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EL POBLAMIENTO PREHISTORICO AMERICANO

La inmensa mayoría de sabios y legos considera como verdad axiomática que fue un señor llamado Cristóbal Colón, llegado al mundo en Génova, el que incorporó al extenso continente americano al devenir de la Humanidad y a los beneficios y maleficios de la civilización.

Empero, deben señalarse dos corrientes de pensamiento que intentan -de una u otra forma- disminuir, empañar, desvalorizar la formidable hazaña de 1492, tan formidable que un historiador como Arnold Toynbee no vacila en señalar dos fechas clave en la historia -y solamente dos-, que marcan hitos decisivos: el nacimiento de Jesús de Nazareth y el descubrimiento de América.

descuartizando un gliptodonte
“Descuartizando un gliptodonte”, mural pintado en el hall del Museo de Ciencias Naturales de La Plata por Luis de Servi -en 1888- e inspirado en las ideas de Ameghino.

Para una de esas tendencias, Colón habrá tenido precursores de todo tipo y color, desde la prehistoria hasta el Imperio Romano, al punto de creerse que el hecho de cruzar el Atlántico era un deporte bastante frecuente, que ya estaba gastado cuando Colón zarpó de Palos un viernes 3 de Agosto a las 8 de la mañana.

La otra escuela de pensamiento niega redondamente el mérito colombino, alegando que el genovés llegó con cuatro siglos de atraso a una tierra que ya había sido cumplidamente descubierta por un noruego. Esto se enseña regular y sistemáticamente en escuelas y colegios escandinavos, desvaneciendo el mérito del italiano bajo un arrogante menosprecio. Más aún, en Estados Unidos no son pocos los eruditos -generalmente de ascendencia nórdica- que insuflan a toda vela esa creencia, presentando a Colón como un mero plagiario de previas hazañas o como un iluminado que, al igual que el burro de la fábula, tocó la flauta de casualidad.

Allá, en la ciudad de Boston, se alza una hermosa estatua que presenta a un esbelto y apolíneo vikingo, de bellos rasgos, larga melena y vestidura medieval, que hace visera con la diestra sobre los ojos, como oteando la cercana tierra. Es la idealizada representación de Leif Erikson, verdadero y único descubridor de América para muchos.

¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Hasta qué punto Colón tuvo precursores? Y en tal caso, ¿cuál es el mayor mérito: el de éstos o el del Muy Magnífico Almirante de la Mar Océana?

Si a la imaginación desplegada por europeos y norteamericanos sumamos los relatos indígenas, nos podemos hacer una idea de la confusión que trajo tal cantidad de teorías.

Desde antes de 1492, las culturas aborígenes de las Américas construyeron tanto mitos de origen, como relatos de migraciones y acontecimientos históricos, diferentes entre una y otra cultura.

Las culturas mesoamericanas consideraban que la presencia humana en el continente americano era muy anterior al que suponían los europeos. La civilización maya tenía registros históricos escritos desde antes del comienzo de la Era Cristiana -siendo los más antiguos conservados los de “San Bartolo”, 300 a.C.-, y manejaban una referencia como “tiempo cero” a Agosto de 3114 a. C.

Otras culturas, como la zapoteca, tenía registros escritos que se remontan actualmente al año 500 a. C. Por mucho tiempo, la decadencia de civilizaciones puntuales y, más aún, la ruptura político-cultural que significó la entrada de los europeos, discontinuó el conocimiento de esas fuentes mesoamericanas; la ciencia occidental ignoró la existencia o el significado de este tipo de registros hasta el siglo XX.

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