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Aguardando en Humaitá

Los soldados nuevos en el frente tendían a llenar su rutina diaria con miles de vacilaciones e incertidumbres pero, pronto aprendieron, como ya sabían los veteranos, que la guerra era mayormente una cuestión de pausada espera y que, por cada ocasión que permitía mostrar el heroísmo o la cobardía entre los hombres en la línea, había miles que sólo requerían paciencia.

Algunas veces las raciones nunca llegaban, la ropa nunca se distribuía, la orden de avanzar nunca se daba. Todo lo que se podía hacer era aguardar y, al final, cuando algo sí pasaba, nunca era lo que se presumía. Por lo tanto, los hombres terminaban echándose a esperar sin imaginar nada.

Los soldados paraguayos en el campamento o en las trincheras afrontaban los mismos desafíos que las mujeres en casa, y aún más. En contraste con los soldados aliados, su posibilidad de éxito militar era limitada. Estaban hambrientos, físicamente cansados y, a medida que el cólera hacía sus estragos, desalentados de una manera que excluía cualquier recuperación fácil. Pero no estaban vencidos.

El soldado medio en el Ejército del mariscal tenía la directiva de obedecer órdenes y matar a los “macacos” del otro lado de la línea, antes de que estos le mataran a un hermano, una hermana o un abuelo. Un fracaso en detener al enemigo, traería terribles consecuencias para el país, mucho peores que un estómago vacío, mucho peores que el simple dolor.

El que los paraguayos continuaran pensando de esta forma es uno de los hechos más salientes de la campaña; era algo que todos en el frente reconocían, desde el mariscal López y el marqués de Caxias hasta los distintos corresponsales de guerra y observadores extranjeros, pasando por los recientemente llegados reclutas del Interior brasileño que nunca imaginaron que alguna vez pondrían un pie en el Paraguay.

Humaitá tiene una particular belleza difícil de capturar en palabras. Por un lado, produce una extraña sensación el rojizo promontorio que se levanta al oeste del asentamiento y cae precipitadamente en el río. Uno casi puede imaginar un gigante echado o herido, con la lanza en la mano, tratando de defenderse frente al sol naciente. Y, pese a ello, como moderando la dura intransigencia de este implacable centinela, una cierta suavidad prevalece en el lugar, especialmente cerca de los bosques y el carrizal, y en los altos pastizales que adornan las riberas como una estola de piel.

Por supuesto, a mediados de los años 1860, Humaitá era también un pueblo activo y sustancial, similar a los campamentos aliados algunos kilómetros más allá, en Paso de la Patria y Tuyutí. Antes de que los golpeara el cólera, el campamento tuvo una población que excedía los 40.000. Alrededor de la mitad de estos habitantes eran soldados en servicio, pero había también personal médico, ingenieros, clérigos, transportistas civiles, telegrafistas, carpinteros, herreros, seguidoras de diferentes clases, algunos observadores extranjeros y prisioneros, así como niños cuyos padres estaban con el Ejército.

López también había transformado sus Cuarteles Centrales de Paso Pucú en un gran, si bien no floreciente, campamento subsidiario, alrededor del cual estaban dispuestos tres batallones de infantería y cuatro o cinco regimientos incompletos de caballería desmontada que, en conjunto, hacían quizás unos 2.500 hombres(1).

(1) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), p. 203. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En general, Humaitá carecía del toque pomposo de los campamentos aliados. No había macateros ni almaceneros, porque no había nada que comprar o vender. No había restaurantes ni estudios de fotógrafos, ni salones de juegos ni burdeles y, lo que había de vida privada, tenía que ser acomodado en los raros momentos en los que las tareas militares o las energías físicas lo permitían.

Por otro lado, las mujeres y los niños les daban a la fortaleza y los campamentos adyacentes algún sentido de comunidad, como si su degradada existencia en el frente pudiera -de alguna forma- proporcionar la semblanza de la vida del hogar. Tal vez el secreto de la determinación paraguaya residía en esta nada envidiable situación, ya que el sufrimiento, cuando es compartido con familiares o amigos, puede ser mejor sobrellevado por un mayor período de tiempo.

El farmacéutico británico George Frederick Masterman tuvo ocasión de visitar Humaitá a finales de 1865 y no se quedó muy impresionado:

Poco después de capitular Estigarribia, bajé hasta Humaitá para inspeccionar el hospital y boticas de campaña, pero no encontré en ninguna parte aquellas formidables baterías que la han hecho tan famosa.
Es un tristísimo paraje, llano y pantanoso; el terreno consiste en una arcilla porosa, de manera que un aguacero lo convierte en una laguna. Se extienden en todas las direcciones funestos esteros, atravesados por angostos y malísimos caminos.
Se levantan un poco sobre el nivel general unos campos descuidados, un monte de naranjos ralos y viejos y un pobre ranchito; ninguna otra cosa se veía entre el bajo parapeto y la línea azulada de las montañas, que se destacaban en el lejano horizonte.
Dentro de las defensas y las obras, se hallaban una sucesión de cuarteles, galpones hechos de adobe con techos de caña, una casa de ladrillo de un piso, en una de cuyas extremidades residía el presidente, y el obispo en la otra, con madame Lynch en el medio a igual distancia de ambos, y unas cuadras de cuartos con techos de teja, para los oficiales.
La iglesia era una buena muestra de la arquitectura paraguaya, pomposamente pintada por afuera y adornada por adentro con una doble hilera de santos de madera, de tamaño natural. La torre había sido tan mal edificada, que no se atrevieron a servirse del campanario, y fue necesario colgar las campanas en una viga fuera de la iglesia.
La lengüita de tierra cubierta de árboles ocultaba las baterías, que no podían, por consiguiente, verse desde las líneas, y a nadie, si se exceptúa a las personas ocupadas en el servicio, se le permitía acercárseles.
Eran, en general, terraplenes, pero había una casamata de ladrillo, llamada la Batería Londres; contaban entonces con cerca de 200 piezas, que eran principalmente de a 32. Por el costado de tierra, la defensa consistía en un solo parapeto y un foso con ángulos reentrantes dominados por piezas de campaña colocados a barbeta y bastiones a grandes intervalos, protegido cada uno por cuatro piezas de grueso calibre(2).

(2) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 122-123. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Para 1867, el Ejército había expandido mucho sus defensas alrededor de la fortaleza y muchos más hombres se habían trasladado a las trincheras. Por tierra, Humaitá estaba protegida por tres líneas de terraplenes, con ochenta y siete cañones instalados en la parte más recóndita.

Las baterías fluviales montaban cuarenta y seis cañones, uno de 80, cuatro de 68 y ocho de 32 libras y el resto de una variedad de calibres. La batería en Curupayty, justo enfrente de la línea aliada, montaba treinta de 32 libras, y el centro estaba resguardado por otros cien cañones, incluyendo cuatro de 68 y, supuestamente, por un Whitworth de 40 libras recuperado del casco de un vapor brasileño tras la batalla del Riachuelo(3).

(3) Aunque se pueden encontrar algunas referencias de un “Whitworth de 40 libras” en la documentación de la Guerra del Paraguay, este cañón nunca existió. Lo más cercano era, de hecho, el estándar de 32 libras con un calibre de 97 milímetros, pero la Compañía Whitworth, en un intento de hacer que el cañón tuviera una apariencia más grande y formidable, medía el calibre desde los ángulos de las ranuras y no desde las lisas [comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 12 de Junio de 2009]. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

En conjunto, las piezas de artillería en Humaitá y los campamentos adyacentes ascendían a 380, casi el doble de los que habían estado anteriormente(4).

(4) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), p. 123. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Al construir los terraplenes que guarnecían el acceso por el sur a la fortaleza, los paraguayos
tuvieron cuidado de intercalar en la línea, fosas para fusileros. Se aseguraron de que las posiciones no pudieran ser enfiladas desde ningún sitio cercano.

Cuando había suelo húmedo o poco firme, lo revestían con ramas o tacuaras, y cortaban árboles y arbustos espinosos para construir defensas de abrojos que desalentaran en el enemigo cualquier pensamiento de asalto. Los aliados podrían ser capaces de sitiar Humaitá, al menos en forma dificultosa, pero un ataque frontal a este Cuartel ahora parecía impensable. Los Aliados jamás se arriesgarían a otro Curupayty(5).

(5) En su cuadragésima máxima militar, Napoleón observó que mientras “es cierto que [las fortalezas] no pueden por sí mismas detener un ejército [...] ellas son excelentes medios para retardarlos, avergonzarlos, debilitarlos e irritar a un enemigo victorioso”. Esto fue claramente Humaitá en 1866-1867. El mariscal no era el único paraguayo que prestaba atención a estas máximas, como sugiere un artículo en la edición del 9 de Marzo de 1895 de “La Opinión”, (Asunción). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La vida en Humaitá era monótona. Las irregulares horas para las comidas, la falta de verduras y sal, siempre las mismas raciones, todo se combinaba para quebrar cualquier placer que un hombre pueda tener al comer. Pescado de río y lagunas y alguna presa del monte, ocasionalmente ofrecían un toque de variedad a la dieta de los soldados, pero pronto cazaron todo lo que había en los esteros aledaños.

Cualquier carne de venado o carpincho o pato criollo que se consumió en adelante tenía que provenir del Chaco. Los soldados aprendieron a extraer los blancuzcos corazones de las palmas que crecían con alguna abundancia a la vera del carrizal. En sus casas, ellos usualmente habrían rechazado este tipo de bocados, pero en Humaitá los masticaban crudos o, menos frecuentemente, hervidos.

Junto con maíz, maní y, ocasionalmente, porotos, los corazones de palma contribuían a las porciones vegetales que los soldados generalmente comían. Con todo, la carne vacuna seguía siendo el ítem central de su alimentación. Hervida, asada, golpeada, cocinada en su propio cuero, siempre era carne, aunque las porciones se volvieron más pequeñas con el transcurrir de los meses. Finalmente, la ración diaria cayó de una ochentava parte a medio centésimo de novillo por hombre(6).

(6) Christopher Leuchars. “To the Bitter End (Paraguay and the War of the Triple Alliance” (2002), p. 160. Greenwood Press, Westport, Connecticut. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Los soldados a veces buscaban miel silvestre. Cinco o seis especies de abejas y hormigas de miel se podían encontrar en el país. La mayoría no tenía aguijón y todas producían miel ácida que, en tiempos normales, se mezclaba con melazas para agregarles dulzura. A esta mezcla se le adhería una quinta parte de agua (y a veces el corazón de la palma de Caranday) y se la dejaba fermentar para producir una especie de cerveza (o kaguy), que era una bebida común entre los indios del Chaco. No era especialmente potente.

Además, como los soldados carecían de las cantidades necesarias de azúcar, los propios esfuerzos de los soldados para preparar la cerveza nunca llegaban a resultados satisfactorios.
Cuando era posible (o seguro), hurtaban caña de los suministros médicos o esperaban las ocasionales celebraciones, en las que se repartía licor como parte de las festividades.

Los francotiradores mantenían un servicio activo en las líneas del frente y de vez en cuando mataban a algún desafortunado. Los frecuentes bombardeos aliados, en cambio, casi nunca eran efectivos y eran objeto de gran escarnio(7). Era solo cuestión de mantenerse agachados en las fosas y no preocuparse demasiado del barro y el polvo que volaba alrededor.

(7) Washburn reportó que “el promedio de muertos y heridos es menos de uno por día y [...] cuesta a los brasileños al menos seiscientos disparos o bombas, todos de cañones de grueso calibre, para matar o herir a un paraguayo”. Ver Washburn a Seward, Paso Pucú, 11 de Marzo de 1867, en: National Archives Records Administration, Washington, D.C., M-128, n. 2. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El enemigo no podía alcanzar la fortaleza y los soldados en el campamento aprendieron a considerar las series de cañonazos como no mucho más amenazantes que las tormentas eléctricas en el Chaco. Al menos estas últimas podían ser hermosas, con el color de las nubes pasando de rosa a lavanda. Las primeras, en contraste, sólo eran ruido.

Mientras tanto, todo era letargo. Se afilaban las bayonetas y las lanzas y se limpiaban los mosquetes. Se cavaban letrinas y se enviaban mensajes. Las guardias eran seguidas por los ejercicios y los ejercicios por las guardias, hasta que algún oficial veterano concibiera un corto patrullaje o diera permiso a los soldados para retornar a sus lugares a dormir.

Según parece, cada hombre en el Ejército tuvo en algún momento o en otro que exigir la contraseña nocturna: “¿Quién vive?”, preguntaban, tras lo cual normalmente llegaba la esperada respuesta: “¡La República!

Raramente había algo nuevo que reportar, aunque cada hombre se esforzaba por hostigar los piquetes enemigos cada vez que fuera posible. Como explicó el coronel Thompson, los paraguayos de noche solían hacer a los brasileños toda clase de diabluras, tirándoles con flechas y con “bodoques”. Estos eran unas balas de arcilla secadas al sol, que tendrían una pulgada de diámetro. Se lanzan con un arco de dos cuerdas, separadas como dos pulgadas, con unos palitos metidos entre ellas a la extremidad de las cuerdas.

La bala se coloca en un pedazo de lona, asegurado a las cuerdas, y se lanza teniendo el proyectil entre el pulgar y el índice, como una flecha, sólo que las cuerdas tienen que ser estiradas en forma ladeada porque, de lo contrario, la bala pegaría en el arco. Esta arma es usada en el Paraguay por los muchachos para tirarles a los loros(8).

(8) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 243. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La disciplina en el campamento seguía las viejas regulaciones españolas, que en papel eran meticulosas y jerárquicas. Crímenes serios o signos de derrotismo recibían castigo sumario y duro, como en el caso del cabo Facundo Cabral, del Regimiento 27, quien, en Mayo de 1867, fue hallado culpable de haber hablado con admiración de la flota enemiga y se ganó 500 azotes por su impertinencia(9).

(9) Acusaciones sumarias contra Cabral (Mayo de 1867), en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica 347, n. 12. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Infracciones menores tenían penas también menores, por supuesto, pero incluso en estos casos podían ser draconianas en carácter. Teóricamente, un hombre acusado podía ser puesto en cepos de cuero o atado a una carreta de bueyes por días, hasta que un oficial decidiera que ya había tenido suficiente.

En la práctica, lo que tendía a pasar tenía menos que ver con los antecedentes españoles y más con la familiar y ruda Justicia del interior paraguayo. El compañerismo en las trincheras implicaba una cierta igualdad, no la ficticia igualdad que declamaban las consignas de Mitre y sus liberales, sino un sentimiento innato entre los campesinos, enraizados en necesidades y destino comunes. Este mismo sentimiento se acomodaba naturalmente en una establecida tradición de patriarcado.

Los soldados llamaban a sus superiores tatai (padre) y eran llamados che ra’y (mi hijo) en respuesta. Un buen oficial se enorgullecía de su paciente control de los hombres a su alrededor. Nunca les pegaban hasta la inconsciencia, pero sí les pegaban, y frecuentemente.

Un hombre dejado en carne viva por una cuerda de cuero o un rebenque sería abordado por su superior, quien le preguntaría si pensaba que un padre gozaba al castigar a su hijo. Antes de que pudiera responder, el oficial lo palmearía en el hombro, le ofrecería aliento y le diría que la buena disciplina era necesaria en el Ejército del mariscal, y eso sería todo. Por lo general el soldado aceptaba estas palabras sin vacilar, aparentemente agradecido de que todo hubiera sido puesto tan fácilmente en su lugar(10).

(10) Un Cabo podía libremente administrar tres cañazos a cualquier soldado en cualquier momento. Un Sargento podía administrar doce y un Oficial Superior todos los que quisiera. Ver: George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 56-57. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. Los azotes a los infractores en las filas databan de tiempos coloniales y no fueron abolidos incluso con el establecimiento de un régimen supuestamente moderno en 1870; de hecho, todavía en 1895 políticos de oposición calificaban la práctica de criminal y demandaban su eliminación. Ver: “Los azotes en el Cuartel deben suprimirse”, en “El Pueblo. Organo del Partido Liberal”, (Asunción), edición del 7 de Junio de 1895. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

El área dedicada a las barracas había crecido para 1867, para cubrir las necesidades de las tropas recién llegadas. Algunas veces eran edificios comunes hechos de adobe, similares a los que Masterman había descrito previamente. Pero los soldados también construían simples chozas de barro, paja, troncos y cueros. Podían albergar a dos o quizás tres hombres, pero eran húmedas, incómodas e infestadas de alimañas.

Aun así, las chozas eran muy buscadas, ya que los paraguayos tenían pocas carpas y ninguna posibilidad de conseguir más, por lo que los soldados con frecuencia dormían a la intemperie, con sus cuerpos acurrucados cerca de los fogones y sus ponchos como único cobertizo. Tenían dificultades para encontrar refugio de las lluvias o alguna protección contra los insectos. Los principales hospitales en Humaitá estaban situados directamente detrás de las baterías.

Esto implicaba un grave error de diseño, ya que las instalaciones médicas así dispuestas se exponían a ser alcanzadas por las bombas que los Aliados hacían llover sobre la artillería. Como resultado, las bajas entre los internados fueron frecuentes y en una ocasión una sola bomba mató a trece hombres mientras yacían en sus camas y hamacas(11).

(11) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 123-124. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Aquéllos que conseguían camas de hospital, eran afortunados. La incidencia de “heridos que pueden caminar” era alta entre las fuerzas paraguayas en Humaitá y algunas veces unidades enteras estaban compuestas por hombres con piernas y brazos dañados. Con la mínima ayuda disponible, muy poco se podía hacer por los enfermos.

Los doctores británicos lograron evacuar a algunos de los heridos y enfermos a Asunción o Cerro León pero, para 1867, las estadísticas de los que recibieron tratamiento de algún hospital, ya no se mantuvo con regularidad. Masterman reportó un destino terrible para la mayoría de los enviados río arriba a la Capital:

Los infelices venían aguas arriba, después de haber subido desde la vanguardia, en los medio arruinados vapores, con cuatro días de viaje, y sin recibir -por lo general- un solo bocado de alimento; se entiende por los infelices la mitad o la tercera parte de los que fueron embarcados; los demás morían y eran echados al río.
El estado en que llegaban sobrepasa todo lo que puede imaginarse, y presenciaba sus sufrimientos con tanta indignación y piedad, que frecuentemente me quedaba completamente postrado.
Se les llevaba desde el muelle hasta el hospital casi, y, muchas veces, enteramente desnudos, con las heridas abiertas, sucios, hambrientos, y tan extenuados, que después de la muerte se secaban sin descomponerse.
Se les acostaba en la tierra por semanas enteras, hasta que venía la muerte a librarlos de sus penas; pero no se les oía quejarse jamás; aguantaban todo con un silencio tan heroico, que se ganaron pronto nuestra más ardiente simpatía(12).

(12) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 128-129. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Si hubieran tenido suficiente para comer, más hombres habrían sobrevivido. Sin embargo, ya fuera en el hospital en Humaitá, Asunción o algunos de los campamentos menores, la pequeña porción de sopa, carne o maíz seco nunca podía alejar el hambre.

Las mujeres jugaron un papel crucial en Humaitá y en los otros campamentos militares. Les proporcionaban comida cocinada a los hombres, mantenían los sitios limpios y con su compañía y simpatía hacían un poco más llevadera su difícil existencia. Juntaban leña y forraje para los caballos. También hacían de limpiadoras. Colgaban de los arbustos sábanas, pantalones, typói y los pequeños retazos de tela de algodón que servían de toallas para los hospitales, todos frescamente lavados y secados al sol.

A veces ponían flores de jazmín u hojas del nativo pacholí entre las ropas para perfumarlas, como una pequeña concesión a lo sensual. Al principio, las mujeres no tenían permitido acercarse a los cuarteles de los soldados después del toque de queda, pero la prohibición se fue relajando(13).

(13) George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 206. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Como enfermeras, curanderas con hierbas y camilleras no oficiales, su trabajo era indispensable. Fregaban las salas y llevaban agua fresca a quienes la necesitaran. Prendían velas y rezaban. Les sacaban los piques de los pies a los afligidos y los piojos del cabello. Y tomaban las manos de los soldados moribundos que apenas podían murmurar palabras tales como “akãnundu, akãnundu, che hasy”, “fiebre, fiebre, me duele”(14).

(14) El término guaraní “akã”, cuando va solo, significa “cabeza”, en el sentido de la cabeza de un hombre; la expresión “nundu”, repetida varias veces, se dice que representa la sensación punzante que siente el hombre enfermo en su cabeza cuando tiene fiebre. La presencia de enfermeras fue común en ambos bandos del conflicto desde el principio y actuaron en la misma capacidad, pero los propagandistas aliados describían a las mujeres brasileñas como inspiradoras voluntarias que “alientan a los heridos” y “se ríen de las balas y los cañonazos”, mientras que de las mujeres que servían a López decían no eran más que “corderos para el matarife”. Ver: “A Semana Ilustrada” (Río de Janeiro), edición del 3 de Septiembre de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las mujeres eran más adeptas que los hombres a ofrecer aliento en esos momentos en que más se lo necesita. Se le requería a cada familia enviar una hija o una hermana para servir en las salas de hospital, donde su trabajo era alabado como esencial para la guerra(15).

(15) Ver: Vicente Osuna a ministro de Guerra, Humaitá, 11 de Agosto de 1866, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 2408 (que menciona 233 mujeres sirviendo en el Hospital). Listas completas de mujeres enfermeras en hospitales de Asunción, Cerro León, Caacupé, Encarnación, Villeta y en las más pequeñas boticas, han sido reunidas por Juan B. Gill Aguinaga en: “La mujer de la epopeya nacional”, en el periódico “La Tribuna”, (Asunción), edición del 30 de Mayo de 1971. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Tales mujeres se ponían bajo estricta disciplina militar desde el principio. Los Comandantes paraguayos de campaña finalmente decidieron organizar a estas enfermeras, llamándolas “Sargentas” para supervisar su labor en los hospitales, las lavanderías y los campamentos en general(16).

(16) Virtualmente, todos los observadores hicieron comentarios positivos sobre estas enfermeras, su disciplina, su duro trabajo y su dedicación, comparables a los de los soldados. Ver: George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), p. 224. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres; George Thompson. “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 207-208. Ed. Longmans, Green, and Co., Londres; y Max Von Versen, “Reisen in Amerika und der Südamerikanische Krieg” (1872), pp. 153-154. Málzer: Breslau. Ver también Barbara Potthast, “Protagonits, Victims and Heroes (Paraguayan Women in the ‘Great War’)” (2004), en: Hendrik Kraay y Thomas L. Whigham, “I Die with My Country (Perspectives on the Paraguayan War. 1864-1870)”, pp. 47-48. University of Nebraska Press: Lincoln y Londres; un artículo anónimo sobre Ña Severa, una Sargento de la guerra grande, en “El Orden”, (Asunción), edición del 5 de Marzo de 1927; y “Paraguayan Woman Dies at 107; Fought in War Sixty Years Ago”, en el “New York Times”, edición del 6 de Febrero de 1931, que cuenta la historia de la Señora Aranda, quien había servido como Sargento de enfermeras en el conflicto de 1864-1870. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Las mismas “sargentas” recibieron también la tarea de planificar bailes, que se convirtieron en un rasgo regular de la limitada vida social en los campamentos militares. Hacían la decoración, ponían la mesa y se aseguraban de que las mujeres reunidas lucieran lo mejor que pudieran. Había caña en abundancia en tales eventos, a los que todos los oficiales residentes estaban obligados asistir en uniforme de gala.

Las bandas militares, que incluían arpas, clarinetes, trompetas y violines, tocaban conocidas
danzas como “La Palomita”, el “Cielito” y el “London Karape”, y todos los participantes danzaban con la mayor energía de que fueran capaces(17).

(17) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 78-79. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres, proporciona algunas detalladas ilustraciones de un evento similar de danza en el Interior, más o menos por la misma época. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Estas fiestas eran oportunidades no sólo para dejar de lado la soledad y la ansiedad que ocasionaba la guerra -para capturar un momento de afecto y ternura en el deprimente ambiente bélico-, sino también para celebrar la causa. Nadie podía olvidar que la pista de madera que engalanaba el salón central, había alguna vez sido la cubierta de un buque de guerra brasileño que los paraguayos habían forzado a encallar en el Riachuelo.

Y en las celebraciones elegidas, había también mucho de patriótico. Las ocasiones favoritas para los bailes incluían el cumpleaños del mariscal, el aniversario de su elección a la presidencia, la independencia nacional, notables victorias militares y, a veces, incluso derrotas en las que las armas paraguayas habían sido honradas con particular devoción(18).

(18) Efraím Cardozo. “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870” (1968-1982), publicadas en “La Tribuna”, 3: 222, (trece volúmenes). Ediciones EMASA, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La propaganda y la diversión iban de la mano. Los eventos musicales no se limitaban a los bailes. Los campesinos paraguayos tenían una larga tradición de cantos y ejecución de guitarra y, en Humaitá, los soldados hacían conciertos regularmente. En las trincheras también, alegremente se entregaban a la tentación, haciendo pasar las horas componiendo
nuevas cancioncillas y lanzando al enemigo una variedad de divertidos insultos.

Cada canción folclórica recordada de la niñez, recibía nuevas letras improvisadas. El guaraní tiene un maravillosamente amplio repertorio de términos picantes y subidos de tono, y estos eran ampliamente usados en la composición de baladas y cantos de guerra(19).

(19) Como lengua, el guaraní contiene sutilezas que el orador hábil puede fácilmente convertir en palabrotas. Hay términos escatológicos, por ejemplo, y muchas expresiones que pueden rápidamente transformar a un hombre en un vil animal. Pero el español era más maleable, al parecer, cuando se trataba de blasfemias. El Paraguay era una tierra donde la religión católica había clavado profundas raíces y los soldados pensaban dos veces antes de usar el nombre de la Virgen para expresar su ira contra el enemigo. Se consideraba (y se considera hasta hoy) de mala suerte hablar en esos términos. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Al final de cada canción, los hombres siempre vitoreaban a la República y al mariscal, como si fueran la misma cosa. El deseo de escapar del aburrimiento y aliviar la ansiedad tuvo también muchas otras válvulas de escape en el campamento paraguayo. Festivales religiosos, por ejemplo, eran celebrados regularmente, y se hacía todo lo posible para darles cierto lustre.

La concurrencia a la Misa era alta, tanto en la iglesia de Humaitá como en la línea. Los miembros de cada coro -y había muchos de ellos- se reunían los domingos a cantar himnos de elogio a ñandejára Jesucristo, la causa nacional y el mariscal López. Algunos hombres cantaban más quedamente, sin duda pensando en sus seres queridos, la pacífica vida del hogar y los camaradas que ya habían muerto. El consuelo que ofrecía la religión, en este sentido, podía ser realmente poderoso(20).

(20) La religión de la gente del pueblo en Paraguay siempre ha sido más lírica que introspectiva. A diferencia de los protestantes anglosajones, que tradicionalmente han visto su fe como una especie de silogismo, estos campesinos católicos veían la suya como poesía. Ante evocaciones tan abrumadoramente hermosas de la verdad, no encontraban necesidad de hacer preguntas. Ellos ya tenían un Dios y nunca pensaron en tratar el Paraíso o el Infierno como abstracciones. Les interesaba más simplemente participar en el ritual. Para un detallado relato de las Misas celebradas en la iglesia de Humaitá, ver: Blas Garay, “La bendición de la iglesia de Humaitá”, en el periódico “La Prensa”, (Asunción), edición del 14 de Marzo de 1899. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Sus detractores a menudo ignoran el hecho de que el mariscal tenía una buena cantidad de nociones progresistas acerca de su país y, una de ellas, era que la gente podía mejorar mucho su proyecto de futuro con educación. Nunca olvidó este principio durante la guerra.

A mediados de 1866, justo después de su entrevista con Mitre en Yataity Corá, López ordenó al entonces capitán Juan Crisóstomo Centurión, establecer una academia para los soldados en Humaitá. El esfuerzo fue exitoso, con oficiales y soldados que habían visto todas las formas del horror y la masacre alineándose como divertidos escueleros para tomar lecciones de gramática española, geografía, inglés y francés.

El capitán había pasado un tiempo considerable en Inglaterra, donde se convirtió en un genuino aficionado a Shakespeare y a varias artes. Comprendía que los hombres bajo presión podían volverse sedientos de nuevos conocimientos y se dedicó a su nueva tarea con real entusiasmo. Les decía a sus estudiantes que las ciencias podían quebrar el reino de la ignorancia en Sudamérica y que cada hombre podría tomar parte de la resultante prosperidad, dejando atrás la tradicional xenofobia:

Inauguré mi clase con un corto discurso sobre la importancia de estudiar la propia lengua y las de otras naciones con las que [el Paraguay] busque cultivar el comercio y las relaciones laborales.
Dije que la palabra era el regalo más precioso que Dios había dado al hombre, haciéndolo superior a todos los otros seres; que era el elemento más poderoso para esparcir la iluminación entre los pueblos del mundo -más poderoso que la espada o el cañón- y que la gramática enseñaba las reglas para que la podamos usar correctamente(21).

(21) Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), 2: 208-10, (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

La academia continuó funcionando por varios meses y ayudó a generar un sentimiento de apoyo a los soldados que anhelaban que sus esfuerzos aseguraran un mejor destino para sus hijos. Un comentarista observó que era positivamente hermoso ver a hombres “retornando de un ataque al enemigo en los pantanos o de una carga de espada y bayoneta, con sus armas y birretes, secándose su heroico sudor, y tomando el lápiz para traducir inglés o francés(22).

(22) Anotación de Antonio E. González, en Juan Crisóstomo Centurión. “Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay” (1987), 2: 210, (cuatro volúmenes). Ed. El Lector, Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Había algo tan surrealista como conmovedor en estas escenas. Los horrores del combate no podían ser soslayados con pensamientos voluntaristas, pero el escapismo tenía su lugar en el campamento paraguayo. Quizás su manifestación más extraña fue un show con una “linterna mágica” (como se lo llamaba al primitivo proyector de diapositivas) que el mariscal había ordenado traer de París y que llegó al Paraguay justo antes de que el bloqueo cerrara el río.

Alguien había extraviado las instrucciones de manejo de este “fantasmagórico” aparato, que proyectaba a escala bastante grande figuras de importantes personajes europeos, paisajes y eventos recientes en vívidos colores.

López ordenó a Thompson y Masterman preparar la exhibición en Paso Pucú, y aunque los dos se sentían perplejos de que se les asignara una tarea tan insignificante, terminaron disfrutándola. Cuando abrieron la exhibición, el mariscal, el obispo y “tres o cuatro generales” llegaron en suite e hicieron una detallada inspección al son de la música marcial.

Los dos británicos jugaron su papel de presentadores sin esfuerzo. Los oficiales paraguayos tenían poca o ninguna idea de las imágenes representadas, pero gesticulaban gravemente ante cada una, ofreciendo los comentarios y las valoraciones más descabelladas con la mayor muestra de seriedad. El mariscal, que no podía lucir más ridículo, se paró en puntas de pies para pispar a través del vidrio la “Bahía de Nápoles a la Luz de la Luna” y un “Chasseur d’Afrique combatiendo a diez árabes a la vez”.

Cuando comenzó la función, hubo todavía más oportunidades de contemplar el extravagante
espectáculo. El amplio corredor que unía dos patios se cerró con cortinas de un lado y un biombo del otro. Thompson preparó la máquina, ajustó el foco y prendió las requeridas velas, con las sillas dispuestas en semicírculo para López y su séquito. Los soldados, a quienes la diversión supuestamente estaba dirigida, tuvieron que mirar lo que pudiesen desde afuera. El show comenzó y así lo narra Masterman:

Muchos de los cuadros representaban vistas de batallas de la última guerra franco-italiana, pero nosotros nos tomamos la libertad de bautizar de nuevo a algunas como, por ejemplo: ‘Batalla de Copenhagen, entre los persas y los holandeses’.
- “‘¡Ah!, qué horroroso combate fue aquel’, decía López al obispo, haciéndose el entendido. ‘El campo de Trafalgar después de la batalla; los Mamelukos llevando los heridos’.
- ‘¡Qué humanidad cristiana, Excelentísimo Señor!’, murmuró el obispo. [Seguimos con la farsa].
- “‘Toma del Jungfrau en la carga final en Magenta’, dijo Thompson, con voz poco segura, dándome al mismo tiempo un pequeño golpe sobre la canilla por debajo de la mesa, y ‘la muerte del general Orders, en el momento de la victoria’ fue el título del siguiente cuadro, que sonaba pomposamente en español, y con el que concluía la serie de vistas.
Sucedieron a éstas, los cuadros cómicos, cuando el obispo -por poco- nos mata [de risa]. El biombo reflejaba luz suficiente para poder verlo distintivamente; sus sacudones cuando trataba de contener las risotadas metiéndose el pañuelo en la boca eran irresistiblemente divertidos.
No se atrevía a soltar la carcajada pero, no pudiéndose contener, casi murió de convulsiones, sobre todo al ver una de las vistas en que la nariz de un enano llegaba a tomar gradualmente dimensiones colosales.
La diversión estaba bien para una noche, pero habíamos trabajado tan bien que fue necesario continuar con las funciones hasta nueva orden, y eso ya no era broma(23).

(23) George Frederick Masterman. “Seven Eventful Years in Paraguay” (1869), pp. 125-127. Ed. S. Low, Son and Marston”, Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (el Triunfo de la Violencia; el Fracaso de la Paz)” (2011), volumen II. Santillana S. A. - Prisa Ediciones, Asunción.

Ciertamente no lo era pero, al final, casi todos los soldados en la línea del frente tuvieron oportunidad de ver la exhibición con la linterna mágica. Debió haber sido uno de los episodios más incongruentes de una incongruente guerra.

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