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UN FRENTE ESTATICO Y UN PAIS DEVASTADO POR LA GUERRA

Algunos conflictos contemporáneos al de la Triple Alianza, como la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865) y las guerras de Prusia con Austria (1866) y con Francia (1870-1871) fueron inusuales en el siglo diecinueve, en el sentido de que un gran número de soldados comunes en todos los bandos eran alfabetizados. En consecuencia, quedó una copiosa correspondencia, así como diversa documentación sobre sus experiencias personales en combate y su vida cotidiana en la milicia.

Estos materiales proporcionan un atractivo complemento a las reminiscencias de los oficiales, que frecuentemente afloran en el contexto de las preocupaciones políticas de la postguerra y con sesgos de clase que los hombres de tropa raramente comparten. En la Guerra de la Triple Alianza, sin embargo, muy pocos soldados en el campo de batalla podían leer y escribir. Sus familias supieron poco de ellos durante el curso del conflicto y, por lo general, no se preocuparon por guardar los retazos de papel que venían del frente y que hubieran podido dotar a los estudiosos de hoy de una fuente de relevancia.

Los pocos ejemplos de cartas, supuestamente escritas por soldados comunes, que quedaron en archivos, tienden normalmente a ser recuentos mecánicos de descripciones y solicitudes de suministros (camisas, tabaco, etc.) u otro tipo de peticiones. Los escritores profesionales de cartas que, de hecho, escribieron estas notas, algunas veces agregaban sus propias impresiones, pero en una forma sumamente predecible.

Al buscar la voz del soldado común, por lo tanto, el historiador se ve forzado a recurrir a simplificaciones que apenas pintan destellos de la realidad, que era simultáneamente más compleja, más básica y más terrible. Desde luego, las inferencias educadas pueden revelar a veces algo de valor.

Varios cientos de miles sirvieron en los ejércitos beligerantes durante la Guerra de la Triple Alianza. El número exacto sigue estando poco claro, debido a que cada bando tenía razones para exagerar la cantidad de efectivos y minimizar la de ancianos y adolescentes, a veces niños, en las filas.

Es posible, no obstante, generalizar. El recluta medio en el campo aliado era un campesino o un arriero veinteañero de alrededor de 1 metro 70 centímetros de alto, unos 75 kilos de peso, cabello y ojos oscuros y piel del color del cuero lavado. El ejército argentino contaba con muchos extranjeros -italianos, franceses, alemanes, polacos e ingleses-, pero un buen número de ellos era también gente de campo, con más conocimientos de un arado que de un rifle(1).

(1) Algunos extranjeros, como Ulrich Lopacher, llegaron a la milicia argentina como último recurso y vivieron para lamentarlo. Lopacher había asaltado a un policía estando borracho y huyó de su Suiza natal en el ejército papal. Ganó una medalla por heroísmo en la lucha contra Garibaldi y, luego, con la derrota de sus patrocinadores, se encontró postrado en Marsella. Sin un céntimo en el bolsillo, fue recogido en el puerto por agentes de reclutamiento de Buenos Aires y enviado casi directamente al frente paraguayo, en 1868, donde sirvió por un año y medio como soldado raso, en circunstancias crecientemente desesperantes. Nunca dispuesto a someterse a la disciplina, se vio envuelto en una riña justo después del fin de la guerra y desertó para no ser atrapado por la policía militar. Después de una serie de insólitas aventuras, se las arregló para escapar al Brasil, donde vivió otros treinta años en la oscuridad. Murió con un retiro suizo en 1930, siendo un hombre muy anciano, pero todavía con clara memoria de sus rudos momentos al servicio argentino. Ver: Ulrich Lopacher y Alfred Tobler, “Un suizo en la guerra del Paraguay” (Asunción, 1969). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Aunque en menor medida que las argentinas, las fuerzas brasileñas igualmente tuvieron muchos extranjeros en sus filas(2). También incluían a muchos negros que habían comenzado sus vidas como esclavos en fazendas o plantaciones. Estos reclutas ya habían tenido experiencias de vida marcadas por el látigo pero, incluso ellos, estaban mal preparados para la violencia y las frustraciones que encontraron en el Paraguay.

(2) Las fuerzas imperiales no estaban enteramente desprovistas de miembros extranjeros y las autoridades brasileñas en Rio Grande do Sul, por ejemplo, creyeron prudente lanzar el llamamiento inicial a las armas contra el Paraguay tanto en portugués como en alemán. Ver “Aufruf von 26 Juni 1865”, citado en Klaus Becker. “Alemães e Descendentes do Rio Grande do Sul na Guerra do Paraguay” (1968), pp. 14-15. Ed. Hilgert, Canoas. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El 6 de Noviembre de 1866, el emperador pavimentó el camino para una mayor participación de la población afro-brasileña en el conflicto, al ordenar que “la libertad será gratuitamente concedida a aquellos esclavos de la nación que estén en condiciones de servir en el ejército”.

Tales esclavos -unos 1.000 en número- no eran propiedad de plantadores individuales ni pertenecían personalmente a don Pedro, sino a establecimientos gubernamentales del Imperio en diferentes partes del país (y, por lo tanto, estaban a disposición del emperador(3).

(3) Actas del Poder Ejecutivo, decreto Nro. 3725, Río de Janeiro, 6 de Noviembre de 1866, en: Foreign Office, Correspondence Respecting Hostilities in the River Plate (Londres, 1867), p. 28 (enclaustrado en Nro. 42). Las esposas e hijos de hombres liberados bajo este decreto, recibieron su emancipación al mismo tiempo. El 21 de Febrero de 1867, don Pedro le dio seguimiento a su previo decreto con una contribución personal de 100 contos al ministro de Guerra para comprar la libertad de esclavos que se pudieran enrolar en el ejército para el servicio en Paraguay. Ver: “A Regeneração” (Rio de Janeiro), 28 de Febrero de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Entre los negros libres que ya se habían unido al ejército y aquellos esclavos cuya libertad había sido comprada a condición de que sirvieran como sustitutos, el número total de negros brasileños en las Fuerzas Armadas era considerable y era un tema que generaba muchos comentarios en el frente. Como casi todos estos hombres eran analfabetos, sólo nos queda adivinar lo que pensaban de las circunstancias que los habían traído al Paraguay y lo que se imaginaban de su futuro(4).

(4) Hendrik Kraay. “O Abrigo da farda: o exército e os escravos fugidos, 1800-1888” (1996), Afro-Asia, 17, pp. 29-56. Salvador, Bahía. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En cuanto a tantos jóvenes que fueron atraídos por el llamado de las armas por sentimientos
patrióticos y la promesa de gloria, hay que tener en cuenta que los soldados aliados habían visto poco o nada del mundo exterior y estaban apenas marginalmente mejor informados que sus contrapartes paraguayos sobre el contexto político de la guerra.

Ingenuamente pensaban que la campaña tendría sus extrañas atracciones, pero el servicio militar no todo era aventura. Implicaba largas ausencias del hogar y de los seres queridos, mala comida, órdenes contradictorias o caprichosas y extenuantes tareas.

El tiempo en el frente consistía en cinco de seis partes de aburrimiento y pena, y una parte de terror. La camaradería de la vida del soldado a veces compensaba las brutalidades diarias infligidas por los mosquitos, el trabajo duro y el clima húmedo o, por lo menos, proporcionaba algo distinto para pensar pero, por lo general, no había alivio.

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