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Las primeras explicaciones sobre el origen del hombre americano

a.- La traslación de los continentes

Explicar el hecho del poblamiento primitivo de América ha sido de todo tiempo un problema difícil. Esto se comprenderá fácilmente con sólo recordar que el continente americano está geográficamente aislado, pues carece de toda conexión territorial con el resto del mundo.

Es cierto que parecería que no siempre haya sido así. Por de pronto disponemos hoy de una teoría -al parecer muy bien fundamentada- que nos habla de una unión pretérita del Nuevo al Viejo Mundo.

Nos referimos aquí a la teoría de la traslación de los continentes, que formulara el alemán Wegener(1). De acuerdo con ella, el doble continente americano se habría desprendido de la parte occidental del bloque constituido por Europa, Asia y Africa -al que antes había estado unida- y, desde su separación, se moverían las partes en sentido opuesto al de su antigua unión.

(1) Alfred Lothar Wegener. “La génesis de los continentes oceánicos” (1924), 169 páginas, Madrid. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Los argumentos que se citan en apoyo de esta interesante teoría son numerosos, sugestivos y de alto valor científico. Así, y para mencionar sólo algunos, el recorte general de la costa oriental americana encaja perfectamente bien en la línea de costas occidentales de Europa y Africa, cual tenía precisamente que haber ocurrido al romperse el bloque en dos: las partes ensamblan a la perfección.

Luego, las similitudes en la estructuración geológica antigua de ambas riberas del Océano Atlántico se explican satisfactoriamente, admitiendo que el Viejo y el Nuevo Mundo formaban antes un todo que luego se desmembró. Y esa misma antigua conexión explica también el hecho de las numerosas semejanzas en la fauna y flora antiguas de ambos hemisferios.

Sin embargo, para el problema del poblamiento humano de América -que es el que queremos exponer aquí- la teoría de Wegener no puede rendirnos servicio alguno pues, según su autor, la separación del doble continente americano del resto del mundo habría acontecido en un período geológico perteneciente a la Era Mesozoica, vale decir, a una época en que no sólo no había rastros del Hombre sobre la Tierra, sino que tenían aún que transcurrir muchos millones de años antes de que surgieran circunstancias que hicieran posible la hominación.

Por lo tanto, durante toda la Era Cuaternaria, que es aquella en que surge, florece y se difunde el Hombre, y también desde mucho tiempo antes, la separación geográfica de América ha sido una realidad más o menos constante. En consecuencia, a efectos de explicar el poblamiento primitivo de este continente, una conexión tan antigua de las dos partes del mundo como la que admite la teoría de Wegener no tiene significado alguno.

Por otra parte, nadie ignora que -hasta Cristóbal Colón- las tierras americanas fueron desconocidas de los pobladores del Viejo Mundo. Al hacer esta afirmación prescindimos, claro está, de los conocimientos que pueden haber adquirido los Normandos en sus viajes a la parte norte-oriental de América, pues éstos no llegaron a tener trascendencia histórica. La Biblia, por su parte, cuyo Antiguo Testamento hace detallada referencia a la génesis de muchos pueblos conocidos de la Antigüedad, no menciona para nada -como es lógico- a aquellos otros que esa misma Antigüedad no conocía. Pese a todo, al desembarcar en las tierras nuevas los primeros españoles se encontraron con que el doble continente tenía población humana.

De ahí que inmediatamente surgiera el interrogante: ¿de dónde procedían esos pobladores de un mundo nuevo que no era conocido ni siquiera de las Sagradas Escrituras? ¿Eran, en realidad, seres racionales esos indios, y formaban parte de la Humanidad? En caso positivo, ¿cómo habían llegado aquí?

De acuerdo con el espíritu de la época, lo que primeramente interesaba establecer era si -desde el punto de vista teológico- los americanos eran o no seres racionales.

Dos tesis distintas aparecieron desde un principio: los unos sostenían la buena doctrina de que todos los hombres eran iguales, pues todos son hijos de Dios; los otros, en cambio, defendían la tesis -modernamente conocida por racista- de la desigualdad humana; de que los indios carecían de raciocinio, que eran poco menos que unos brutos y que apenas si en algunas cosas se diferenciaban de los animales.

Señalaban los segundos, en favor de su tesis, el estado de evidente inferioridad cultural, de incultura e idiotez de que la mayoría de los indios hacían gala, al ser comparados con los europeos, mientras que los primeros argüían que los “bárbaros” del Nuevo Mundo estaban lejos de ser idiotas o brutos, pues era indudable que tenían uso de razón, si bien a su manera. Se quería demostrar esto último alegando que los indios de ciertas partes de América no sólo vivían en ciudades, sino que también tenían sus señores, sus magistrados y otras instituciones parecidas a las que existían en el Viejo Mundo.

En realidad, estas discusiones venían planteadas en forma teórica desde la clásica Antigüedad. Eximios pensadores griegos -como Platón y Aristóteles- habían antes defendido la inhumana tesis de la existencia de una servidumbre natural entre los hombres, esto es, la doctrina de que hay hombres que, por naturaleza, son libres y, por lo tanto, hombres verdaderos, y otros que encontrándose en un nivel infrahumano eran por naturaleza esclavos.

En cambio, otros pensadores no menos eminentes, como Séneca o Cicerón, admitían ser convencional toda distinción entre libres y esclavos, y estaban convencidos de que no existía una diferencia natural entre los hombres. Más adelante, al tomar auge el cristianismo, los Padres de la Iglesia aceptaron esta tesis de la libertad natural humana y se declararon en contra de la servidumbre aristotélica.

Pues bien, los autores de la época del Descubrimiento tuvieron que enfrentarse de nuevo con el viejo problema de la libertad o servidumbre natural de los hombres. Es que en el sentir de la época había serios indicios que hacían aparecer la situación de inferioridad cultural de los indios frente a los europeos, como el producto de una supuesta irracionalidad. Era este un problema de la mayor trascendencia, tanto para los españoles como para los indios, porque si nuestros aborígenes llegaban a ser considerados como irracionales, si se les despojaba de su -para nosotros hoy indiscutible- calidad de humanos, se hubiesen entonces encontrado realmente en estado de potencial servidumbre y nada hubiese podido impedir el ser legalmente esclavizados. Mientras que de reconocérseles calidad de seres racionales, la esclavización era difícil.

La bula del Papa Paulo III, de fecha 9 de Junio de 1537, zanjó definitivamente la cuestión al declarar que los indios no eran irracionales, sino “verdaderos hombres”, y que todos los hombres eran racionales, ya que todos son capaces de recibir la fe. Y es a consecuencia de esta declaración de la Iglesia, que mucho la honra por cierto, que los soberanos españoles prohibieron terminantemente la esclavización de los indios, recomendando al mismo tiempo se les otorgara buen trato y que se procurara la salvación de sus almas.

b.- ¿Fueron los fenicios, los cartagineses o los romanos?

En primer lugar, y para llevar un orden más o menos lógico, hay que despejar una duda: ¿es posible cruzar el océano con naves endebles y mal preparadas para fuertes oleajes? Indudablemente sí, como se ha demostrado incumplidamente en el siglo XX. Incluso lo puede hacer un hombre solo, en embarcación aparentemente inapropiada, como lo probó dos veces el argentino Vito Dumas.

Basta con que el factor material y el humano reúnan buenas condiciones marineras, además de una dosis de suerte que no se puede pesar en la balanza. Más aún, puede cruzarse un océano en una mísera balsa y sin llevar alimentos especiales, tomándolos directamente del mar, como lo hizo ese moderno vikingo llamado Thor Heyerdahl que, con su inmortal “Kon Tiki” atravesó el Pacífico en 1947.

De modo que queda en claro la posibilidad de cruzar grandes masas de agua en condiciones precarias -que normalmente se considerarían suicidas- y que el mismo mar soluciona los problemas de manutención: peces y plancton en abundancia y, en cuanto al agua potable, basta prensar pescados frescos para extraerles una cantidad suficiente del imprescindible líquido. Si esto lo hicieron contemporáneos nuestros casi deportivamente, antaño pudieron hacerlo otros hombres por imperiosa necesidad. Las puertas de la posibilidad están abiertas.

Sentado lo anterior, el primer emporio civilizado que se nos aparece es el misterioso y apenas conocido Imperio Tartesio, remoto baluarte comercial y centro de grandes navegantes, cuyo foco fue la ciudad de Tartessos, cuyas ruinas jamás fueron localizadas, pero que el arqueólogo alemán Adolfo Schulten supuso en la desembocadura del Guadalquivir, en esa España que se adentra en el Atlántico como queriendo salir al paso de América.

Ese imperio emergió unos 1200 años antes de Cristo, y es posible que estuviera estrechamente ligado a la civilización etrusca. Fue el primer dominador del océano y, al parecer, entre los años 1000 y 700 a. C., sus naves no sólo navegaban por el Mediterráneo, sino que llegaron a Inglaterra e Irlanda. Es todo lo que sabemos, pero si alcanzaron tales navegaciones, es seguro que descubrieron alguno de los archipiélagos atlánticos, al que dieron el nombre de Hespérides, para algunos las Canarias, para otros las Azores.

En estas condiciones, alguna nave perdida pudo ir a dar a América. Frente a la costa ibérica desciende una corriente hacia el sur que llega a las Canarias, sigue hasta las islas del Cabo Verde y, girando al oeste, con el nombre de corriente Ecuatorial del Norte, termina bañando las Antillas. Algún marino audaz pudo perderse por ese camino. Pero si lo hizo, difícilmente haya regresado y, en todo caso, no ha dejado el menor rastro. Tartessos fue derrotada y completamente destruida por fenicios y cartagineses, que la sucedieron en el monopolio comercial atlántico, siguiendo sus mismas líneas de navegación oceánica.

Los cartagineses convirtieron a España en una de sus principales bases y no cabe duda que exploraron el océano. Conocieron las Hespérides de los tartesios y lo que dijimos de éstos vale para fenicios y cartagineses. Pudieron llegar accidentalmente a América, pero sin posibilidad de regreso y en condición de náufragos, no de descubridores y menos de conquistadores.

En cuanto a los griegos, el hecho de ser los padres de nuestra propia cultura los prestigia bastante a nuestros ojos como para arrimarles méritos, incluso con el codo Se dice que conocieron a las Hespérides, a las que llamaron islas Felices, pero ignoramos si ese conocimiento era de primera mano o prestado a través de datos fenicio-cartagineses. Lo cierto es que los griegos, hundidos en el fondo oriental del Mediterráneo, a él se dedicaron y no mostraron mucha tendencia a exponerse más allá de Gibraltar.

Fin cuanto a los romanos, prefirieron llamar Afortunadas a las Hespérides, pero difícilmente las hayan visitado alguna vez. El romano era un personaje estrictamente antimarino, que no se sentía cómodo sobre la cubierta de un barco y sólo funcionaba adecuadamente cuando pisaba terreno sólido. Precisamente, las grandes exploraciones marinas de antaño se apagan bajo la Pax Romana, en tanto se alcanzó una notable perfección en las comunicaciones terrestres.

Empero, de vez en cuando se han denunciado en América descubrimientos y hallazgos atribuidos a esas civilizaciones, que algunos entusiastas tomaron como prueba decisoria de que mucho antes de nacer Jesús, por aquí andaban hombres civilizados de allende el Atlántico. Por ejemplo, en 1833 se descubrió una inscripción en Montevideo, escrita en perfecto griego. Había sido redactada por un soldado de Alejandro Magno, perdido del resto de sus huestes.

De qué manera un hombre se las puede arreglar para perderse en Asia Menor y aparecer en Montevideo, hubiese sido un interesante tema de especulaciones. No hubo lugar a ello, pues la inscripción se mostró una burda patraña. Anteriormente, en 1783, apareció en la costa de los Estados Unidos, en Massachusetts, otra inscripción que, gente muy seria, tomó muy en serio, al punto que costó bastante trabajo demostrarles que era una falsificación. En 1839 se anunció una noticia sensacional: en el norteño Estado de Bahía, en Brasil, se habían descubierto las ruinas de una ciudad de indudable origen cartaginés. El monumental hallazgo sólo presentó un ligero inconveniente: hasta el día de la fecha no ha sido posible localizar ese centro colonizador...

En 1869 le tocó a Estados Unidos: en el Onondaga encontraron una hermosa escultura que fue proclamada de evidente origen fenicio o, a lo sumo, cartaginés. Téngase en cuenta la importancia del anuncio: la presencia de una estatua implica la mano de un escultor, y los escultores no son flores aisladas, sino que crecen en un medio propicio, vale decir que sería la expresión de una verdadera colonización.

Pero tampoco esta vez los entusiastas tuvieron suerte, pues no sólo encontraron a la estatua ¡sino al escultor! El “fenicio” resultó ser un desequilibrado mental y toda la conjetura se deshizo.

En 1872, nuevamente Brasil. En Paraíba se descubre una inscripción fenicia. Gran revuelo. La cosa trascendió, el director del Instituto Histórico de Río de Janeiro tomó cartas en el asunto, revisó la inscripción y, con profunda emoción, la declaró auténtica. Y nadie pudo convencerlo de lo contrario, hasta que apareció el redactor, de nombre y apellido escasamente semita: Joaquín Alves da Costa. Un papelón más y una pompa de jabón menos. También en La Gávea (Río de Janeiro) -y a considerable altura- existe algo que muchos insisten que es una inscripción fenicia. Cuando el escritor alemán Paul Hermann preparaba su libro, “La aventura de los primeros descubrimientos”, elevó una nota al Gobierno brasileño inquiriendo cuál era su actitud ante tales “hallazgos”. La posición oficial del Ministerio de Educación fue terminante en su respuesta: todas las supuestas inscripciones halladas en territorio brasileño son falsificaciones modernas o efectos de la erosión, como en el caso de La Gávea.

En 1877 regresamos a Estados Unidos. En Davenport, Iowa, apareció una tableta con signos misteriosos. Para unos era hebreo, para otros era una inscripción cartaginesa y explicaban que, tras la destrucción de Cartago por los romanos, muchos de sus habitantes se habrían mudado en masa a América. Faltaría saber cómo fueron a parar a Iowa, más de 1.500 kilómetros tierra adentro, a pesar de ser un pueblo marino.

Ya en la pendiente de la imaginación, los más entusiastas de la supuesta colonización cartaginesa (que a todo esto se reducía a una tableta intraducible) habrían sido los creadores de la leyenda de Quetzalcóatl, el viejo mito mexicano del hombre blanco con barba negra que habría dejado a los indígenas con la promesa de volver un día. De manera que no contentos con trasladar a los cartagineses a través de todo el Atlántico y medio continente, los hacían descender por el Mississippi, cruzar el actual Texas y meterse en el Anáhuac, para presentarse ante los maravillados mexicanos. Todo a raíz de una inscripción.

Menos mal que al cabo se demostró que esa escritura eran simples ideogramas indígenas que nada tenían que ver con Cartago pues, de otro modo, los fantasiosos hubieran seguido arrastrando a sus queridos cartagineses por toda América hasta meterlos en el Perú y mezclarlos con la leyenda de Viracocha, muy parecida a la de Quetzalcóatl.

Por aquellos tiempos, en diversos lugares se fueron encontrando, en ciertas regiones de Estados Unidos y también en Río Grande del Sur, una serie de cuentas vítreas, perlas artificiales, indudablemente antiguas. De allí a deducir que eran fenicias, no había más que un paso, que no tardó en darse vigorosamente.

Hubo publicaciones, conferencias y teorías de todo tamaño y color. Fue una lástima que tantos hermosos edificios de vidrio se hicieran trizas cuando, en 1888, un erudito tuvo el descortés gesto de probar terminantemente que esas cuentas y perlas eran antiguas, pero no tanto. Que no eran fenicias, sino apenas venecianas y que habían llegado al continente americano traídas por los conquistadores españoles, después de Colón.

Terminemos de momento con este asunto de las inscripciones con una de las que, en su momento, más dieron que hablar, provocando ríos de tinta: la de Grave-Creek, en los montes Alleganys, Virginia, por supuesto en Estados Unidos, donde parece existir un tropismo positivo muy marcado hacia estos descubrimientos sensacionales.

En este caso la inscripción estaba amenizada con la presencia de un cadáver bajo la misma. No menos de una docena de eruditos trataron de descifrarla. Algunos prefirieron no abrir juicio pero, por cada traductor que se arrojó a la lucha, salió una traducción distinta. Pronto hubo más de media docena de interpretaciones que compartían la peculiar virtud de no parecerse para nada entre sí. Estos resultados y las polémicas suscitadas, que levantaron mucho polvo, llevaron paulatinamente a una mayor circunspección, que fue creciendo con los años. Hoy se considera también a la inscripción de Grave-Creek como una simple falsificación.

De vez en cuando han aparecido, asimismo, en tierra americana monedas romanas, y cada una que se encontró fue atribuida directamente a algún romano que atravesó el Atlántico y vivió en América. Aparentemente, los emigrantes o náufragos romanos siempre se perdían con cambio en el bolsillo.

El colmo se alcanzó con el hallazgo de una cantidad de ellas en Panamá, lo que terminó de dar la clave lógica. No siendo admisible la colonización romana de América, resulta más natural la presencia de coleccionistas españoles de monedas romanas. En el caso panameño, dicho coleccionista habría ocultado su tesoro numismático ante un asalto a la ciudad por los piratas ingleses. En cuanto a las otras monedas, también pudieron llegar en equipajes españoles, ya que la manía numismática no es un invento de nuestros días. Pues el hecho de encontrar una moneda romana no implica haber encontrado un romano.

c.- ¿Fueron los hebreos, los griegos o los egipcios?

No faltan los que encuentran datos para denunciar la presencia de antiguas civilizaciones transatlánticas en América, incluso sin monedas, tumbas ni inscripciones. Para esto vienen muy bien las lenguas y las ideas religiosas. Hay espíritus animosos que todos los días descubren el paraguas, incluso en pleno desierto.

Para los escritores de los siglos XVI y XVII, cuyas preocupaciones eran muy distintas de las nuestras, era cuestión de vida o muerte establecer la ascendencia y la genealogía bíblica de los americanos. Influía en ello la idea de que si, como había declarado el Papa, los indios eran también hombres, entonces tenían forzosamente que pertenecer a la misma Creación que los demás hombres, pues ninguna tradición hablaba de creaciones distintas y sucesivas.

Puestos los autores a divagar sobre el tema, fueron tantas las teorías emitidas y tan grandes los desatinos y disparates que ellas contenían, que no valdría la pena de recordarlas si no fuera porque su conocimiento nos permite formar una idea del grado de insensatez a que se puede llegar cuando se pretende explicar -fuera de la Ciencia- el origen de pueblos y naciones.

Por de pronto, importaba demostrar que los americanos, siendo de la misma Creación que los demás grupos humanos, eran también hijos de Noé. No tendría ello mayor importancia si se hubiese reconocido ese origen como tesis general. Pero lo serio es que aquellos graves tratadistas del siglo XVI y del XVII no se contentaban con esto, sino que querían determinar de manera concreta cuál de los hijos de Noé había sido el antepasado directo de los aborígenes americanos. Lo cual equivalía a querer establecer el origen de los indios.

La identificación de Ofir con el Perú fue sustentada por el teólogo español Benito Arias Montano. El erudito español Arias Montano, autor de la segunda mitad del siglo XVI, es uno de los que primeramente dio una respuesta categórica a este problema. Su tesis de 1572(2) fue aceptada y defendida por otros autores famosos de la época, como el P. Gregorio García o el erudito Johannes Goropius Becanus, en 1580(3).

(2) Benito Arias Montano. “Phaleg sive de gentium sedibus primis, orbisque terrae situ liber” (1572). Amberes.
(3) Johannes Goropius Becanus (1519-1572). “Hispánica Ioannis Goropii Becani” (1580), publicación póstuma, Amberes. Otros estudiosos, que propusieron conexiones entre Eurasia y América antes de la llegada de Colón, han hecho sus propias hipótesis, incluyendo lugares como Perú. En 1568, Alvaro Mendaña llegó a las islas Salomón; las llamó así porque pensaba haber llegado a Ofir. Otra referencia se encuentra en el “Gazophilatium regium Perubicum” (1647) de Gaspar de Escalona Agüero, especialmente en su portada, que hace de Perú y las minas de Potosí un nuevo Ofir y así compara Salomón al rey Felipe IV.
Pero las hipótesis no quedaron sólo en América. El “Diccionario Bíblico de Easton” (1897) menciona la conexión a “Sofir”, el nombre copto para la India, y también una posible conexión a Abhira, en la desembocadura del río Indo. Flavio Josefo lo conectó con Cophen, un río indio, a veces asociado a una parte de Afganistán.

De acuerdo con ella, un nieto de Heber, de quien según la Biblia derivan los hebreos, habría poblado América por el oeste, y llegado hasta el Perú. Mientras que otro retoño del viejo Sem, padre de todos los semitas, habría dado origen a la población del Brasil. De acuerdo con esto, todos los americanos serían de estirpe semita y, por lo tanto, próximos parientes de árabes y judíos.

Arias Montano fundaba su tesis, sobre todo, en el curioso aserto de que el nombre “Pirú” -que es la forma prístina del actual Perú- era la misma voz Ophir corrompida por los indios. Para llegar a esa identificación, era necesario admitir una mutación de la letra inicial, pasando del principio al final, y conceder, además, que esa misma “o” se había convertido en “u”, fenómeno este último bastante corriente. Identificaba al mismo tiempo al Perú con el legendario Ophir, donde la flota del rey Salomón -que tripulaban fenicios- iba en busca de oro. Las naves del rey famoso llegaban al Ophir americano navegando tanto por la ruta del este como por la del oeste.

Como se ve, los argumentos no podían ser más infantiles. Sin embargo, esta tesis gozó del privilegio de ser aceptada y defendida por numerosos autores de aquella época.

En general, parecería como si el origen semita de los americanos fuera el que gozó de preferencia mayor. Así, se trató de probar que fueron los cananeos quienes, al ser despojados de sus tierras palestinenses por la invasión hebrea, habrían pasado a América y poblado el continente. Otros autores sostenían ser los fenicios los primeros pobladores, hipótesis ésta que aún tiene defensores en los tiempos modernos, siendo la principal prueba que en su favor se suele esgrimir las grandes dotes de navegantes que se atribuyen a este pueblo. Y aun para otros eran los mismos hebreos, y hasta los cartagineses, los fundadores de las poblaciones americanas.

Que los argumentos simplistas que se empleaban en estas demostraciones no eran de índole mejor que los mencionados en el caso de Arias Montano, podrá verse si recordamos las pruebas que se aducían para sostener cualquiera de las teorías mencionadas, pongamos por caso la del origen cartaginés.

Esta hipótesis fue también defendida por autores célebres, entre ellos el gran historiador P. Mariana, y el no menos conocido autor de “Monarquía Indiana”, fray Juan de Torquemada. Como elementos de prueba se contaban los siguientes: los cartagineses -se decía- empleaban las pinturas para recordar sus grandes hechos históricos; los aztecas, pueblo americano, también usaban pictografías en lugar de escritura.

Los cartagineses gustaban de los grandes y suntuosos edificios, como ser palacios y templos; en América, tanto en el Perú como en México, existían también grandes y opulentas construcciones de piedra de parecida índole. Los cartagineses practicaban el sacrificio humano a su dios Baal; los americanos, especialmente los aztecas, sacrificaban igualmente numerosos seres humanos a sus dioses. Finalmente, se recordaba que Aristóteles menciona el hecho de que unos mercaderes cartagineses habían descubierto una isla en su navegación por el Atlántico y, esta isla legendaria, era sin más trámite identificada con la isla Española, la actual Haití.

Es evidente que todos esos intentos de demostrar que fueron pueblos semitas los primeros pobladores de América, se basaban en el hecho conocido de que entre los semitas eran muchos los pueblos que, habiendo sido famosos en la Antigüedad, habían luego desaparecido, como los cananeos, los fenicios y los cartagineses. O los que habían perdido su individualidad nacional, como los hebreos que andaban dispersos por el mundo.

Es natural que los autores de aquellos tiempos, que nunca habían practicado estudios de una ciencia entonces inexistente como la Etnología, ni conocían tampoco el moderno concepto de Evolución, al enfrentar el tema de la desaparición de pueblos otrora famosos se preguntaran que a dónde habrían ido éstos a parar. La respuesta lógica y simple de que las poblaciones que antes constituyeron aquellas naciones, al desaparecer su independencia política, se habían fundido en las nuevas nacionalidades y, en consecuencia, un pueblo derivaba de otro, no podía ocurrírseles; como les era extraña la idea de que los animales actuales pudieran ser formas derivadas de otras anteriores que habían evolucionado en sentido distinto. Y no podía ocurrírseles esta idea tan simple porque partían de la suposición errónea de que todo lo que Dios había creado era inmutable.

Fuera de los semitas, también los pueblos camitas fueron llamados a contribución para explicar el poblamiento primitivo de América. Y de entre este grupo de pueblos son los egipcios los que se encuentran en primer lugar. Es interesante subrayar que esta tesis ha sido defendida hasta bien entrado el siglo XX por una escuela etnológica, la llamada “Heliolílica” o de Manchester, a cuyo frente se hallaba el conocido arqueólogo australiano Grafton Elliot Smith. Es cierto que no son pocas las semejanzas existentes entre las altas culturas de América y la de Egipto, por lo que desde antiguo han llamado la atención(4).

(4) Sobre la doctrina de la Escuela Heliolílica puede consultarse, en traducción española, el pequeño libro de su fundador, G. Elliot Smith. “En el comienzo de la civilización” (1945). // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Posiblemente el inventor de la tendencia haya sido el imaginativo Carlos María de la Condamine, un hombre de ciencia del siglo XVIII, al estilo de la época, que sabía un poco de todo y un mucho de nada. Estuvo en el Cercano Oriente y también en las actuales repúblicas de Ecuador y Perú. Hacia 1746 emitió su teoría: estaba convencido que el quechua está plagado de palabras hebreas, lo que sólo puede explicarse por la influencia directa de la vieja civilización palestina.

De allí se abrió una larga picada que llegó hasta el siglo XX y que intentó meter presión a las venerables tribus de Israel en América. La idea ha hecho camino, especialmente en algunos exaltados protestantes norteamericanos, sobre todo entre los mormones que, Biblia en mano, afirman que los hebreos civilizaron a la primitiva América y que Perú no es ni más ni menos que Ophir(5).

(5) Ofir es un puerto o región mencionada en la Biblia que fue famosa por su riqueza. Se cree que el rey Salomón recibía cada tres años un cargamento de oro, plata, sándalo, piedras preciosas, marfil, monos y pavos reales de Ofir. Estudiosos de la Biblia, arqueólogos y otros muchos eruditos han intentado determinar la localización exacta de Ofir. Algunos sostienen que podía haber estado en el sudoeste de Arabia, en la región del actual Yemen. Esta es también la posible localización de Saba. Otra posibilidad es la costa africana del Mar Rojo, ya que el nombre puede ser derivado de la etnia Afar, de Etiopía. El Padre Bartolomé de las Casas -y con él una gran cantidad de historiadores de su tiempo- sostenían que los aborígenes sudamericanos eran descendientes de las diez tribus perdidas del reino de Israel (1 Reyes 9:28), las cuales fueron llevadas cautivas por el imperio asirio en el 721 a.C. y los que lograron huir se refugiaron en Ofir, la cual -según él- eran las costas de Brasil; más, Cristóbal Colón opinó que posiblemente Ofir era Haití. Estas opiniones surgían ya que éstas eran tierras con vastas reservas de oro, plata y piedras preciosas tal como aparece en el relato bíblico.

Claro que está el grave inconveniente de que los hebreos estaban metidos en el fondo más alejado del Mediterráneo y que nunca fueron navegantes, pero el dilema lo resolvió con facilidad un inglés, Lord Kinsborrough que, mapa y lápiz en mano, hizo cruzar a los hebreos Asia entera hasta más allá de la Península de Kamchatka. Los empujó a través del Estrecho de Behring y ya los tuvo en América. Lo demás fue fácil, pues dieron origen a las civilizaciones maya, azteca y quechua.

Es evidente que con un mapa y un lápiz se pueden demostrar muchas cosas que en el terreno práctico resultan problemáticas. Lo cierto es que los historiadores judíos se han mostrado poco entusiastas con estas explosiones imaginativas, prefiriendo atenerse al modesto pero sólido sentido común, por otra parte muy común en su raza.

En cambio para otros, las lenguas americanas no tienen, por supuesto, rastro alguno de hebreo. ¡Porque es evidente su raíz griega! Y así nos encontramos que las lenguas primitivas mexicanas tienen trasfondo griego y que el quechua era ni más ni menos que el idioma de Platón.

Entre nosotros defendió en su momento la idea de que los incas hablaban una lengua helénica apenas modificada, nada menos que Vicente Fidel López. Fue un pecado de juventud que después se esmeró en olvidar. Es necesario agregar que López no sabía ni griego ni quechua, pero en aquel tiempo estos detalles nimios no contaban para mandarse una teoría “científica”.

Pero la polémica europea al respecto fue mucho más rica con esta temática. Los europeos intentaron buscar explicaciones para el origen de los seres humanos con los que se estaban encontrando. Alejo Venegas opinó que provenían de navegantes cartagineses; Agustín de Zárate consideró que los indígenas podían haber llegado pasando por la Atlántida, antes de que se hundiera, según los relatos de Platón(6).

(6) Agustín de Zárate. “Historia del descubrimiento y conquista del Perú” (1555), Amberes. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. El director de proyectos épicos James Cameron -junto a National Geographic- dieron a conocer -en 2018- un documental que mezcla investigación arqueológica y oceanográfica, mito y leyenda y cinematografía. Se trata de “Atlantis Rising”, un documental que investiga la leyenda de la Atlántida, sembrada en la conciencia colectiva por Platón en sus diálogos Critias y Timeo. Cameron ha utilizado tecnología de punta para explorar un “un mapa virtual” que, siguiendo los escritos de Platón, indaga las llamadas “columnas de Hércules” en el lado atlántico del estrecho de Gibraltar y allende.
Cameron sugiere haber encontrado restos de esta civilización perseguida por las mentes más intrépidas a lo largo de la historia. Se han encontrado anclas de 3.500 a 4 mil años de edad que apuntan a la existencia de un muelle en una zona que encaja con las descripciones de Platón. Si bien Platón en sus diálogos alude a que la Atlántida habría existido al menos 6 mil años antes que esto, el solo hecho de encontrar un muelle en esta zona es un hecho increíble, ya que nadie esperaría un muelle en el Atlántico en la Edad de Bronce. El tamaño del ancla es bastante grande, por lo cual se estima que barcos muy grandes estaban navegando esta área hace 4 mil años. Otra de las pistas que Cameron investiga es la erupción volcánica en la isla de Santorini (antes Thera) cerca del año 1650 a. C. Esta fecha es similar a la de las anclas encontradas y podría empatar con la descripción de la súbita destrucción de la Atlántida por un cataclismo natural que sugiere Platón en sus diálogos.

Sin embargo, la mayoría de las primeras explicaciones fueron religiosas, por ejemplo varios autores europeos pensaron que los pobladores de América provenían de las tribus perdidas de Israel. El sacerdote Miguel Cabello Valboa, malagueño, consideró que los aborígenes americanos descendían del patriarca Ofir (Génesis 10:29) e identificó América con el reino de ese nombre, rico en oro, mencionado en la Biblia (1 Reyes 9:28)(7).

(7) Miguel Cabello Valboa. “Miscelánea Antártica” (1586), p. 92. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

La idea de situar Ofir en las Antillas fue sugerida por Cristóbal Colón(8) -apareció como nota al margen en la edición de 1540 de la Biblia -de Robert Étienne- y fue expuesta, entre otros, por Pedro Mártir de Anglería en 1526(9).

(8) Martín Fernández de Navarrete. “Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles” (1859), tomo II, p. 311, (segunda edición), Madrid. // Cristóbal Colón fue legalmente genovés, pero no escribía italiano y es posible que proviniese de una familia española de origen judío. El apellido Colón era usual entre los judíos que vivían en Italia. Colón se enorgullecía de sus vínculos con el rey David, le gustaba la sociedad judía y marrana, estaba influido por las supersticiones judías y sus protectores en la Corte aragonesa eran sobre todo cristianos nuevos. Usaba las tablas confeccionadas por Abraham Zacuto y los instrumentos perfeccionados por José Vecinho. Incluso su intérprete, Luis de Torres, era judío, aunque se había bautizado poco antes de embarcar para América. De modo que los judíos, después de perder España en el Viejo Mundo, ayudaron a recrearla en el nuevo (M. Kaiserling. “Cristóbal Colón y la participación de los judíos en los descubrimientos portugueses y españoles” (1907), Londres; Cecil Roth. “¿Quién era Colón?”, en “Personalidades y eventos en la historia judía”, pp. 192 y ss. // Todo citado por Paul Johnson. “La Historia de los Judíos” (2010), primera edición. [“El lo ocultó (que era judío) por los Reyes Católicos y porque sabía que se venía la Inquisición (Torquemada). Apuró su partida (3 de Agosto) y a los pocos días se sancionó el Edicto de la Inquisición. Partió con gran cantidad de presidiarios”, referencia personal brindada por el CP Alberto Levy].
(9) Pedro Mártir de Anglería. “De orbe novo decades” (1525), tomo III, p. 60. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

El naturalista y sacerdote jesuita José de Acosta fue el primero en abordar científicamente el poblamiento de América a partir de los descubrimientos geográficos que indicaban que la distancia entre Asia y América por el norte es pequeña y los dos continentes están separados apenas por un brazo de mar. Acosta descartó explícitamente la hipótesis sobre el paso por el continente perdido de la Atlántida y añadió además que las tierras desconocidas donde -según el Apocalipsis de Esdras- fueron llevadas las tribus cautivas de Israel, “no tienen mayor relación con América que la encantada y fabulosa Atlántida(10).

(10) José de Acosta. “Historia natural y moral de las Indias” (1590), Sevilla. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Acosta demostró que no solamente seres humanos transitaron entre los dos continentes, sino también varias especies animales.

Continuando con una visión científica, fray Gregorio García hizo una detallada exposición de las diferentes hipótesis conocidas sobre el poblamiento de América, por tierra o por mar. Para él, los indígenas provenían de Asia, de China o Tartaria, dadas las semejanzas físicas entre los habitantes de uno y otro continente(11).

(11) Fray Gregorio García. “Origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias Occidentales” (1607), Valencia. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

En contraste, en 1650, James Ussher estableció -basado en la Biblia- que las tribus perdidas abandonaron Israel en el año 721 a. C. y, sobre esa base, la cultura europea sostuvo que América había sido poblada alrededor del año 500 a. C. También tratando de apoyarse en la Biblia, el sacerdote sevillano Diego Andrés Rocha, que vivió desde niño en el Perú, expuso la teoría según la cual el continente americano fue poblado por descendientes de Túbal (hijo de Jafet, Génesis 10:2-5), una parte de los cuales habría poblado España, otra parte la Atlántida y la otra a través de esa hipotética isla, antes de que se hundiera, habría llegado a América. Rocha complementó su teoría con la comparación entre la actitud de los conquistadores españoles y la de Moisés(12).

(12) Diego Andrés Rocha. “Tratado único y singular del origen de los indios occidentales del Pirú, México, Santa Fe y Chile” [1681]. Reimpreso por Juan Cayetano García en 1891. Traducción al español contemporáneo de José Alcina Franch, en 1988. Ed. Espuela de Plata, Lima. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Lo anterior puede pasar como inofensivos pasatiempos, fascinantes e intrascendentes como un juego de palabras cruzadas. Las cosas cambian cuando entra al ruedo un verdadero hombre de ciencia, un erudito cabal con toda la barba. Tal fue el caso del ya citado Grafton Elliot Smith y la civilización egipcia. Los egipcios eran los únicos que estaban faltando en esta calesita y fue un egiptólogo el que los subió a ella.

A este notable estudioso se le deben importantes trabajos en arqueología nilótica. Tiene una obra fundamental, no traducida al español: “Momias Reales”, producto del estudio médico- anatómico-arqueológico de los restos de antiguos faraones que se custodian en el Museo de El Cairo. Pero también emitió la teoría unicéntrica del nacimiento y desarrollo de la civilización, que encontró y asimiló discípulos.

Como Elliot Smith era entonces profesor en la Universidad de Manchester, a los seguidores de la tesis se los englobó con el nombre de Escuela de Manchester y, como tomaba al culto del sol como elemento básico, también se la conoce como teoría heliocéntrica. En resumen consiste en lo siguiente: la Civilización -así, con mayúscula y única- nació a orillas del Nilo y desde allí se expandió hacia el resto del mundo.

Irradió hacia Occidente, generando las civilizaciones minoica, griega y romana, y hacia Oriente, dando origen a la asirio-babilónica, fenicia, persa, etc., etc. Habría seguido viaje dando frutos en la India, de donde se habría bifurcado, expandiéndose por una rama que fertilizó el Extremo Oriente y otra que se corrió por Indochina, Indonesia y Polinesia. De aquellos extremos habría saltado a América, generando las civilizaciones maya, azteca e incaica.

Los elementos básicos en que se sustenta la hipótesis, aparte del culto del sol, son la presencia de momias, la construcción de pirámides o edificios piramidales, la organización del sistema de riego, la técnica del teñido de telas, la circuncisión, etc. etc.

Claro, puede alegarse que, por cada dato de coincidencia entre dos civilizaciones, pueden presentarse un par de docenas de divergencias no menos importantes, y que el hecho de que dos pueblos inventen la misma cosa en dos continentes o en dos épocas distintas, no prueba necesariamente una relación material, sino a lo sumo que ambos pueblos están compuestos por seres humanos capaces de pensar de la misma manera e igualmente capaces de adaptarse al medio y a las circunstancias de manera similar, cuando dichos medios y circunstancias son parecidos.

Valga un ejemplo: la cruz gamada es un símbolo conocido desde la más remota antigüedad, que fue profusamente empleado por indios americanos. Pero eso no nos da derecho a considerar nazis a los aborígenes de nuestro continente, ni a creer que Adolf Hitler se inspiró en la filosofía de los Sioux o los Apalaches para fundar el Tercer Reich.

Sin embargo, la Escuela de Manchester tuvo su cuarto de hora. Y ello debido a que no eran simples vendedores de buzones sino reales estudiosos, con adecuado armamento erudito y convencidos de la verdad de su teoría. Para colmo, si bien formaban una tropa reducida en número, eran de elevada calidad dialéctica, temibles polemistas, mordientes y filosos, de pluma ágil y convincente, capaces de demoler a los que se les cruzaban en el camino y convencer al más pintado.

Pero el cuarto de hora pasó cuando las evidencias arqueológicas en contra se fueron acumulando de manera difícilmente rebatible. En primer término, cuando el arqueólogo, sir Leonard Woolley, resucitó -a orillas del Tigris y el Eufrates- a la civilización sumérica, más antigua que la egipcia, y cuando junto al rio Indo aparecieron los restos de otra civilización, posiblemente emparentada con la sumeria y también anterior a la egipcia.

La teoría heliocéntrica había sido enterrada con todos los honores y yacía en la tumba del olvido, cuando poco después la actualizó el intrépido Thor Heyerdahl, autor de la hazaña “Kon Tiki”. Heyerdahl creía en buena parte de lo afirmado por Elliot Smith, pero con una variante fundamental: la civilización egipcia no se habría propagado por simple irradiación ni a través del largo camino hacia Oriente, sino que los mismos egipcios habrían atravesado hacia Occidente el norte de Africa, embarcándose en la actual costa marroquí para, a favor de la corriente ecuatorial, llegar a América y dar origen a la civilización maya.

Como hiciera en 1947, quiso probar personalmente la posibilidad. Mandó construir un navío de papiros exactamente igual al usado por los egipcios, lo bautizó sugestivamente Ra -el Sol- y con esos riñones tan bien puestos que todo el mundo le reconocía, se echó al Atlántico. Tuvo entonces ocasión de saber que los egipcios nunca pasaron de marinos de agua dulce y que, si dominaron la navegación del Nilo, nunca se sintieron atraídos por el mar.

Efectivamente, lejos de reeditar las formidables condiciones marineras de la “Kon Tiki”, la “Ra” empezó a disgregarse en pleno océano, al punto de tener que ser rescatado Heyerdahl en situación de peligro.

Ahora bien. Pongamos por caso que la embarcación “Ra” hubiera llegado felizmente a destino, abordando costa americana. En tal caso, lo único que se hubiera demostrado de manera científica e irrebatible es que el señor Thor Heyerdahl es capaz de atravesar el océano en una nave egipcia. Nada más. De ningún modo hubiera quedado probado que a los egipcios se les ocurriera alguna vez cruzar el Atlántico.

d.- ¿Fueron los árabes o los chinos?

En este terreno hipotético sobre colonizaciones precolombinas, es evidente que en los teorizadores ha planeado cierta tendencia a la discriminación, ya que es bueno señalar que las civilizaciones, como los hombres, también tienen estatus. De esta manera, mientras sobran los fabricantes de hipótesis que buscan los orígenes americanos en Grecia, Cartago, Roma, Fenicia, Egipto -todas civilizaciones más o menos emparentadas con la nuestra- a nadie se le ocurrió meter sobre el tapete a la civilización arábiga y ello porque, a los ojos de muchos, tiene menos prestigio que las otras.

Sin embargo, la evidencia misma dice que pudo ser más fácil para un árabe que para un griego llegar a América. Este pueblo jamás dominó la costa atlántica, mientras la civilización islámica no sólo cubrió buena parte de la Península Ibérica, sino que abarcó una extensa región de la costa atlántica norafricana. Además fueron formidables navegantes, como lo prueba la extensión de sus viajes y líneas marítimas, que abarcan todo el océano Indico, uno de los peores del planeta. También alcanzaron las Canarias y las islas del Cabo Verde, y no sería difícil que alguna vez recalaran en las Azores. En tales condiciones, bien pudieron llegar a America, con mucha más posibilidad que egipcios o hebreos.

Sin embargo, hasta la fecha nadie ha denunciado inscripciones árabes en nuestro continente, ni lingüista alguno ha encontrado términos arábigos -por ejemplo en el guaraní- ni ha surgido erudito señalando entronques entre la civilización islámica y las americanas precolombinas. La falencia no se debe a falta de oportunidad para elaborar fantasías -sobran en la civilización islámica elementos para ello- sino a esa falta de estatus que los fantasiosos requieren como requisito previo para empuñar la lira.

Empero, hay un elemento para suponer un predescubrimiento árabe de nuestro continente, a través de la leyenda de los “ocho musulmanes”, según la cual en el siglo X, ocho marinos arábigos se habrían embarcado en Lisboa, adentrándose en el Atlántico por el que navegaron 35 días, encontrando una bella tierra habitada por hombres de tez roja, altos y de largos cabellos.

Alejandro de Humboldt consideraba que tales marinos habrían llegado a las islas del Cabo Verde y no más allá. Ciertamente, dado los datos cronológicos que la leyenda aporta, es difícil que llegaran a América en tan poco tiempo -Colón tardó un par de meses en alcanzar sus costas- pero no puede desecharse de manera terminante esa posibilidad, por remota que parezca.

Tampoco hay que mirar sólo al Atlántico. América tiene un ancho frente al Pacífico y, al otro lado del mismo, surgieron de muy antiguo magníficas civilizaciones. Hasta la geografía ayuda. Del fondo del Mar de la China surge una corriente cálida singularmente poderosa, que bordea Asia en dirección al norte. Los japoneses la bautizaron Kuro Sivo, que significa Río Negro. Abandonando las costas asiáticas hacia el Este, bordea las Aleutianas y Alaska, pegándose a la costa americana en dirección sur, con el nombre de Corriente de California.

Esta vía ofrece un camino directo y singularmente fácil para llegar a nuestro continente y, en el siglo XIX fue muy utilizada por los veleros que unían los puertos de China y Japón con San Francisco. Cualquier nave, incluso, de endeble construcción, pudo ser arrastrada de muy antiguo de Asia a América.

Hasta no hace mucho, a los chinos también les faltaba estatus y nadie mostraba entusiasmo por hallar influencias de ese lado. Pero ocurría que en China había una leyenda que podía ligarse a un predescubrimiento de América: el primer grupo europeo en difundirla fue el famoso orientalista francés José de Guignes, en 1761. La leyenda dice que en el año 499 un sacerdote budista de nombre Huel Shin, habría sido arrastrado por la corriente hacia un lejano país llamado Fussang, y del que pudo volver para contar sus maravillas.

Para Guignes, que conocía bien la corriente de Kuro Sivo, la leyenda era cierta y Fussang sería ni más ni menos que México. Durante varios decenios el asunto tuvo escasa difusión, pero hacia 1870 se tradujo a idiomas occidentales el texto del escritor chino Ma Tuan-lin que, al dar pormenores del viaje, actualizó explosivamente la cuestión.

El texto describe largamente las costumbres, paisajes, forma de gobierno, fauna y flora de Fussang y habla también de que Huel Shin habría tenido precursores, ya que en 458 otros cinco sacerdotes budistas habrían estado en Fussang, convirtiendo a mucha gente.

Otra vez se discutió entre eruditos si Fussang podía ser México. Había un importante detalle en contra, tan importante que prácticamente invalidaba la posibilidad: Huel Shing habla de caballos en Fussang y, este animal, fue desconocido en América hasta la llegada de los europeos. Tampoco se tuvo muy en cuenta que la civilización mexicana floreció en el altiplano y hacia la costa atlántica, mientras que, por el Pacífico, el acceso es mucho más difícil, por lo fragoso y desértico de la franja costera.

Pero esto nos da la ocasión para señalar un dato curioso y poco conocido: hubo por lo menos un argentino que siguió con erudición e interés el desarrollo de la polémica, estando perfectamente al tanto de los alegatos. Bartolomé Mitre se interesó en la teoría y, si bien no publicó nada al respecto, expuso su parecer en una carta privada, una carta espeluznante por la longitud, erudición y variedad de temas que enfoca, y que fue dirigida a Diego Barros Arana el 20 de Octubre de 1875. La claridad de planteo y dominio del tema valen para reproducirla parcialmente. Le decía Mitre a Barros:

“... dadas las corrientes marítimas que existen entre la China y California, el descubrimiento de la América por los chinos es posible y aún probable, hasta por medio de los juncos chinos, lo que, como usted sabe, tampoco es nuevo...
“El hecho no es imposible y parece probable como lo es el descubrimiento de la Groenlandia por los normandos y aún de lo que se llama propiamente continente americano. Toda la argumentación de los chinos americanos se funda casi exclusivamente en una prueba de inferencia, a saber: que la palabra Fussang, bajo la cual se designa al pretendido país descubierto por los chinos en el siglo V y que se supone ser México, es el nombre que los descubridores dieron a una planta que crecía en él y que, según su descripción, la suponen el ‘magüey’ o áloe americano, en lo cual -unido a otras particularidades que se mencionan en la relación china que se atribuye a un sacerdote budista llamado Huel Shin-, se basa todo el edificio chino-americano.
“Simson dice que la palabra Fussang designa a una planta malvácea de la China, que ninguna analogía tiene con el magüey, el cual se introdujo en este país llevándolo de las islas Filipinas. La conclusión de Simson es más o menos: que el país de Fussang, descubierto por los chinos en el siglo V (dado que sea auténtico el relato), debe ser el Japón, al cual corresponden (dados los límites de la China en esa época) las palabras del país donde se levanta el sol...
“Bretschneider, con más abundancia de argumentos y más copia de datos... difiere de Simson el que sea el Japón el país en cuestión, aseverando -con el testimonio de la historia china-, que ya era conocido por los budistas. Su opinión es que pudo haber sido una provincia de Siberia.
“Confirma que, según las descripciones del árbol llamado ‘fussang’ por los chinos, no puede caber duda que es una malvácea... Como en la narración china sobre el pretendido descubrimiento de América en el siglo V, se habla de la existencia de caballos en el país que se supone ser México, fácil le es al sinólogo de Pekín probar que en la América no existían caballos antes de la época colombina”.

Mitre concluye calificando la narración de “consumado embuste atribuido a un falso sacerdote de Buda”, admitiendo que puede ser, cuando más, "una narración referente a otro país, adornado por la imaginación de algún poeta”.

Hasta aquí Mitre y su sensato cuarto a espadas sobre el problema.

Además de las hipótesis mencionadas, en los tiempos heroicos de esta clase de estudios se formularon muchas otras que tendían a explicar la realidad del poblamiento americano. Se habló entonces de un origen español de los indios; de una ascendencia germana; de que los primeros pobladores habían sido arios, siendo de notar que entre los sostenedores de la última tesis se encuentra Vicente Fidel López, el historiador argentino. Y hasta se mencionó un origen mongol, asiático y africano.

Interesantes son también las hipótesis basadas en el supuesto de antiguos continentes desaparecidos, que habrían estado en el Atlántico, en el Pacífico o en el Antártico. Respecto de esta última tesis mencionemos la teoría del antropólogo portugués Mendes Correa, quien supone que el poblamiento primitivo de América se hizo a través de un continente antártico, en parte desaparecido, en parte modificado.

Pero la hipótesis principal -dentro de este grupo- es sin duda la que va referida a la legendaria Atlántida de la cual nos habla Platón. Esta teoría fue defendida por un diplomático italiano, J. R. Carli, y un abate francés, Brasseur de Bourbourg. Pretensas pruebas de esta antigua relación son toda una serie de datos históricos, etnográficos y lingüísticos que evidenciarían estrecha semejanza entre las culturas americanas y las del Viejo Mundo. Claro está que todas esas comparaciones no pueden negar su base altamente subjetiva.

Entre las explicaciones pertenecientes a este último tipo, vale la pena de recordar la que diera Sarmiento de Gamboa conocido navegante español del siglo XVI, y uno de los más verídicos cronistas de Indias. En la segunda parte de su valiosa “Historia Indica”, que escribiera en 1572, expresa este autor que la Atlántida de Platón, más que una isla era un puente terrestre que unía España y el Estrecho de Gibraltar con América.

Este puente se habría derrumbado, y las Antillas serían los últimos vestigios aún remanentes de aquellas tierras. Nuestro autor llega hasta a fijar la fecha en que la Atlántida se había hundido, lo cual habría acontecido 1.300 años antes de Cristo. El poblamiento de América se habría producido a través de ese puente terrestre, deslizándose las gentes que poblaban la Atlántida hacia el oeste, antes del hundimiento. Es así como poco a poco se habría poblado el continente americano.

Tantas teorías, tantos conceptos, obnubilaron las mentes. En 1876, Charles Abbott, un médico estadounidense, encontró unas herramientas de piedra en su granja de Delaware. Debido a las características toscas de los instrumentos, pensó que podrían pertenecer a los antepasados remotos de las culturas indígenas modernas. Debido a ello, consultó con un geólogo de Harvard, quien estimó en 10.000 años de antigüedad la grava que se encontraba alrededor del hallazgo.

Abbott sostuvo entonces que se trataba de un asentamiento humano del Pleistoceno, es decir, muchos miles de años más antiguo de lo que establecían las teorías bíblicas dominantes. La teoría de Abbott fue rechazada por las jerarquías cristianas por oponerse a la Biblia y por la comunidad científica organizada por el Instituto Smithsoniano por no cumplir con los estándares científicos que exigía.

Entre los científicos que rechazaron la hipótesis de Abbott se encontraban Aleš Hrdlicka y William Henry Holmes. En la actualidad se ha comprobado que Abbott tenía razón en muchas de sus hipótesis y la granja ha sido declarada Monumento Histórico Nacional.

Como se ve, la pluralidad y la diversidad de ideas y pareceres son los rasgos que prevalecieron en los primeros intentos de explicar, con los elementos disponibles, el poblamiento primitivo de América.

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