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Hipótesis, teorías y trabajo de campo. La ciencia en busca de la verdad

Hasta hace poco, la arqueología del poblamiento de América estuvo dominada por preocupaciones empíricas y, aunque produjo una gran cantidad de información, no generó discusiones teóricas significativas ni motorizó avances metodológicos importantes.

Ya vimos en apartados anteriores cómo primero se acudió a la Biblia y a los mitos (siglos XVI al XIX) para luego desarrollar teorías en las cuales predominaban los enfoques histórico-culturales que tenían como objetivo situar en el tiempo y en el espacio a las llamadas “culturas arqueológicas” (siglo XX).

La búsqueda de estas “culturas” implicaba asumir que los grupos humanos específicos producían asociaciones más o menos constantes de materiales (en cuanto a las materias primas utilizadas para la confección de instrumentos de piedra, técnicas de manufactura empleadas y tipos de instrumentos confeccionados) que podían ser identificadas arqueológicamente.

Estas asociaciones (denominadas industrias o fases o incluso culturas) eran consideradas verdaderos indicadores de grupos étnicos y, por lo tanto, podían ser utilizadas para identificar y diferenciar etnias específicas (se entiende por etnia a un grupo de personas que se autodefine como parte de un mismo grupo de pertenencia).

Se imaginaba a estos grupos llevando artefactos con características propias y distintivas de un extremo a otro del continente y, en consecuencia, se interpretaba al área de dispersión de estos tipos artefactuales característicos como reflejos directos de “su” territorio.

Se hacían comparaciones a larga distancia sobre la base de similitudes de objetos aislados, siendo las puntas de proyectil los elementos preferidos para tales argumentos. El famoso libro de síntesis del arqueólogo norteamericano Gordon Willey, “Una introducción a la arqueología americana” (1969 y 1971), es un buen ejemplo de esto.

- El descubrimiento del yacimiento Folsom // 1927, un año bisagra

En 1908, George McJunkin encontró unos enormes huesos en un barranco de la aldea Folsom, Nuevo México. McJunkin, un esclavo liberado por la Guerra Civil estadounidense, era geólogo, astrónomo, naturalista e historiador aficionado y durante años intentó llamar la atención de los vecinos de Folsom sobre la probable antigüedad de los huesos(1).

(1) Douglas Preston (1997): “Los fósiles y el vaquero Folsom”, artículo en inglés en la revista “Natural History”, 106, pp. 16-22.

En 1926, cuatro años después de la muerte de McJunkin, el director del Museo de Historia Natural de Colorado, Jesse D. Figgins, se enteró del lugar y descubrió varias puntas de flecha de un estilo muy refinado que luego volverían a encontrarse en Clovis y otros yacimientos. Una de ellas estaba incrustada en la tierra que rodeaba al hueso de un ejemplar de bisonte extinto miles de años atrás.

Figgins llevó las puntas de lanza a Washington DC para enseñárselas a Aleš Hrdlicka, en el Instituto Smithsoniano quien, si bien lo trató cortésmente y le sugirió una serie de reglas metódicas para el caso de nuevos descubrimientos, se mantuvo sumamente escéptico y consideró hasta el fin de su vida que Folsom no constituía una prueba concluyente de que América hubiera estado poblada durante el Pleistoceno(2).

(2) Charles C. Mann. “1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón” (2006), pp. 195-199. Ed. Taurus, Madrid.

En Agosto de 1927, el equipo de Figgins encontró una punta de lanza ubicada entre dos costillas de bisonte. Figgins envió un telegrama y tres científicos viajaron para ser testigos del hecho e informar de la seriedad del hallazgo. En ese momento, la comunidad científica estadounidense comenzó a aceptar la importancia del yacimiento de Folsom. Habían sido datados en 10.285 AP.

El debate sobre el poblamiento americano se ha polarizado desde 1927 en dos opiniones que a veces parecen más actos de fe que hipótesis basadas en los pilares de la ciencia contemporánea. A partir de la visita de un panel de expertos al sitio Folsom, la discusión giró en torno a

1.- si las bandas de cazadores recolectores que utilizaban una particular punta de proyectil acanalada (también denominada Folsom en honor al sitio homónimo), especialmente diseñada para cazar grandes mamíferos -actualmente extintos- en las llanuras norteamericanas eran, efectivamente, los primeros pobladores del continente; o
2.- si hubo un poblamiento más antiguo, de gente que no utilizaba este tipo de puntas.

- El descubrimiento de la cultura Clovis

En 1929, Ridgely Whiteman, un joven indígena de 19 años que venía siguiendo las investigaciones que se estaban realizando en la cercana localidad de Folsom, escribió una carta al Instituto Smithsoniano sobre una serie de huesos que había encontrado en la aldea de Clovis (en el Estado de Nuevo México).

En 1932, una excavación realizada por un equipo dirigido por Edgar Billings Howard, de la Universidad de Pensilvania, confirmó que se trataba de un asentamiento indígena durante el Pleistoceno y verificó el tipo especial de punta de flecha que sería conocida como “punta Clovis”. Al ser descubierta la datación por 14C, en 1949, el método fue aplicado en los yacimientos de Clovis, resultando en antigüedades que oscilaban entre el año 10.900 y el 11.500 a. C.

La datación por radiocarbono determinó los años 9500 a 8900 AP y, tras una revisión, se corrigió a 9050 a 8800 AP. Desde la década de 1930 y, sobre todo, desde la confirmación de las fechas por el método del 14C, la comunidad científica estadounidense -organizada alrededor del Instituto Smithsoniano- aceptó que la cultura Clovis era la más antigua de América y que estaba directamente relacionada con la llegada de los primeros hombres.

Esto se conoció como “consenso Clovis” y tuvo gran aceptación mundial hasta fines del siglo XX. El “consenso Clovis” fue la base de la teoría del poblamiento tardío de América.

Con el descubrimiento -en 1929- del sitio Blackwater Draw, un poco más antiguo que Folsom, cerca de la ciudad de Clovis, en Nuevo México, se consolidó la idea de que los primeros pobladores habían llegado al continente en el último milenio del Pleistoceno (alrededor de 11.000 años AP) y que eran cazadores de mastodontes (Haplomastodon), mamuts (Mammuthus columbi) y de una especie extinta de bisontes (Bison antiquus).

En este sitio se registraron puntas de proyectil similares a las Folsom conocidas actualmente como “Clovis”. Hoy sabemos que los límites cronológicos de la llamada “cultura Clovis” se encuentran alrededor de los 11.200 años radiocarbónicos AP(3).

(3) Sobre la definición de estas cronologías es importante hacer aquí un paréntesis y aclarar que las fechas expresadas en “años radiocarbónicos antes del presente” (años 14C AP) no son equivalentes a fechas calendáricas convencionales sino que, para ello, debe aplicarse un factor de corrección o calibración que enmienda un error inherente al método de datación radiocarbónico. Para efectuar esta corrección, existen dos modalidades que, por haber sido desarrolladas para muestras del Hemisferio Norte, necesitan una segunda corrección para materiales procedentes de Sudamérica (Rubinos Pérez, 2002). Aunque esta segunda corrección requiere un volumen mayor de datos para su ajuste, la cantidad de años implicados en el error (alrededor de 25) no sería relevante. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Teniendo esto en mente y a fin de evitar la introducción de nuevos factores de distorsión, en este libro nos referiremos exclusivamente a edades radiocarbónicas, pues es así como son habitualmente informadas por los investigadores en sus publicaciones.

Sin embargo, para tener una idea de la magnitud de las diferencias entre ambas edades, se puede considerar -de manera aproximada- que una muestra de 12.000 años 14C AP tiene una antigüedad cercana a los 14.000 años calendáricos AP.

Anclados en la discusión generada alrededor de las ocupaciones más tempranas del continente y de las características de los grupos asociados a ellas, en las décadas de los sesenta y setenta proliferaron los arqueólogos que proponían la existencia de sitios anteriores a Clovis (o sea previos a 11.500 años 14C AP, que era la edad máxima de Clovis considerada en aquellos tiempos).

El debate alcanzó en ese momento un punto álgido y en él participaron muchos arqueólogos norteamericanos (véase, entre muchos otros, Bryan, 1973, 1975; Haynes, 1974; Lynch, 1974; Martin, 1973; McNeish, 1976), aunque algunos investigadores latinoamericanos como Augusto Cardich, Juan Schobinger, Rodolfo Casamiquela, José Luis Lorenzo, Gonzalo Correal y José Cruxent también hicieron oír su voz.

Sin embargo, pocos de los supuestos sitios pre-11.500 años 14C sobrevivieron a las críticas minuciosas que reclamaban, para su aprobación, contextos poco alterados con asociaciones estratigráficas claras y dataciones radiocarbónicas confiables.

En la década de los ochenta los trabajos de síntesis presentaron y discutieron, basándose casi exclusivamente en la información aportada por sitios arqueológicos, los modelos más importantes de la época (p. ej., Ardila y Politis, 1989; Dincauze, 1984; Lynch, 1991; Owen, 1984).

a.- Uno de los modelos reconocía a la cultura Clovis como la primera población que ocupó el continente, aproximadamente unos 11.500 años 14C AP, descendiendo de antecesores asiáticos mongoloides. Este modelo era el más “conservador” y fijaba un piso cronológico a partir del cual todos los investigadores estaban de acuerdo. Es decir, el continente americano había sido poblado por lo menos a fines del Pleistoceno por gente especializada(4) en la caza de mastodontes y bisontes que utilizaba tipos de puntas de proyectil técnicamente muy elaborados: las llamadas puntas Clovis.

(4) En un trabajo (Waguespack y Surovell, 2003), en el que se estudiaron los restos de animales asociados a los principales y mejor preservados sitios Clovis, se concluye que, si bien se explotaban numerosas especies de fauna, había una clara especialización en la caza de proboscidios (mamuts y mastodontes) y, en menor medida, bisontes. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

b.- El segundo modelo proponía antigüedades un poco mayores (entre 15.000 y 20.000 años) y se basaba, entre otros, en los datos que Richard McNeish había publicado sobre la Cueva de Pikimachay, en los Andes Centrales (Perú), y en la evidencia que comenzaba a emerger en ese entonces de dos de los sitios más significativos y debatidos del continente: Monte Verde, en el sur de Chile, y la Cueva de Meadowcroft, en el centro-este norteamericano.

Algunas dataciones obtenidas en sitios sudamericanos, tales como los 13.000 años 14C AP de Taima Taima, en Venezuela o, los 12.600 años 14C AP en la Cueva de los Toldos, en la Patagonia argentina, eran a veces tímidamente considerados.

c.- El tercer modelo proponía antigüedades mucho mayores, entre 60.000, 70.000 y hasta 100.000 años, y basaba su argumentación en sitios como Pedra Furada, en Brasil, y el cuestionado Calico Hill, en Estados Unidos. Mientras que el primero de estos sitos está aún en pleno debate, el segundo ha sido ya dejado de lado.

d.- Por último, unos pocos investigadores como María Conceçao Beltraõ y Henry de Lumley propusieron, incluso, antigüedades extremas dentro del Pleistoceno Medio, basándose en las dataciones del sitio Toca da Esperança, en Brasil.

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