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Las teorías del siglo XX sobre el origen del hombre americano

a.- Ameghino

La producción de teorías destinadas a explicar el hecho del poblamiento primitivo de América o, lo que es lo mismo, el origen de los indios americanos, siguió con el mismo ritmo en los tiempos posteriores, y aun puede decirse que perdura hasta el día de hoy. Ni siquiera en la actualidad se ha conseguido unificar pareceres sobre problema tan importante. Más, pese a la evidente disparidad en que se mueven todas esas teorías, en uno de sus aspectos son todas de índole similar: en que todas se basan en el supuesto de que nuestro doble continente ha sido poblado partiendo del Viejo Mundo, entendiendo por éste al conjunto de Africa, Europa y Asia.

La suposición se justificaba entonces como se justifica hoy. Sin bien la tradición ha localizado en Asia el origen del Hombre, la moderna investigación científica ha rectificado ese concepto al señalar que fue Africa la cuna de la Humanidad.

Son, sin duda, las dificultades que se presentan para hacer venir del Viejo Mundo a los primitivos pobladores del Nuevo, lo que indujo a muchos investigadores a buscar por otro camino e invertir los términos del problema, al punto tal que se entablaron discusiones y que se halla inmanente en el razonamiento siguiente: si hay dificultades, geográficas o de otra índole, para admitir un poblamiento desde Asia, ¿por qué no suponer que el Hombre y sus culturas se hayan engendrado en América y desde ahí difundídose por el resto del globo? Porque es bien sabido que no poseemos acta de nacimiento de la Humanidad.

En realidad, no es mucho lo que se gana localizando el advenimiento del Hombre en América. Pues si hay inconvenientes que impidan explicar satisfactoriamente el poblamiento de América desde Asia, los mismos o parecidos se han de presentar al pretender explicar el poblamiento del Viejo, o la difusión de culturas, desde el Nuevo Mundo. Que las distancias y las dificultades habrán de ser las mismas yendo de aquí para allá que de allá para aquí.

Más dejando de lado estos razonamientos, lo cierto es que ya en la segunda mitad del siglo XIX, un autor francés y americanista entusiasta, Brasseur de Bourbourg, sostuvo la posibilidad de que la cultura egipcia fuera una simple derivación de las culturas centroamericanas. La sugestión no cayó en el vacío. Y un escritor americano, Máximo Soto Hall, publicó un pequeño manual en el que expresaba la opinión de que los antiguos egipcios no eran sino mayas, esto es, aborígenes centroamericanos que, en una época muy antigua, se habían trasladado a la región del Nilo y establecido allí el Imperio de los Faraones. El mismo nombre del venerable río sería de etimología americana(1).

(1) Máximo Soto Hall. “Los Mayas”. Colección Labor, Barcelona, 1937, pp. 16 y sgtes. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Pero el autor principal representante de esta tendencia, que ya no se limitaba a admitir migraciones de hombres y culturas de América hacia el Viejo Mundo, sino que partía de la base de que el Hombre había surgido en América, fue un hijo de este continente: el paleontólogo argentino Florentino Ameghino.

Este hombre de ciencia, cuya vida modesta y ejemplar es modelo de tenacidad y de honradez fue, como D. F. Sarmiento, “sólo” maestro de escuela. Y aunque fueran varias las especialidades que cultivó, en todas se había formado solo, era autodidacta.

Veamos algunos datos de la vida de este sabio. Consideramos conveniente su conocimiento a fin de podernos explicar algunas características de su doctrina antropogénica. Ameghino había nacido en 1854 de familia humilde. Pasó su niñez en Mercedes, provincia de Buenos Aires, donde aprendió las primeras letras. Frecuentó luego la Escuela Normal de Preceptores de Buenos Aires, cursando estudios que sólo duraron un año. Inmediatamente después comenzó a actuar como maestro y, luego, como director de escuela, en la propia ciudad de Mercedes donde había vivido.

Ya en edad muy temprana se le había despertado su gran vocación para el estudio de la historia de la Tierra y de sus pretéritos habitantes. La lectura de las obras del geólogo Charles Lyell y del naturalista Charles Robert Darwin, los dos grandes impulsores del transformismo moderno y del principio de la Evolución, fueron determinantes para el futuro paleontólogo.

Y a consecuencia de ellas comenzó a recolectar fósiles en las márgenes del río Luján, que estaban materialmente plagadas de ellos. De esta manera, con la observación de sus propios hallazgos, el entusiasmo que los mismos despertaban y los conocimientos que adquiría en numerosas lecturas que practicaba en las horas que sus ocupaciones escolares le dejaban libres, se fue formando una serie de teorías que, como es natural, no siempre podían estar lo suficientemente bien fundamentadas.

Una estadía de tres años en París le resultó muy provechosa, pues pudo relacionarse con algunos grandes hombres y alternar con ellos. De modo que al regresar al país en 1881, cuando contaba 27 años de edad, ya tenía completado el sistema de sus numerosas doctrinas y teorías.

Los trabajos que en vida publicara Ameghino son numerosos y versan sobre los más diversos temas de Geología, Antropología, Arqueología y Paleontología. En esta misma amplitud de su radio de actuación y, aún más, en el contenido de todos estos trabajos, es posible ver su formación deficiente, la carencia de una cultura general básica y sistemática. Y es esa deficiente formación, resultado de sus afanes autodidácticos, lo que a menudo le impidió sujetarse al necesario rigor que el método aprendido aconseja. De ahí que no retrocediera frente a las teorías más audaces y revolucionarias.

Por otra parte, no se debe olvidar que el medio no le fue siempre propicio. Actuando en un país joven, que todavía carecía de tradición científica y teniendo como único ideal el de buscar la verdad por los caminos de la ciencia, su ingente lucha fue desigual, y a veces dramática, como cuando tuvo que poner un pequeño negocio de librería para poder sustentarse.

Tuvo también la desventaja de no haber conocido precursores en el campo de sus estudios pues, cuando él empezó a ocuparse de las formaciones pampeanas y su contenido, éstos tenían el carácter de libro cerrado, ya que nadie se había preocupado de ellos.

Es teniendo en cuenta todos estos antecedentes que se debe juzgar la obra de Ameghino.

Pese a que Ameghino trabajó en distintas especialidades, no se le puede ni debe considerar como geólogo, ni arqueólogo, ni antropólogo. La rama que él prefirió, la que cultivara más intensamente y la que le diera renombre, es la Paleontología animal, es decir, la Zoología de las especies desaparecidas.

Es ahí donde sobresalió, especialmente en el conocimiento de los mamíferos fósiles, siendo en ello autoridad de renombre mundial y valor duradero cuando murió, en 1911. En cambio, sus ideas y trabajos sobre temas antropológicos carecen de la natural madurez del especializado que, por otra parte, él mismo desdeñaba ser.

Todavía en los últimos años de su vida se daba como “profano”, o poco menos, en Antropología(2). No obstante, como autor principal de la hipótesis de la autoctonía del Hombre americano, será conveniente detenernos algo en el examen de sus teorías.

(2) Florentino Ameghino. “El Diprothoo después de Schwalbe en mi opinión”, en: “Anales del Museo Nacional”, XXXI, Buenos Aires, 1921, pp. 1 - 24. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

De manera general, las ideas de Ameghino sobre antropogénesis son bien conocidas. El eje de todo el sistema es la tesis de que el Hombre se originó en América. Nuestro autor es estrictamente monogenista y admite un solo origen para la Humanidad toda. Ésta habría surgido en un solo lugar, en un solo momento y de un solo precursor. El lugar sería la parte austral de Sudamérica; el momento, mediados de la Era Terciaria; el precursor, una forma animal de pequeño tamaño que Ameghino denominara Homunculus patagonicus.

Para aclarar sus propias ideas y poder sostenerlas mejor, Ameghino elaboró su sistema. Las líneas capitales del mismo ya se manifiestan en época temprana, en sus trabajos juveniles, aunque entonces sobre base meramente especulativa. Pero, posteriormente, los hallazgos que se iban realizando le fueron proporcionando el material con el cual respaldar las premisas a priori concebidas. Es así como en un trabajo publicado en francés, y en 1906, ya tiene fijado definitivamente el sistema(3).

(3) Florentino Ameghino. “Formaciones sedimentarias del Cretácico Superior y Terciario de la Patagonia”, en: “Anales del Museo Nacional”, XIV, Buenos Aires, 1906. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Sin entrar en detalles, se puede decir que las ideas y teorías antropogénicas de Ameghino no han sido nunca compartidas por un número apreciable de especialistas. Y esto no sólo porque ellas estaban en pugna con todo lo hasta entonces conocido, sino también porque adolecían de deficiencias serias.

Por una parte, es evidente en él la tendencia a acordar una antigüedad mayor que la generalmente concedida a las formaciones geológicas en que se habían producido los descubrimientos; para él, la serie pampeana era -en su mayor parte- terciaria. Luego, despreciaba en alto grado los procedimientos preconizados por la Antropología. Nuestro paleontólogo estaba convencido de que atenerse a lo que él llamara “las minucias del método antropológico” era perder tiempo(4).

(4) Florentino Ameghino. “El Diprothoo después de Schwalbe en mi opinión”, en: “Anales del Museo Nacional”, XXXI, Buenos Aires, 1921, p. 5. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

En definitiva, el sistema elaborado por Ameghino es el siguiente: partiendo de unos pretensos Hominídeos primitivos, descendientes de los mencionados homunculídeos y precursores por igual de los monos antropomorfos y del Hombre, la rama -cuyo eslabón final es la Humanidad actual- estaría compuesta por una serie de antecesores ya desaparecidos, que el autor bautizó con el nombre de “Prothomos”.

La sucesión de esos antecesores, con el valor de géneros cada uno de ellos, sería: Tetraprothomo, Triprothomo, Diprothomo y Prothomo. El Homo heidelbergensis, que Ameghino conoce por Pseudhomo, sería una rama lateral del primero y, el Pitecántropo una rama lateral del segundo. Al último de aquellos antecesores habría sucedido el género Homo, al que pertenecemos nosotros.

Ameghino establece una especie de Tetraprothomo argentinus, sobre unos restos hallados en Monte Hermoso, localidad de la costa marítima de la provincia de Buenos Aires. Esos restos consisten en sólo un trozo de fémur fósil y un atlas, o sea, la primera vértebra cervical. Ambas piezas fueron halladas separadamente por distintas personas y en distinta ocasión, mediando varios años entre una y otra extracción.

No consta, por lo tanto, que las dos pertenezcan a un mismo individuo, ni siquiera que sean de una misma edad. Sólo del trozo de fémur se sabe con certeza que procede de terrenos pertenecientes al piso Hermosense, que generalmente se coloca a fines de la Era Terciaria. No obstante, Ameghino atribuía -al conjunto- una edad terciaria media.

Es natural que una construcción hecha con tan escasos elementos y tan mal datados no pudiera hallar la aprobación de los especialistas. Sobre todo cuando ella aparecía en pugna contra toda una serie de conocimientos que por la época ya estaban firmemente establecidos.

De ahí que el Tetraprothomo fuera mirado no sólo con toda clase de reservas, sino con manifiesta hostilidad. Y con toda razón, pues ni siquiera comprobaba tratarse de restos de primates.

Respecto del fémur, por ejemplo, ya el mismo Ameghino había honradamente reconocido que algunas particularidades le daban todo el aspecto de un fémur de felino, y la mayoría de especialistas que intervino en la discusión que se planteó, coincidió en atribuir el resto a un mamífero carnicero. Un paleontólogo del Museo Argentino de Historia Natural, el profesor Alejandro Bordas, lo ha determinado como perteneciente a un individuo de la familia de los Procyonidae(5). En cuanto al atlas, coincide también en considerarlo como completamente humano, si bien al parecer está dotado de ciertas anomalías de índole patológica.

(5) A. Bordas. “La posición sistemática del Tetraprothomo argentinus Ameghinus”, en: “Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología” (1942), tomo III, pp. 53-58, Buenos Aires. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Del segundo eslabón de la hipotética cadena filogénica ameghiniana, el pretendido género Triprothomo no disponía su autor de resto alguno con qué respaldarlo. Se trata, pues, de una construcción que ha permanecido sobre base puramente hipotética, por lo que no es necesario detenerse mayormente en ella.

En cambio, el representante del eslabón tercero, el llamado Diprothomo platensis, fue una especie que Ameghino estableció sobre la base de una bóveda craneana extraída en 1896 de la ribera del Río de la Plata, cuando los trabajos del puerto de Buenos Aires. La pieza había ya pasado por varias manos cuando fue a parar al Museo Nacional, donde Ameghino pudo estudiarla unos tres años después de su hallazgo. Y es sobre este solo resto, cuyas condiciones de hallazgo tampoco se pueden precisar, que nuestro paleontólogo construyó su nueva especie.

Como no era menos de esperar, también esa construcción fue duramente combatida, acusándose a Ameghino, entre otras cosas, de haber colocado la pieza en posición equivocada al reproducirla, al solo efecto de dar la impresión de una gran antigüedad. Por lo demás, es consenso poco menos que general que la pieza osteológica del puerto de Buenos Aires es un resto humano completamente normal, pudiendo ser atribuida a cualquier indio moderno.

La última de las creaciones ameghinianas de precursores, el inmediato antecesor del Hombre o Prothomo, tuvo su base material en un cráneo humano hallado accidentalmente en 1888 cerca del arroyo La Tigra, al sur de Miramar. Fue su descubridor un empleado subalterno del Museo de La Plata, ignorándose toda otra circunstancia de hallazgo. También en este caso, Ameghino atribuyó a la pieza edad terciaria, mientras que Lehmann-Nitsche, que también la estudió, la daba como de la edad cuaternaria.

Si se considera que el cráneo ostenta deformación artificial y posee un mentón muy desarrollado, se habrá de convenir en que no les falta razón a la mayoría de especialistas que lo consideran completamente moderno.

Según Ameghino, otros tres cráneos hallados en Necochea -en distintas oportunidades- tendrían la misma antigüedad y pertenecerían a la misma especie. Se encontraban a muy poca profundidad, y los especialistas están de acuerdo en que la serie no posee ninguna notable particularidad.

Resumiendo, es imposible hoy día aceptar, desde el punto de vista científico, la gradación hipotética de antecesores del Hombre elaborada por Ameghino. Ninguna de las pruebas aducidas en su favor es convincente. Además, un origen del Hombre en América es poco menos que imposible, en razón que faltan en este continente los elementos faunísticos, fósiles o vivientes que se consideran indispensables a la hominación.

No se conoce en Sudamérica ninguna especie de mono antropomorfo, de esos monos de forma humana que carecen de cola y tienen la misma fórmula dentaria que el Hombre. Es cierto que de Norteamérica se conocen algunos animales fósiles de este tipo, más ellos desaparecieron a comienzos de la Era Terciaria. En cuanto a los restos que Ameghino utilizó para construir sus famosos antecesores, ya se ha visto que, con la sola excepción del fémur de Miramar, son todos humanos y modernos.

En consecuencia, se puede dejar bien establecido que, por lo que hoy sabemos, América carece de toda base paleontológica para que en ella pudiera producirse el advenimiento del Hombre.

Por otra parte, no resulta fácil admitir la manera en que, según Ameghino, el Hombre se habría extendido por el mundo partiendo de Sudamérica. Suponía nuestro autor que los primeros hombres invadieron Norteamérica junto con los animales sudamericanos. Aconteció esto tan pronto como se produjo la unión del continente norte con el continente sur, que antes estaban separados, mediante el levantamiento del Istmo de Panamá.

Desde Norteamérica, una rama humana migró hacia el norte y oeste, llegando a Asia por el Estrecho de Behring, donde constituyó la raza mongol o amarilla. La otra rama habría tomado rumbo al nordeste y oriente y, pasando por el puente que hacia el principio del Pleistoceno unía América con Asia, llegó al continente europeo.

Ahí, mientras una parte evolucionaba “por el camino de la bestialización” y llegaba a constituirse en el Homo heidelbergensis, cuya carrera -según aclara Ameghino- habría terminado en “los abrigos de Krapina”, la otra, “evolucionando en la vía de la humanización’’, se habría ido transformando poco a poco en la raza blanca(6).

(6) Florentino Ameghino. “Geología, paleogeografía, paleontología, antropología de la República Argentina”, en: “Anales del Museo Nacional”, 1910, tomo XXXI, pp. 1-24, Buenos Aires. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires. // “Raza” es sinónimo de subespecie en la biología moderna y representa a un grupo de organismos que poseen caracteres biológicos distintivos. En cambio, la idea de “tipo racial” fue usada a principios del siglo XX para designar grupos de individuos con homogeneidad biológica interna y claramente diferenciados de otros. Varios tipos raciales humanos fueron definidos para cada continente (por ej.: Imbelloni, 1938). Las ideas raciales de la primera mitad del siglo XX difieren marcadamente de las ideas que existen actualmente en la biología y están más relacionadas con la filosofía aristotélica.

Esta sería, en esencia, la doctrina ameghiniana del origen del Hombre en América, y de su posterior difusión por los demás continentes.

b.- La hipótesis del origen asiático. Hrdlicka

Una tesis diametralmente opuesta a la de Ameghino, sobre el origen del Hombre americano y poblamiento del Nuevo Mundo, es la que defiende un grupo de autores que, por actuar en su mayoría en los Estados Unidos, ha recibido el nombre de “escuela norteamericana”. Los autores a que nos referimos aquí tienen como a su representante más conspicuo y caracterizado, al antropólogo estadounidense Aleš Hrdlicka (1869 - 1943), quien ha sido también el autor que más empeñosamente se opuso a las especulaciones antropogénicas de Ameghino.

Para documentarse bien y poder hablar con verdadero conocimiento de causa, el autor mencionado hizo un viaje a la Argentina en compañía de un geólogo de mérito, Bailey Willis. Quería estudiar de cerca no sólo los restos más o menos fósiles sobre los que Ameghino basara sus pretensos antecesores del Hombre, sino también los yacimientos en que fueron hallados, y las circunstancias de hallazgo de cada uno. Y sucedió que en todos los casos el fallo que Hrdlicka emitió después de una intensa labor de crítica y examen, fue decididamente adverso a las pretensiones ameghinianas.

La tesis propia de Hrdlicka y demás autores que podemos incluir en su escuela, se mantienen dentro de los puntos de vista tradicionales respecto de que la cuna de la Humanidad ha estado en el Viejo Mundo. Y que es viniendo de Asia como en varias oportunidades, aunque siempre en época relativamente reciente, grupos de hombres dotados de una sencilla cultura de cazadores y recolectores pasaron el Estrecho de Behring y se difundieron por el continente americano.

La región de origen de esos primitivos pobladores no es sino la que se halla más cerca de la puerta de entrada, esto es, el Este y Norte asiáticos. En consecuencia, en el poblamiento primitivo de América no se debe ver la consciente intención de querer poblar un continente nuevo, sino una simple difusión por territorio americano de aquellos grupos humanos que le eran vecinos.

Si bien, como se ha dicho, la mayoría de autores que defienden este grupo de ideas pertenecen al siglo XX, no se podría decir que la hipótesis fuera nueva. Hasta podría discutírsele a Hrdlicka la paternidad, que generalmente le es atribuida, pues ya en el siglo XVI un español ilustre, el Padre José de Acosta, había expresado integralmente los mismos pensamientos. En su valiosísima obra intitulada “Historia natural y moral de las Indias”, cuya primera edición latina se publicó en 1589 manifestaba el Padre Acosta de que “el linaje de los hombres” había llegado a poblar América al extenderse -por gravitación natural- desde las otras tierras cercanas.

El poblamiento no se habría entonces realizado de manera intencional, ni se habría hecho -como expresa Acosta- “armada de propósito” para lograr ese fin. Tampoco sería el producto de hechos fortuitos como, por ejemplo, “algún gran naufragio”, si bien cree el autor que accidentes de esa índole pueden haber contribuido al aumento de la población, sino que el poblamiento debe considerarse como algo natural, acaecido en razón de “continuarse las tierras de Indias con otras del mundo”.

Por último, Acosta es de opinión que a las tierras americanas “no ha muchos millares de años que las habitan hombres, y que los primeros que entraron a ellas más eran salvajes y cazadores, que gente de república y pulida(7). Como se ve, es palmaria la general coincidencia entre los puntos de vista del antiguo autor español y los que posteriormente defendieran la escuela de Hrdlicka.

(7) José de Acosta. “”Historia natural y moral de las Indias”, pp. 109 - 111, Madrid, 1894. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

La doctrina sustentada por los partidarios de esta hipótesis puede reducirse en lo esencial a los cuatro postulados siguientes:

1.- el Hombre americano, pese a las pequeñas diferencias de detalle que puedan existir entre los distintos grupos, es racialmente uniforme;

2.- los primitivos pobladores de América procedían en su totalidad de Asia;

3.- la entrada de esos primitivos pobladores al doble continente se efectuó por la sola ruta del Estrecho de Behring;

4.- al llegar esos asiáticos a América, eran portadores de sólo una cultura de tipo inferior, habiéndose producido el ulterior desarrollo y la subsiguiente diversificación cultural en este mismo continente.

En realidad, la idea de un poblamiento de América desde Asia no tiene nada de moderna, ya que -fuera de lo aportado por Acosta- ella aparece en numerosos otros autores antiguos. Al principio hasta sería esa la explicación más lógica y sencilla, ya que, no conociéndose entonces la configuración exacta del extremo noroeste de América, por no haber sido aún explorada, cabía suponer que por ese lado nuestro continente tuviese alguna conexión con Asia.

Hay, además, algunos otros hechos de índole antropológica que señalan claramente hacia Asia como lugar de origen de -al menos- parte de la población americana, de manera que es ésta la explicación que primeramente se impone. Sin embargo, el primer autor que habló en serio de un origen asiático exclusivo y ofreció alguna prueba en favor de la tesis, fue el célebre viajero alemán Alejandro von Humboldt, que ya pertenece a la primera mitad del siglo XIX.

Es cierto que, desde entonces, han sido muchos los antropólogos, entre ellos el francés de Jean Louis Armand de Quatrefages de Breau (1810 - 1892) que, de manera general, han estado de acuerdo con esta tesis. Pese a todo, se tiene que llegar hasta la mitad del siglo XX para ver fundamentada con argumentos de tipo científico la hipótesis del origen asiático de la primitiva población americana. Y esta es, precisamente, la labor que ha cumplido la moderna escuela de Hrdlicka.

La premisa primera de las cuatro enunciadas, la de la unidad racial de todos los pueblos americanos, es la fundamental dentro del conjunto. Y es ella tan necesaria a la argumentación producida que, si se la descartara, ya sería difícil seguir manteniendo los demás puntos del programa. Es por esto que nuestros autores, no sólo se aferran con desesperación a la idea de la homogeneidad, sino que también han creado, de manera un poco artificial si se quiere, el concepto del “homotipo americano”, o sea, de un peculiar tipo de hombre americano.

Este supuesto de la unidad racial se basa, sobre todo, en el hecho indiscutible de que todos los aborígenes de América comparten una serie de caracteres físicos que les son comunes. Ya los primeros observadores se habían dado cuenta de que la mayoría de los indios tienen el mismo color y calidad de cabello, la misma coloración y parecida conformación de ojos, e idéntico color de los tegumentos en general. Y estos son, precisamente los caracteres físicos más manifiestos y, por lo tanto, aquéllos que primeramente se imponen a los ojos del observador.

De ahí que no pueda extrañar que un viajero del siglo XVIII, el marino español Antonio de Ulloa, pudiera plasmar la frase, desde entonces tan celebrada, de que “visto un indio de cualquier región, se puede decir que se han visto todos(8). Sin duda que no habrá sido éste el único viajero de nota que haya dejado escapar alguna frase parecida.

(8) Antonio de Ulloa. “Noticias americanas”. Emecé, Buenos Aires, 1944, p. 242, segunda edición. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Pero el asunto cobra otro cariz cuando se profundiza el estudio de la población indígena americana, pues entonces salen a relucir algunas cualidades de la misma, que más que síntomas de la referida uniformidad, son expresión clara de una diversidad muy honda, ya que se trata de caracteres antropológicos que se refieren a la arquitectura misma de los individuos. Y el mismo Ulloa tuvo clara conciencia de ello.

Para darse cuenta cabal de esta situación nueva, basta con considerar la estatura media de distintas agrupaciones étnicas americanas. Pues entonces se ve que, junto a los Tehuelches o Patagones, que ostentan una talla media superior a los 180 centímetros y constituyen por ello una de las poblaciones más altas de la Tierra, son varios los pueblos del interior de Venezuela y Colombia cuya altura de cuerpo apenas si sobrepasa los 150 centímetros. Y no es necesario recalcar que una diferencia de 30 centímetros en la talla media de grupos étnicos de un mismo continente, requiere una explicación.

El mismo resultado se tiene cuando uno se fija en la forma de la cabeza, tanto si ella se considera en el plano vertical como en el horizontal. El índice cefálico horizontal, por ejemplo, que es el que nos da la forma del cráneo visto desde arriba, tiene -entre ciertos Centrálidos, que constituyen el fondo de población centroamericana- un valor medio que va de 86,9 a 89,5; y baja entre Láguidos del Brasil a 66 y 73. Y en cuanto a la altura media de la cabeza, la variación es igualmente grande entre los distintos grupos. En estas circunstancias, hablar de homogeneidad racial parece, cuando menos, aventurado.

Es cierto que tampoco todos los blancos ni todos los negros son de una misma estatura y de una misma conformación craneana y, sin embargo, se considera que integran sendas grandes razas. Lo mismo sucede con los amarillos. Y hasta se podría discutir si el polimorfismo de esas razas es mayor o menor que el de los americanos. Nada obsta, pues, para que en principio se considere también que todos los americanos constituyen una gran raza. Sólo que se debiera tener presente que esa “raza” americana es de origen netamente metamórfico. Claro que tampoco esta cualidad es exclusiva de los americanos.

La situación americana es bastante parecida a la del Viejo Mundo, es cierto. Pues así como la raza blanca o la negra o la amarilla se subdividen en entidades raciales menores, así también la americana se descompone en una serie de tipos raciales. Los especialistas no están aún de acuerdo respecto del número de tipos raciales que, en su conjunto, componen la gran raza americana.

Respecto del punto segundo, de que el hombre americano procede de Asia, son muchos los rasgos e indicios que señalan, efectivamente, en ese sentido. Los caracteres ya mencionados, la forma y color del cabello, se cuentan entre ellos. Lo mismo sucede con el color de la piel. Y la situación es parecida en lo que respecta a la conformación de ojos. Las semejanzas pueden también encontrarse en el terreno de la cultura y, según el italiano Alfredo Trombetti (1866 - 1929), hasta en el lingüístico(9).

(9) Alfredo Trombetti. “Origen asiático de las lenguas y poblaciones americanas”, p. 169, en: “XXII Congreso Internacional Americanista”, Roma, 1928. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Para señalar de manera drástica estas analogías, se ha dicho que, si se trasplantara un americano a ciertos países de Asia y se le vistiera como los naturales del país, no sería posible distinguirlo con ninguno de los medios de identificación de que dispone el observador científico.

Pese a esta aseveración tan rotunda, es de todo punto evidente que el indio americano posee rasgos físicos que en vano se buscarían entre los pueblos asiáticos más caracterizados. La nariz prominente de nuestros indios, especialmente de muchos de Norteamérica; la extrema dolicocefalia de muchos del Brasil o de Tierra del Fuego; la alta talla de los Tehuelches y de los Pieles Rojas norteamericanos, son todos caracteres físicos que no se hallan entre chinos y japoneses y que, por ser distintos a los de aquellos pueblos asiáticos, tienen forzosamente que ser de distinto origen.

No se puede negar, en cambio, y nadie lo niega tampoco, que entre los mongoloides asiáticos y los americanos existen grandes coincidencias antropológicas. Y no se puede discutir tampoco que si el Hombre no se originó en América, han de haber llegado aquí grandes contingentes de pobladores de aquel continente pues, fuera de las razones ya apuntadas, que pertenecen a la esfera de la Antropología somática, hay otras muchas de índole cultural y lingüística -y también geográficas- que señalan en aquel sentido.

Y a propósito de estas últimas razones, las de índole geográfica, llegamos al tercer punto, el que postula la entrada de los primitivos pobladores por el Estrecho de Behring y en época reciente. Por lo tanto, Hrdlicka no admite una población de nuestro continente que sea más o menos coetánea con la del Viejo Mundo, que es de edad pleistocena, ni tampoco otra vía de penetración que no sea la de más fácil acceso desde Asia. Sino que ubica el poblamiento en época no anterior al Neolítico, concediéndole a lo sumo una antigüedad de 8 ó 10.000 años.

Fundamenta el autor norteamericano este punto de vista con la carencia de descubrimientos de restos antropológicos que, con seguridad, puedan ser atribuidos al período Pleistoceno.

A esto es dable objetar que así como es un hecho indiscutible que la fauna pleistocena de nuestro continente inmigró de Asia, no hay razón ninguna para admitir que América se haya visto privada de población humana durante todo el Pleistoceno.

Por lo tanto, se debería admitir a priori la posibilidad, teórica cuando menos, de que lo que hicieron los animales no ha de haberle estado vedado al Hombre. Téngase presente que el Estrecho de Behring no ha existido siempre, pues durante el Pleistoceno fue -en varias ocasiones- un ancho puente cubierto de vegetación que gozaba de clima relativamente suave, ya que recibía la influencia benéfica del Kuro-Sivo, la cálida corriente marina de las costas del Japón(10).

(10) Testimonio de esto es que en la zona del Estrecho se hayan hallado moluscos y restos de árboles de clima templado. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976), cuarta edición. Ed. Sudamericana.

Se cree en la posibilidad de que las formas arcaicas del Hombre pudieron llegar a América durante el Paleolítico Inferior. En favor de esta tesis se podrían aportar algunas pruebas, como el hallazgo de unos molares fósiles en Miramar(11). Pero, dejando de lado esas más antiguas migraciones cuya realidad dista mucho de estar probada, apenas si podría dudarse de que con el Paleolítico Superior y el Homo sapiens comienza la inmigración definitiva.

(11) Sobre estos restos, hay un exhaustivo trabajo de M. A. Vignati. “Descripción de los molares humanos fósiles de Miramar”, en: Revista del Museo de La Plata – Sección Antropología, tomo I, pp. 271 a 358 (1936-1941). // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Como consecuencia de esto puede darse por seguro que el Hombre ingresó a América en época en mucho anterior a la que admitían Hrdlicka y su escuela.

El punto cuarto de la tesis de que estamos tratando expresa que, al llegar los primeros pobladores a América, se encontraban en un estado cultural muy primitivo, y que la ulterior evolución se realizó en este continente. Equivale esto a admitir que tanto las culturas neolíticas como las altas culturas que los españoles hallaron en América habían surgido de manera independiente, por desarrollo propio, en tierras americanas.

Es este otro punto de difícil aceptación en el estado actual de los conocimientos. Y esto no sólo porque es imposible demostrar que una cultura geográficamente aislada pueda ir desarrollándose por impulso propio a través de todas las fases culturales, cuanto porque si se admite que los elementos étnicos que poblaron América eran de origen diverso, se deberá también suponer que fueran distintos los elementos culturales de que eran portadores.

Como prueba de una evolución cultural por separado de nuestro continente, se suele a veces aducir el hecho de que muchos elementos de cultura del Viejo Mundo no se encuentran en territorio americano. El hecho es cierto, sin duda. Más que los americanos no conocieran la rueda, ni el arco arquitectónico, ni el vidrio, ni tantos otros elementos culturales propios del Viejo Mundo, no significa otra cosa que dificultades en el transporte, o una falta de relaciones entre América y los demás continentes en fecha posterior al invento de aquellos elementos de cultura, o al de su generalización en el Viejo Mundo.

Es decir que, al comenzar a generalizarse aquellos descubrimientos que -por lo general- pertenecen a las altas culturas, ya el poblamiento primitivo de América había terminado su ciclo.

No estará de más que advirtamos que la doctrina propugnada por la mal llamada “escuela norteamericana’’ y cuyos rasgos principales acabamos de exponer, ha perdido mucho de su primitiva rigidez. No son pocas las concesiones que se han hecho para ponerla más en consonancia con la marcha del tiempo. Más, pese a todo, no se puede negar que la misma ingresó en franca decadencia, lo que se profundizó tras la muerte de Hrdlicka.

c.- Las Relaciones Interoceánicas. Rivet

Junto con algunos descubrimientos recientes, han sido los trabajos del conocido etnólogo francés, eminente americanista y fundador y organizador del Musée de l'Homme de París, el doctor Paul Rivet, lo que más ha contribuido a hacer perder terreno a la hipótesis del origen único en Asia del hombre americano.

La fortaleza de los principios aislacionistas defendidos por Hrdlicka y su escuela, parecían no poder ser conmovidos cuando Rivet anunció, en una comunicación a la Académie des Inscriptions et Belles Lettres de París, del año 1924, haber logrado romper “el cerco que rodeaba América, y levantado una de las puntas del velo que cubría el misterio de su origen(12).

(12) Paul Rivet. “Les Mélaneso-polynésiens en Amérique” (1924), p. 335, París. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Rivet se encontraba, en efecto, en la ventajosa situación de poder demostrar, sobre base relativamente seria, la existencia de relaciones íntimas entre Oceanía y América, lo cual hizo en una serie de publicaciones aparecidas entre 1924 y 1926. De acuerdo con éstas, resultaba que, además de los indiscutibles vínculos que unen nuestro continente a Asia, se debía contar también con otros que enlazaban a América con el mundo oceánico.

En suma, la nueva tesis defendía la idea de que el poblamiento de América, lejos de haberse realizado sobre la base de inmigraciones asiáticas solamente, había contado con la colaboración de elementos procedentes de diversas partes del mundo, una de las cuales era indudablemente Oceanía.

En realidad, la idea de un origen múltiple de la población indígena americana es en mucho anterior a Rivet. En tiempos antiguos la defendieron autores diversos, entre los cuales cabe mencionar a Hugo Grocio, el historiador holandés del siglo XVII, quien admitía la participación de asiáticos, escandinavos y oceánicos en el poblamiento primitivo de nuestro continente.

De tiempos más recientes se puede recordar al antropólogo francés de Jean Louis Armand de Quatrefages de Breau -ya citado- quien consideraba que los americanos constituían una raza mixta, en cuya composición habían entrado elementos de origen diverso. Esta última tesis se acerca mucho al punto de vista sostenido por Salvador Canals Frau.

También son dignos de mención los antropólogos españoles Manuel Antón y Ferrándiz (1849 - 1929) y Luis Alberto Sánchez Sánchez (1900 -1994), quienes son partidarios de la posibilidad de que poblaciones oceánicas, africanas y europeas hayan llegado a América de manera casual(13).

(13) Armand de Quatrefages. “Introducción al estudio de las razas humanas” (1887), p. 618, París. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Los autores que defienden la tesis de un origen múltiple, y en parte oceánico, de la población americana, pueden ser también agrupados -desde el punto de vista práctico- en una sola escuela, pese a las diferencias que en detalle existen entre ellos, pues los puntos fundamentales de sus respectivas teorías poseen numerosos rasgos en común.

Común a todos ellos es, por de pronto, el rechazo absoluto de la homogeneidad racial que predica la escuela de Hrdlicka. No se ignora, por tanto, que si bien todos los americanos poseen algunos rasgos antropológicos comunes, no son menos los caracteres dispares.

Por otra parte, ninguno de los autores que incluimos en esta escuela niega que una gran parte de primitivos pobladores de América han de haber llegado de Asia. I.o único que en este aspecto hacen es combatir el exclusivismo de la escuela anterior, y rectificar criterios. Tampoco podía ser de otra manera ya que, como se ha expresado antes, son varios los caracteres físicos perceptibles en los americanos que señalan un indiscutible origen mongoloide de al menos uno de los elementos que intervinieron en el poblamiento primitivo de América.

Tampoco se puede dudar de que el Estrecho de Behring haya sido una de las vías de penetración a este continente y, tal vez la más importante. Recuérdese lo que también se ha dicho, que en varias oportunidades y en época en que el Hombre tenía plena existencia, ha existido allí un amplio puente por el que el deslizamiento de poblaciones era relativamente fácil y, aun en los momentos en que, como en la actualidad, en lugar de puente había un brazo de mar, tampoco eran invencibles las dificultades que se oponían al paso de una a otra ribera. En su parte más angosta, el Estrecho tiene sólo 90 kilómetros y aun en el medio hay algunas islas. De manera que se puede pasar de un continente a otro sin que en ningún momento se pierda de vista la tierra.

Pues bien, los aportes nuevos de Rivet al viejo problema son esencialmente dos, elaborados ambos sobre la base de numerosas comparaciones antropológicas, etnográficas y lingüísticas: demuestra que un elemento que él llama australiano, y que aún estaría presente entre Tehuelches y Onas de Patagonia y Tierra del Fuego, ha intervenido activamente en el poblamiento primitivo de América; y un segundo elemento, que Rivet denomina malayo-polinesio, y que es reconocible en numerosas partes del continente, habría hecho lo mismo.

Los argumentos que utiliza el autor para demostrar la presencia en América del elemento australiano son, ante todo, de índole lingüística. En las lenguas de Tehuelches y Onas, grupos supérstites de una antigua familia lingüística llamada Chon, encontró Rivet setenta palabras que eran coincidentes, en su fonetismo y en su semántica, con otras tantas de lenguas de Australia.

Luego recuerda que tanto Robert Fritz Graebner (1877 - 1934) como Wilhelm Schmidt (1868 - 1954) han señalado numerosas similitudes etnográficas entre los indios de Tierra del Fuego y los australianos. Ejemplos de estas similitudes serían el que los pueblos de una y otra parte ignoran la cerámica y la hamaca, usan mantos de pieles de los animales que cazan, habitan chozas construidas en forma de colmena, practican la técnica cestera en espiral y utilizan canoas hechas de corteza de árbol. Finalmente, entre los cráneos patagónicos conocidos aparecen numerosos rasgos que pueden llamarse australoides.

Respecto de las condiciones en que se habría realizado la inmigración desde Australia, tuvo Rivet algunas dificultades para fijarlas. Pues los australianos, que hoy viven en una gran isla, han demostrado siempre una gran ineptitud para la navegación, y su evolución cultural no ha llegado a conocer otras embarcaciones que simples balsas o los mencionados botes de corteza de árbol.

Por lo tanto, Rivet pareció al principio aceptar la sugestión hecha por Marcel Mauss (1872 - 1950), de que esos Australianos hubiesen podido llegar a estas tierras tripulando las embarcaciones en que hacían sus viajes los Malayo-Polinesios que, de todo tiempo, han sido conocidos como grandes navegantes.

Claro está que esta solución resultaba demasiado forzada. Es difícil comprender cómo un pueblo de navegantes como los malayo-polinesios puede haber podido apelar a individuos pertenecientes a otro pueblo -que desconocen por completo el arte de navegar- para que les tripulasen sus propias embarcaciones.

De ahí que el propio Rivet modificó posteriormente su opinión y aceptó la curiosa hipótesis del portugués António Mendes Correia de que, dado que la Antártida no había tenido siempre la misma extensión ni el mismo clima actual, sino que era antes mayor y de clima más benigno, los Australianos podían haber pasado desde su gran isla a América del Sur, a través de aquellas regiones.

La existencia del segundo de los mencionados elementos, el que Rivet denomina malayo polinesio, es demostrada por nuestro autor mediante la comparación de las lenguas americanas del grupo Hoka, de California, y las de la familia malayo-polinesia. Entre ambos grupos de lenguas, Rivet señaló 140 concordancias lingüísticas, lo que indicaría una muy débil alteración de los idiomas americanos.

Las coincidencias etnográficas, por su parte, son muy numerosas, pudiéndose señalar la presencia -en una y otra parte- de elementos culturales tales como la hamaca, las danzas rituales de enmascarados, los puentes de suspensión, el propulsor, que es un instrumento que sirve para lanzar dardos, la cerbatana, las mazas de guerra con cabeza de forma anular o de estrella, el tambor cilíndrico con membrana de piel, y otros. Desde el punto de vista antropológico, Rivet recuerda las afinidades de la llamada “raza de Lagoa Santa’’, que es lo que nosotros conocemos como tipo racial láguido, con los habitantes de Melanesia.

La llegada del elemento malayo-polinesio debería situarse en una época muy atrasada, aunque el autor no diga cuándo. El ingreso se habría producido por vía marítima.

Estos dos elementos étnicos, el australiano y el malayo-polinesio, habrían llegado a América en el orden citado y en época anterior a la invasión de los mongoloides asiáticos. La invasión de estos últimos, además de ser la más fuerte numéricamente, se habría superpuesto a las dos anteriores e impuesto a las poblaciones que encontró en estos territorios aquella serie de caracteres físicos externos que, como el color de piel y cabello, dan a los americanos ese aparente y externo aspecto de uniformidad que tantas veces se ha mencionado.

Ultimamente, y ya en época no muy apartada de nosotros, habrían ingresado los Esquimales, el pueblo de América cuyos caracteres mongólicos son más pronunciados y parte del cual vive todavía en Asia. En cuanto a las condiciones de ingreso del elemento mongoloide, Rivet acepta los principales postulados de la es cuela norteamericana(14).

(14) Rivet ha expuesto su tesis en varios trabajos, en francés. Una buena síntesis en español se hallará en sus “Orígenes del hombre americano” (1944), 244 páginas, México. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

En definitiva, la tesis de Rivet comporta el reconocimiento de que cuatro elementos étnicos distintos han intervenido en la formación de los pueblos americanos aborígenes, a saber:

- un elemento australiano;

- otro de habla malayo-polinesio, relacionado por sus caracteres físicos con los Melanesios;

- un tercer elemento asiático, que resulta mucho más importante que todos, y el que impuso al conjunto de habitantes indígenas de América una cierta uniformidad en el aspecto externo;

- un último elemento de origen uraliano, representado por los esquimales.

d.- Otras teorías de un origen múltiple

Si se prescinde de los detalles del proceso interpretado por Rivet, la posición de este autor frente al complejo problema del poblamiento primitivo de América es clara y sencilla. El mismo la ha resumido en unos conocidos párrafos que vamos a repetir aquí:

“La tesis del poblamiento de América por migraciones procedentes de Asia a través del Estrecho de Behring -ha dicho- contiene, sin duda alguna, una gran parte de verdad y explica muchos problemas americanos; pero no los explica todos. El único error de sus defensores ha sido el haber querido convertirla en tesis exclusiva.
“Por mi parte -ha agregado- acepto gustoso que la masa principal de la población americana sea de origen asiático, y que estos emigrantes asiáticos son los que uniformaron el aspecto físico exterior de todos los indios; pero me parece evidente que otros elementos étnicos han intervenido en esta población”(15).

(15) Paul Rivet. “Los orígenes del hombre americano” (1943), México. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Y no hay duda de que los datos mencionados por Rivet en apoyo de su tesis son asaz convincentes. Y lo que es muy importante, pertenecen a las tres ramas en que usualmente se divide la Etnología: Antropología, Etnografía y Lingüística.

Pues bien, establecida la alta probabilidad -por no decir certeza- de que en el proceso que se estudia han intervenido otros elementos además del asiático por nadie discutido, y desaparecido el llamado “miedo a las distancias”, han sido muchos los autores que se han propuesto explotar las posibilidades que la hipótesis de un origen multilateral ofrecía.

Esta circunstancia, de que sean muchos los investigadores que cabría incluir aquí, nos impide exponer las tesis de cada uno de ellos. Bástenos con saber que se debería mencionar los nombres de autores como Nils Erland Herbert Nordenskiöld, António Mendes Correia, Bruno Oetteking y otros, y que todos ellos acentúan la posibilidad de la presencia de elementos de origen oceánico en América.

Así, para el italiano Giuseppe Sergi, la población de nuestro continente estaría compuesta por una primera capa de origen autóctono, otra de origen asiático y una tercera de procedencia oceánica(16).

(16) Giuseppe Sergi. “De algunos personajes especiales en los nativos americanos”, en: Actas del XXII Congreso Internacional Americano, tomo I, pp. 155 a 167, Roma, 1928. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Una posición muy firme y decidida es la que, desde principios del siglo XX ha tomado la llamada “Escuela Histórico-Cultural”. Se trata de un grupo de etnólogos que, siguiendo las ideas del profesor alemán Fritz Graebner -expresadas aisladamente en una serie de trabajos, y luego de manera sistemática en un libro felizmente traducido al español- defiende la tesis de que la Etnografía es una ciencia cultural, una ciencia histórica(17).

(17) Fritz Graebner. “Metodología etnológica” (1940), 253 páginas, La Plata. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Y que cada una de las principales culturas que el mundo ha conocido ha surgido en un determinado lugar, desde donde se ha propagado luego a las demás regiones. No se trata, pues, de que cada pueblo desarrolle independientemente y por sólo su impulso propio su propia cultura a través de numerosas fases evolutivas, sino de que todos los pueblos estén sujetos al principio de la difusión cultural.

Y, naturalmente, América no hace excepción a ello. A esto se agrega que los principales tipos de cultura americana no son esencialmente autóctonos, como quiere la escuela de Hrdlicka, sino que se han constituido en diversas partes del Viejo Mundo de donde proceden.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que, por lo general, las culturas son incapaces de migrar por sí solas, desprendidas del factor humano que las ha creado y las alimenta, lo dicho anteriormente equivale a expresar que han sido varios los elementos que intervinieron en el poblamiento de América. Y muy de acuerdo con esto, el Padre Wilhelm Schmidt, que es el más caracterizado representante de esta tendencia, admite que en la formación de los pueblos y culturas americanos primitivos fueron, al menos, cinco los elementos que intervinieron: tres de éstos son muy arcaicos y de cultura inferior; un cuarto es neolítico y de cultura matriarcal; y el último, de origen oceánico, trajo consigo las bases de la alta cultura(18).

(18) Wilhelm Schmidt. “Antecedentes culturales y culturales en América del Sur” (1913), en: “Zeitsche. Ethnol.”, XLV, pp. 1.014 a 1.124, Berlín. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

También el antropólogo alemán Egon Freiherr von Eickstedt (1892 - 1965) ha expresado sus ideas respecto del poblamiento de nuestro continente, y es partidario de la hipótesis de un origen múltiple. Según él, las primeras inmigraciones serían de edad pleistocena y estarían representadas por un elemento dolicocéfalo que todavía subsiste en varios tipos raciales aún presentes en la actualidad. Los elementos braquicéfalos serían posteriores, y los oceánicos los últimos en llega(19).

(19) Egon Freiherr von Eickstedt. “La ciencia de la raza y la historia de la raza de la humanidad” (1934), 936 página, Stuttgart. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Pues bien, una síntesis de los puntos de vista de la escuela Histórico-Cultural y los de von Eickstedt es lo que ha tratado de realizar el profesor José Imbelloni (1885 - 1967), de Buenos Aires. Imbelloni, como Rivet, ha perdido el miedo a las distancias. Pero es poco favorable a la admisión de influencias ambientales en la plasmación de los tipos americanos.

Es por esto que parte del principio de que cada uno de los tipos o grupos raciales que podemos discernir hoy día en América, debe ser considerado como el producto de una invasión distinta. Es decir, que cada oleada de pobladores trajo al continente un tipo racial distinto. Y como nuestro autor reconoce, de acuerdo con lo establecido por von Eickstedt, que existen nueve tipos raciales americanos, así los elementos inmigrados han de estar de acuerdo con esta cifra.

Antes de exponer su propia tesis sobre número y calidad de esas distintas oleadas de pobladores, Imbelloni somete a una crítica severa, pero provechosa, a las ideas expresadas por Rivet. Se tiende con ello a fijar claramente el alcance de algunos conceptos que en el autor francés y en algunos partidarios de su tesis estricta(20), habían quedado sin definir.

(20) Por ejemplo, George Montandon, quien en su libro “La raza, las razas” (1933), París, se muestra partidario de que “los australianos navegaron hasta la isla de Pascua y hasta América, en piraguas polinesias... en calidad de esclavos”. Cabe agregar que el concepto de raza es recurrente en estos investigadores, concepto que ha perdido credibilidad como elemento de clasificación. La moderna Antropología Genética se ha impuesto y actualmente podemos hablar de diferencias anatómicas en base a conceptos brindados por la genética y el ambiente. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Según el autor argentino, la tesis estricta de Rivet adolecería de una falta de distinción entre lo que es la naturaleza etnográfica de un complejo de cultura y la naturaleza biológica de una entidad racial, pues Rivet, al mencionar las numerosas concordancias antropológicas, culturales y lingüísticas que unen Oceanía con nuestra América, admite sin mayor examen que fueron los mismos Australianos, Melanesios y Polinesios que conocemos hoy, los que en época remota, anterior a la llegada de los mongoloides asiáticos, se extendieron por territorio americano.

En cambio, frente a esta explicación simplista del maestro francés, el italiano Renato Biasutti había ya comprendido que al hablar de inmigraciones de Australia, de Melanesia o Polinesia, no debemos referirnos concretamente a los pueblos actuales llamados Australianos, Melanesios o Polinesios, sino a sociedades humanas anteriores, que en serie sucesiva y cada una en su tiempo, habrían dominado el área asiático-pacífico antigua, y que en parte se han conservado intactas en la gran isla de Cook o Australia, en los archipiélagos del Mar de Coral o en las islas de la Polinesia.

Es decir que, de acuerdo con esta nueva visión, el hecho del poblamiento no estaría ligado con los pueblos históricamente conocidos, sino más bien con otros innominados que en un momento dado de la evolución cultural dominaron en la parte occidental de Asia y se difundieron por las regiones del Pacífico, en la misma forma en que actualmente se propagan las culturas europeas por todos los ámbitos terrestres.

En la mayor parte de regiones que esos pueblos y culturas ocuparon, los rastros de su permanencia han quedado más o menos borrados, debido a la superposición de otros pueblos y culturas que posteriormente ocuparon los mismos territorios. En algunas partes, en cambio, algunos restos de esas antiguas poblaciones han llegado hasta nuestros días.

Así, en Australia, por una situación muy especial de ese continente, la población indígena ha permanecido casi en la misma situación en que se hallaba cuando se realizó la gran expansión australoide y, en otras partes de Oceanía, han quedado igualmente pequeños restos de otras expansiones.

Puesto el asunto sobre esta nueva base, la antigua discusión se simplifica mucho. Y es así que tanto el problema de la ruta seguida por los inmigrantes oceánicos, como el de la llamada “puerta de entrada” -que tanta importancia tenían en las teorías del origen único y asiático del hombre americano- bajo el nuevo enfoque pasan a ser cuestiones secundarias, en manera alguna determinantes.

Para la escuela de Hrdlicka, que partía del principio de que los americanos ingresaron al continente dotados de una cultura inferior y que, por lo tanto, no podían conocer la navegación, el supuesto de que los grupos de primitivos pobladores de América tenían necesariamente que pasar por el Estrecho de Behring, por ser ésta la única vía natural terrestre o semiterrestre abierta al hombre portador de aquellas culturas, era de importancia primordial, cuestión de vida o muerte.

Pero con la nueva explicación, no sólo se entiende mejor el problema, sino que tampoco queda tiempo para discutir las fantásticas migraciones de pueblos oceánicos a través de continentes perdidos o a bordo de embarcaciones de los Polinesios, pues se entiende que la expansión de los pueblos circumpacíficos se hizo con los medios que la respectiva cultura ofrecía, es decir, que las migraciones eran por vía marítima cuando se conocía el arte de navegar, y por vía terrestre en los demás casos.

teoras del poblamiento de amrica

En cuanto a la tesis propia de Imbelloni, este autor admite las oleadas siguientes:

1.- Un primer contingente de pobladores arcaicos llegado por vía terrestre, que Imbelloni compara, física y culturalmente, con los desaparecidos tasmanios. Eran estos los aborígenes de la isla de Tasmania, y algunos autores los consideran como de cultura la más primitiva que haya llegado hasta los tiempos modernos; sus descendientes americanos serían los Fueguinos.

2.- Una segunda oleada de gente parecida a la australiana. Eran de alta estatura, de cabeza alargada y de cultura igualmente inferior. Su ingreso a este continente fue también por vía terrestre. Sus descendientes directos serían los Patagónidos sudamericanos y los indios de las praderas de Norteamérica.

3.- Una tercera invasión de grupos análogos a los habitantes de Melanesia. Es decir, gente negroide, de baja estatura, muy dolicocéfala e igualmente portadora de una cultura inferior. Ingresó también por la vía terrestre del Estrecho de Behring, y los Láguidos del Brasil serían sus actuales representantes.

4.- Un cuarto contingente de aspecto parecido al de los protoindonesios. Se entiende referir con este nombre a la población de las islas de la Malasia, anterior a las invasiones desde la India. La conformación craneana de esta gente se encontraría entre la braqui y la dolicocefalia. Su llegada a América habría sido por la vía marítima, y los grupos, cuyos descendientes serían los actuales Brasílidos, eran portadores de las primeras culturas de tipo medio.

5.- Una oleada quinta compuesta por elementos muy mongolizados, de estatura media, braquioides, y portadores de una cultura media henchida de posibilidades de evolución. No dice el autor cuál habría sido la puerta de entrada al continente, pero sí que eran los antecesores de los actuales Andidos y de los indios del sudoeste de Estados Unidos, llamados Pueblos.

6.- Una sexta oleada de gente genuinamente indonesia. De estatura baja, de cabeza redonda y dotada de facultades estadopoyéticas, crearon la alta cultura centroamericana, posteriormente extendida a otras regiones de América.

7.- Una serie de contingentes posteriores y recientes, entre los que se cuentan los esquimales y los indios del Noroeste de Norteamérica que constituyen los Pacífidos.

Imbelloni reproduce la advertencia en el sentido de que esas oleadas de pobladores humanos no deben ser tenidas como expresión de conscientes empresas de conquista o colonización, sino como simples difusiones en el espacio de los pueblos que otrora dominaran en la parte más oriental del Viejo Mundo. Las oleadas primeras, las más antiguas, deben considerarse de edad pleistocena, mientras que las más recientes pueden situarse en los primeros siglos de nuestra Era(21).

(21) José Imbelloni ha expuesto su tesis principalmente en un pequeño trabajo, síntesis de una conferencia radial que se publicara en el tomo de la revista “Cursos y Conferencias” (1938), Buenos Aires. Luego, en otro resumen -publicado en inglés- en el tomo I, pp. 309 y sgtes. del “Acta Americana” (1943), México. // Citado por Salvador Canals Frau. “Prehistoria de América” (1976). Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Terminaremos este apartado, trayendo al lector a Salvador Canals Frau(22), quien habla de “corrientes de población”:

a.- los dolicoides primitivos de cultura inferior;

b.- los canoeros mesolíticos;

c.- los indonesios, que trajeron al continente las formas somática y cultural propias del Neolítico; y,

d.- los polinesios, que trajeron elementos propios de la alta cultura.

(22) Salvador Canals Frau (1893 - 1958), fue un etnólogo, antropólogo y americanista español que se especializó en el estudio de la prehistoria de América. Realizó sus estudios en Francfort y posteriormente se radicó en la Argentina, donde fue profesor de las universidades de Buenos Aires y Cuyo. Fundó en Mendoza el Instituto de Etnología Americana. En 1950 fue uno de los primeros antropólogos en sostener la hipótesis del poblamiento de América en múltiples orígenes, corrientes y rutas, señalando al menos cuatro -como las decisivas- contra la entonces dominante teoría del ingreso por Behringia de Alex Hrdilcka. Sus tres obras principales fueron: “Prehistoria de América” (1950), “Las poblaciones indígenas de la Argentina” (1953) y “Las civilizaciones prehispánicas en América” (1955).

Para este autor, entre los tipos raciales que habitaron América, los difundidos en territorio argentino fueron los láguidos (en la parte oriental de la Mesopotamia), los huárpidos (en el centro y noroeste); y los patagónidos (en el Litoral, región pampeana y Patagonia).

Las altas culturas llegaron a América por vía marítima desde Polinesia. Hay semejanzas antropológicas, etnográficas y lingüísticas que permiten establecer conexiones etnológicas entre Polinesia y América.

Francisco P. Moreno, en 1890, tenía esa opinión, señalando el hallazgo de piedras y maderas de Polinesia en sitios de América del Sur y diciendo que “las relaciones entre las razas antiguas americanas y polinésicas han sido mayores que las admitidas generalmente”. Así, por ejemplo, la lengua quechua y las de Polinesia tienen semejanzas: por ejemplo, la batata es una planta indígena cultivada en Oceanía y América; en ambos lugares se la conoció como “kumara”, lo que dá la idea de las indicadas coincidencias.

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