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La vida en los campamentos aliados

Los soldados aliados habían pasado semanas incómodas antes de llegar a Tuyutí. Sus uniformes, que recibieron justo antes de partir, usualmente eran hechos localmente, pero -a veces- eran traídtado de las sobras de la Guerra Civil estadounidenses o de algún ejército europeo. Raramente les quedaban bien y sólo tenían una camisa de algodón contra la picazón que les causaba el saco de lana(1).

(1) Los brasileños compraban uniformes en el extranjero muy raramente, aunque lo hicieron cada vez más a medida que la guerra se prolongaba. Entre los argentinos, tales compras eran más comunes. Ver: Liliana M. Brezzo, “Armas norteamericanas en la guerra del Paraguay”, en: “Todo es Historia”, Nro. 325 (Septiembre de 1994), pp. 28-31; Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), pp. 129-140. Ed. Planeta, Buenos Aires; y Adler Homero Fonseca de Castro (2006). “Uniformes da Guerra do Paraguai”. Publicación virtual, Biblioteca Nacional, Rede de Memória Virtual Brasileira (Rio de Janeiro, 2006). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las tropas brasileñas y algunas de sus contrapartes argentinas a veces se las arreglaban para obtener botas importadas, muchas de ellas tan fuera de calce como los uniformes. Los únicos soldados aliados que estaban cómodos con sus calzados eran los jinetes gauchos de las pampas uruguayas y argentinas, quienes utilizaban las mismas rústicas botas de potro en el frente que las que usaban en las praderas.

Por supuesto, estas botas, por confortables que fueran, comenzaban a desintegrarse después de hundirse repetidamente en los carrizales paraguayos. En este sentido, los productos importados algunas veces eran más convenientes, aunque esto no siempre era el caso, ya que algunas de las botas importadas eran de tan mala calidad que se destruían en cuestión de días.

El largo viaje río arriba era incómodo, por decir lo menos, y con tantos hombres hacinados en las cubiertas, incluso bajo la lluvia, las pequeñas rencillas podían pasar a veces de roces sin consecuencias a mortales puñaladas. Los soldados inexpertos frecuentemente cargaban sus mochilas con una variedad de cosas inútiles -chucherías religiosas, fotografías, bagatelas de todo tipo- y éstas a menudo se convertían en objeto de envidia de otros.

Los cuchillos podían salir a relucir en cualquier momento, y como resultado algunos hombres nunca siquiera llegaron al frente. Aquéllos que lo hicieron, pronto aprendieron a manejarse. Aprendieron cómo cortar una ración individual de un pedazo común de carne sin tomar demasiado ni demasiado poco de sus camaradas.

Aprendieron cómo ablandar y cocinar galletas duras como hierro y mezclarlas con agua, charque y posiblemente porotos en un salado puchero. Aprendieron a arreglárselas con una simple colcha en vez de la pesada mochila que les habían dado en Montevideo y Buenos Aires. Aprendieron cómo convertir las verdes y mullidas ramas de los árboles locales en una masa aromática que, cubierta con un cuero, podía ser utilizada como cama.

Aprendieron a mantener limpios sus rifles y bayonetas. Y, quizás lo más importante, aprendieron a hacerse amigos de los veteranos más experimentados, que podían explicarles los pormenores de las tareas y las batallas. Tales amistades solían sobrepasar las mayores diferencias entre los individuos y se daban entre hombres de extracción muy dispar, unidos en una hermandad, en todo sentido, tan cercana como la de la familia.

Los recién llegados al Paraguay se sorprendían por el enorme número y variedad de barcos que navegaban por el río entre Corrientes e Itapirú, todos llevando suministros y hombres al frente. Había vapores, zumacas, patachos, fragatas, chalanas, balleneros, goletas y una multitud de canoas(2).

(2) Ciento ochenta y cinco buques cargados con mercaderías estuvieron en el puerto de Corrientes entre Enero y Abril de 1866 (junto con 39 vapores), y el número de barcos que fueron a Itapirú sin detenerse parece haber sido incluso mayor. Ver: “Entradas y salidas de buques”, en el periódico “La Esperanza”, (Corrientes),edición del 15 de Abril de 1866. Alguna idea de la congestión de barcos en este último puerto, puede captarse en la pintura de Cándido López: “Itapirú, 19 de Abril de 1866”, que muestra una variedad de vapores y buques de vela aproximándose al pequeño Fuerte; la pintura puede ser vista hoy en el Museo Histórico Nacional en Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Un poco más al norte se avistaban Paso de la Patria y los campamentos aliados. Tenían más apariencia de aldeas o rústicos bazares, que de campamentos militares. Los macateros italianos, franceses, alemanes y vascos, quienes en etapas previas se movían más que las tropas, prácticamente habían descartado sus improvisadas tiendas para Noviembre de 1866(3).

(3) Dionísio Cerqueira expresó un afecto particular por uno de los macateros, un pelado francés muy entusiasta que había servido con los zuavos en Crimea y todavía llevaba su gorro de aquellos años. Este individuo era muy popular entre los brasileños, ya que tenía muchas anécdotas que contar de su pasado militar y regalaba lozanas canciones y estrofas del pasado conflicto a todo el que se acercara. Un día desapareció luego de vender su establecimiento a un gringo. Continuó su camino, hundido en la nostalgia de su país natal. Ver: Evangelista de Castro Dionísio Cerqueira. “Reminiscências da Campanha do Paraguai. 1864-70” (1948), p. 204. Gráfica Laemmert, Río de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ahora alineaban sus carretas de bueyes y construían edificios semipermanentes de madera, ladrillos y lienzos. A lo largo de sus amplios bulevares de chozas, ofrecían una variedad de productos a precios exorbitantes. Los pequeños salarios que acumulaban los soldados pasaban rápidamente a las manos de estos macateros, a veces en forma de monedas de plata y a veces incluso de trozos de esas mismas monedas(4).

(4) En una de las novelas gráficas de André Toral, hay una excelente y totalmente creíble ilustración de uno de estos establecimientos, cuyo dueño es mostrado hablando en una mezcla de italiano y portugués a sus posibles clientes. Ver: Adéus Chamigo Brasileiro. “Uma História da Guerra do Paraguai” (São Paulo, 1999), pp. 32-33. En Septiembre de 1867, después de que el principal campamento aliado se hubiera mudado al norte, a Tuyucué, un corresponsal de guerra contó 118 tiendas dedicadas a operaciones de venta, 77 bajo la bandera brasileña; el resto bajo la argentina. Ver: Informe de M. A. Mattos en “La Nación”, (Buenos Aires), edición del 24 de Septiembre de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estos negocios les daban a los campamentos un aire cosmopolita. Había dentistas, panaderos, vendedores de empanadas, salchichas, quesos importados, sastres, prestamistas, tabacaleros, comerciantes de pieles y bridas, productos de cuero, perfumes y folletos pornográficos. Eran comunes las cocinas improvisadas, también las zapaterías, los salones de billar y talabarterías. Hombres analfabetos podían encontrar escritores de cartas que creaban, para ellos, las más elaboradas confecciones para enviarlas a casa y asegurarles a los seres queridos que todo estaba bien en el frente.

El gran tamaño de las operaciones de los macateros ocasionalmente creaba fricciones entre los aliados. A fines de 1866, el periódico correntino “La Esperanza” lanzó una campaña para exigir que los productos uruguayos que pasaran a través de la provincia, en tránsito a Itapirú, fueran forzados a pagar aranceles en la Aduana argentina.

Cuando los funcionarios de comercio de Mitre establecieron una tarifa del 20 por ciento sobre tales productos, los representantes de la República Oriental explotaron de furia. Como notó “El Siglo”, de Montevideo, lo “más triste de la guerra es que sirva para favorecer los intereses de una cantidad de explotadores; en lo que a [nuestra] República se refiere, no deberíamos hacer nada, salvo continuar con el sistema liberal previamente adoptado” [que trataba a Itapirú y a Paso de la Patria como puertos neutrales y, por lo tanto, libres de impuestos argentinos](5).

(5) “El comercio de Itapirú”, en el periódico “El Siglo” (Montevideo), edición del 28 de Noviembre de 1866; y “El comercio oriental en Itapirú”, del 12 de Enero de 1867. Entonces, como ahora, el Derecho Internacional favorecía la interpretación oriental sobre este punto. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El sucesor del presidente Flores, general Enrique Castro, prometió -a mediados de Enero de 1867- hacer todo lo que estuviera en su poder para remover las cargas impositivas sobre los macateros uruguayos, pero no está claro si consiguió algo con sus esfuerzos(6).

(6) Flores a Enrique Castro, Montevideo, 15 de Enero de 1867, en la cual el presidente uruguayo aconsejaba a su sucesor buscar la ayuda del general Caxias, al tratar con los argentinos sobre este asunto. Ver: Archivo General de la Nación, Montevideo - Archivos Particulares, caja 69, carpeta 4. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Mantener el buen espíritu en los campamentos aliados, no era meramente una cuestión de
compraventa de mercaderías. Había también asuntos de un carácter más personal. Una de las grandes historias no contadas de la Guerra de la Triple Alianza, es la de las mujeres que seguían a los campamentos hacia el norte. En todo momento había cientos, incluso miles de ellas, que hacían de enfermeras, cocineras y lavanderas.

Algunas eran parientes que habían viajado vastas distancias para cuidar de un hijo, un hermano o un marido. Otras, llamadas vivandeiras por los brasileños, actuaban como agentes de los macateros, para ofrecer productos a los soldados. Cualquiera fuera el nombre que se les diese, su presencia ofrecía apoyo y amistad a hombres que vivían bajo una inmensa presión(7).

(7) Desde Abril de 1867, Albuquerque Bello, un teniente coronel de las Fuerzas brasileñas, tuvo un romance extramarital en el campamento con una mujer llamada Carlinda, a la que quería profundamente, pese al hecho de que su relación le causaba un sinfín de sentimientos de culpa:
“Pienso en mi esposa, ¡cuánto la extraño! Pero aún así, he cometido algunos crímenes, pero mi esposa, quien es tan buena conmigo, me perdonará. Ella sabe cómo son los hombres. Dos años lejos de mi esposa me han hecho cometer un crimen [...] Confieso, Chiquinha, mi
esposa, ¡te ruego tu perdón! ¡No sé cómo puedo siquiera escribir estas líneas con un crimen tan horrible en mi mente! ¡Perdóname, esposa, te ruego de rodillas que me perdones! Mi pobre esposa, mis pobres hijos”. Ver: “Diario de Albuquerque Bello” (entrada del 15 de Abril de 1867), en, Ricardo Salles, “Guerra do Paraguai. Memórias e Imagens” (2003), pp. 235-236. Biblioteca Nacional: Rio de Janeiro. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Y, pese a ello, uno tiene la impresión de que los cronistas de guerra deliberadamente evitaban mencionar a estas mujeres. Una excepción fue la del capitán Francisco Seeber, cuyas breves palabras sobre el tema todavía despiertan nuestra simpatía:

Estas infelices mujeres, que siguen nuestros movimientos, se visten con humildes atavíos, comen sólo las sobras, se alojan en las pérgolas, lavan para los soldados, cocinan para ellos y les proporcionan el mayor de los cuidados cuando caen enfermos o heridos.
Son merecedoras de ternura y compasión y agregan a la aflicción que las miserias [de la guerra] inspiran(8).

(8) Seeber a Santiago Alcorta, Tuyutí, 24 de Julio de 1866, en: Francisco Seeber. “Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866” (1907), p. 150. Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires; en una correspondencia privada del 28 de Febrero de 2008, Jennifer French sugería que los cronistas brasileños y argentinos -todos hombres- no deseaban hablar sobre las “seguidoras”, porque ello podía influir negativamente en la percepción pública de lo que estaban haciendo los Ejércitos Aliados en Paraguay. Cualquier referencia amplia a las mujeres, podía poner en entredicho la esencial “masculinidad” de la vida de los soldados en el frente, o su lealtad colectiva a sus esposas, quienes se habrían sentido escandalizadas por la presencia de mujeres “sin compromiso” en los campamentos (o, al menos, los cronistas presumían que podían escandalizarse). Ver también: Peter M. Beattie. “The Tribute of Blood. Army, Honor, Race, and Nation in Brazil. 1864-1945” - (“El tributo de la sangre. Ejército, Honor, Raza y Nación en Brasil. 1864-1945)” (2001), pp. 42-45. Ed. Duke University Press, Durham y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El que estas “seguidoras” de los campamentos formaran lazos sexuales con soldados era dado por hecho. Estas relaciones obtenían una tácita legitimidad, no muy diferente de la que se podría haber encontrado entre gauchos y chinas en las pampas. Desde luego, muchas de estas uniones tenían legitimidad solamente en el más pasajero sentido del término.

En décadas anteriores, había sido práctica común en Argentina tratar a las prostitutas como vagabundas, lo que las hacía pasibles -bajo los códigos rurales- de ser confinadas a las fronteras, donde proporcionaban servicios sexuales a los soldados en aisladas guarniciones(9).

(9) En una ocasión, a principios de los 1830, por ejemplo, funcionarios de la ciudad de Buenos Aires arrestaron a 300 mujeres “de dudoso carácter” y las deportaron a la frontera sur de la provincia, “sin notificación o investigación de sus ofensas”. Ver: Donna J. Guy. “Sex & Danger in Buenos Aires (Prostitution, Family and Nation in Argentina)” (1991), p. 39. University of Nebraska Press, Lincoln y Londres; el exilio forzoso de prostitutas, mereció algún énfasis en la filmografía argentina. Uno de los ejemplos más significativos es la película de Hugo Fregonese, “Pampas Salvajes” (1965), ambientada en la Patagonia de los 1870. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Aunque no está claro que esto se haya hecho durante la campaña del Paraguay, el gran número de soldados evidentemente actuó como un imán para “mujeres peligrosas” y proxenetas de varias nacionalidades. Los salones que publicitaban, “damas de virtud fácil” eran comunes en Paso de la Patria e, incluso, dentro de los escasos kilómetros de las líneas del frente.

El general Osório una vez trató de cerrar estos establecimientos y forzar a las mujeres a regresar por río a la Argentina, como una forma de lidiar contra las enfermedades venéreas. Se generó tal pandemonio, que tuvo que abandonar la idea por impracticable(10).

(10) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 57. Greenwood Press, Westport, Connecticut. A Osório y a los demás Comandantes Militares, les molestaba la distracción que representaban las seguidoras e incluso circulaba una historia acerca de la batalla del Riachuelo, en 1865, en la que se afirmaba que el almirante brasileño Barroso tuvo que detener su maniobra, en dos ocasiones distintas, para calmar a las histéricas mujeres que los soldados aliados habían traído a su buque insignia [comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 12 de Junio de 2009]. En una sarcástica pero apropiada comunicación proveniente de un notable oficial del ejército de Mussolini, el mariscal Pietro Badoglio reprocha la sugerencia casual de Juan E. O’Leary de que las prohibiciones brasileñas -en relación con las seguidoras- simplemente reflejaban la propia incapacidad del comandante aliado de desempeñarse sexualmente; no hay otra opción que concordar con el General italiano en este punto ya que, pese a las ventajas que las prostitutas puedan ofrecer a hombres bajo tensión, también pueden esparcir enfermedades venéreas y, posiblemente, conspirar contra la buena disciplina, que es absolutamente necesaria en un ejército. Ver: Badoglio a O’Leary, Roma, 1 de Agosto de 1927, citado en: Liliana M. Brezzo, “¿Qué revisionismo histórico? El intercambio entre Juan E. O’Leary y el mariscal Pietro Badoglio en torno a ‘El Centauro de Ybicuí’” (2010). Trabajo presentado ante las II Jornadas Internacionales de Historia del Paraguay, 16 de Junio de 2010, Montevideo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuando llegó Caxias, emitió órdenes de asignarles labores remuneradas como camilleras y
enfermeras de hospital y estableció que aquéllas que se resistieran a esta imposición fueran expulsadas(11).

(11) Ordem do Dia, n. 7, artigo n. 12, Cuartel General, Tuyutí, 28 de Noviembre de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esto parece un compromiso prudente entre las apariencias y la conveniencia práctica. Se preocupara o no el público de admitirlo, todos reconocían que las seguidoras levantaban la moral entre los hombres. Cualquiera fuera su estatus, las mujeres se volvieron ubicuas en los campamentos aliados. Algunas eran paraguayas, quienes, además de sus otras actividades, también actuaban como espías, pasando toda clase de información útil entre las líneas enemigas. Otras seguidoras eran argentinas o brasileñas y, unas pocas, europeas(12).

(12) Hubo una mujer india, Catalina, que, vestida de hombre, había acompañado al ejército del general Flores en las primeras etapas de la guerra y que murió en Paysandú antes de llegar al frente paraguayo. Ver: “Catalina India”, en el periódico “A Semana Ilustrada” (Rio de Janeiro), edición del 12 de Marzo de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cómo la mayoría llegó al frente, sigue siendo un misterio. La vida de los oficiales en los campamentos aliados tenía cierta variedad. Había recepciones formales, banquetes y bailes, en los cuales los oficiales veteranos recibían a sus asociados más jóvenes y trataban de superarse unos a otros en la ornamentación y rareza de las comidas ofrecidas: huevos con trufas, jamón cocido con rodajas de pomelos y damascos, venado asado y pescado preparado en elaboradas salsas(13).

(13) Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), pp. 263-265. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los salones de baile eran construidos con considerable atención a los detalles y con un toque de gusto femenino; un corresponsal de guerra elogiaba fervientemente las labores de un artesano entrerriano, que había construido un baño de damas coloridamente decorado con papel y hojas de palma, para rememorar flores y pájaros volando(14).

(14) Manuel A. de Mattos, “Correspondencia de Tuyutí”, 15 de Diciembre de 1866, en: “La Nación Argentina” (Buenos Aires), edición del 18 de Diciembre de 1866. Ver también: Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), 1: 111-2. Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuando no estaban en servicio, los oficiales a veces salían a cazar o pescar, o practicaban juegos de caballeros(15). Eran ávidos clientes de los estudios fotográficos (la mayoría de ellos en Corrientes pero, a veces, en los campamentos) y, comúnmente, se presentaban unos a otros con cartes de visite con sus retratos, que hacen hasta hoy una reveladora fuente para los historiadores de la fotografía(16).

(15) J. C. Soto -en un parcialmente ficticio relato de la vida del campamento en 1866- cuenta la historia de un soldado común, que trata de eludir sus tareas para ir a pescar al estero. Lo acompaña en sus escapadas su leal perro, Cartucho. Ambos murieron heroicamente en Curupayty. Ver: “Picardía. Cuento de campamento”, Album de la guerra del Paraguay, volumen 1 (1893-1894), pp. 175-6, 191-192, 205-208, 221-224, 237-240, 254-256 y 270-272.
(16) Sobre estas cartes de visite, ver: Miguel Angel Cuarterolo. “Images of War. (Photographers and Sketch Artists of the Triple Alliance Conflict)” (2004), pp. 154-156, en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country. Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870”. Ed. University of Nebraska Press, Lincoln y Londres. Más generalmente sobre la fotografía, ver: André Amaral de Toral, “Entre Retratos e Cadáveres: a Fotografía na Guerra do Paraguai”, en: Revista Brasileira de História, 19: 38 (1999), pp. 283-310; y Alberto del Pino Menck, “Notas sobre fotografías en la guerra del Paraguay”, en: Juan Manuel Casal y Thomas Whigham, “Paraguay. El nacionalismo y la guerra. Actas de las Primeras Jornadas Internacionales de Historia del Paraguay en la Universidad de Montevideo” (Asunción, 2009), pp. 137-175.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Por supuesto, tanto para los oficiales como para el resto de los hombres, la mayor parte de los aspectos de la vida del campamento eran tediosos. Para los soldados, todo estaba gobernado por el sonido de tambores y cornetas. Antes del amanecer, la diana llamaba a la reunión matutina y a alistarse para las órdenes del día(17).

(17) Miguel Angel de Marco ha puntualizado que, en varias oportunidades, durante la campaña, las señales de las trompetas y tambores fueron reemplazadas por señales de banderas. Los oficiales en comando, al parecer, habían notado que tocar la diana muchas veces provocaba la intervención de francotiradores paraguayos. Señales diferentes eran, por lo tanto, enarboladas desde mangrullos, con la bandera blanca, indicando que los soldados atrincherados durante la noche podían retirarse a las líneas de retaguardia a desayunar; una roja y blanca, señalaba que los soldados atrincherados podían descansar en sus lugares, con sus rifles listos, hasta que se diera la señal de retiro; y cuando una bandera blanca era elevada junto con un banderín, significaba que los ayudantes del batallón tenían que reportarse a los Cuarteles para recibir instrucciones. Ver: Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), pp. 255-256. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las interminables rondas de práctica, las guardias y los fatigosos detalles que seguían, ponían a prueba la paciencia del más patriota. Los ejercicios pronto tomaron un carácter monótono. Había una práctica de bayoneta, marcha en formación, artillería y entrenamiento con armas pequeñas. Los Sargentos a cargo, leían los mismos libros de instrucción que cualquiera, siempre insistiendo en que tales ejercicios eran necesarios para salvar vidas.

Con los argentinos, la frecuencia y carácter de las prácticas eran los prescritos por el manual táctico del coronel Joaquín Rodríguez Perea, cuyo libro había sido de lectura obligatoria desde que Mitre dio la Orden General en Julio de 1865(18).

(18) Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), p. 258. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los brasileños estaban similarmente empeñados en conjuntos de ejercicios altamente codificados(19).

(19) El número de instrucciones oficiales de entrenamiento en el ejército brasileño parece haber excedido por mucho al de los argentinos. Ver, por ejemplo, el decreto de establecimiento de una Escuela de Artillería (18 de Mayo de 1859), así como varios reglamentos e instrucções para artilleros (27 de Marzo de 1867), citados en Antonio José do Amaral, “Indicador da Legislação Militar em Vigor no Exército do Imperio do Brasil” (Rio de Janeiro, 1871), pp. I-III. El Gobierno Imperial también desplegó considerable interés en textos técnicos extranjeros, especialmente manuales militares del ejército de Estados Unidos, que el Departamento de Estado proporcionó a las autoridades brasileñas a principios de 1866. Ver: Councilor Nascentes de Azambuja a William Seward, Nueva York, 24 de Marzo de 1866, en: National Archives Records Administration, Washington, D.C., M-49; William Seward a Azambuja, Washington, 13 de Abril de 1866, en: National Archives Records Administration, Washington, D.C., M-49, n. 9. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Todas las tropas aliadas, de cualquier nacionalidad, consideraban estas prácticas extenuantes y tontas, pero las ejecutaban como lo mandaban las órdenes, independientemente de lo que pensaran y, más tarde, aprendieron a apreciar lo que les habían enseñado. La instrucción actualizada tenía sus ventajas. Cuando los fusiles de aguja prusianos llegaron al campamento brasileño, a fines de 1866, por ejemplo, los soldados corrieron a exigir entrenamiento para su uso(20).

(20) Periódico “The Standard”, (Buenos Aires), edición del 4 de Enero de 1867. En Europa misma, la popularidad de los rifles aguja no sobrevivió a la batalla de Könniggrätz, del 3 de Julio de 1866, durante la cual la tendencia de los agujas a romperse o doblarse fue reportada tanto por los prusianos como por los austríacos. Este no fue, sin embargo, el mensaje que filtraron a Sudamérica, donde el arma era consistentemente elogiada por comentaristas que debieron tener mejor información, y que creían que harían una seria diferencia en la guerra con Paraguay. Ver, por ejemplo, “Los fusíles prusianos de aguja”, en el periódico “El Siglo”, (Montevideo), edición del 15 de Agosto de 1866. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En el ejército argentino, la ración diaria para un soldado incluía un kilo de carne fresca o una cantidad similar de charque, cien gramos de porotos, un cuarto de galleta y 15 gramos de sal. En el curso de una semana, el soldado también recibía medio kilo de tabaco negro, suficiente yerba mate, jabón y papel para enrollar cigarros. Todos estos ítems, incluido el jabón, eran categorizados como vicios necesarios por el comando(21).

(21) Estos aprovisionamientos al ejército eran todos contratados a Anacarsis Lanús, el mismo hombre de negocios que había vendido armamentos a López antes de la guerra. Ver: “Contrato del 28 de Febrero de 1866”, en: Juan Beverina. “La Guerra del Paraguay” (1921), 3: 667-669, (cuatro volúmenes). Ed. Establecimiento Gráfico Ferrari, Buenos Aires. En un despacho al Departamento de Estado, escrito más o menos al mismo tiempo, Washburn se maravillaba de que la exagerada dependencia en la carne vacuna no hubiera causado problemas de salud entre las tropas, “un hecho que habla bien del sistema de disciplina y la limpieza en los campamentos”. Ver: Washburn a Seward, Corrientes, 8 de Febrero de 1866, en: Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los brasileños evidentemente recibían raciones algo más amplias que las de los argentinos y un poco más variadas, aunque tampoco eran envidiables. Pescado seco, mandioca molida (popi o farofa), porotos negros y café, eran parte de su cupo regular(22).

(22) Es interesante que ciertos prisioneros paraguayos de guerra en Rio de Janeiro, recibieran raciones superiores a las asignadas a los soldados brasileños en el campo, incluyendo aceite de oliva, bacalao, tocino y vinagre, junto con los usuales arroz, porotos y farofa. Ver: “Quadro demonstrativo da despesa diária com o rancho dos alunos, e das praças adiadas, e prisoneiros paraguaios [...]” (segundo semestre de 1867), en: Arquivo Nacional [extraído por Adler Homero Fonseca de Castro]. La insipidez y la mala calidad nutricional de las raciones militares estándar (que fueron, por primera vez, establecidas en Brasil en 1830 y no se ajustaron hasta 1888) era muy criticada por los soldados en el frente paraguayo, quienes invariablemente usaban el “jeitinho brasileiro” para obtener provisiones suplementarias. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En cualquier caso, siempre había formas de suplementar las raciones a través de compras a los macateros. Aun cuando el sistema funcionaba bien, sin embargo, surgía toda clase de quejas: la comida estaba enmohecida o llena de gorgojos; las colchas tenían pulgas y piojos; el tabaco era de tercera clase. Tales protestas nunca cesaban.

Ciertamente, había tareas que cumplir. Cada día una compañía diferente recibía órdenes de lidiar con las responsabilidades de la limpieza; esto implicaba barrer, fregar los Cuarteles de Oficiales, quemar basura y ocuparse de las letrinas(23).

(23) Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), (dos volúmenes), 1: 107. Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cuando estuvo en Concordia y Ensenaditas, en las primeras etapas de la guerra, Mitre aprendió la conveniencia de situar los mataderos de ganado en corrales a alguna distancia de los campamentos, debido a que el hedor de esos sitios era nauseabundo en extremo(24).

(24) Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), p. 253. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

También atraían moscas y mosquitos que transmitían malaria, probablemente dengue y otras enfermedades que hacían caer a los hombres y sacarlos de servicio a un ritmo mucho mayor que las balas paraguayas. En Tuyutí, a pesar de todos los esfuerzos por mantener una buena higiene, el olor a excrementos y achuras algunas veces impregnaba el campamento.

Oficiales jóvenes y Sargentos, que se encargaban de las partes más onerosas de la organización de la limpieza, recibían fuertes reprimendas en tales ocasiones y ellos, a menudo, les hacían pagar por su frustración a sus hombres(25).

(25) Francisco Seeber. “Cartas sobre la Guerra del Paraguay. 1865-1866” (1907), p. 86. Ed. Talleres Gráficos de L. J. Rosso, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los insectos constituían un particular problema, después del anochecer. Cuando sonaba el retiro, todos los mosquitos del Paraguay hacían su aparición, como habiendo pactado con el mariscal su disposición de aprovechar cada oportunidad de extraer sangre a los soldados aliados(26).

(26) Más tarde en la guerra, fue registrado que un hombre a bordo del buque estadounidense “Wasp”, efectivamente se volvió loco por causa de estas pestes y se suicidó, ahogándose en el río Paraguay. Ver: Charles H. Davis, “Life of Charles H. Davis”. Rear Admiral, 1807-1877 (Boston y Nueva York, 1899), p. 325. Durante una visita a Humaitá, en Diciembre de 2004, este autor, quien se había esparcido repelente de insectos a discreción en la piel expuesta, sufrió -pese a ello- veintiocho picaduras de mosquitos en su brazo izquierdo en el curso de una hora después del atardecer (no se tomó el trabajo de contar las innumerables picaduras en todo el resto del cuerpo). El alcalde del pueblo, que acompañó al autor en esa ocasión, recomendó un buen trago de whisky y expresó su simpatía por los “pequeños asesinos” diciendo: “ndai pori problema” (no hay problema); sólo te están conociendo”. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los brasileños y argentinos encontraron una solución parcial con las fogatas, casi una por cada carpa. Allí los hombres cocían su carne traída del carneção, cantaban, se quejaban y hablaban sobre las actividades del día. Aunque el dulce aroma del humo proporcionaba algún alivio contra las pestes, también irritaba los ojos, y las fogatas nocturnas requerían que los hombres buscaran leña desde lugares cada vez más distantes.

Los mosquitos eran sólo unos de los insectos amenazantes. Estaban los polvorines y los mbarigui, que podían filtrarse a través de las redes más finas, así como multitud de otras pestes aladas: avispas, avispones, tábanos, califóridos, toda clase de moscones. Y había infinidad de piques, unas odiosas pulgas de arena que ponían sus huevos bajo las uñas de los pies para formar colonias subcutáneas que solamente se podían aliviar cortando el saco de huevos en un penoso proceso que pocos hombres lograban evadir.

Algunos soldados sangraban profusamente por estas operaciones autopracticadas y terminaban pasando unos días en el hospital con los dedos infectados. Por si esto fuera poco, incluso en los hospitales había cucarachas, agresivas arañas peludas, tarántulas, todas aparentemente ansiosas de sumar sus esfuerzos para expulsar a los Aliados del Paraguay.

Algunas veces los soldados disfrutaban de momentos agradables alrededor del fogón, usualmente después de que los mosquitos se hubieran retirado. En tales ocasiones, que fueron tratadas con nostalgia reverencial en años posteriores, un tranquilo sentimiento animaba el campamento. Los hombres sacaban los instrumentos musicales, una botella o dos de aguardiente y los viejos veteranos hablaban de los caballos que habían domado, su perdida juventud, la familia y las muchas amantes que habían tenido. Se podía casi olvidar la guerra en tales circunstancias(27).

(27) Las litografías publicadas intermitentemente en “El Correo del Domingo” (Buenos Aires) entre 1865 y 1867, proporcionan una atractiva fuente para estos vistazos de la vida de campamento. El “Album de la Guerra del Paraguay”, publicado en Buenos Aires a principios de los 1890, y las distintas pinturas producidas bastante después de la guerra por Cándido López y José Ignacio Garmendia, obras que adornan los muros del Museo Histórico Nacional y el Museo Saavedra, respectivamente (ambos en Buenos Aires), ofrecen un testimonio mucho mayor que las palabras sobre cómo vivían los soldados en el frente. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Más, que unos pocos individuos reunidos alrededor del fuego creían en fantasmas, apariciones y espíritus del bosque. De noche, los hombres a veces veían sus fugaces contornos cernirse cerca de la línea, o escuchaban las risas del pombero o el rugido del hombre-lobo o luison. Posiblemente, los soldados habían divisado a exploradores paraguayos en los alrededores de las trincheras. Más probablemente, era una mezcla de imaginación hiperactiva, luciérnagas o gases de pantano(28).

(28) Tan tarde, como en 1951, se reportó un avistamiento de una tropa de fantasmas marchando sobre las aguas grises del Lago Ypoá, unos 150 kilómetros al norte de Humaitá; todos estaban vestidos en uniformes del ejército del mariscal y avanzaban en echelon con una bandera paraguaya a la cabeza de la unidad. Los asombrados testigos, como Percy Bysse Shelley, aseguraron escuchar disparos de cañón a la distancia antes de que los espíritus desaparecieran en la penumbra. Ver: Paulo de Carvalho Neto, “Folclore de la guerra del Paraguay”, en el periódico “El Día” (Asunción), edición del 24 de Mayo de 1964. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

O, quizás, tales cuentos de despeinados espectros en destrozados uniformes eran simplemente parte del condimento que los viejos soldados usaban para sazonar sus relatos del campo de batalla.

Para los hombres más novatos, era más fácil dar crédito a las historias del fanatismo paraguayo. Las proezas del enemigo se volvían más formidables con cada nuevo relato: los paraguayos eran pulcros, perfectos en su firmeza, y no les importaba lo que se interpusiera en su camino. Parecían misteriosos e impredecibles. Como con los fantasmas, había algo sobrenatural en ellos.

Tales pensamientos carcomían a los soldados aliados durante las noches. La luz del día los hacía enfocarse en preocupaciones más mundanas, como la comida, las labores y la higiene personal. El soldado medio en el campo se ocupaba poco de su limpieza individual, por más que podían bañarse en las lagunas y se podía obtener jabón con facilidad. Las carpas o las precarias chozas eran ocupadas durante meses por hombres sucios, desaliñados, que impartían sus malos hábitos, y sus piojos, a sus camaradas.

Aunque los oficiales trataban de imponer limpieza y los paramédicos daban instrucciones de cómo deshacerse de las ladillas de los pantalones y la ropa interior, los campamentos estaban enjambrados de alimañas. La mayoría de los hombres consideraba los esfuerzos por mantener la limpieza como una pérdida de tiempo. Comida áspera, conducta áspera, condiciones de vida ásperas, ésa era la regla general.

Estos aspectos de la vida de campamento eran irritantes, pero no letales. Sin duda, ocasionalmente, ocurrían accidentes, pero incluso en las líneas más de avanzada había pocos peligros obvios. Los contactos con el enemigo habían sido mínimos durante meses(29).

(29) Una y otra vez, los Comandantes aliados aludían en su correspondencia a la falta de cualquier contacto importante con el enemigo. El general uruguayo Enrique Castro, en una misiva al ahora ausente Venancio Flores, observó en Marzo de 1867 que, “hasta ahora no ha habido noticias, ¿qué quiere que le diga, Su Excelencia? Que se disparan bombas todos los días, usted ya lo sabe [pero sin consecuencias]”. Ver: Castro a Flores, 7 de Marzo de 1867, en: Archivo General de la Nación, Montevideo, Archivos Particulares, caja 69, carpeta 21. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La pestilencia de los putrefactos cadáveres -que había dado náuseas a los soldados después de Curupayty-, se había lavado del ambiente por repetidas lluvias pero, de vez en cuando, algún esqueleto dejado limpio por los buitres podía ser visto entre las líneas. Tales imágenes frecuentemente daban -a los recién llegados- una prueba concreta de que el peligro estaba al alcance de la mano (aunque raramente en alguna carta enviada al hogar, aparecían referencias a los francotiradores paraguayos o a la presencia de cocodrilos, jaguares y serpientes)(30).

(30) La caza de cocodrilos se convirtió en un pequeño deporte para los oficiales aliados durante toda la campaña; los lugareños apreciaban la grasa de los animales, que era útil como bálsamo para quemaduras del sol y otros problemas de la piel, pero los oficiales, al parecer, sólo cazaban por diversión. Una litografía sobre el tema, titulada, “La caza del yacaré”, apareció en “El Correo del Domingo” (Buenos Aires) en 1866 y fue reproducida en Miguel Angel De Marco [“La Guerra del Paraguay” (2003), p. 241. Ed. Planeta, Buenos Aires]. En cuanto a los jaguares, los primeros encuentros con estos gatos registrados por viajeros, sugieren que la especie pudo haber sido alguna vez consistentemente más agresiva de lo que era en la época de la guerra. Los indios explicaban esta falta de timidez, señalando que solamente cuando un animal se volvía muy viejo y sus dientes menos afilados se aventuraba a atacar a un hombre, por ya ser incapaz de perseguir presas más rápidas o desgarrar su piel más gruesa. El hambre, por lo tanto, llevaba a los yaguareté al desesperado expediente de atacar seres humanos, a los que hubieran temido en otras circunstancias. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Corrientes y Paso de la Patria ofrecían diversiones de todo tipo, pero éstas estaban menos disponibles en los campamentos. Se podían encontrar libros y periódicos y era común que los que podían hacerlo se los leyeran a aquéllos que no podían.

Historias de aventuras y novelas en historietas eran populares pero, sobre todo, cuando llegaban diarios de Buenos Aires, Río de Janeiro o cualquier comunidad en el medio, eran inmediatamente arrancados de las manos de los macateros y pasados entre los hombres hasta terminar en pedazos. Un número sorprendente de periódicos paraguayos circulaba en los campamentos aliados(31).

(31) El coronel Centurión señala que copias de estos periódicos eran enviadas a los campamentos aliados a propósito, y “allí producían risas y júbilo, igual que a nosotros”. Ver: Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), (cuatro volúmenes), 2: 52. Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los soldados los solían tomar como curiosidades, aunque incluso el rudimentario aspecto de “El Semanario”, “Cabichuí” o “El Centinela” daban la clara impresión de que los paraguayos pretendían resistir hasta el final.

Los hombres a menudo apostaban, usualmente en juegos de cartas, en los que mucho se jugaba y poco de hecho se ganaba. Lo mismo era verdad para la taba, un juego de lanzamiento con un hueso de cadera de buey al que los gauchos dedicaban su tiempo cada vez que tenían algún dinero que gastar. También jugaban un juego de mesa similar a las damas, que a veces producía un efecto tranquilizador, en contraste con los juegos de azar (que, mezclados con la incertidumbre y la tensión, a veces recordaban la guerra misma). Otros juegos -carreras a pie, lanzamiento de dardos y cuchillos, y competiciones a caballo, como la sortija- tenían aprobación oficial(32).

(32) Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), 1: 112-113. Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. El farmacéutico británico George Frederick Masterman hace una vívida descripción del juego de la sortija en los campamentos en su “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), p. 47 [Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres]. El general Garmendia describe otro juego ecuestre, el pato, que también era popular entre los gauchos argentinos durante la campaña paraguaya. Ver: José Ignacio Garmendia. “La Cartera de un Soldado (Bocetos sobre la Marcha)” (2002), pp. 133-134. Ed. Círculo Militar, Buenos Aires. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Lo mismo que las representaciones dramáticas y musicales, que siempre tenían mucho público. “Dominguito” Sarmiento era conocido entre las tropas argentinas por promover el teatro e, incluso, asistía en el diseño de escenografías y vestuario para las presentaciones sobre improvisados escenarios(33). Sus esfuerzos fueron recordados y mejorados después de su muerte en Curupayty. Las obras iban desde dramas shakespereanos hasta sátiras, y nunca faltaban las bandas militares para la música de fondo.

(33) Domingo Fidel Sarmiento a “Querida Mamá”, Campamento de Ayuí, 3 de Julio de 1865, en: Andrés M. Carretaro (1975). “Correspondencia de Dominguito en la guerra del Paraguay”, p. 18. Ediciones Librería El Lorrain, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los hombres mostraban debilidad por las canciones sentimentales, las danzas, las guitarras y violines. Soldados bahianos llamaban la atención con sus berimbau, un inusual instrumento que, con seguridad, hizo su primera aparición en Paraguay. También hacían demostraciones de capoeira, parte danza, parte lucha, parte acrobacia, tan común entre las poblaciones esclavas de la costa brasileña. Ningún hombre que presenciara estas exhibiciones de destreza física y elegancia, incluyendo a oficiales de otras partes del Brasil, podía evitar quedar impresionado(34).

(34) Gilberto Freyre ganó fama y notoriedad en los años 1930 como ardiente exponente de una cultura nacional brasileña unificada, simbolizada por el samba y enraizada en el mestiçagem. Fue un gran entusiasta de esta visión. En este caso, cita a Coelho Neto argumentando que la élite de oficiales tenía mucho interés en aprender los “secretos del capoeiragem, que consideraban útiles para la política, la enseñanza, el Ejército y la Marina”. Se puede argüir, con igual facilidad, que la exhibición de capoeira en el campamento brasileño tuvo un considerable impacto en las filas aliadas, aunque no quedaron testimonios específicos sobre el tema. Ver: Gilberto Freyre, “Order and Progress” (1970), pp. 11-12. Alfred A. Knopf, Nueva York; y Henrique Maximiano Coelho Neto, “Bazar” (1928), p. 310. Chardron, de Lello & Irmã: Oporto. Fotheringham, quien hizo una comparación bastante detallada entre las danzas argentinas y brasileñas, tampoco se refiere a ello. Ver: Ignacio H. Fotheringham. “La Vida de un Soldado o Reminiscencias de la Frontera” (1998), (dos volúmenes), 1: 111. Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los soldados de las praderas argentinas, que pasaban más tiempo sobre las grupas de sus caballos que en pistas de baile sobre la tierra, no podían competir con los graciosos movimientos de los bahianos, pero también tenían sus zamacuecas, gatos y pericones. En lo que los gauchos se destacaban, sin embargo, era en los duelos musicales de los payadores, donde dos trovadores se trenzaban en justas de ida y vuelta con el rápido ingenio y la maestría poética tan típicos de ese arte(35).

(35) Aunque era menos común, había una práctica similar entre los brasileños nordestinos, cuyos repentistas podían inventar insultantes canciones o agudas respuestas, a la par de sus mejores contrapartes gauchos [comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 12 de Junio de 2009]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Inteligentes frases con doble sentido, ya fuera para elogiar o censurar a López, Mitre o los brasileños, agregaban placer a las payadas, pero, lo más común eran los lamentos sobre los
amores perdidos, la nobleza de los caballos, la nostalgia de la belleza de las pampas. El rencor de los soldados gauchos por su conscripción a veces se filtraba en estas canciones: “Desde donde Zalazar se levantó / como un ángel de los cielos / para liberar a un contingente / y llevárselo al infierno (es decir, al Paraguay)”(36).

(36) Citado en Ariel de la Fuente, “Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State-Formation Process” (La Rioja, 1853-1870) (Durham y Londres, 2000), p. 172. La inclinación musical de los gauchos, tan frecuentemente comentada por todos los testigos directos durante los años 1800, proporcionaba consuelo tanto como diversión. Como puso José Hernández en su “Martín Fierro”: “porque al hombre que lo desvela / una pena extraordinaria, / como el ave solitaria / con su cantar se consuela”. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los brasileños no se quedaban muy atrás en hacer eco al mismo sentimiento amargo, ahora más enfocado en el nuevo Comandante. Una cancioncilla que se cantaba regularmente en Paso de la Patria, aludía al llamado de Caxias al Paraguay para aprender a pelear, cuando el deseo de todos era volver al mar(37).

(37) Citado en Charles Kolinski, “Independence or Death! The Story of the Paraguayan War” (Gainesville, 1965), p. 142. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Mientras en niveles más altos existían celos y mutuas sospechas, las tropas brasileñas y argentinas se llevaban tolerablemente bien, como indican estas compartidas simpatías. Una fuente de irritación era que, si bien la vida en el campamento brasileño tenía sus dificultades, las condiciones eran superiores a las del argentino, un hecho que se debía primordialmente a las diferentes líneas de aprovisionamiento y a los diferentes grados de compromiso por parte de los funcionarios en Buenos Aires y en Río de Janeiro. A los argentinos en el frente, las tropas brasileñas les parecían deplorablemente ignorantes de cómo cuidarse a sí mismas y renuentes a trabajar o a pelear(38).

(38) Cuando Washburn visitó el Cuartel argentino en las afueras de Corrientes, en Febrero de 1866, se encontró con la opinión ya bien establecida de que, “los brasileños nunca aparecen cuando se necesita pelear, y que toda esa tarea de alguna manera siempre recae en argentinos y uruguayos”. Una visión opuesta prevalecía entre los brasileños, quienes frecuentemente manifestaban dudas sobre la determinación de sus aliados. En contraposición a ambos juicios, “todos admiten que [los paraguayos] pelean con un coraje nunca superado. No se rinden ni siquiera cuando la inevitable muerte es la consecuencia de su negativa. Cuando se les intima rendición para salvar sus vidas, responden que sus órdenes son pelear, no rendirse. Y obedecen literalmente”. Ver: Washburn a Seward, Corrientes, 8 de Febrero de 1866, en: Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Por su parte, los brasileños pensaban que los argentinos eran egoístas, susceptibles y demasiado seguros de su autoridad superior. Como hombres, sin embargo, los soldados de los dos países se respetaban lo suficiente. Se vendían unos a otros baratijas y alimentos, se contaban historias, se copiaban canciones(39). A menudo se forjaron lazos de amistad que, casi con seguridad, sobrevivieron a la guerra. Pese a todo ello, siempre hubo una cuota de fricción en el frente, que era tomada como inevitable, tanto como el clima húmedo o la mala comida(40).

(39) M. A. Mattos reportó la historia de un soldado argentino que, habiendo atrapado un par de loros, procedió a venderlos a un oficial brasileño por tres bolivianos de plata cada uno. El argentino luego usó los seis pesos para comprar queso de un macatero brasileño para revenderlo a los hombres de las trincheras de avanzada y hacer una diferencia. Todos quedaron satisfechos con el arreglo, en especial el soldado mismo, quien obtuvo una buena ganancia. Ver informe de Mattos en “La Nación Argentina” (Buenos Aires), edición del 24 de Septiembre de 1867.
(40) Richard Burton observó que en un campamento hubo que construir una profunda trinchera para mantener separadas a las tropas argentinas y brasileñas y que la alianza en esa época era poco más que un arreglo temporal entre perros y gatos. Ver: Richard Burton, “Letters from the Battlefields of Paraguay” (1870), p. 327. Tinsley Brothers: Londres. Para 1868, estas fricciones se habían solidificado como calladas verdades, al punto de que un oficial argentino remarcó que “todos nosotros, al unísono, esperamos ansiosamente el día en que nuestro Gobierno declare la guerra contra los morochos [ya que] cada uno de nosotros vale por cuatro de los cobardes negros”. Ver: Agustín Ángel Olmedo, “Guerra del Paraguay. Cuadernos de campaña (1867-1869)”, (Buenos Aires, 2008). p. 281 [entrada de diario del 24 de Agosto de 1868].
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Teóricamente, cada unidad aliada tenía un capellán que atendía las necesidades espirituales de los soldados. Los clérigos más esforzados concebían su papel como el del construir una moral más amplia entre los hombres. Esto era difícil de conseguir, ya que -incluso en tiempos de paz- estos individuos normalmente eludían concurrir a la iglesia. Los sacerdotes, no obstante, dedicaban considerable energía a asegurar a las tropas que Dios estaba de su lado y que valoraría su determinación y les perdonaría la muerte de sus enemigos. El podía proporcionarles socorro cuando todo lo demás fallara(41).

(41) Miguel Angel De Marco. “La Guerra del Paraguay” (2003), pp. 223-240. Ed. Planeta, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los menos disciplinados entre los hombres, se mofaban de esta proposición, excepto cuando estaban bajo fuego. Aquéllos que habían salido vivos de un enfrentamiento con los paraguayos, tendían a dar crédito a sus oraciones o a algún amuleto por su supervivencia. En realidad, aquéllos que habían muerto habían rezado igual de intensamente y estaban también cubiertos por talismanes protectores.

En cualquier caso, la oración, la confesión y la mediación de algún Santo favorito, brindaban alivio cuando las expresiones de patriotismo no parecían más que palabras vacías. Y siempre quedaba la bebida. Calentar la garganta con licor podía calmar las penosas memorias del combate y aun los temores de aquellos hombres que todavía no habían disparado un arma. Los soldados aliados se las arreglaban para obtener una buena provisión de aguardiente en Corrientes y de los traficantes en Paso de la Patria. De hecho, vender licor a los soldados habrá constituido un negocio enorme, si damos crédito a los comentarios de un corresponsal de guerra en Octubre de 1867:

La ribera está pavimentada con botellas vacías, con sus etiquetas de vinos, aguardiente y cervezas, incluso producidas en Europa.
El porcentaje está decididamente a favor del triángulo rojo de la cerveza rubia de Rotterdam, Génova, y coñac Martel; pero algunas cervezas que he probado me hicieron creer que si las botellas y etiquetas venían de Burton-on-Trent, el contenido nunca cruzó el océano o, quizás todavía, estaba débil por efecto del mareo(42).

(42) “The War in the North”, en el periódico “The Standard”, (Buenos Aires), edición del 25 de Octubre de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los soldados más emprendedores creaban sus propias destilerías en las espesuras y hacían buenas ganancias con las ventas a sus camaradas. Los oficiales de la Armada, tenían una ración legal de ron y muchos de sus colegas en tierra podían conseguir aguardiente o cachaça sin mucho temor de una reprimenda. Los hombres en las filas, sin embargo, se arriesgaban a una variedad de duras penas si se emborrachaban, incluso en sus horas libres(43).

(43) El artista suizo Adolf Methfessel, quien sirvió en las fuerzas argentinas y brasileñas durante la guerra, dejó muchos óleos y dibujos a lápiz sobre la vida en el frente. Dos de esos dibujos, que se exhiben juntos en la colección de la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro, muestran a dos soldados disfrutando con una botella llena de licor “moonshine” al lado de un arroyo (“Muito bom tempo”), y luego sufriendo como castigo la extensión de su guardia (“Muito mal tempo”). Muchos de los dibujos y pinturas de la guerra de Methfessel pueden encontrarse en la colección del Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”, en Buenos Aires. Ver: Patricia Arenas, “Naturaleza, arte y americanismo: Félix Ernst Adolf Methfessel (1836-1909)”, Schweizerische Amerikanisten-Gesellschaft Bulletin 66-67 (2002-2003), pp. 191-198. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Por supuesto, la principal función del soldado aliado en Paraguay era pelear y, por mucho tiempo que hubiera para perder -incluso en las líneas del frente-, los brasileños y argentinos no se podían permitir ninguna flojedad. Es un viejo adagio entre los hombres de armas el que “no hay ateos en las trincheras”; pero, incluso más crucial que la confianza en el Todopoderoso, es la confianza en el camarada. Y allí es donde la guerra crea poderosas relaciones. Amistades personales, espíritu de cuerpo, apoyo mutuo en pequeñas y grandes cosas, eran atributos superabundantes.

En ambos lados de la línea, un fuerte sentido de cohesión, de pequeña unidad, se manifestaba en relación con los camaradas; el aprecio por sus excentricidades, idiosincrasia y carácter. Este sentimiento comúnmente se anteponía a la noción más abstracta de pelear por una causa. Por otro lado, el compañerismo en el frente también servía como factor catalizador para la construcción de un nuevo y más profundo nacionalismo.

Aunque uno puede sobreestimar el argumento, podría decirse que los hombres de Caxias llegaron como paulistas, riograndenses, cariocas y bahianos, pero emergieron como brasileños, probados en la batalla y seguros de sus camaradas. Mucho de lo mismo se puede decir de los argentinos, que fueron al Paraguay con un conocimiento limitado de su propio país y retornaron como hombres cambiados.

En cuanto a los paraguayos, la suya ya era su nación, y su compromiso con su supervivencia los llevaba a los mayores sacrificios. Si estaban dispuestos a hacer volar en pedazos a otros seres humanos, y a verse a sí mismos mutilados y hambrientos, todo por ñande reta, la comunidad, la patria, luego el Paraguay era algo mayor que una entidad “imaginada”. Era algo tangible, algo glorioso, algo digno por lo que morir.

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