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El poblamiento de las planicies interiores de Norteamérica

Los principales y más fuertes debates surgidos en torno al poblamiento americano tuvieron su punto álgido en Estados Unidos. Este debate no sólo estuvo enfocado en cuándo se produjo el ingreso de la especie humana en el continente, sino también en el quiénes fueron los primeros americanos.

Un hito importante en la trayectoria de este debate se produjo a partir de la década del treinta, cuando la mayoría de los arqueólogos estadounidenses pareció coincidir, por fin, en que los pobladores más tempranos convivieron con los grandes mamíferos extinguidos luego del último avance glacial.

Esto implicaba el reconocimiento de que la presencia humana en el Nuevo Mundo se remontaba, cuanto menos, al Pleistoceno final, idea poco favorecida luego de la estrepitosa caída de la hipótesis del origen americano de la Humanidad propuesta por Ameghino y de la popularidad que tenían las ideas de Hrdlicka sobre un poblamiento muy tardío -posterior a los 10.000 años AP- de América.

mapa de los sitios norteamericanos
Mapa con la ubicación de los sitios de Norteamérica mencionados en el texto: 1.- Broken Mammoth/Mead/Swan Point; 2.- PET-408; 3.- Richardson Island/Kilgii Gwaay; 4.- Colby; 5.- Daisy Cave/Arlington Springs; 6.- Murray Springs; 7.- Folsom; 8.- Clovis; 9.- Lubbock Lake; 10.- Jake Bluff; 11.- Paleo Crossing; 12.- Saltville; 13.- Meadowcroft Rockshelter; 14.- Cactus Hill; 15.- Topper; 16.- Gault.

Aun cuando la coexistencia entre sociedades cazadoras recolectoras y megafauna había sido planteada varias décadas antes, sólo a partir de los años ‘30 recibió una aceptación masiva por parte de la comunidad arqueológica norteamericana.

La generalizada aceptación de esta idea fue inducida por un hallazgo efectuado cerca de Folsom, una pequeña ciudad ubicada en el Estado de Nuevo México (Estados Unidos). Allí fueron encontrados objetos líticos con evidencias de haber sido confeccionados por seres humanos, en asociación inequívoca con restos óseos de una especie extinta de bisonte (Bison antiquus). El más elocuente de estos hallazgos fue una punta de proyectil incrustada entre las costilla del bisonte.

El escepticismo reinante en el ámbito académico de esa época, respecto del temprano poblamiento de América, llevó a que varios arqueólogos de reconocida trayectoria viajen al sitio y prueben directamente la veracidad del hallazgo. El resultado de la visita fue la aceptación unánime de esta evidencia y el reconocimiento del origen humano de la acumulación de los huesos y de los artefactos líticos.

Algunas décadas después -y luego de la aparición del método de datación radiocarbónica- los restos de esta ocupación fueron fechados en poco más de 10.000 años 14C AP. Los indígenas que ocuparon este sitio y muchos otros con similares características detectados con posterioridad, confeccionaban un tipo particular de punta de proyectil caracterizada por la presencia de una acanaladura longitudinal en una o ambas caras (véase Figura 1).

puntas folsom
Figura 1. Puntas Folsom.

El análisis de estos contextos permitió plantear que se trataba de bandas altamente móviles que organizaban su vida en torno a la caza de bisontes.

En las décadas siguientes al descubrimiento del sitio Folsom, los hallazgos de materiales líticos asociados con megafauna se hicieron cada vez más frecuentes. Entre estos nuevos sitios, además de incluirse muchos atribuidos al tipo “Folsom”, se destacan otros que comparten varias características con ellos, pero que son un poco más antiguos.

Estos conjuntos se conocen genéricamente como Clovis (entre otros, Paleo Crossing, Murray Springs, Colby, Jake Bluff, Gault, Lubbock Lake, etc.) y, por muchos motivos, pronto se convertirían en el centro del debate sobre el poblamiento americano. Estos sitios fueron reportados en diferentes puntos del actual territorio de los Estados Unidos y sur de Canadá y definidos a partir de sus distintivos y más recurrentes componentes:

punta del tipo clovis
Figura 2. Punta del tipo Clovis procedente del sitio Cactus Hill.

1.- manufactura y utilización de un tipo especial de grandes puntas de proyectil bifaciales (hasta 15 centímetros de longitud) con una acanaladura en una o ambas caras -similares a las Folsom- cuya función habría sido facilitar y fortalecer su sujeción con el astil de madera(1) (Figuras 2 y 3);

(1) Una evidencia directa de que la acanaladura fue empleada para facilitar la unión de la punta lítica con el astil, es la presencia de pulido intencional de los laterales afilados de la base adyacente a la acanaladura. Este pulido se habría efectuado para eliminar el filo cortante de la punta, a fin de evitar que perjudique las correas de cuero empleadas para la atadura . // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

2.- empleo de materias líticas en forma de grandes hojas, obtenidas mediante percusión de bloques conocidos como “núcleos de hojas” (no se registraron evidencias de uso de microhojas como las típicas del Paleolítico de Siberia);

3.- confección y uso de instrumentos de marfil (p. ej. agujas y puntas de proyectil) y utilización de ocre rojo(2). Incluso, algunos autores creyeron suficientes estos atributos para considerar que Clovis no sólo constituye un tipo especial de contexto arqueológico, sino también una “cultura”, es decir, el correlato arqueológico de un grupo cazador-recolector discreto claramente diferente de otros.

(2) En las sociedades aborígenes de la Patagonia era muy común la aplicación del mismo tipo de ocre sobre el rostro, no sólo como ornamento sino también para proteger la piel contra el viento, el sol y las bajas temperaturas. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

reconstruccin del tipo clovis
Figura 3. Reconstrucción de punta Clovis enmangada (de Bruce Bradley, tomada de “Discovering Archaeology” 2 [1], 2000).

Luego de una reevaluación de la cronología de todos los sitios Clovis, efectuada por los investigadores norteamericanos Michael Waters y Thomas Stafford, se concluyó que su edad más probable estaría entre los 11.050 y los 10.800 años 14C AP. Los tres más antiguos se encuentran en el centro-este, centro y sudeste de Estados Unidos (Montana, South Dakota y Florida), mientras que los más recientes aparecen en el centro y sudoeste. Teniendo en cuenta esta antigüedad y la ubicación geográfica de los sitios, no se reconoce ninguna tendencia que sugiera alguna dirección específica en el desplazamiento de los grupos (p. ej. norte-sur, este-oeste, etc.). Lo único que parece claro -con la evidencia actualmente disponible- es que la gente que generó los conjuntos Clovis ocupó una extensa región en un período relativamente corto, con una duración poco mayor a los 200 años.

La aparente homogeneidad de los sitios Clovis, su amplia y rápida dispersión espacial y, sobre todo, su cronología temprana, le dieron a esta “cultura arqueológica” un papel central en la arqueología americana. Rápidamente, los arqueólogos norteamericanos acordaron en considerar a la “gente Clovis” como principal protagonista en el escenario del poblamiento americano. Es decir, Clovis se convirtió en el referente arqueológico de los primeros humanos que ocuparon el continente y una base cronológica y cultural sobre la cual existía un consenso generalizado entre los especialistas.

La discusión que cobraría cada vez mayor significación se refiere a si había o no gente en el continente al momento del arribo de Clovis. El modelo de poblamiento que defiende a Clovis como la manifestación cultural, la huella humana más antigua en América, es conocido como Clovis-first (Clovis-primero) y se mantiene con mucha vigencia y apoyo en el ámbito académico, principalmente en América del Norte.

En términos generales, desde este modelo se propone que, alrededor de 11.500 años 14C AP (ó 11.050, según plantearon Waters y Stafford), las primeras bandas de cazadores recolectores que ingresaron a América lo hicieron a través del puente intercontinental de Behringia. Una vez en Alaska, estas bandas habrían alcanzado el centro y sur de Norteamérica a través del único corredor libre de hielos disponible en ese momento (corredor de Alberta), ubicado entre los enormes glaciares que cubrían la mayor parte del actual territorio de Canadá.

Estos indígenas organizaron su economía, movilidad y asentamiento sobre la base de la práctica de la caza especializada de mamíferos de gran tamaño -como mamuts- y, en menor medida, bisontes(3). Para ello utilizaban armas arrojadizas similares a lanzas con puntas líticas muy elaboradas y, posiblemente, empleaban al mismo tiempo sofisticadas técnicas de caza comunal (Figuras 4 y 5).

hombres cazando mamut
Figura 4. Hombres cazando mamuts (de Greg Harlin, tomada de “Arqueología y etnografía de interés común en el interés público”, primavera/verano 2000, pág. 27. Programa de Arqueología y Etnografía del Servicio Nacional de Parques, Washington).

(3) G. Haynes. “El asentamiento temprano de América del Norte. La Era Clovis”. Cambridge University Press, 2002. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

La velocidad de dispersión de la “gente Clovis” habría estado vinculada con las pocas dificultades para el avance por la gran abundancia de recursos animales -y relativa facilidad para la caza por no estar acostumbrados a este nuevo predador- y por la ausencia de otras sociedades potencialmente competidoras.

Hasta aquí la hipótesis de que los grupos Clovis fueron los primeros humanos en dispersarse por el continente americano parece la forma más simple y parsimoniosa de ordenar la información. Más aún considerando la ausencia de evidencias humanas más tempranas que Clovis en Behringia, la aparente imposibilidad de ingresar a América por vía continental durante y algún tiempo después del máximo avance glacial y, posiblemente también, la extinción repentina de la megafauna, objeto de caza de estos grupos.

Esta aparente fortaleza del modelo “Clovis-primero” llevó rápidamente a su aceptación casi dogmática y a que toda nueva evidencia humana con una cronología más temprana a la de Clovis (o sea pre-Clovis) sea considerada per se poco confiable por la comunidad científica.

De la misma manera, también fueron sospechados y, en algunos casos desestimados, los contextos arqueológicos de igual cronología pero con asociaciones y tipos de materiales diferentes a los esperados en un sitio Clovis.

hombres cazando bisontes
Figura 5. Reconstrucción de una escena de caza comunal de bisontes.

A pesar de que el modelo “Clovis-primero” se ha mantenido vigente en el ámbito científico -principalmente norteamericano- la información generada durante las últimas tres décadas ha ido modificando y minando cada vez más este escenario del debate. Con esto en mente, cabría hacerse en este momento dos preguntas importantes:

1.- ¿se conocen en América del Norte reportes de sitios arqueológicos con una antigüedad mayor que la de los sitios Clovis más tempranos?; y
2.- ¿todos los sitios fechados dentro del período de expansión de Clovis presentan contextos asimilables a esta “cultura”?(4).

(4) En el sentido de C. V. Haynes Jr.: “¿Fueron progenitores de Clovis en Behringia?”, en: “Paleoecología en Behringia”, editado por D. M. Hopkins, J. V. Matthews Jr., C. E. Schweger y S. B. Young. Academic Press, Nueva York, 1982, pp. 383-399. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

En cuanto a la primera pregunta, se debe remarcar que hay varios sitios en los que se han obtenido fechas previas a los 11.050 años 14C AP. Aunque la mayor parte de ellos no se ha mantenido en pie luego de la exhaustiva reevaluación de todas las evidencias y del estudio de los procesos de formación de estos sitios, en algunos casos no pueden ser descartados.

Uno de los más conocidos y debatidos sitios pre-Clovis es Meadowcroft Rockshelter (Pensylvannia), excavado por James Adovasio y su equipo a fines de los ´70 y principios de los ´80 (Figura 20). Este sitio se encuentra en el interior de una cueva(5), cerca de un cauce tributario de río Ohio.

(5) La alta frecuencia de sitios arqueológicos ubicados en el interior de abrigos rocosos -como cuevas o aleros- es un aspecto recurrente en todo el continente y responde a las mayores posibilidades que presentan para conservarse y para ser hallados. Por lo tanto, esto no implica que las sociedades aborígenes hayan empleado los aleros más asiduamente que los espacios abiertos para sus asentamientos. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Es un sitio multicomponente, es decir, que presenta evidencias de haber sido ocupado en diferentes momentos a lo largo del tiempo. Según los fechados efectuados sobre los materiales de los niveles más profundos, sobre los cuales existe un exacerbado debate, el sitio habría sido ocupado por un pequeño grupo de cazadores recolectores alrededor de 14.000 años 14C AP.

Uno de los aspectos más interesantes de este sitio -además de su antigüedad- es que los moradores de la cueva habrían llevado una forma de vida y empleado tecnologías diferentes a la de los cazadores Clovis. En efecto; la subsistencia no estuvo basada en la caza especializada de mamíferos de gran tamaño, sino que se habría establecido sobre el aprovechamiento de una gama de recursos mucho más amplia y diversa, o sea, un tipo de economía generalizada.

Los ocupantes de la cueva no sólo habrían aprovechado venados y otros animales de menor porte, sino también diversos productos vegetales. En cuanto a los instrumentos líticos empleados -y a diferencia de la gente Clovis- en Meadowcroft Rockshelter se usaron con frecuencia materias primas líticas en forma de pequeñas hojas obtenidas mediante una sofisticada y estandarizada técnica, similar a la conocida para el Paleolítico de Siberia. La única punta de proyectil identificada, no presenta la acanaladura característica de las Folsom y Clovis.

Es importante señalar que, para algunos investigadores(6), las evidencias vinculadas con los procesos de formación del sitio no son lo suficientemente sólidas para sostener la cronología propuesta. Entre los argumentos más utilizados se ha planteado, en primer lugar, que quienes lo estudiaron no han definido con suficiente claridad la estratigrafía del sitio ni los procesos involucrados en su formación.

(6) S. J. Fiedel. “La gente del Nuevo Mundo (evidencia presente, nuevas teorías y direcciones futuras)”, en: “Revista de investigación arqueológica” 2000; 8, pp. 39-103. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

En segundo lugar, debido a que la asignación antrópica de algunos de los materiales fechados no ha sido corroborada satisfactoriamente, no puede considerarse confiable la cronología obtenida. Por último, la reconstrucción paleoambiental sobre la base del polen y de la fauna indica un ambiente mucho más templado que el esperable hace 14.000 años atrás para una zona muy cercana al frente glacial.

Otro aspecto crítico de Meadowcroft -que debe ser mencionado y que varios autores comparten-(7), es la falta de una publicación que reúna y sintetice la información general del sitio.

(7) D. Grayson. “Monte Verde: Arqueología de campo y la colonización humana de las Américas”, en: “Entrando a América (Nordeste de Asia y Behringia antes del último máximo glaciar)”. D. B. Madsen (ed.), University of Utah Press, Salt Lake City, 2004, pp. 379-387. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Otro sitio muy conocido, e integrante del selecto grupo de posibles candidatos para probar la existencia de cazadores recolectores pre-Clovis en América del Norte, es Cactus Hill. Este sitio se encuentra en la cuenca del río Nottaway, a pocos kilómetros de la costa sudeste de los Estados Unidos, en el Estado de Virginia.

A diferencia de Meadowcroft Rockshelter, está ubicado en un espacio a cielo abierto.
Allí, los equipos dirigidos por McAvoy y Johnson, que trabajan en simultáneo en el mismo sitio, hallaron restos con una antigüedad cercana a los 15.000 años 14C AP(8). Como en el caso anterior, estos grupos habrían utilizado materias primas líticas obtenidas de núcleos de microhojas. Se registraron también varios instrumentos bifaciales de reducidas dimensiones, principalmente puntas de proyectil.

(8) T. Goebel. “La búsqueda de un progenitor de clovis en la Siberia subártica”, en: “Entrando a America (Nordeste de Asia y Behringia antes del último máximo glaciar)”. D. B. Madsen (ed.), University of Utah Press, Salt Lake City, 2004, pp. 311-356. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Si bien se encontraron escasas evidencias de los recursos utilizados por los grupos humanos que lo ocuparon (entre ellos algunos quelonios -tortuga- y venado de cola blanca -Odocoileus virginianus-)(9), sugieren que el tipo de tecnología podría estar asociado con cazadores recolectores generalizados, con una economía similar a la inferida para los habitantes de Meadowcroft Rockshelter.

(9) J. M. McAvoy y L. D. McAvoy. “Investigación arqueológica del sitio 44SX202, Cactus Hill, Condado de Sussex, Virginia”, en: “Serie de informes de investigación nro. 8, Richmond, Departamento de Recursos Históricos del Estado de Virginia”, 1997. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Algunos milenios después de que los cazadores recolectores más tempranos de Cactus Hill abandonaron el lugar y, luego de que los materiales fueron cubiertos por sedimentos, otro grupo se habría establecido en el mismo espacio cerca de los 11.000 años 14C AP. Este último grupo también dejó allí algunas puntas de proyectil, entre otros artefactos líticos, las cuales fueron asignadas a Clovis.

Es necesario señalar que también varios autores han puesto en tela de juicio la validez de la cronología asignada a la ocupación más temprana. Entre las principales críticas, sintetizadas por el arqueólogo nortemericano Robert Kelly, puede mencionarse que los materiales Clovis y pre-Clovis -separados cronológicamente por más de 2.000 años- sólo están separados estratigráficamente por una delgada capa de sedimentos que difícilmente pudo ser acumulada en un período tan largo. Esto se apoya en que el contexto sedimentario del sitio (un depósito de duna) sugiere tasas de depositación mucho más alta.

Para finalizar este resumen sobre las principales evidencias arqueológicas con antigüedades mayores que los 11.500 años 14C AP, debe hacerse referencia a dos sitios: Saltville y Topper. El primero se encuentra en el valle del mismo nombre, en el Estado de Virginia. Allí se recuperaron algunos artefactos líticos asociados con restos óseos de mamut y buey almizclero (Ovibos moschatus).

cactus hilll
Trabajos de excavación en el sitio Cactus Hill.

La identificación de evidencias de modificación intencional, en este último resto, permitió(10) plantear que fue empleado como instrumento por los ocupantes del sitio. Uno de los fechados radiocarbónicos efectuados se realizó sobre una muestra de este hueso y dio una edad de ca. 14.500 años 14C AP.

(10) J. M. Mc Donald y M. Kay. “Arqueología Pre-Clovis en SV-2, Saltville, Virginia”, en: “Resúmenes de la LXIV reunión anual de la Sociedad de Arqueólogos Norteamericanos, Washington”, 1999, pp. 196. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Si bien este sitio se encuentra en estudio y la información publicada es todavía escasa, se ha propuesto que fue ocupado por cazadores recolectores generalizados durante la explotación estacional del área durante el Pleistoceno final(11).

(11) J. M. Adovasio y D. R. Pedler. “Monte Verde y la antigüedad de la humanidad en las Américas”, en: “Antigüedad” 1997; 71, pp. 573-80. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

El sitio Topper (Figura 22) se encuentra en una terraza alta del valle del río Savannah, en Carolina del Sur, cerca de un afloramiento de rocas, recurrentemente utilizado por sociedades aborígenes en el pasado como cantera para la provisión de materias primas para sus instrumentos(12).

(12) T. Goebel. “La búsqueda de un progenitor de clovis en la Siberia subártica”, en: “Entrando a America (Nordeste de Asia y Behringia antes del último máximo glaciar)”. D. B. Madsen (ed.), University of Utah Press, Salt Lake City, 2004, pp. 311-356. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Entre las capas superiores y medias de este sitio se registraron evidencias de sucesivas ocupaciones humanas, desde cazadores recolectores Clovis hasta aborígenes contemporáneos a la época colonial. Debajo de estos niveles se registró una capa de sedimentos aluviales datados en 16.000 años 14C AP, que contenía numerosos artefactos líticos: microhojas, lascas con posibles evidencias de haber sido utilizadas para corte y núcleos de microhojas con posible tratamiento térmico (es decir, la piedra empleada como materia prima fue calentada antes de su manufactura para mejorar su calidad para la talla) pero no se registraron artefactos bifaciales.

Las características de los instrumentos de piedra de este sitio no permiten asimilarlos a ningún otro conjunto antiguo de Norteamérica. Debido a que las fechas inferidas para este componente no fueron obtenidas de materiales arqueológicos sino de sedimentos (por un método denominado datación OSL) y a que los artefactos líticos son muy escasos, este sitio no es considerado aún como una evidencia sólida de ocupación pre-Clovis.

Volviendo a la segunda de las preguntas referida, a si existen en América contextos arqueológicos contemporáneos y, al mismo tiempo, no asimilables a Clovis, la respuesta es que sí. En diferentes sectores del Hemisferio Norte se identificaron evidencias arqueológicas de cazadores recolectores cuyos correlatos materiales son diferentes a los contextos Clovis.

En primer lugar deben mencionarse los sitios conocidos de modo genérico como pertenecientes al complejo Nenana (ubicados en el valle homónimo, en el centro de Alaska). Hasta hace pocos años, se caracterizaba a las sociedades vinculadas con este complejo como muy vinculadas, y hasta posibles antecesoras, de los grupos Clovis. Esta vinculación fue establecida principalmente sobre dos aspectos:

1.- una antigüedad similar a la de Clovis, incluso unos siglos más antigua (ca. 11.800 años 14C AP); y
2.- la presencia de una tecnología lítica con puntas de proyectil -aunque más pequeñas y sin acanaladura- y la ausencia de una tecnología de microhojas (típicos caracteres Clovis).

Sin embargo, el panorama se ha vuelto cada vez más complejo desde la aparición de numerosos contextos muy similares a estos, pero algunos con presencia de tecnología de microhojas. Entre estos sitios pueden incluirse los ubicados algo más al Oeste, en el valle del río Tanana, tributario del Nenana (p. ej. Broken Mammoth, Mead y Swan Point).

Estos sitios fueron interpretados como áreas domésticas (campamentos), donde se efectuaron distintas actividades como el uso de fogones, el procesamiento de cuero, la manufactura y mantenimiento de instrumentos líticos y el procesamiento y consumo de animales. Los mamuts sólo habrían constituido una parte de la dieta de estos grupos, ya que también aprovecharon ciervos, caribúes, bisontes y algunas especies de aves.

Todos estos sitios habrían sido generados por pequeños grupos de cazadores recolectores generalizados altamente móviles que aprovechaban estacionalmente distintos tipos de recursos y que se establecieron allí -al menos- hace unos 11.800 años 14C AP. Frente a este panorama, la discusión acerca de qué es exactamente lo que los arqueólogos llaman Clovis, de sus orígenes y de sus antecesores, se vuelve cada vez más difícil.

Lo único que parece claro -a la luz de la nueva información- es que, independientemente de cuándo arribaron los primeros indígenas al continente, el proceso de expansión, la adaptación a los diferentes ambientes y la diversificación tecnológica se desarrolló de una manera más compleja que lo que el modelo “Clovis-primero” sugiere.

- El abismo de Hoyo Negro

A finales del año 2006, un equipo de buceadores inició una campaña de exploración de las cuevas subacuáticas de una amplia región del Yucatán, al sudeste de México. Uno de los puntos que exploraron fue el cenote de La Virgen, a unos cien kilómetros al sur de Cancún. Los cenotes son depósitos muy profundos de agua dulce, en los que los antiguos mesoamericanos arrojaban objetos y personas durante sus rituales sagrados.

buzos en hoyo negro
Los espeleólogos durante su exploración de Hoyo Negro, donde se han hallado restos animales y humanos de hace 12.000 años. Las inmersiones fueron muy complicadas ya que, a tanta profundidad, el trabajo presenta muchas limitaciones. Además, los arqueólogos y paleontólogos tuvieron que documentar los huesos in situ. Sólo el cráneo fue sacado a la superficie para su preservación. Los investigadores extrajeron ADN de uno de los dientes y de una costilla. Los resultados fueron sorprendentes, ya que demostraron que el esqueleto hallado en Hoyo Negro correspondía a un individuo que vivió hace entre 12.000 y 13.000 años, lo que lo convierte en el especimen humano más antiguo hallado en América (material extraido de National Geographic)

Los buzos se sumergieron 50 metros en el interior del cenote y avanzaron casi un kilómetro hasta llegar a un espacio a modo de cámara, de grandes dimensiones: unos 60 metros de diámetro y 20 de altura. Como sus lámparas no alcanzaban a iluminar el fondo, lo llamaron Hoyo Negro.

Enseguida vieron numerosos restos óseos de animales y, entre ellos, algo más extraordinario: un esqueleto humano casi completo, incluyendo los huesos principales del cuerpo, el cráneo y varios dientes. La cámara subacuática estuvo oculta bajo el agua al menos durante los últimos 8.000 años, pero los expertos creen que cuando la cueva estaba seca, varios animales y al menos una persona cayeron accidentalmente en ella mientras buscaban agua potable.

naia
El cráneo de una joven encontrada en una caverna subacuática de México, colocado al revés para mantener la dentadura en su sitio, ha permitido poner cara a los primeros habitantes del Nuevo Mundo. Los buzos que hallaron su esqueleto la llamaron Naia. La reconstrucción facial ha revelado que los primeros americanos no se parecían demasiado a los indígenas americanos más tardíos, a pesar de que las pruebas genéticas confirman su ascendencia común (material extraido de National Geographic).

El rostro del primer americano es el de una desafortunada adolescente que murió al caer en una cueva de la Península de Yucatán, hace entre 12.000 y 13.000 años. Su desgracia es la suerte de la ciencia.

La historia de su descubrimiento empieza en 2007, cuando un equipo de submarinistas mexicanos -dirigido por Alberto Nava- hizo un hallazgo asombroso: una inmensa caverna sumergida a la que llamaron Hoyo Negro. En el fondo del abismo, sus focos revelaron la existencia de un lecho de huesos prehistóricos, entre los que había -por lo menos- un esqueleto humano casi completo.

Nava informó del descubrimiento al Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, que reunió a un equipo internacional de arqueólogos y otros especialistas con la finalidad de investigar la cueva y su contenido.

El esqueleto -bautizado cariñosamente como Naia, en honor de las náyades o ninfas acuáticas de la mitología griega- resultó ser uno de los más antiguos que se habían encontrado en el continente americano, y el primero que estaba lo bastante intacto como para procurar las bases de una reconstrucción facial. Los genetistas pudieron incluso extraer una muestra de ADN.

En su conjunto, estos restos podrían ayudar a explicar el eterno misterio del poblamiento de América: si los indígenas americanos descienden de pioneros asiáticos que emigraron al continente hacia finales de la última glaciación, ¿por qué no se parecen a sus milenarios antepasados?

- Primitivos habitantes de América habrían sido sujetos más bien rudos

Si se observan los restos óseos de los paleoamericanos, se puede comprobar que más de la mitad de los hombres presentan heridas causadas por actos de violencia y, cuatro de cada diez tienen fracturas de cráneo. Estas lesiones no parecen ser fruto de accidentes de caza, y tampoco contienen signos reveladores de una actividad bélica, como serían los golpes sufridos al huir de un atacante. En lugar de eso, da la impresión de que aquellos individuos luchaban entre sí... con frecuencia y brutalidad.

En las mujeres no se advierten heridas de esta índole, pero son mucho más pequeñas que los hombres y tienen, además, síntomas de malnutrición y abusos domésticos.

Para el arqueólogo James C. Chatters, codirector del equipo de investigación de Hoyo Negro, todo esto indica que los primeros americanos eran lo que él llama poblaciones “de tipo salvaje del Hemisferio Norte”: audaces y agresivos, con varones hipermasculinos y hembras diminutas y subordinadas al “macho”. Esa es la razón, a su juicio, de que los rasgos faciales de los americanos primitivos difieran tanto de los que exhiben los indígenas más tardíos.

Se trataría de unos precursores amantes del riesgo, de unos grupos en los que los hombres más fuertes se quedaban con el botín y vencían en las riñas por las mujeres. La selección natural hizo que sus facciones y su complexión robusta primaran sobre los caracteres más suaves y amables que se aprecian en las poblaciones posteriores, más sedentarias.

La hipótesis de Chatters acerca del “tipo salvaje” es especulativa, pero no lo son los hallazgos de su equipo en Hoyo Negro. Naia tiene los rasgos faciales prototípicos de los americanos primitivos, así como algunas firmas genéticas en común con los indígenas americanos actuales.

Esto parece señalar que los dos grupos no son distintos físicamente, porque las poblaciones iniciales fueran sustituidas por grupos más tardíos que emigraron desde Asia, como han afirmado algunos antropólogos. Si son diferentes, es porque los primeros americanos cambiaron después de su llegada a estas tierras.

- La historia de los primeros americanos continúa esencialmente envuelta en el misterio

La investigación de Chatters es, en realidad, otro avance interesante en un campo de estudio que no ha cesado de ramificarse en direcciones siempre novedosas a lo largo de las dos últimas décadas.

Hallazgos arqueológicos recientes, hipótesis inéditas y una valiosa colección de datos genéticos han arrojado nueva luz sobre la identidad de los primeros pobladores de América y sobre cómo podrían haber llegado al continente. Pero la historia de los primeros americanos continúa esencialmente envuelta en el misterio.

Durante la mayor parte del siglo XX se dio por sentado que el misterio había sido más o menos resuelto. En 1908, un ganadero de Folsom, Nuevo México, encontró los restos de una subespecie extinguida de bisonte gigante que vagó por la región hace más de 10.000 años. Más tarde, los investigadores descubrieron puntas de jabalina entre los huesos del animal, una prueba indiscutible de la existencia de seres humanos en América del Norte en épocas muy anteriores a lo que se había creído.

Poco después se hallaron otras puntas de 13.000 años de antigüedad cerca de Clovis, Nuevo México. Este tipo de puntas acanaladas, que acabarían siendo conocidas como “puntas de Clovis”, aparecieron posteriormente en decenas de localizaciones norteamericanas donde los antiguos cazadores abatían sus presas.

Dado que durante la última glaciación Asia y América del Norte estaban unidas por una extensa masa continental llamada Behringia y que, al parecer, los primeros americanos eran nómadas que practicaban la caza mayor, fue fácil concluir que habían seguido a los mamuts y a otras presas desde Asia, cruzando Behringia y luego en dirección sur por un corredor abierto entre dos vastos mantos de hielo en lo que actualmente es Canadá.

Y puesto que no existían pruebas convincentes de una ocupación humana anterior a los cazadores de Clovis, se desarrolló una nueva teoría que se convirtió en dogma: ellos fueron los primeros americanos. Caso cerrado.

Todo esto cambió en 1997, cuando un equipo de eminentes arqueólogos visitó un yacimiento en el sur de Chile llamado Monte Verde. Allí, Tom Dillehay, de la Universidad Vanderbilt, afirmaba haber descubierto indicios de una ocupación humana que se remontaba a hace más de 14.000 años, un milenio antes de la aparición en América del Norte de los cazadores de Clovis.

Como todas las afirmaciones de presencia humana anterior a Clovis, ésta fue también controvertida e, incluso, acusaron a Dillehay de colocar objetos e inventar datos. Pero tras examinar las pruebas, el equipo de expertos dictaminó que eran legítimas, y se abrió un enorme interrogante en la historia de cómo se pobló América.

¿Cómo se desplazaron los pueblos hasta el lejano Chile antes de que los mantos de hielo de Canadá retrocediesen lo bastante para ofrecerles un paso terrestre? ¿Alcanzaron esas latitudes en un período previo de la última glaciación, cuando el corredor continental todavía estaba libre de hielo? ¿O quizá recorrieron la costa del Pacífico en embarcaciones, del mismo modo como arribaron a Australia los humanos hace unos 50.000 años? De repente, este campo de estudio se vio inundado de nuevas preguntas y vigorizado por la búsqueda de respuestas.

En los veinte años transcurridos desde que estalló el bombazo de Monte Verde, ninguna de estas incógnitas ha sido despejada. Pero la pregunta original, ¿fue la cultura de Clovis la primera?, ha sido respondida repetidamente, con la reivindicación de diversos emplazamientos de América del Norte como sedes de una ocupación anterior a Clovis.

Algunos de estos lugares se han estudiado durante años y han ganado una creciente credibilidad a raíz de la aceptación de Monte Verde, pero también se han hecho nuevos hallazgos arqueológicos. Uno, en particular, el yacimiento Debra L. Friedkin, en el Estado de Texas, podría ser incluso el centro más antiguo demostrable de habitación humana de todo el continente americano.

En 2011, el arqueólogo Michael Waters, de la Universidad de Texas A&M, anunció que su equipo había desenterrado pruebas de una nutrida ocupación humana que se remontaba a 15.500 años atrás, unos 2.500 años antes de la llegada de los primeros cazadores de Clovis.

El yacimiento Friedkin está en un pequeño valle de una región montañosa situado a una hora en automóvil al norte de Austin, donde un arroyo perenne, hoy llamado Buttermilk Creek, además de unos cuantos árboles frondosos y un filón de pedernal -un tipo de piedra útil para fabricar herramientas- lo convirtieron en un atractivo lugar de residencia durante milenios.

Este valle tenía algo único -señala Waters-. Durante mucho tiempo se creyó que los americanos primitivos eran ante todo cazadores que perseguían mamuts y mastodontes a través del continente, pero este valle era un refugio ideal para cazadores-recolectores.
Las gentes que aquí se establecieron podrían haberse alimentado de frutos secos, raíces, cangrejos de río y tortugas, y haber cazado animales tales como ciervos, pavos y ardillas. En otras palabras, lo más probable es que aquellos individuos no estuvieran de paso, sino que vivieran allí”.

- ¿Cuándo pasaron los primeros grupos al Nuevo Mundo procedentes de Asia?

Pero si Waters está en lo cierto y hubo seres humanos que se asentaron allí, en medio del continente americano, hace nada menos que 15.500 años, ¿cuándo pasaron los primeros grupos al Nuevo Mundo procedentes de Asia?

Esta cuestión aún no está clara, aunque parece ser que hubo comunidades viviendo simultáneamente en otras partes del continente. Según Waters, las piezas anteriores a Clovis halladas en Buttermilk Creek -más de 16.000años AP, entre ellas hojas líticas, puntas y esquirlas de piedra- se parecen a los objetos exhumados en yacimientos de Virginia, Pennsylvania y Wisconsin.

Esto marca un patrón -se afirma-. Los datos demuestran claramente que hace 16.000 años hubo habitantes humanos en América del Norte. El tiempo determinará si representan la ocupación inicial de América o si hubo otras anteriores”.

Sea como fuere, las pruebas arqueológicas más recientes concuerdan con una línea testimonial cada vez más importante para nuestro conocimiento del proceso poblacional en América.

En los últimos años, los genetistas han comparado el ADN de los nativos americanos actuales con los de otras poblaciones del mundo y han llegado a la conclusión de que los antepasados de los indígenas americanos eran asiáticos, que se separaron de otras poblaciones de Asia y, a juzgar por el ritmo de mutación del ADN humano, permanecieron aislados unos 10.000 años. En ese lapso desarrollaron unas firmas genéticas únicas que actualmente sólo poseen los indígenas americanos.

Estos marcadores genéticos se han detectado no sólo en el ADN que se ha podido recuperar del esqueleto de Naia, sino también en los restos de un niño enterrado hace 12.600 años en el oeste de Montana, en un lugar hoy conocido como yacimiento de Anzick.

En 2018, el genetista danés Eske Willerslev informó que, a partir del análisis de los restos del pequeño, se había obtenido, por primera vez, un genoma paleoamericano completo: “Ahora tenemos dos especímenes, Anzick y Hoyo Negro, ambos herederos de un antepasado común que era originario de Asia”, explica Waters.

Y al igual que el de Hoyo Negro, el genoma de Anzick evidencia -de manera incuestionable- que los paleoamericanos están relacionados genéticamente con los pueblos indígenas”.

Pese a que algunos críticos subrayan que dos individuos constituyen una muestra demasiado ínfima para extraer conclusiones definitivas, existe un sólido consenso en cuanto a la ascendencia asiática de los primeros americanos.

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