de un vapor justo enfrente de esta posición, gozando cierto grado de confort y una amplia vista del frente. Sus hombres, sin embargo, llevaban una existencia de hacinamiento y sufrían periódicas descargas paraguayas que, de acuerdo con el coronel Thompson, eran mucho más exitosas que las aliadas(3).

(3) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 186-7. Ed. Longmans, Green and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El grueso de las fuerzas argentinas fueron reubicadas varios kilómetros al sudeste, donde trabajaron en fortificar su posición justo enfrente de Tuyutí, en Paso Gómez, con una doble línea de trincheras y una buena cantidad de Whitworth de 32 libras y morteros dirigidos hacia los paraguayos. Igual que la flota brasileña en Curuzú, los argentinos constantemente disparaban sobre las líneas paraguayas sin consecuencias importantes.

La mayoría sentía que la situación se había degenerado al punto de un empate y reaccionaba refugiándose en las trincheras y tratando de pensar en otra cosa que no fuera la guerra. La única esperanza que los aliados ansiosamente guardaban, al menos para el futuro cercano, era Caxias, quien llegó a Buenos Aires el 6 de Noviembre. Almorzando con sus presuntos amigos en el Gobierno de Mitre, el marqués fríamente anunció que el Imperio enviaría 20.000 hombres de refuerzo al frente antes de fin de año.

Poniendo énfasis en las obvias fortalezas aliadas, observó que el general Osório permanecía listo en Río Grande do Sul con otros 15.000 hombres para ingresar al Paraguay por Itapúa si era necesario(4).

(4) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), publicadas en “La Tribuna”, (trece volúmenes), 5: 88. Ediciones EMASA, Asunción; “Correspondencia de Falstaff”, La Tribuna (Buenos Aires), 14 de Diciembre de 1866 (que afirma que el número de tropas a disposición de Osório era de 10.000). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tal determinación sonó perfecta para Elizalde quien, de inmediato, reportó a Mitre que Caxias “estaba libre de cualquier actitud molesta que pudiera [perturbar] la prosecución de la guerra(5).

(5) Elizalde a Mitre, Buenos Aires, 6 de Noviembre de 1866, en Museo Mitre. Archivo. Doc. 1039. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El presidente argentino quedó visiblemente impresionado por esta noticia y sabía que todos los hombres en el frente tendrían la misma impresión: mucho mejor tener un general sensato y optimista que tres conflictivas prima donnas.

El que no estaba para nada contento era Tamandaré. El 16 de Noviembre se reunió con Caxias en Corrientes. El marqués le informó oficialmente que, bajo las nuevas estipulaciones, la flota ya no operaría independientemente bajo el comando del almirante, sino bajo las órdenes emanadas del Cuartel Central de Caxias. Irascible como de costumbre, Tamandaré resopló ante esta noticia, que él ya había escuchado.

El marqués trató de calmar a su viejo camarada de armas, ofreciéndole una licencia de tres meses de acuerdo con una directiva del ministro de Marina, después de la cual Tamandaré podría reasumir sus importantes responsabilidades en Paraguay, si así lo decidía. Pero Caxias sabía perfectamente que el almirante jamás podría aceptar su oferta; al día siguiente, Tamandaré dictó una carta para sus superiores en Río de Janeiro pidiéndoles formalmente ser relevado de sus funciones.

En ese momento, y la mayor parte de la siguiente semana, el cielo arrojó copiosas cantidades de lluvia sobre la región, obligando a hombres y animales a guarecerse bajo cualquier cobertura que pudieran encontrar. Al final parecía que, sin importar lo que propusieran los generales, los dioses dispondrían lo que considerasen conveniente.

El 18 de Noviembre de 1866, el marqués de Caxias emitió la primera Orden del Día desde los Cuarteles Centrales aliados. Anunció su asunción del comando en términos simples. Como era habitual en él, sus primeros pensamientos fueron para sus subordinados. Ordenó a sus oficiales dejar de vestir adornos en la cabeza o charreteras que pudieran distinguirlos de sus hombres y, consecuentemente, ofrecer a los francotiradores paraguayos un blanco tentador(6).

(6) Ordem do Dia n. 1, Quartel Geral, Tuyutí, 18 de Noviembre de 1866; George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 187. Ed. Longmans, Green and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Era un indicio significativo de que las cosas serían diferentes en adelante y todas las viejas bobadas aristocráticas serían desechadas si interferían con el objetivo de ganar la guerra. Caxias tenía facilidad para disgregar los problemas en sus componentes más simples y descartar todos los obstáculos en su camino.

Los hombres se sintieron tranquilizados y celebraron su llegada, vitoreando cada vez que su nombre se mencionaba. Mitre, con una sonrisa forzada en el rostro, se preparó para largas y productivas conversaciones con el nuevo comandante(7). Al norte de la línea, los paraguayos se mofaban: un kamba más no hacía diferencia para ellos.

(7) Mitre estuvo enfermo, intermitentemente, por más de un mes en esta época, pero en sus pocos mensajes al vicepresidente Paz enfatizó que reinaba la armonía con el marqués de Caxias, exactamente lo contrario de su relación con los previos comandantes brasileños. Ver: Mitre a Paz, Yataity, Diciembre de 1866, en Archivo, 6: 167. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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