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El frente paraguayo en el primer semestre de 1867

Los visitantes de hoy se preguntan cómo la República guaraní pudo haber tenido la esperanza de resistir la fuerza militar combinada de Brasil, Argentina y Uruguay durante un período prolongado. Por supuesto, hasta cierto punto, nadie en el país supuso nunca tal cosa. Para 1866, sin embargo, el Paraguay estaba aislado, a no ser por una inhóspita ruta terrestre que lo conectaba a través del ocupado Mato Grosso con las comunidades orientales de Bolivia, ellas mismas también bastante aisladas(1).

(1) Periódico “El Semanario”, (Asunción), ediciones del 1 de Diciembre de 1866 y 23 de Febrero de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Dado que los paraguayos tenían pocas opciones, si querían soportar el bloqueo aliado, debían improvisar, lo cual impulsó un notable sistema en el cual todos los recursos disponibles, la mano de obra de hombres y mujeres, y la burocracia estatal, estaban dedicados a la causa de la sobrevivencia nacional. El sistema tenía muchas características primitivas, pero el hecho mismo de que funcionara es un gran testimonio del ingenio humano con pocos paralelos en el siglo XIX.

La historia había preparado a los paraguayos para resistir cualquier tipo de presiones externas. Por muchas generaciones, la provincia había enfrentado ataques de intrusos portugueses en el norte y de salteadores guaycurúes provenientes del Chaco. Estos desafíos nutrieron una actitud de autosuficiencia entre los paraguayos, junto con un sentido inusualmente bien articulado de interdependencia.

Tenían sus propias instituciones esenciales, entre las cuales se destacaba la conservadora Iglesia Católica, cuyos representantes insistían en la claridad moral, la legitimidad de las jerarquías tradicionales y en una forma de vida honesta, incluso santa. La visión simple de lo bueno y lo malo, que los clérigos católicos ofrecían a los paraguayos, reforzaba la desconfianza popular hacia lo “racional”.

Era más fácil, y más natural, identificarse con el espíritu, el suelo y el guaraní, la lengua de la tierra y la familia. Estas orientaciones tenían una amplia aceptación en Paraguay y distinguían a la provincia de la experiencia histórica de los pueblos situados más al sur.

Había un lado negativo también. Los paraguayos a menudo actuaban con desconfianza hacia los extranjeros, incluso cuando tales contactos pudieran beneficiarlos. Los lazos comerciales que desarrollaron con la Capital virreinal al final de la era colonial, por ejemplo, hicieron poco por romper las viejas costumbres y, cuando llegó la independencia en 1811, el pueblo paraguayo encontró buenas razones para refugiarse en sus tradiciones(2).

(2) Thomas Whigham, “The Politics of River Trade (Tradition and Development in the Upper Plata. 1780-1870)”, (Albuquerque, 1991). También Thomas Whigham, “Lo que el río se llevó (Estado y comercio en Paraguay y Corrientes. 1776-1870)” (Asunción, 2009). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Nuevos enemigos -revolucionarios “patriotas” de Buenos Aires y jinetes artiguistas de la Banda Oriental- se unieron a la larga lista de oponentes y dieron a los paraguayos muchos motivos para hacerse aún más introvertidos. El fenómeno fue evidente durante la dictadura de 1814-1840 de José Gaspar Rodríguez de Francia quien, notoriamente, selló las fronteras y mantuvo al país segregado de los asuntos políticos de las “provincias de más abajo”.

El dominio estatal sobre los recursos básicos, el mantenimiento de la conscripción de mano de obra, el mercado de trueque y un autoritarismo de estilo Borbón, se afianzaron en el Paraguay como una exitosa valla para mantener a distancia a los extranjeros y defender la soberanía del país. Los costos sociales fueron altos, sin embargo.

El Interior paraguayo era -en general- un lugar seguro para criar hijos, pero su cultura política nunca fue más allá del patrimonialismo. Mientras la Argentina y el Brasil enfrentaban muchas presiones contradictorias provenientes de Europa, y aprendían a tomar lo mejor y lo peor de esas influencias, en Paraguay la gente permanecía ignorante del mundo exterior.

Los dos López, padre e hijo, trataron de romper con viejos patrones políticos y económicos durante los años 1840, 1850 y principios de 1860. Negociaron nuevos Acuerdos diplomáticos y comerciales con extranjeros (incluyendo europeos y norteamericanos), reformaron las estructuras políticas y la burocracia del país, actualizaron las fuerzas armadas, establecieron un ferrocarril y abrieron el Paraguay al estímulo externo en una escala sin precedentes. Y aún así, pese a su “liberalismo”, en el momento en que los López sentían amenazada la organización política nacional, volvían a la tradicional xenofobia.

Ahora, en 1866, Paraguay enfrentaba la más grande de las amenazas. Como los ministros del Gobierno explicaban, el enemigo estaba determinado a quebrar la economía de la nación y aniquilar a sus ciudadanos a través del asesinato, el hambre y la enfermedad. Posteriormente, una vez que hubieran secado la tierra con sal, los Aliados se dividirían los despojos como un clan de piratas. Lo único que se oponía a su propósito era la resistencia popular diseñada y dirigida por el genio de Francisco Solano López.

El mariscal necesitaba que cada hombre, mujer y niño contribuyera a la defensa nacional, ya que mientras los kamba potencialmente no tenían límite de reservas a las que recurrir, el Paraguay tenía que depender de sí mismo.

Es simple refutar esta interpretación sobre la base de los hechos, pero los paraguayos aceptaban sus premisas básicas. Hicieron sacrificios sobrehumanos, porque sus líderes les pedían hacer exactamente eso. A diferencia de la situación en Argentina, Brasil y Uruguay, donde las críticas a la guerra se hacían oír a diario y frecuentemente en forma estridente, en Paraguay raramente la gente se quejaba y, en estos contados casos, sólo lo hacía en voz baja.

También era cierto que el Gobierno empleaba un amplio número de soplones o pyrague que se aseguraban de que cualquier síntoma de derrotismo fuera reportado y duramente reprimido. López habitualmente mandaba ejecutar a cualquier pregonero que cuestionara sus órdenes o que mostrara signos de vacilación e, incluso, aquellos paraguayos lejanamente relacionados con los ofensores podían sufrir un cruel destino.

Pero observadores contemporáneos y posteriores historiadores que atribuyeron la determinación paraguaya al uso de la coerción por parte del mariscal, malinterpretan el temperamento nacional. Hombres y mujeres que pelean por un dictador, pueden hacerlo por razones virtuosas(3).

(3) Charles Ames Washburn, quien no perdía oportunidad de castigar al mariscal, no obstante expresaba una opinión más deferente al explicar la determinación paraguaya. En una carta -ya antes mencionada- al secretario de Estado Seward, elogió efusivamente el valor del soldado común paraguayo, a la vez que denunciaba la barbarie de López. Ver: Washburn a Seward, Corrientes, 8 de Febrero de 1866, en: Washburn-Norlands Library, Libermore Falls, Maine. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tanto los soldados paraguayos como sus contrapartes civiles, lucharon duramente, no porque tuvieran espíritu de esclavos o porque fueran forzados a tomar las armas, sino porque su psicología y su sentido del deber no les dejaban otra opción(4).

(4) En su “Francisco Solano López and the Ruination of Paraguay”, James Saeger vehementemente enfatiza el papel de la fuerza al explicar la colusión del pueblo paraguayo con los peores excesos del mariscal. De esa forma, contradice la mayor parte de los testimonios directos y desestima una importante oportunidad de escarbar en el lado más oscuro de la psicología de grupo. La apelación al deber, que es exaltada tanto en la literatura como en los llamados al reclutamiento, puede ejercer una poderosa influencia en muchos países y fue reconocida como crucial por los paraguayos, antes y después de la guerra. En un artículo en “La Unión. Organo del Partido Nacional Republicano”, (Asunción), edición del 5 de Agosto de 1894, un representante de la Asociación de Veteranos ridiculizó la idea de que la fuerza hubiera tenido algo que ver con el comportamiento de sus camaradas durante la guerra: “Nuestros oponentes no dicen -porque no pueden- que éramos cobardes, y sí afirman, con una increíble audacia, que [peleábamos] por miedo a los castigos de López, como si en el campo de batalla no hubiéramos enfrentado una muerte cierta...”. La lealtad, incluso a un mal líder -explica- por lo tanto, mucho más que la fuerza, el por qué el pueblo actuó como lo hizo. Aquellos soldados paraguayos que se habían rendido bajo órdenes en Uruguayana y que fueron luego incorporados a los Ejércitos Aliados, aprovechaban la primera oportunidad para desertar y cruzar las líneas para volver a servir al mariscal. No había coerción, en absoluto, en su decisión de reunirse a sus desnutridos y maltratados compatriotas, ya que en Corrientes estaban fuera del alcance del mariscal. Todos coincidían, además, en que los Aliados los habían tratado bien. Era sólo que el deber les mandaba volver y era eso lo que estaban determinados a hacer. Mayor es la pena por cuanto López hizo fusilar a muchos de estos fieles hombres. La lección parece clara: si atribuimos todos los horrores de la guerra a los actos de un solo hombre malévolo o, incluso, a un conjunto de ellos, entonces rehuimos la responsabilidad de entender las motivaciones de los participantes, por qué procedieron como lo hicieron y qué pasaba por sus mentes. Por mi parte, al explicar la evolución del desastre en Paraguay, condenaría menos las acciones de los soldados del mariscal y desaprobaría más la visión tan romántica como cruel del poeta clásico Horacio quien, por primera vez, entonó el repulsivo refrán dulce et decorum est pro Patria mori (dulce y honorable es morir por la patria). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Wordsworth se refirió al deber como “la obstinada hija de la voz de Dios” y así lo entendían estos paraguayos. Nunca cuestionaron la necesidad de cohesión. Los Aliados podían, ocasionalmente, esgrimir un argumento altamente ético al oponerse al tirano López, pero tal postura significaba poco cuando se la confrontaba con hombres dispuestos a semejante sacrificio. Para los paraguayos, la inquebrantable defensa del suelo nacional, de su reta, era la única respuesta sincera a una ecuación terrible. Su preservación como pueblo estaba en juego(5).

(5) Sun Tzu atribuye al príncipe Fu Ch’ai la observación de que las “bestias salvajes, cuando están acorraladas, luchan desesperadamente. ¡Cuánto de esto es cierto para los hombres! Si saben que no hay alternativa, pelean hasta la muerte”. Así fue en Paraguay. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El manejo cuidadoso de las finanzas internas y la máxima movilización de mano de obra y recursos, explican cómo el Gobierno del mariscal pudo mantenerse de pie tanto tiempo en forma tan efectiva(6).

(6) Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower. Paraguay at War. 1864-1869”, en: Hendrik Kraay y Thomas Whigham. Eds., “I Die with my Country (Perspectives on the Paraguayan War), pp. 23-43. University of Nebraska Press, Lincoln y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El Estado paraguayo conformó una máquina burocrática que exprimió cada comunidad y cada individuo en pos del esfuerzo de la guerra. Era atrasada en muchos sentidos, ciertamente despiadada, pero resistente. Sus muchos éxitos reflejaban los esfuerzos de Domingo Francisco Sánchez, el anciano vicepresidente de ojos claros y delgada barbilla, que organizó la compra o requisamiento de alimentos y otros suministros y arregló su transporte a Humaitá y otros establecimientos militares(7).

(7) Olinda Massare de Kostianovsky, “El vicepresidente Domingo Francisco Sánchez” (1972), passim. Escuela Técnica Salesiana: Asunción; Juan F. Pérez Acosta, “El vicepresidente Sánchez: curiosos detalles de su Administración”, en el periódico “El Orden”, (Asunción), ediciones del 17, 18, 19, 22, 23, 24, 29 y 30 de Diciembre de 1924. El ministro estadounidense Washburn, describió al vicepresidente en términos típicamente sarcásticos, llamándolo “viejo decrépito de unos ochenta y dos [... con] una buena parte de constitución jesuítica [con un estilo sin pretensiones de dignidad... quien] no tenía ambición [...] y nunca expresaba nada que sugiriera su propia voluntad y, por lo tanto, nunca provocaba los celos de ninguno de los déspotas que servía”. Ver: Charles A. Washburn. “The History of Paraguay with Notes of Personal Observations and Reminiscences of Diplomacy under Difficulties” (1871), 2: 228-229. Ed. Lea and Shepard, Boston y Nueva York. Para ser justos, como muchos paraguayos en el período de postguerra, reconocieron, que Sánchez hizo un trabajo ejemplar en organizar el apoyo para la guerra. Ver: “Recuerdos de guerra”, en el diario “La Opinión”, (Asunción), edición del 6 de Abril de 1895. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Esta era una tarea hercúlea. Abastecer tanto a la nación como al ejército con comida, forraje y combustible debe necesariamente ocupar un lugar central en los planes de guerra de cualquier Gobierno. Pero la lucha contra la Triple Alianza ya había estrujado la economía hasta casi el punto de quiebre. Los civiles tenían que comer también y la comida enviada a Humaitá no podía ser consumida en la retaguardia.

La amenaza de cólera agregaba otro elemento a la preocupación popular de que la malnutrición y la enfermedad se superpondrían con devastadoras consecuencias para todos.
En estancias y granjas aisladas, el acaparamiento se volvió generalizado y el Gobierno podía hacer poco por frustrar esta práctica en distritos alejados de la capital o incluso en aquéllos que no lo eran tanto. Algunos funcionarios sigilosamente acumulaban también provisiones para sus propias familias, y el robo de comida y otros productos no era ni inusual ni castigado con frecuencia(8).

(8) Incluso en tiempos de paz, el acaparamiento era común entre los paraguayos del Interior. La inseguridad llevaba a las personas a invertir lo que tenían de plata en pequeños bienes fáciles de ocultar. De ahí que la idea de los tesoros ocultos -que forma buena parte de la leyenda de Solano López- de hecho tenga cierta base en prácticas tradicionales. Sobre robos en general, ver registros misceláneos concernientes a robos de comida, vino, dinero, ropa, etc. (1866-1867) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1720, y para un ejemplo específico de robo de un poncho en Humaitá, ver. Vicente Osuna a ministro de Guerra, Humaitá, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2408. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las aldeas habían sido siempre calderas de intrigas, vendettas personales, codicia, malicia y violencia, incluso en tiempos mejores, y no hay razón para suponer que los resentimientos que un campesino sentía contra otro se hubieran aliviado sólo debido a la guerra.

En cuando a Asunción, la capital tenía sus propios altos requerimientos de comida, y cuando ésta no podía ser obtenida a través de los canales normales, astutos traficantes algunas veces lograban acceso a las intendencias militares. También podían recurrir a un limitado, pero todavía activo mercado negro, que siempre se las arreglaba, por ejemplo, para proveer de carne a la diminuta comunidad extranjera(9).

(9) El contrabando de comida era más problemático de lo que el gobierno aceptaba admitir; pese a repetidas órdenes de enviar ganado y otras provisiones al frente del sur, la comunidad extranjera en la capital paraguaya casi siempre se las arregló para poner una atractiva mesa, incluso a finales de la guerra. Ver: diario de Sallie Cleveland Washburn, entradas del 27 de Agosto de 1867 y 30 de Noviembre de 1867, en: Thomas Whigham y Juan Manuel Casal, eds., “Charles A. Washburn. Escritos escogidos (La diplomacia estadounidense en el Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza)” (2008), pp. 232, 243. Servilibro: Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Como suele ocurrir en tiempos de escasez, muchos de los patriotas que más se quejaban eran también los que más lucraban. Sin excepción, todos sabían que, para sobrevivir en la ciudad, el disimulo no era suficiente. Había que saber esconderse, sobornar, adular, todo lo cual tiene su lugar en tiempos de incertidumbre y, sobre todo, fingir, hacerse el ñembotavy, era esencial para conseguir lo necesario.

Mentes independientes que, en otras circunstancias, habrían resaltado entre la neblina de la unanimidad, hallaron más seguro unirse a la manada, corear los eslóganes familiares y aprovechar lo que podían. En medio de todo esto, el vicepresidente Sánchez todavía gozaba de algunas ventajas. Por un lado, el Interior ya tenía una cruda, pero efectiva economía de comando, en la cual las órdenes del Gobierno Central eran pocas veces desobedecidas por los funcionarios locales y la gente ordinaria(10).

(10) Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower (Paraguay at War. 1864-18699” (2004), en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country”, pp. 23-24. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las instrucciones desde Asunción podían implicar la compra de tabaco, maíz o porotos para el consumo de las tropas en las lejanas guarniciones, o la donación de ganado de las estancias estatales para la distribución entre los pobres, el pago de salarios para maestros de escuela primaria o la conscripción de trabajadores para abrir caminos a través de las selvas. Sánchez ya había manejado responsabilidades similares con una competencia de mercado por muchos años, aun cuando la familia López nunca se lo había reconocido demasiado(11).

(11) Sánchez había sido siempre un funcionario estatal excepcionalmente competente, pero la familia presidencial lo trataba con público desprecio. Masterman cuenta la historia de un diplomático británico que visitó Asunción a fines de los años 1850 y cometió el error de dirigirse en su correspondencia a Sánchez (quien entonces actuaba como ministro de Relaciones Exteriores) como “Su Excelencia”; al día siguiente, el ministro lo llamó en privado y le dijo -con cierta trepidación- que no debía darle el título de “Excelencia”, ya que podría ofender al presidente [Carlos Antonio López]. Mr. Doria le dijo que era la forma usual de dirigirse a hombres de su posición y que no veía cómo “El Excelentísimo” podía ofenderse por ello. El señor Sánchez replicó que temía que no lo aceptara y le pidió que mencionara el asunto al presidente la próxima vez que lo viera. Así lo hizo y López bruscamente le contestó: “Llámelo como le plazca; igual seguirá siendo un bruto”. Ver: George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 37-38. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ahora, el mariscal lo nominó para la Orden Nacional del Mérito. El vicepresidente se lo merecía, ya que siempre se dedicó en forma diligente a su tarea, y mucho más cuando la situación se tornó desesperada por la guerra.

En los primeros meses del conflicto, el Gobierno paraguayo había tratado de obtener préstamos extranjeros para el ejército pero, tan pronto como los Aliados establecieron su bloqueo, cualquier esperanza de ayuda externa se desvaneció y el Estado tuvo que depender del financiamiento interno.

Las propiedades confiscadas a los enemigos nacionales y las “donaciones” forzosas se agregaron a las reservas disponibles, y el Gobierno empleó una variedad de mecanismos para instar a los ciudadanos a entregar sus monedas, su platería y cualquier otra cosa de valor.

En Asunción y todos los pueblos del Interior, Sánchez organizaba concentraciones o “actos patrióticos”. En estas ocasiones, prevalecía un aire de divertida pompa. Los funcionarios municipales reunían en torno a ellos a las mujeres del distrito, los niños y los hombres sin dientes quienes, a la primera señal, procedían primero a murmurar, luego a bramar los trillados cantos de apoyo al mariscal y su causa. Las mujeres reunidas eran urgidas a donar sus anillos, brazaletes y otros adornos como prueba de lealtad a la nación(12).

(12) Las cantidades de joyas contribuidas fueron importantes, como lo fue el papel utilizado para elogiar a los contribuyentes. Ver, por ejemplo, Blas Espínola al presidente de la Comisión, Pirayú, 1 de Septiembre de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2454; “Donaciones de alhajas y joyas” (1867) en: Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Gill Aguinaga, carpeta 24, n. 1-72; y, más generalmente, la cuidadosamente anotada lista de contribuyentes en seis tomos, cada uno de siete pulgadas de ancho, que hoy pueden ser consultados (en una sección desorganizada) en el Archivo Nacional de Asunción. Usar estas contribuciones para comprar armas y municiones en el extranjero, habría resultado casi imposible debido al bloqueo, aunque más tarde, en la guerra, ciertos barcos neutrales pudieron llegar a Asunción y pudieron haber transportado algo de la plata en ese tiempo. El ministro Washburn y su sucesor, Martin McMahon, fueron acusados de haber exportado ilegalmente lo que restaba de joyas, aunque es más probable que soldados aliados hayan sido los responsables. Aun así, el destino de las joyas sigue siendo materia de leyenda en Paraguay y a lo largo de los años ha incentivado un alto número de búsquedas de tesoros, estudios académicos y especulaciones novelísticas. Ver: “Joyas de familias paraguayas”, en el “El Liberal”, (Asunción), ediciones del 11 y 13 de Junio de 1925; Héctor Francisco Decoud, “Las célebres alhajas de la guerra”, en el periódico “La Tribuna”, (Asunción), ediciones del 5-7 y 11 de Febrero de 1926; Michael Kenneth Huner, “Men and Women of Burden (Military Labor in Nineteenth-Century Paraguay)”, Latin American Labor History Conference (Duke University, 1 de Abril de 2011), passim; y Alexander F. Baillie. “A Paraguayan Treasure (The Search and the Discovery)” (1887). Simpkin, Marshall & Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La presencia en tales rituales era obligatoria y las mujeres no faltaban. Tendían a ser tempestuosas en sus discursos, precisamente lo contrario a los funcionarios de Sánchez, hombres mayores, no aptos para el servicio militar, que raramente alzaban sus voces, como si ello fuera en contra de la dignidad de su posición.

La mayoría de las mujeres se unían a los gritos rituales que estos encuentros suponían, aunque más de una creía que sus preciosas joyas caerían en manos de Madame Lynch. Las mujeres podrían encontrar un pequeño consuelo en la idea de que el patriotismo toma muchas formas extrañas en tiempos de guerra. Tal vez estaban demasiado fatigadas o hambrientas o intimidadas como para preocuparse por ello. En cualquier caso, hicieron lo que se les pedía. La suerte quiso que estas contribuciones del “bello sexo” no pudieran hacer diferencia alguna en la guerra, ya que el bloqueo aliado impedía que el metal precioso fuera usado para comprar suministros afuera(13).

(13) Barbara Potthast puntualiza que la plata y el oro colectados terminaron mayormente en manos del mariscal López y Madame Lynch, quienes pudieron hacer poco con ello por el bloqueo. En este contexto, cita a Encarnación Bedoya, una joven mujer de una prominente familia, quien relató que: “Cuando el tirano López quería que las familias entregaran sus joyas para la mantención de la guerra, el oro que juntaban era para él y Doña Fulana [Madame Lynch]. Cuando pedían las joyas, nadie daba nada excepto anillos de cables y viejos aros [...]
“Todos sabíamos quién había [pedido] las joyas y nadie daba nada a no ser esas piezas que podían desechar de cualquier modo”.
Ver: Barbara Potthast, “Protagonits, Victims and Heroes (Paraguayan Women in the ‘Great War’)” (2004), en: Hendrik Kraay y Thomas L. Whigham, “I Die with My Country (Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870)”, pp. 48-52. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres; y George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 200-201. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sin embargo, las donaciones de oro y plata sí pospusieron una depreciación absoluta del peso paraguayo hasta los últimos años del conflicto. Algunas monedas de plata fueron todavía acuñadas en Asunción en 1866 y, en 1867-1868, una nueva especie de oro y plata apareció después de una serie cuidadosamente orquestada de “donaciones”. Pero estas emisiones no tenían relevancia. El Estado hacía tiempo que había optado por pagar todas sus compras con papel moneda, y cuanto más de él imprimiera el Gobierno, menos valor tenía(14).

(14) Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower (Paraguay at War. 1864-18699” (2004), en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country”, pp. 24-25. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres; Vera Blinn Reber, en: “A Case of Total War: Paraguay. 1864-1870”, “Journal of Iberian and Latin American Studies” 5: 1 (1999), p. 27, hace la extraña observación de que, “con sus ingresos disminuidos, el Gobierno imprimió moneda para financiar muchos gastos y no prestó atención a la relación entre el papel moneda y el oro y la plata”. De hecho, como el artículo mismo demuestra, fue todo lo contrario: el Estado paraguayo prestó cuidadosa atención a esa relación. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El que las finanzas paraguayas declinarían era una conclusión obvia, y en Asunción los precios de los productos básicos se incrementaron hasta en un 160 por ciento en relación con los primeros meses de la guerra(15).

(15) Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 6 de Febrero de 1865, en: Milda Rivarola, “La polémica francesa sobre la Guerra Grande” (1988), p. 154. Editorial Histórica: Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sánchez se dio cuenta de que tendría que depender cada vez más de fuentes tradicionales
de apoyo. Podía, por ejemplo, volver a la producción en estancias estatales que, a fines de 1864, todavía tenían 273.430 cabezas de ganado, 70.971 caballos, 24.133 ovejas y 587 mulas. Muchos de estos animales ya habían sido llevados a Humaitá y otros campamentos militares para los últimos meses de 1866, después de lo cual Sánchez puso su atención en el ganado en manos privadas. Esto suponía probablemente siete u ocho veces las mencionadas cantidades que, en su mayor parte, el Estado compró en cuotas, y pagó con papel moneda(16).

(16) Ver, por ejemplo, “Lista de contribuyentes de ganado”, Paraguarí, 31 de Mayo de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2831; John Hoyt Williams, “Paraguay’s Nineteenth-Century Estancias de la República” (1973), p. 215, en: “Agricultural History”, 47: 3, Winter Park. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El vicepresidente también ordenó a funcionarios rurales presionar a estancieros privados para ofrecer su ganado como donaciones patrióticas(17).

(17) “Circular sobre la remisión de ganados al campamento de Humaitá”, (1867), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 352, n. 23; “Lista nominal de los individuos de este Partido que han contribuido Ganado para gastos del Ejército”, San José de los Arroyos, 27 de Mayo de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2831; Mariano González a Comandante de Villarrica, 22 de Junio de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 3258; “Lista nominal de [...] individuos que han contribuido Ganado bacuno para consumo de los Ejércitos”, Quyquyó, 1 de Diciembre de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2445; y “Lista nominal de las personas contribuyentes de reses”, Yuty, 17 de Diciembre de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1731. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En el Paraguay Central, la confiscación y sistema de pago que Sánchez había inaugurado estaban bien administrados y en forma inicialmente equitativa. Dadas las imponentes dificultades en el frente, sin embargo, al final eso se desbordó y los propietarios en 1868 ya no podían esperar recibir ni siquiera la depreciada moneda a cambio de los vacunos tomados.

Abiertas requisas y hatos rápidamente disminuidos se volvieron la regla. Bien al norte, algunos de los más prósperos estancieros todavía podían contar con importantes planteles de ganado a finales de la guerra, pero estos casos eran excepcionales, ya que en todo el resto del país el Estado se había apropiado de los animales disponibles.

En cuanto a caballos, para mediados de 1867 las tropillas estaban tan mermadas que el Gobierno ordenó a los estancieros del norte trasladar las restantes caballerías a lo largo de todo el país, desde el río Aquidabán hasta Humaitá. La mitad murió en el intento(18).

(18) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), publicadas en “La Tribuna”, 4: 179, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

No había posibilidad alguna de que los hatos se recuperaran de por sí. Empleados de las estancias estatales simplemente llegaban a establecimientos privados y, después de blandir las apropiadas órdenes legales, arreaban el ganado y los caballos hacia el sur, hacia el teatro de las operaciones. Y había constante demanda de más, ya que el Ejército necesitaba bueyes como animales de tiro para carruajes y artillería pesada.

Las ovejas proporcionaban a los hombres en las trincheras lana para ponchos y frazadas, aunque finalmente la mayoría de estos animales fueron faenados y convertidos en charque y guisos. Sánchez requería más que ganado y un flameo de bandera de las poblaciones rurales y urbanas. Ollas y cacerolas de hierro, platos de lata, viejos machetes y clavos eran colectados y enviados al arsenal o a la fundición de Ybycuí para ser convertidos en proyectiles de cañón y balas. Bronce y cobre eran también recolectados(19).

(19) Ver: “Circular de Saturnino Bedoya sobre cobre y bronce”, (Asunción), 1ro. de Enero de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 352, n. 21; y “Lista nominal de los individuos entregantes de cobre y bronce”, Paraguarí, 17 de Enero de 1867 (que incluye a 92 contribuyentes); y Villa Concepción, 28 de Enero de 1867 (133 contribuyentes), ambos en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 760. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El Gobierno exhortó a la gente de los pueblos a donar sus productos importantes -papel, medicinas, vajillas, incluso botones. Las alfombras del Club Nacional y de la estación de ferrocarril de Asunción fueron cortadas para hacer ponchos para los soldados, y se montó un taller textil en el Teatro Nacional para coser uniformes(20).

(20) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 208. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Cada aldea en el Interior operaba telares con el mismo propósito. Los campesinos y pequeños propietarios tenían que suministrar tabaco, yerba, madera, mandioca, leña para las calderas, maní, cítricos, harina de maíz, telas, pimienta (para pólvora), artículos de cuero, choclo, grasas y sal. Una tremenda necesidad de esta última se había desarrollado entre los soldados(21).

(21) Como ocurría con el ganado obtenido de particulares, a los agricultores se les pagaba por sus cultivos con moneda con cada vez menos valor. Ver, por ejemplo, Justo González y Francisco Gómez al Tesorero del Estado, Caacupé, 27 de Enero de 1867 (sobre la compra de maíz) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1765; y Félix Candia y Juan Manuel Benítez al vicepresidente Sánchez, Itauguá, 1 de Mayo de 1867 (sobre compra de maíz, poroto, algodón y caña), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 912. Algunos agricultores donaban los frutos de sus cosechas espontáneamente, como en el caso de María Carmen de Bobadilla, del pueblo de Capiatá, quien, en Diciembre de 1866 accedió a donar 800 liños de alimentos a la causa nacional. Ver: periódico “El Semanario”, (Asunción), edición del 15 de Diciembre de 1866. Ver también: “Objetos requisados y pagados por el vicepresidente Sánchez”, en: Olinda Massare de Kostianovsky, “El vicepresidente Domingo Francisco Sánchez” (1972), pp. 171-193. Escuela Técnica Salesiana: Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estas demandas recayeron desproporcionadamente sobre las mujeres en el campo. Las bajas en el frente y los sucesivos reclutamientos habían desnudado los distritos del Interior de sus habitantes varones, salvo los niños y los muy ancianos. Sánchez ya había considerado este hecho cuando, en Julio de 1866, instruyó a la población rural a enfocarse en las labores agrícolas “cada día, cada temporada, incluso en noches de luna [...] sin distinción entre sexos”:

“[El Estado] declara a las mujeres, los ancianos y los niños pequeños la necesidad de dedicarse al cultivo, en anticipación del día en el que toda la población masculina tenga que abandonar toda actividad que no sea promover la expulsión del pérfido enemigo.
Todos deben trabajar y, en circunstancias tan extraordinarias como la nuestra, es necesario utilizar todas las fuerzas para proveer las necesidades de la vida [...]
Los días pacíficos retornarán y los derechos de la patria serán reafirmados. Entonces podremos ocuparnos de descansar y gozar de nuestras posesiones en la sombra de la paz. Mientras tanto, es esencial trabajar, luchar contra las calamidades y dificultades para evitar la falta de comida(22).

(22) “Circular sobre trabajos de agricultura”, Sánchez a Comandantes de Milicia y Jueces de Paz, Asunción, 18 de Julio de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 351, n. 1. Ver también: Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower (Paraguay at War. 1864-18699” (2004), en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country”, pp. 34-36. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

A pesar de la natural fertilidad del suelo paraguayo, la agricultura requería largas horas de trabajo duro bajo el sol tropical. En los años 1860, el arado en uso, arado yvyra, carecía de la pica de hierro y dependía para su eficiencia de una punta de madera dura y de la fuerza de caballos y bueyes.

Dos hombres saludables podían con dificultad maniobrar el arado a través del campo si no había animales, uno de ellos tirando vigorosamente de las correas de cuero y otro empujando hacia abajo para evitar que saliera del surco. Un par de mujeres desnutridas habrán encontrado tal labor extremadamente extenuante, y había poca mano de obra extra para pedir ayuda.

El cultivo de rubros alimenticios, por lo tanto, continuó siendo una tarea extenuante, aunque no imposible, para las mujeres paraguayas durante los años de guerra. No sorprende que Charles Ames Washburn y otros observadores extranjeros hayan visto esta situación como explotación y utilizado el lenguaje más sombrío posible para describir el calvario de las mujeres:

El país está completamente exhausto. Toda la labor manual es hecha por mujeres. Las mujeres deben plantar maíz, o caña o mandioca, o no hay nada para cosechar. Las mujeres enyuntan los bueyes.
Las mujeres son las carniceras que faenan el ganado, llevan la carne al mercado y la venden en los puestos. Hacen todo el trabajo duro que en todas partes es hecho por hombres, ya que no hay hombres para hacerlo. Por supuesto, esta situación no puede durar(23).

(23) Washburn a Seward, Paso Pucú, 25 de Diciembre de 1866, en: National Archives Records Administration, Washington, D.C., M-128, n. 2. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sin embargo, el mariscal y sus funcionarios conocían mejor al pueblo paraguayo que el ministro estadounidense. La multitud se sometió a las órdenes, las mujeres más que los hombres. Sánchez sabía que las mujeres se habían involucrado en el arduo trabajo agrícola desde tiempos coloniales, cuando muchos jóvenes trabajaban en obrajes o en la cosecha de yerba mate lejos de sus pueblos.

La ausencia de hombres por su traslado a Humaitá representaba un desafío similar, aunque más amplio. De tiempo en tiempo, el vicepresidente asistía a las más pobres entre sus mujeres, exonerándoles las rentas o incluso desviando alimentos en su dirección, pero estos casos eran excepciones(24). El no tenía dudas de que las mujeres harían los apropiados sacrificios y, de tanto en tanto, las reprendía cuando fallaban en ese cometido(25).

(24) Potthast se refiere a la historia de Patricia Acosta, una mujer pobre de Ybytymí que escribió a Sánchez en el invierno de 1867 para pedirle implementos agrícolas y dos vacas. Le explicaba que sus seis hijos se habían ido al Ejército y cuatro ya habían muerto, dejando una madre enferma, casi ciega y sin sustento. El vicepresidente le envió la ayuda solicitada, pero la documentación no ofrece pruebas de que la caridad fuera un hábito; usualmente era todo lo contrario. Ver: Barbara Potthast, “Protagonits, Victims and Heroes (Paraguayan Women in the ‘Great War’)” (2004), en: Hendrik Kraay y Thomas L. Whigham, “I Die with My Country (Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870)”, pp. 46-47. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres; y Sánchez a Jefe de Milicias de Ybytymi, Asunción, 3 de Julio de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 352, n. 1. Para un ejemplo similar de ayuda a los pobres, ver: José Antonio Bararás, José Núñez y Celedonio Hermosa a ministro del Tesoro, Pilar, 1 de Marzo de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2390.
(25) En una carta a un funcionario de un pueblo, Sánchez señala que los primitivos indios cainguá exitosamente cultivaban toda clase de productos sin bueyes, caballos o arados de metal, sugiriendo -con esta pequeña sutileza- que las mujeres de la comunidad deberían ser capaces de hacerlo también; ver Sánchez a Juez de Paz de Itá, Asunción, 18 de Julio de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2396. Aunque él no hizo una política de ayudar a las mujeres más pobres de su país, sus asociados -ocasionalmente- proporcionaban semillas para los que más necesitaban. Ver: Vicente Osuna a ministro de Guerra, Humaitá, 1 de Agosto de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2408.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El Paraguay tenía dos temporadas agrícolas, una de invierno, de Abril a Septiembre, y otra de verano, de Octubre a Marzo. El vicepresidente Sánchez necesitaba mantener un meticuloso registro de las tierras cultivadas para calcular la cantidad de alimentos que cada distrito podría suministrar a la guerra. En el invierno de 1866, comenzó a llevar a cabo una serie regular de censos agrícolas en las comunidades del Interior y obtuvo asombrosas estadísticas. La República tenía cultivados 4.192.520 liños de rubros alimenticios y unos 135.757 árboles frutales(26).

(26) “La agricultura”, en el periódico “El Semanario”, (Asunción), edición del 11 de Mayo de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El área total era unos 50.000 liños por debajo de lo normal, pero el Gobierno, pese a ello, consideró el esfuerzo exitoso (el país había sufrido una severa sequía en los últimos meses de la temporada de crecimiento y poco más se podía esperar). Sánchez igualmente censuró a varios pueblos por su actitud laxa en alcanzar los objetivos del Gobierno y pareció prometer duros castigos para cualquier comunidad que no se adhiriera a sus lineamientos(27).

(27) El Gobierno había previamente llevado a cabo un censo en 1863 y adquirió luego la práctica de que tales censos fueran parte regular de la contabilidad burocrática durante la guerra. Información censal de varios distritos del Interior está diseminada en muchos legajos del Archivo Nacional de Asunción; ver, por ejemplo, “Participaciones mensuales sobre sembrados” (1866) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 419, n. 2-3; “Informes de agricultura de todo el país” (1866) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2405, 2406 y 2410; “Informes de agricultura de todo el país” (1867) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 355, n 1; “Informe mensual del estado de la agricultura de todo el país” (1868) en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 356, n. 1-2. Incluso comunidades en el ocupado Mato Grosso ocasionalmente suministraban datos para estos censos; ver: Martín Urbieta a ministro de Guerra, Fortín de Bella Vista, 25 de Agosto de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1733. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Lo cierto es que la siguiente temporada (verano de 1866-1867), el área total de tierra cultivada creció a 6.805.695 liños de alimentos y 215.189 árboles frutales plantados. Y en el invierno siguiente, Sánchez pudo reportar 7.532.991 liños y 211.997 árboles(28).

(28) “El Semanario”, (Asunción), edición del 19 de Octubre de 1867; ver también Rafael Ruiz Díaz a ministro de Guerra, Divino Salvador, 31 de Julio de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2472. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En la superficie, estas cifras parecen impresionantes. Dado el tremendo drenaje de mano de obra, el hecho de que los funcionarios registrasen semejantes totales sugería una extraordinaria coordinación entre los agentes del vicepresidente y las mujeres que desempeñaban la labor. Era un trabajo colosal y el Estado podía jactarse de que la dedicación patriótica del pueblo paraguayo había asegurado el éxito de la agricultura nacional y el que todos tuvieran suficiente para comer(29).

(29) Periódico “El Centinela”, (Asunción), edición del 24 de Octubre de 1867. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Desafortunadamente, más allá de su aparente precisión, los censos agrícolas no pueden ser del todo confiables. Por un lado, poner el acento en un punto inequívoco como el cultivo de frutales era una tarea irracional, ya que ellos no podían producir frutas hasta después de un tiempo de haber sido plantados y, por lo tanto no aportaban nada al esfuerzo de la guerra.

Segundo, los censos registraban rubros cultivados, no cosechados, y en el ambiente tropical del Paraguay, con sus insectos y sus cambios radicales en el régimen de lluvias, no es posible calcular la cantidad de alimentos producida durante ningún período determinado(30).

(30) Este desafortunado hecho invalida mucho de lo que Vera Blinn Reber afirmó acerca del limitado impacto de la declinación demográfica en Paraguay durante la guerra; ¿cómo puede una población estar cayendo tan precipitosamente -ella razonablemente se pregunta- si al mismo tiempo se están produciendo rubros agrícolas en niveles tan altos? Dejando de lado la cuestión de lo que constituía exactamente un “liño”, debemos observar que, mientras los censos nos dicen algo sobre los cultivos, lamentablemente no mencionan nada acerca de la producción o la distribución y no pueden ser usados, por lo tanto, para elaborar ningún argumento sobre la estabilidad o el declive demográfico. Ver: Vera Blinn Reber, “The Demographics of Paraguay: A Reinterpretation of the Great War. 1864-1870” (1988), en: “Hispanic American Historical Review”, 68: 2, pp. 189-319, Durham; Thomas L. Whigham y Barbara Potthast, “Some Strong Reservations: A Critique of Vera Blinn Rebert’s ‘The Demographics of Paraguay: A Reinterpretation of the Great War’” (1990), en “Hispanic American Historical Review”, 70: 4, pp. 667-676, Durham. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tercero, los estudiosos todavía no se han puesto de acuerdo sobre lo que el término “liño” realmente significaba en los años 1860. Algunos han argumentado que era una medida indefinida de longitud, otros que era una medida específica de superficie. Si lo primero es lo correcto, hay que preguntarse cuántas plantas de mandioca entraban en una fila estándar, en oposición, por ejemplo, a cuántas plantas de tabaco entraban en una fila del mismo tamaño.

Si el término “liño” se refería a una medida definida de superficie, la información se vuelve aún más confusa, ya que un historiador definió un liño como el equivalente a 1,85 acres, otro a 0,4 acres y otro a 0,15 acres(31).

(31) John Hoyt Williams, “The Rise and Fall of the Paraguayan Republic. 1800-1870” (1979), p. 218. University of Texas Press: Austin, fue quien sugirió la cifra más alta; Barbara Ganson, “Following Their Children into Battle: Women at War in Paraguay. 1864-1870” (1990), p. 349, en: “The Americas” 46:3. Washington, D.C., la cifra del medio; y Vera Blinn Reber, “A Case of Total War: Paraguay, 1864-1870” (1999), p. 17, en: “Journal of Iberian and Latin American Studies”, 5: 1. Taylor & Francis Group: Abingdon, Reino Unido, la cifra más baja. Jan M. G. Keinpenning, quien realizó el recuento más completo de la agricultura paraguaya hasta la guerra, coincide (luego de convertirla en hectáreas) con la cifra de Williams. Ver: Jan M. G. Keinpenning, “Paraguay. 1515-1870 (A Thematic Geography of its Development)” (2003), 2: 1011. Iberoamericana: Frankfurt. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Finalmente, sin importar el número específico registrado por Sánchez, sus funcionarios tenían razones para exagerar las cifras, ya que, en el crecientemente autoritario ambiente del Paraguay lopista -no menos autoritario que la Rusia de Stalin o la China de Mao- una comunidad que no alcanzara la cuota se sometía a un riesgo considerable.

Por supuesto, no todo el trabajo agrícola que apoyaba los esfuerzos de la guerra implicaba el uso del arado pesado. Con el tabaco y el maní, por ejemplo, las provisiones abastecieron bastante bien la demanda(32).

(32) El tabaco era consumido universalmente entre los paraguayos, varones y mujeres, niños y niñas. Aunque menos llamativo, su uso era igualmente común entre los pueblos de los países Aliados. Las incertidumbres del combate ejercieron un nuevo énfasis en su consumo; un famoso personaje como Ernesto “Che” Guevara elogiaba los beneficios narcóticos de fumar tabaco en la guerra, ya que “una fumada en momentos de descanso es una gran amiga del soldado solitario”. Ver: Ernesto Guevara, “Guerrilla Warfare” (1998), p. 52. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres. Aunque fósforos importados se encontraban a veces entre las cosas de los hombres de las ciudades, ninguna persona del campo -en ninguno de los bandos- en la campaña paraguaya los habría considerado más que un lujo superfluo. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Lo mismo ocurrió con las naranjas y el güembe, una enredadera cuya fibra se usaba para cordaje. Ambas plantas crecían en forma silvestre en muchas partes del país. En tales sitios, las mujeres y los niños extraían las fibras para hacer sogas y cosechaban naranjas, que se enviaban al sur cuando era posible(33).

(33) En relación con un anterior cargamento de naranjas a Humaitá, ver: Francisco Bareiro a ministro de Guerra, Asunción, 9 de Agosto de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1731. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En otras ocasiones, la fruta proporcionaba la base para un brebaje alcohólico que se consumía en los hospitales. Nunca se ganó el favor de los soldados, que siempre prefirieron su caña nativa u otro aguardiente, pero al menos ayudaba a evitar el escorbuto. A los hombres tampoco solían gustarles las ácidas mermeladas hechas con la fruta del árbol de la naranja agria (apepu) mezclada con azúcar o melaza, otra creación local(34).

(34) Ver periódico “El Semanario”, (Asunción), edición del 26 de Enero y 12 de Octubre de 1867. El apepu tiene flores fragantes que, en tiempos de paz, han sido usadas para la elaboración de aceite de petit-grain para perfumes, una industria de gran potencial en los años de la posguerra y, como observa el escritor uruguayo Horacio Quiroga, también relacionada con riesgos y tragedias. Ver su cuento de 1923, “Los destiladores de naranja” en: Horacio Quiroga. “La Gallina Degollada y otros Cuentos” (1967), pp. 31-44. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Por supuesto, los hombres hambrientos comían lo que fuera y los dulces que se embarcaban desde Asunción proporcionaban cierta variedad a la limitada dieta(35).

(35) Ver recibo por 2.097 pesos 2 reales pagados a veintisiete mujeres por dulces, Asunción, 14 de Febrero de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 872. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La gente en tal situación de necesidad no solamente comía cualquier cosa, sino que también vestía cualquier cosa. Y ahora que los uniformes -que alguna vez lucieron tan brillantes y coloridos- se habían deteriorado hasta convertirse en pálidos harapos, necesitaban reemplazo. Afortunadamente, el algodón, el coco y el karaguata (una bromelia parecida a la piña) suministraban fibras con alguna abundancia y el vicepresidente Sánchez no tenía reparos en exigir a las mujeres cosechar el algodón (u obtener la lana), hilarlo, y tejer unos duros, pero útiles lienzos para camisas, pantalones y colchas poyvi(36).

(36) “Circular sobre el tejido de poyvi para uso del Ejército” (1867), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 352, n. 25. El coronel Thompson tenía una alta opinión, quizás exagerada, del algodón paraguayo, al que consideraba entre “los mejores del mundo” (Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 206. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres). El mariscal compartía esta estimación positiva y había intentado, en los meses previos a la guerra, popularizar el producto paraguayo en el mercado británico, con la esperanza de reemplazar el algodón que antes importaba de los Estados bloqueados de la Confederación Sureña; el plan fracasó cuando los británicos hallaron nuevas fuentes de aprovisionamiento en Egipto y la India. Ver: Thomas Whigham, “Paraguay and the World Cotton Market. The ‘Crisis’ of the 1860s” (1994), en: “Agricultural History”, 68: 3, pp. 1-15, Winter Park. También Thomas Whigham, “El oro blanco del Paraguay: un episodio de la historia del algodón. 1860-1870” (1999), en: “Historia Paraguaya”, Vol. 39, pp. 311-332, Asunción. El uso de fibras de coco para tejer telas nunca fue mucho más allá de las primeras etapas de la guerra; ver: Justo Godoy a Sánchez, San José de los Arroyos, 14 de Marzo de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2402. En cuanto al karaguata, fue también muy usado como sustituto del papel, que era a su vez usado en la producción de moneda, entre otras cosas. Ver: “¿Nos vencerán por asedio?”, en “El Centinela”, (Asunción), edición del 16 de Mayo de 1867. // Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las mujeres tenían todas las razones para refunfuñar acerca de la impracticabilidad de estas órdenes, que eran cumplidas a nivel del pueblo. Después de todo, el proceso de hilar y tejer era laborioso y lento en extremo, y no estaba en absoluto claro que se pudieran alcanzar las metas. El Gobierno respondió, primero, dando instrucciones de recurrir más y más al karaguata, y luego asignando más cuotas de algodón crudo, otorgando premios por el incremento de superficie cultivada(37).

(37) Ver decreto de López, Paso Pucú, en “El Semanario”, (Asunción), edición del 16 de Febrero de 1867; y Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower (Paraguay at War. 1864-18699” (2004), en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country”, pp. 28-29. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres. El Gobierno, buscando promover el uso del karaguata en la producción de papel, también recomendaba que se recolectaran las resinas y las savias de los árboles para ser usadas como adhesivos en esa manufactura. Ver: “Circular de Saturnino Bedoya”, Asunción, 14 de Junio de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2496. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ocasionalmente, estas demandas tenían los resultados deseados; la mayoría de las veces, no. Sánchez comprendía que su verdadero problema tenía menos que ver con la producción que con el procesamiento y el transporte. La mandioca presentaba un caso particular. En circunstancias normales, la raíz se limpiaba y luego se consumía entera luego de hervirla como un almidonado acompañamiento de carne y vegetales(38).

(38) Hay muchas variedades de raíces de mandioca en Paraguay y en toda Sudamérica. Varias son venenosas y requieren una cuidadosa preparación antes de ingerirse. No todas producen almidón, pero las que sí lo producían, fueron indispensables para los soldados durante el conflicto de 1864-1870. Los brasileños comúnmente las llamaban farinha-da-guerra; ver: http://www.terrabrasileira.net/folclore/regioes/4modos/ndfarinha.html. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ahora, las demandas militares requerían que cada mujer tostara la mandioca (lo mismo que el maíz), la convirtiera en harina, la embolsara y transportara el producto hasta la estación de tren o el riacho navegable más cercanos. Dada la poca confiabilidad del transporte fluvial, y la común falta de bueyes, estas provisiones podían esperar semanas antes de que pudieran llegar a las hambrientas tropas en Humaitá.

La harina a veces se estropeaba o se llenaba de gorgojos, como resultado. Las mujeres del Interior hacían con la harina panes tradicionales, bizcochos o chipas, respondiendo así a otra demanda estatal, pero el esfuerzo requería aún más trabajo para una población que ya estaba al límite de sus fuerzas(39).

(39) Las chipas aparecen más comúnmente en los documentos del período anterior a Curupayty. Ver recibo por 225 pesos para la compra de chipas por el Estado para consumo en el campamento Cerro León, Itauguá, 19 de Abril de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1714. Una excepción a la regla podría encontrarse en los pueblos indios; por ejemplo, el pueblo de Guarambaré produjo casi 48 arrobas (unos 540 kilos) de chipas para el Ejército en Marzo de 1867. Ver: Lorenzo Pasagua y José Luis Lugo a Tesorero General, Guarambaré, 20 de Marzo de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2869. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

A pesar de que Sánchez fue refinando cada vez más su tarea organizativa a medida que avanzaba la guerra, la producción de alimentos y telas cayó precipitadamente, incluso en los cultivos tradicionalmente dominados por las mujeres. En 1867, la producción de alimentos se redujo un tercio en comparación con los niveles anteriores a la guerra(40). En la recolección de yerba, la tala de madera y el manejo de bueyes, las mujeres aldeanas simplemente no tenían forma de sostener el ritmo que se les exigía(41).

(40) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 161. Greenwood Press, Westport, Connecticut.
(41) Solamente las aldeas del extremo norte continuaron suministrando yerba al Ejército después de 1866. Ver, por ejemplo, “Razón de la yerba traída de la Villa de Ygatymí”, Asunción, 9 de Enero de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1763; y “Razón de la yerba traída de la Villa de Concepción”, Asunción, 16 de Agosto de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2867. El 29 de Diciembre de 1867, un aviso en “La Nación Argentina”, (Buenos Aires), ofertaba “Legítima yerba paraguaya [en venta] en el Almacén San Martín”; pese al uso del término “legítima”, es justo dudar de que alguna yerba paraguaya pudiera haber llegado al mercado de Buenos Aires en ese tiempo.
// Todo citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El transporte suponía una variedad de problemas. Una pequeña flotilla paraguaya de vapores
fluviales había sobrevivido al desastroso enfrentamiento con los Aliados en el Riachuelo, en 1865, y era ahora utilizada principalmente para trasladar provisiones desde Asunción hacia las guarniciones de Mato Grosso -en el norte- y Humaitá, en el sur.

En cualquiera de las direcciones, sin embargo, la Armada era insuficiente. El mariscal, además, retuvo algunas embarcaciones para operar al sur de Humaitá, supuestamente para hostigar a los barcos brasileños, aunque no tuvieron casi ningún contacto con la poderosa flota imperial.

Por lo inadecuado del transporte fluvial, los suministros nunca podían satisfacer la demanda. Por lo general, los barcos iniciaban su travesía en la protegida bahía de Asunción, donde embarcaban refuerzos, municiones y comunicaciones especiales. Algunas millas río abajo, paraban en Villeta o Villa Franca para recibir cargas de alimentos, combustible y otras provisiones, antes de partir otra vez hacia Humaitá.

Como aquí no había muelles permanentes, los barcos alijaban su carga en barcazas o canoas un poco antes de la fortaleza, fuera del alcance de los cañones enemigos. Algunas patrullas especiales de batallones individuales iban al encuentro de los barcos en la ribera y acarreaban sus raciones asignadas directamente a sus unidades.

Las seguidoras del campamento jugaron un inevitable y muy apreciado papel en esta labor. Cuando el bloqueo aliado fue establecido en la primavera de 1865, el mariscal ya comprendió la fragilidad de su sistema de flete fluvial y dio órdenes para que varios pueblos construyeran 446 canoas para transportar cargas relacionadas con la guerra(42).

(42) López al Comandante y Juez de Paz de Villarrica, Asunción, 12 de Octubre de 1865, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 345, n. 2. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Como algunas comunidades estaban localizadas lejos del río, las canoas terminadas tenían que ser llevadas a través de pantanos antes de ser puestas a disposición del Ejército. Esto fue sólo el principio. El Estado también requisó embarcaciones comerciales privadas bajo un sistema similar al usado por Sánchez para confiscar ganado.

Los astilleros en Asunción continuaron trabajando a su máxima capacidad durante muchos meses para construir y reparar pequeños barcos y embarcaciones livianas, todos ellos destinados a transportar suministros al Ejército en el sur. El personal británico de López supervisaba la evaluación de los daños de los barcos y la planificación de las reparaciones, así como el diseño y la fundición de piezas para los vapores. Eran hombres dedicados y trabajadores, como también lo eran los paraguayos que servían bajo su mando.

Desafortunadamente, el número de obreros en el astillero principal y el arsenal asociado comenzó a decaer dramáticamente para el segundo año de la guerra. Había 432 hombres trabajando en esos establecimientos en Marzo de 1864 y, ahora, en Abril de 1866, ya eran sólo 290(43). El reclutamiento y las enfermedades habían tenido su impacto también en Asunción.

(43) Josefina Plá, “The British in Paraguay. 1850-1870” (1976), p. 152. The Richmond Publishing. Richmond, Surrey. Los astilleros de Asunción estaban todavía activamente ocupados en la construcción y reparación de buques de guerra en 1866 pero, un año más tarde, sus esfuerzos se volvieron esporádicos y los funcionarios a cargo ya no emitían reportes regulares. Ver: “Razón de las obras trabajadas” (Asunción, 18 de Marzo de 1866), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1011; “Razón del estado en que se hallan las obras de la maestranza de ribera” (Asunción, 9 de Agosto de 1866), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 728; y “Razón de las obras trabajadas” (Asunción, 14 de Octubre de 1866), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 1089. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Pese a la dura labor de construcción de nuevas embarcaciones fluviales y a la reparación de los buques que ya estaban en la flotilla, los astilleros no tenían esperanzas de superar los problemas que Sánchez, el ministro de Guerra y todos los oficiales de menor rango tenían que enfrentar. Para empezar, para que las provisiones llegaran a un puerto o, al menos, a algún riacho navegable, era imprescindible contar con carretas de bueyes y, el Ejército, ya se había llevado tantas para su uso más cerca del frente que los oficiales nunca podían estar seguros de su disponibilidad.

Y también tenían que considerar las lluvias invernales, que inundaban los caminos usuales en el sur, convirtiendo tranquilos arroyos en torrentes e interfiriendo con los buques cargados en cada recodo del río. El transporte de provisiones por tierra era incluso más difícil y problemático. Aunque el ferrocarril funcionaba de acuerdo con su horario, no iba más allá de Sapucai al sur y, desde ese punto, todo quedaba en manos de carretas de bueyes y mulas(44).

(44) El mariscal comisionó a Thompson para diseñar una línea de ferrocarril desde Curupayty-Paso Pucú-Sauce, pero nunca fue construida. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 203. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. Ver también Harris Gaylord Warren, “The Paraguay Central Railway. 1856-1889” (1967), en: “Inter-American Economic Affairs”, 20: 4, pp. 3-22. Washington, D.C. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los mapas de los años 1860 muestran uno o a veces varios caminos paralelos al río Paraguay, pero no eran más que senderos rudimentarios abiertos entre las espesuras para conectar Humaitá con las áreas más pobladas del norte. No fueron diseñados como arterias principales, porque nadie jamás había percibido la necesidad de una ruta terrestre en esa dirección.

Cualquier lluvia fuerte dejaba estos senderos inundados y destruidos, prácticamente inservibles para el paso de carretas o incluso de ganado, especialmente durante los meses de invierno(45).

(45) Saturnino Bedoya a Comandantes Militares y Jueces de Paz, Asunción, 12 de Junio de 1867 (circular), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 352. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los animales podían pasar individualmente con dificultad, pero grandes tropas no podían ser llevadas al sur con ninguna certeza de éxito. El Ejército trató de mantener rebaños de reserva a mano con buena pastura a unos 50 kilómetros río arriba de Humaitá, a lo largo del arroyo Yacaré, pero los problemas en obtener un suministro regular de ganado para la fortaleza frustraron esa opción(46).

(46) Jerry W. Cooney, “Economy and Manpower (Paraguay at War. 1864-18699” (2004), en: Kraay y Whigham, “I Die with My Country”, p. 40. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Con las opciones limitadas a los precarios caminos o a una ruta aún menos factible a través de los pantanos del Ñeembucú, la provisión terrestre a Humaitá era demasiado problemática y podía ofrecer poca ayuda a los hombres que enfrentaban a los Ejércitos Aliados. El vicepresidente Sánchez hizo lo que pudo en esta terrible situación. En términos realistas, sin embargo, era relativamente poco lo que podía conseguir.

La falta de medicinas importadas menoscabó la salud tanto de soldados como de civiles. El uso de pólvora hecha localmente y el recurso de degradar metales hizo que el uso efectivo de la artillería fuera muy difícil. La interrupción de las importaciones baratas de telas dejó a la población en harapos y el karaguata nunca llegó a ser un sustituto viable.

Lo peor de todo, a pesar de los esfuerzos de las mujeres paraguayas, la producción de alimentos declinó en forma muy marcada e, incluso, aquéllos que se producían no siempre podían llegar hasta las tropas en Humaitá. Como los hombres en el frente y las mujeres en los campos, Sánchez era capaz de una gran fortaleza mental y una gran improvisación. Pero, aunque estas habilidades permitían algunos efímeros éxitos en la economía, eso nunca fue suficiente(47).

(47) En “Francisco Solano López and the Ruination of Paraguay” (p. 159), James Saeger argumenta que “desde Septiembre de 1866 hasta Agosto de 1867, López encabezó una recuperación parcial de su nación y su ejército” [James Schofield Saeger. “Francisco Solano López and the Ruination of Paraguay (Honor and Egocentrism)” (2007). Rowman & Littlefield, Lanham y Boulder], pero su observación es correcta sólo en un sentido limitado. El mariscal tuvo éxito en apoyar la resistencia nacional contra los Aliados, pero no ocurrió recuperación económica alguna y su ejército todavía sufría la presión del desgaste enemigo. Como mucho, en el Paraguay lopista la “recuperación” era una cuestión de autoengaño. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

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