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Desde la razón, buscando la razón de los hechos

Las Sagradas Escrituras sitúan el acto de la creación 1.696 años antes del diluvio que, a su vez, fue anterior en 3.000 años a la Era Cristiana; tanto los científicos como las tradiciones culturales -no basadas en el texto hebreo- nos dan cuenta de una Humanidad muy anterior, pero la determinación de sus orígenes no ha quedado establecida más que en forma hipotética.

Para Toynbee no faltan razones para creer que la raza humana ha existido durante varios centenares de miles de años y cita a Sir James Jeans, que sugiere las cifras siguientes a que se remontarían las antigüedades: de la Tierra, cerca de 2.000 millones de años; de la Vida, cerca de 300 millones de años; del Hombre, cerca de 300 mil años; de las Civilizaciones, cerca de 6 mil años.

Si es difícil la tarea de investigar la historia del pasado inmediato, lo es mucho más dificultosa en Eras tan lejanas como las citadas que -al decir de Frenguelli(1)- “sus páginas están escritas en el grandioso volumen de las capas geológicas”. El mismo autor señala que esas páginas “permanecen aún profundamente ocultas y otras imperfectamente descifradas”, pero reconoce que su estudio en la Argentina ha tenido y tiene amplias proyecciones “no sólo porque aquí (se refiere a los acantilados de la costa bonaerense), se exhumaron los vestigios de un paleolítico cuya remota antigüedad sólo puede ser igualada por los más antiguos protolíticos europeos y por el chukutiense de Pekín, sino también porque en ninguna parte del mundo como en las pampas argentinas las páginas de la prehistoria pudieron conservarse tan íntegras y tan llenas”.

(1) Joaquín Frenguelli. “El problema de la antigüedad del hombre en la Argentina”, en: “XXV Congreso Internacional Americanista” (1934), tomos I, pp. 1 a 23, Buenos Aires.

De allí que Carlos Darwin, el apasionado investigador de los orígenes de la Humanidad, decidiera, precisamente, al visitar el Plata y la Patagonia (durante un viaje alrededor del mundo), consagrar su vida a las ciencias naturales y de sus observaciones tomó las primeras ideas sobre la evolución de las especies.

Ya para esa época, entre nosotros había iniciado sus importantes trabajos paleontológicos el doctor Francisco Javier Muñiz (1785-1871), de quien Ameghino diría que “vivió en su patria precediendo su época en medio siglo”.

Con anterioridad a esas investigaciones, el estudio de la formación geológica del suelo argentino tuvo -entre 1826 y 1832-, el aporte de Alcides d’Orbigny y, posteriormente, el mismo Darwin, Augusto Bravard, Carlos Germán Burmeister y otros, enriquecieron con su ciencia el conocimiento del territorio argentino.

Coinciden los científicos en afirmar que la Era Cenozoica, iniciada hace casi 60 millones de años, dio a la Tierra su actual fisonomía; en sus postrimerías comenzó el “período cuaternario”, con sus profundas mutaciones geológicas, el surgimiento de las imponentes cadenas montañosas y los tremendos cambios en las distintas formas de vida vegetal y animal.

Creen algunos que los primates (orden de animales de los que se conocen unas 500 especies) se diversificaron a mediados de la Era Cenozoica en dos grandes líneas: los que continuaron viviendo en los árboles y con la evolución han llegado a ser monos, y los que optaron por un destino pedestre y han llegado a ser hombres.

El acto de erguirse definitivamente fue fundamental en el proceso evolutivo de lo humano y hoy no se concibe un hombre sin su postura erecta y su locomoción bípeda; pero antiguos mitos sumerios dicen:

La especie humana, cuando fue creada, no conocía ni el pan para comer, ni los vestidos para cubrirse. La gente andaba arrastrándose por el suelo, comía la hierba con la boca, como los carneros, y bebía el agua de los charcos”.

Quienes creemos en el texto bíblico, encontramos confirmadas las Sagradas Escrituras con las revelaciones de la ciencia, pues los millones de años transcurridos desde la formación de la Tierra hasta la aparición del hombre no son sino las dilatadas jornadas celestiales en que Dios se dio a la tarea de la creación conforme a la literatura del Génesis e, incluso, la concepción del hombre con polvo “a imagen suya” en el lenguaje bíblico coincide con las teorías científicas que lo consideran un producto de los elementos terrenales.

Por de pronto se admite que la Humanidad tuvo un único origen y se descartan hoy las tesis poligenistas que sostuvieron el origen multilateral del Homo sapiens.

Con respecto al problema religioso, vale la pena distraer algunos párrafos. En una época en que los hombres creían poder diferenciarse por su cuna, cuando se hacía un mito de los linajes, cuando se ostentaban blasones y apellidos, unos señores que se decían “naturalistas” vinieron a ofender el orgullo de la gente que se creía con derecho a tenerlo, diciendo que el hombre derivó de los monos antropomorfos y, antes aún, su evolución principió en los más sencillos corpúsculos orgánicos.

¡Qué bruta ofensa!, dijeron algunos, y escudaron su amor propio en los textos sagrados pretextando que las doctrinas de los científicos contrariaban la religión. Sin embargo, Topinard(2) llevó las cosas a su debido lugar:

“Si cifráramos nuestra gloria en la genealogía y no en las propias obras podríamos, en efecto, creernos humillados; pero ¿qué es, después de todo, ese nuevo golpe contra nuestro amor propio, comparado con el que la Astronomía nos ha descargado ya? Cuando se establecía que la Tierra estaba en el centro del mundo y se creía en el Universo creado para la Tierra y ésta para el hombre, nuestro orgullo podía estar satisfecho.
“Esa doctrina, que los alemanes llaman geocéntrica con relación a la Tierra y antropocéntrica con relación al hombre, estaba perfectamente coordinada; pero derrumbase un día en que se demostró que la Tierra no es sino el humilde satélite de un Sol, que a su vez no es más que uno de los puntos luminosos del espacio; aquel día, y no hoy, fue cuando el hombre debió sentirse humillado”.

(2) Paul Topinard. “Antropología”, (versión en español, 387 páginas, Barcelona). // Libro original: “L’Anthopologie” (1876). Ed. C. Reinwald et Cie., París.

La ciencia en su avance, el hombre en su sed de conocimientos que va operando la propia superación, descubría día a día que era cada vez más pequeño frente a la obra de la Creación. Darwin también dio satisfacciones a quienes sintieron herido su orgullo:

“La conclusión de que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada será desagradable para muchos, pero no por eso habrá la menor duda en reconocer que descendemos de los bárbaros.
“Nunca olvidaré el asombro que sentí en presencia de la primera partida de fueguinos que encontré en una ribera silvestre y árida. Aquellos hombres estaban completamente desnudos y pintarrajeados; su largo cabello enmarañado, sus bocas espumosas por la excitación y su expresión salvaje, medrosa y desconfiada, me hicieron pensar desde luego: ¿y estos son nuestros antepasados?
“Personalmente yo preferiría descender de aquel heroico y pequeño mono que afronta a su temido enemigo con el fin de salvar la vida de su guardián, o de aquel viejo cinocéfalo que, descendiendo de las montañas, se llevó en triunfo a sus camaradas, librándolos de una manada de perros, que proceder de un salvaje que se complace en torturar a sus enemigos, practica el infanticidio sin remordimiento, trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones”.

Con todo, ese hombre salvaje -en su permanente lucha con el medio-, era vencedor en la más heroica batalla entre las especies: la de la selección natural. Y entonces Darwin agregaba:

El hombre, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no sólo a los demás hombres, sino también a las criaturas más inferiores, con su inteligencia, semejante a la de Dios, lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen”.

Los grandes descubrimientos científicos sobre el particular causaron conmoción. Los cristianos debieron acomodar sus creencias a las revelaciones de la ciencia y, entonces, algunos dijeron que Adán fue únicamente padre de los judíos y, otros, que Noé salvó milagrosamente su raza del diluvio sumerio.

El obispo Melgnan, en 1869, publicó “El mundo y el hombre primitivo según la Biblia” donde estableció concordancia entre la Ciencia y la Revelación, siguiendo las tesis desarrolladas por Marcelo de Serres en su obra “Cosmogonía de Moisés comparada con los hechos geológicos”.

El abate Lambert también comparó las aportaciones científicas con el Antiguo Testamento en “El hombre primitivo y la Biblia” y los abates Bourgeois y Delaunay, al sostener que el hombre apareció en el mundo durante la Era Terciaria, dieron una nueva y atrevida explicación para el relato del Génesis.

No era la Biblia la que cambiaba, sino que toda la sabiduría que ella encierra debía irse interpretando paralelamente al avance de los conocimientos del hombre.

Y la humildad, que es una virtud cristiana, nos acompañaría si debíamos convencernos de que proveníamos de seres inferiores. En todo caso, debíamos agradecer que de todos ellos, Dios nos había elegido entre los terráqueos para proyectar su rayo de divinidad, insuflando en nuestras narices “aliento de vida de modo que el hombre vino a ser alma viviente”.

Muchos fueron los hombres de ciencia que creyeron encontrar rastros de la existencia de seres humanos en la Era Terciaria: entre ellos, Florentino Ameghino (1854-1911), un eminente sabio argentino que estableció una gradación hipotética para la evolución de la Humanidad; a partir del Homunculus de la Patagonia (una forma animal de pequeño tamaño), sostuvo que fue precisamente en nuestras tierras donde comenzó la existencia de la especie humana.

Sin desconocer el valor de sus teorías, de sus trabajos y de sus investigaciones, la tesis de Ameghino se considera hoy superada, fundamentalmente por entenderse que incurrió en una falsa apreciación de la edad de los terrenos donde se efectuaron sus comprobaciones. Pero, de todas maneras, ha coincidido la ciencia en la antigüedad remota del hombre pampeano, ya en la Era Cuaternaria.

Al respecto decía su discípulo Vignati:

“Hoy día nadie duda que el hombre existía ya en los albores del Cuaternario, con una organización anatómica tan evolucionada que permite suponer, aun cuando nunca se encontraron rastros probatorios, que en una forma más primitiva o un antecesor suyo ya existía en el período Terciario.
“En la República Argentina también a la par de Europa, se creyó en la existencia de una Humanidad anterior al Cuaternario. En su época tuvieron repercusión los descubrimientos de dos industrias líticas, la de la ‘piedra quebrada’ y la de la ‘piedra hendida’ lanzadas por Florentino Ameghino al conocimiento de los prehistoriadores, no precisamente como eolitos sino como algo más primitivo que éstos. El error consistió, en ambos casos, en atribuirles una técnica preeolítica pues, incuestionablemente, son productos de la manufactura humana.
“En cuanto a la antigüedad conviene advertir que, en todos los casos, debe rejuvenecerse en forma bastante ponderable todas las asignaciones de Ameghino pues, transportándolas íntegramente al Cuaternario, adquieren de inmediato una ubicación racional sustancialmente ponderable.
“Pero hay descubrimientos de una serie de huesos rayados y estriados, de dientes rotos, que Ameghino no duda en considerar de origen intencional, proviniendo muchos de ellos de la base del Terciario. Ello es inadmisible.
“No han sido sólo vestigios industriales los señalados por Ameghino como de edad Terciaria. Son numerosos los restos humanos atribuidos a esa edad que él mencionara o descubriera... todos estos restos pertenecen en realidad al Cuaternario pues las edades que él asignara son fantásticas y deben rejuvenecerse enormemente.
“Desde un punto de vista netamente científico, es imposible aceptar la gradación hipotética establecida por Ameghino para la evolución de la Humanidad, desde el Homunculus de la Patagonia hasta el hombre actual”(3).

(3) Milcíades Alejo Vignati. “Los restos humanos y los restos industriales” (1939), en: “Historia de la Nación Argentina”, tomo I, segunda edición, pp. 163 a 200, Buenos Aires.

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