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La muerte del general Díaz. La partida de Mitre

Como con muchos héroes militares convertidos en leyenda en vida, es difícil, con José Eduvigis Díaz, separar el hombre de la imagen que otros han construido de él. Nacido cerca del pueblo de Pirayú, tenía un oscuro pasado y su corta carrera como Jefe de Policía de Asunción, antes de la guerra, estaba lejos de ser notable(1).

(1) “Rasgos biográficos, honores fúnebres y discursos pronunciados sobre la tumba del ciudadano José Díaz”, enel periódico “La Democracia”, (Asunción), ediciones del 10 de Julio-1 de Agosto de 1892; ver también: Carta de Cleto Romero a Ignacio Ibarra (Junio de 1892), en MHNA, Colección Gill Aguinaga, carpeta 154, n. 2. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sus acciones en combate con la Triple Alianza, sin embargo, lo hicieron famoso entre los soldados comunes del ejército paraguayo. Era un hombre de palabras y de vida transparentes. Nunca dormía en una cama estando en campaña, sino que se arreglaba con la más simple de las hamacas(2).

(2) Testimonio del capitán Pedro V. Gill (Asunción, 24 de Abril de 1888), en MHMA-CZ, carpeta 137, n. 10. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Era la clase de hombre que Caxias y los porteños habrían considerado vulgar, pero que los soldados consideraban como uno de los suyos. Díaz podía castigar tremendamente a un hombre por alguna infracción de las reglas y, un momento después, darle una palmada en la espalda como un gesto de honesta amistad y estímulo.

En combate era competente, salvaje y no mostraba el más mínimo temor de las balas que silbaban en el aire. Como Osório, siempre era el primero en la refriega y el último en dejar el campo de batalla.

Unico entre los comandantes paraguayos, Díaz también gozaba de la absoluta confianza del mariscal López. Esto podría parecer extraño, ya que el narcisismo del último, producto de una adolescencia demasiado larga, llevaba al mariscal -en muchas ocasiones- a envidiar y guardar resentimiento contra hombres de rango muy inferior.

Había algo en López, sin embargo, que denotaba una fascinación por lo heroico. Esto era algo que encontraba mucho en el General y que habría preferido encontrar en sí mismo, en parte por la obvia razón de que él carecía del arrojo del otro y, en parte, porque el protocolo demandaba al mariscal poner distancia entre él y sus hombres.

Aun antes de la guerra, López había construido un “culto a la personalidad” sorprendentemente moderno sobre sí. Cada decisión correcta era atribuida a su genio y cada pronunciamiento público glorificaba su nombre; tanto su cumpleaños como el aniversario de su ascensión a la Presidencia, se convirtieron en feriados públicos, repletos de fuegos artifíciales y elaborados discursos.

El estatus divino que este culto le confería, explica por qué el mariscal merecía una espada con joyas incrustadas, una “corona de la victoria” de oro, un libro magníficamente diseñado de salutaciones y elogios, casi sofocantes, en la prensa oficial(3).

(3) La espada, la corona y el libro de salutaciones eran solventados con suscripciones públicas. En un tiempo en el que la población paraguaya estaba comenzando a pasar hambre, una gran cantidad de dinero fue derrochada en estos adornos, pero cualquier persona que se negara a contribuir, podía sufrir consecuencias más graves que un estómago vacío. Ver: “Adhesión de las damas de San Pedro al proyecto del obsequio de una guirnalda de oro y brillantes al Presidente” (San Pedro, 1867), en ANA-SH 352, n. 10. Concomitantemente, cada edición de la gaceta oficial, dedicaba himnos al genio de López - ver, por ejemplo, “Su excelencia el señor Mariscal López”, en “El Semanario”, (Asunción), edición del 24 de Julio de 1866. Después de Curupayty, la prensa regularmente publicaba imágenes alegóricas del hombre montado a caballo, conduciendo su ejército a la victoria contra los pérfidos aliados. Ver: “El mariscal López frente a los enemigos de la patria”, periódico “Cabichuí” (Paso Pucú), edición del 24 de Julio de 1867; y “Al gran mariscal López, vencedor de la Triple Alianza”, en “El Centinela”, (Asunción),edición del 7 de Noviembre de 1867. Quizás, los más obsequiosos ejemplos de esta reverencia pública, provenían de las aldeas del Interior, donde jueces de paz y partidarios privados, constantemente usaban preciosas hojas de papel para componer cartas de elogios, a ser leídas ante sus respectivos ciudadanos. Ver, por ejemplo: Carta de Juana B. Valdovinos de Benítez, Itauguá [¿1867?] en ANA-NE 684. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Actos reales de heroísmo, sin embargo, seguían siendo para él demasiado plebeyos, demasiado “físicos”. López había hecho de sí mismo una entidad sobrehumana, un titán ideal o una fuerza simbólica, que se elevaba por encima de las masas, y ahora debía vivir dentro de esos contornos(4).

(4) La adulación pública mostrada al mariscal López, tiene más que un mero parecido casual con el culto “republicano” construido en torno al dictador Alfredo Stroessner durante los años 1960 y 1970. En ambos casos, una historia oficial que ponía al Jefe del Ejecutivo en el centro, fue esculpida para elevar a un “gran líder” y repetida interminablemente en los medios. La historia de este fenómeno y su relación con el personalismo paraguayo, el caudillismo rural y los trabajos en tal sentido de Juan E. O’Leary, Natalicio González y los revisionistas colorados, todavía deben ser estudiados en profundidad, aunque Liliana Brezzo ha proporcionado un buen punto de partida con su estudio crítico, “En el mundo de Ariadna y Penélope: hijos, tejidos y urdimbre del nacimiento de la historia en el Paraguay”, en: Cecilio Báez y Juan O’Leary, “Polémica sobre la historia del Paraguay” (Asunción, 2008), pp. 11-63. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Díaz, en contraste, se veía a sí mismo como “más paraguayo que la mandioca”, y nunca prestó mucho interés a los uniformes elegantes o a las muestras de superioridad(5).

(5) La expresión “más paraguayo que la mandioca”, es moderna, pero perfectamente encapsula el particular tipo paraguayo, del cual Díaz era un buen ejemplo. Sobre la identidad nacional paraguaya y la universalidad de la lengua guaraní, ver: Helio Vera, “En busca del hueso perdido (tratado de paraguayología)” (Asunción, 1995). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Siempre mostraba una deferencia incuestionable al mariscal, sin embargo, y esta era una virtud indispensable, de la que otros comandantes paraguayos a veces carecían. Ni siquiera los propios hermanos del mariscal podían ser confiables en ciertas ocasiones en las que el general Díaz daba un paso al frente y obedecía sin titubeos.

El favor de un dictador no siempre implica falta de mérito en el objeto de tal patronazgo. Sin proponérselo, un déspota puede recompensar a un hombre de valía y capacidad, o puede encontrar un hombre tal, útil a sus propios intereses.

Díaz no tenía ni la independencia de un Wenceslao Robles ni la ineptitud de un Ignacio Meza o un Antonio Estigarribia, a todos los cuales López hacía tiempo había desechado como traidores. Sí tenía valentía y una incuestionable lealtad. Sus acciones no provenían de una obediencia servil, sino de la creencia patriótica de que el mariscal y la nación eran la misma cosa.

Para ilustrar el punto, en una ocasión temprano en la guerra, el mariscal le preguntó a Díaz, entonces sólo un Capitán, cómo derrotaría él al Imperio, a lo cual el hombre respondió: “Yo solamente quiero las órdenes de Su Excelencia para llevarlas a cabo”. Cuando López insistió en una franca respuesta, el futuro General se puso firme, frunció los labios y declaró:

Bueno, señor, sería el mayor honor de mi vida recibir su orden de reunir a nuestros mejores 7.000 hombres y embarcarlos en los vapores de nuestra flota, dirigirnos directamente hacia el océano Atlántico, pasar a través del Río de la Plata sin que los barcos brasileños en la costa noten [nuestra presencia], luego divisar Río de Janeiro al noveno día, penetrar en la bahía a medianoche [sin ser vistos] por los fuertes enemigos [...] desembarcar en treinta minutos, [...] cruzar la ciudad y caer sobre el Palacio de San Cristóbal, donde yo capturaría a don Pedro y a la familia imperial, retornaría para embarcar a mis prisioneros y en un plazo de veinte días presentarlos a Su Excelencia en la capital, donde usted impondría la paz(6).

(6) Juansilvano Godoi, “El jeneral Díaz”, en: “Monografías históricas” (Buenos Aires, 1893), pp. 12-14; Pablo Duarte, “Jeneral Díaz”. Conferencia dada en el pueblo de Pirayú, con motivo de la colocación de la primera piedra fundamental del monumento en memoria del héroe de Curupaiti, en Setiembre 24 de 1911 (Asunción, 1913), pp. 7-8. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esta enunciación, dicha rápidamente con total convicción, habla por volúmenes acerca de la hibris del General, de su dedicación y también de su ignorancia del mundo exterior. El mariscal López no podía resistir querer a un hombre semejante.

En los meses siguientes, Díaz probó que su fiereza era más que simples palabras. Una y otra vez mostró un agudo apetito por los choques violentos con el enemigo. Inspiraba a sus hombres con la idea de que no solamente ellos sobrevivirían al combate ese día, sino que sacarían arrastrados de la patria a los aliados y ganarían una victoria decisiva para el Paraguay.

Esta convicción lo había llevado a menudo a situaciones de peligro y, a finales de Enero de 1867, lo condujo a un riesgo fatal. Díaz estaba particularmente irritado por la forzada inactividad en la línea del frente militar después de Curupayty. Se daba cuenta de que un ataque en masa no era recomendable, pero igual estaba ansioso de mantener a los aliados preocupados acerca de las intenciones paraguayas.

Reconocimientos agresivos, asaltos relámpago, hostigamientos con francotiradores y provocaciones activas, estas eran tácticas que él había perfeccionado desde Itatí y que el mariscal invariablemente aprobaba.

El General, que sentía un comprensible menosprecio por los bombardeos aliados, especialmente los de la Armada, la mañana del 26 de Enero se deslizó a bordo de una canoa y remó hasta el canal principal del río. Su propósito era espiar los movimientos de los buques enemigos y mostrar el poco caso que le hacía a su tan pregonado poder de fuego.

Uno de sus remeros, un indio payaguá, con rango de Sargento, que había adoptado como su ahijado, le advirtió que se estaban acercando demasiado, pero Díaz, con una mirada de total desdén, calmadamente encarnó un anzuelo de pescar y lo lanzó al agua. Contó el número de buques enemigos e hizo que un Teniente tomara nota de su disposición.

Justo en ese momento, uno de los cruceros disparó una única bomba de 13 pulgadas que impactó en la canoa. El Teniente y uno de los remeros murieron instantáneamente. Su ahijado, sin percatarse de la gravedad de la herida de Díaz, se las arregló para llevarlo a nado hasta la costa, donde vio que el inconsciente General estaba horriblemente lacerado y sangraba irrefrenablemente.

El mariscal mandó buscar de inmediato a Frederick Skinner, uno de los mejores doctores británicos, quien le amputó una pierna y les dijo a los amigos y familiares del General que se prepararan para recibir malas noticias. Madame Lynch se trasladó a Curupayty para llevar a Díaz en su propio carruaje a Paso Pucú. Allí fue alojado al lado de los cuarteles del propio López y durante la siguiente semana recibió todas las atenciones que la medicina moderna pudiera proporcionar.

El mariscal lo visitaba diariamente, mostrándole todo tipo de consideración y estímulo. Incluso ordenó que se hiciera un ataúd especial para la pierna amputada, que fue embalsamada y puesta en la habitación, cerca de la cama del General. Pero, en los momentos intermitentes en que éste retomaba la conciencia, expresaba frustración por dejar el trabajo inconcluso, cuando sus hombres lo necesitaban más que nunca.

López trataba de calmarlo, pero no lo conseguía. La pérdida inicial de sangre fue sólo uno de los problemas. Por alguna razón, después de la cirugía, Díaz no podía retener los alimentos, lo que lo debilitó todavía más, aun cuando tenía momentos de total lucidez.

La mañana del 7 de Febrero, se despertó sintiéndose mejor que nunca y habló animadamente con sus enfermeras y asociados del viejo Batallón 40. Hizo varias bromas despreciativas hacia los kamba. Luego, al mediodía, su estado de ánimo dio un vuelco y, armándose de valor, comenzó a hablar de las cosas que más apreciaba y lo que hubiera deseado lograr. Sobre todo, acentuó su disposición a morir, pero lamentó con todo su corazón no poder vivir para ver la victoria final.

El obispo Manuel Antonio Palacios llegó para administrarle los últimos sacramentos y los dos conversaron por un tiempo del perdón y del deber para con la nación. Díaz se desvaneció una última vez -alrededor de las 16:15- y murió media hora después(7). Tenía treinta y cuatro años.

(7) Julio César Chaves, “El general Díaz. Biografía del Vencedor de Curupaity” (Asunción, 1957), pp. 118-119; y, más generalmente, Silvano Mosqueira, “General José Eduvigis Díaz” (Buenos Aires, 1900). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La muerte del General hundió al campamento paraguayo y, de hecho, a todo el país, en la más oscura congoja. Recibió un elaborado funeral y fue enterrado en Asunción junto con lo que quedaba de su pierna amputada(8).

(8) Hubo duelo oficial en cada pueblo del país y el nombre de Díaz fue en adelante siempre usado cuando se demandaban aún mayores sacrificios a la población. Sobre los servicios memoriales en Villarrica, ver: Marecos a ministro de Guerra, 21 de Marzo de 1867, en ANA-NE 758. Más, generalmente, ver elogios en “El Semanario” (Asunción), ediciones del 9 de Febrero y 16 de Febrero de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El mariscal estaba desconsolado. Nunca se recuperó, y en los meses y años siguientes el propio López y los propagandistas de “El Semanario”, tendieron a inflar la reputación de Díaz fuera de toda proporción. Aunque no fue el único paraguayo que murió por su país durante la guerra, su nombre se convirtió en una representación icónica de desinteresado patriotismo, y lo sigue siendo hasta hoy en día(9). Incluso los Aliados rindieron tributo a su capacidad y firmeza(10).

(9) En la era de postguerra, nacionalistas paraguayos de varias extracciones políticas convirtieron a Díaz en un santo secular, cuyas hazañas heroicas excedían los “sacrificios” del mariscal López. Durante la Administración de Bernardino Caballero, en los años 1880, por ejemplo, era común cambiar nombres de las calles en honor del General. Ver: Luc Capdevilla. “Une guerre totale, Paraguay 1864-1870 (Essai d’histoire du temps présent)” (2007), p. 176. Presses Universitaires de Rennes, Rennes. Uno no esperaría un tratamiento tan hagiográfico por parte de un conservador “lopista” como Caballero pero, incluso numerosos liberales, cayeron atrapados en la propagación de esta imagen, como por ejemplo Juansilvano Godoi, el fundador de la Biblioteca Nacional y el Museo de Arte del Paraguay. A fines de los 1890, Godoi elaboró varias biografías de Díaz, en las cuales el General fue puesto como la síntesis de la virtud cívica (“¡Qué maravilloso ejemplo dá este bravo guerrero a todos los que abrazaron la profesión de las armas!”). Ver: Juansilvano Godoi. “Ultimas Operaciones de Guerra del jeneral Díaz” (1897), p. 149, Buenos Aires. Godoi mismo fue posteriormente convocado allí donde el Gobierno deseara un vocero de alguna observación patriótica, en la que el nombre de Díaz fuera evocado. Ver: Juansilvano Godoi, “El busto del general Díaz” (circa 1900), en: UCR Juansilvano Godoi Collection, box 1, n. 18; Justo P. Alvarez a Godoi, Santo Tomé, 23 de Junio de 1907, en UCR Godoi Collection, box 4, n. 8; y Godoi a Manuel D. Duarte Benítez, Asunción, 31 de Octubre de 1907, en UCR Godoi Collection, box 7, n. 6. En la época, sólo unas pocas voces se alzaban contra las afirmaciones exageradas sobre Díaz; una de ellas, un ex legionario llamado Angel D. Peña que, gentilmente censuró a Godoi por su entusiasmo y, señalando al mismo tiempo su propia veneración por la valentía del fallecido General, también observó que “no somos ángeles [y] yo he escuchado toda clase de opiniones contrarias [acerca de Díaz] de las bocas de soldados y oficiales que sirvieron bajo sus órdenes”. Ver: Peña a Godoi, Asunción, 16 de Julio de 1897, en UCR Godoi Collection, box 5, n. 81.
(10) Ver. “O Leva Arriba” a “Dr. Semana”, Curuzú, 3 de Marzo de 1867, en: “Semana Ilustrada”, (Río de Janeiro), 8 de Marzo de 1867.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

- La partida de Mitre

El presidente argentino había visto su estrella declinar desde Curupayty. Su nombre, alguna vez asociado con exclamaciones de inminente victoria, ahora era mencionado solamente en el contexto de una situación de impasse, pérdida de vidas y pérdida de oportunidades.

Asunción no caería “en tres meses” y, probablemente, tampoco en tres años. Ni en Buenos Aires ni en el frente, Mitre era apreciado como el estadista de larga visión que, en muchos sentidos todavía era. Su humanismo fue olvidado; sus logros, menospreciados. Los paraguayos se reían de él, los brasileños ya no contenían su resentimiento y su propia gente señalaba que estaba en su ocaso.

En tales circunstancias, creyó conveniente mantener un perfil bajo. La llegada de Caxias había significado un traspaso de hecho del Comando a los brasileños, lo cual era en cualquier caso realista y justo ya que, mientras el número de tropas imperiales en Paraguay continuaba creciente, el de Argentina había comenzado a encogerse.

Los levantamientos montoneros en el Oeste implicaban una nueva y más acuciante amenaza contra el Gobierno Nacional, y si la campaña contra López podía esperar, la que debía emprender contra Varela no podía.

A mediados de Noviembre de 1866, Mitre separó unos 1.000 hombres argentinos del principal Ejército Aliado en Paraguay y los envió al sur, a unirse a las tropas reclutadas por los porteños y por Oroño, en Santa Fe.

El oficial que eligió Mitre para comandar este nuevo ejército no fue otro que el general Wenceslao Paunero, héroe de la campaña de Corrientes y, sin duda, el mejor táctico del ejército argentino (aunque, como los estudiosos uruguayos enfatizan ad infinitum, había nacido en su lado del río).

Un año y medio antes, el asalto del General al puerto de Corrientes había elevado dramáticamente su reputación, debido a que con ello había afectado tan fuertemente el cronograma del mariscal en el Nordeste argentino, que los paraguayos nunca pudieron recuperar el ímpetu.

Por talentoso que pudiera ser Paunero, sin embargo, no podía estar en dos lugares al mismo tiempo, y no sorprende que mientras estas nuevas unidades se juntaban contra los montoneros, demoras y problemas lógicos obstaculizarán su coalición en una fuerza efectiva, mientras Varela y los rebeldes cuyanos continuaban avanzando.

El 24 de Enero de 1867, el presidente argentino anunció que otros cuatro batallones de artilleros montados -1.100 hombres- serían agregados a las unidades de Paunero contra los rebeldes occidentales. “Si esto resulta insuficiente -escribió al vicepresidente Paz- entonces enviaré desde aquí el doble o el triple y, si es necesario, iré yo mismo hasta que la rebelión sea sofocada”.

En este mismo mensaje, Mitre enfatizaba que, como líder constitucional, tenía muchas responsabilidades que cumplir y que sus acciones en Paraguay eran sólo una parte de ellas; traidores domésticos habían complicado sus esfuerzos en todos los ámbitos y, si los levantamientos en el occidente argentino continuaban estorbando la búsqueda de la unidad nacional, pronto se dirigiría a Rosario para organizar las fuerzas contra la “anarquía del Interior(11).

(11) Mitre a Paz, Yataity, 24 de Enero de 1867, en: Archivo del coronel, doctor Marcos Paz, 8: 282-5. La expresión “anarquía del Interior” había sido acuñada por Manuel de Sarratea ya en 1811 y nunca perdió su relevancia en la política regional. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

No esperó mucho. El 31 de ese mes, después de recibir más información de inteligencia desde Buenos Aires, Mitre anunció su intención de retirarse al sur junto con doce batallones -3.600 de sus mejores guerreros-, todos los cuales serían pronto incorporados al ejército de Paunero.

Cuando Mitre comunicó esta desafortunada noticia a Caxias, éste contestó que lo lamentaba profundamente; no se sentía preparado para comandar toda la fuerza aliada en Paraguay y solamente podía aceptar la decisión de Mitre si el presidente argentino preparaba primeramente un plan detallado de operaciones contra el mariscal López(12).

(12) Esta historia particular, que tiene un halo de exageración, primero apareció en las anotaciones de Diego Lewis y Ángel Estrada, traductores argentinos de la primera versión en español de las Memorias de Thompson [ver Thompson, “La guerra del Paraguay”, segunda edición (Buenos Aires, 1910), 1: 193]; aunque el intercambio no aparece en la versión original en inglés, Mitre efectivamente le envió a Caxias comentarios extensos sobre cuestiones estratégicas, aunque esto no pasó antes de mediados de Abril de 1867 (ver: ibid., 2: 5-6). Por otro lado, es difícil de culpar a Sena Madureira, cuando reacciona con total incredulidad al escuchar este relato, preguntando cómo fue que dos extranjeros pudieron haber conocido el contenido de una conversación privada entre dos comandantes aliados, lo que llevó al autor a concluir que ningún plan como el descrito existió en ese momento. Ver: Antônio de Sena Madureira. “Guerra do Paraguai (Resposta ao Sr. Jorge Thompson, autor da ‘Guerra del Paraguay’ e aos Anotadores Argentinos D. Lewis e A. Estrada)” (1982), p. 34. Ed. Universidad Nacional de Brasilia, Brasilia. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Quizás, el marqués sí expresaba una opinión sincera; ciertamente, aún debía preparar una ofensiva. Quizás estaba solo, tratando de reafirmar su estima a su colega, de la misma forma que lo había hecho tres meses antes con Tamandaré. O quizás estaba simplemente tratando de encontrar palabras corteses, para aceptar su ascenso a la total autoridad.

En cualquier caso, cuando el vapor de Mitre partió río abajo, el 8 de Febrero, ya no había dudas de que la toma de decisiones aliada había pasado definitivamente a las manos de Caxias y de los brasileños(13).

(13) Caxias a Lustosa da Cunha Paranaguá, Tuyutí, 10 de Febrero de 1867, en IHGB, lata 313, pasta 5. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Lo que había sido de facto se volvió de jure y, por lo que se podía prever en el futuro, los 4.000 argentinos que permanecieron en el frente paraguayo bajo el general Gelly y Obes tendrían que seguir en el tren del marqués. Estudiosos y polemistas han debatido desde entonces si esto fue algo bueno. Para los hombres en Humaitá, Tuyutí y Curuzú, sin embargo, el único hecho saliente en Febrero de 1867, era que la amarga guerra continuaría.

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