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El Norte de América del Sur; el poblamiento original

Este sector es clave para entender el poblamiento de América porque, si aceptamos la evidencia de que la direccionalidad del poblamiento fue norte-sur y de un origen asiático de los primeros americanos o, por lo menos, de una proporción importante de ellos, el Istmo de Panamá se presenta como un “cuello de botella” que se abre a una amplia región con una gran variedad de ambientes.

Básicamente, las mejores evidencias de los primeros pobladores provienen de los cordones nor-andinos y de las tierras áridas del nordeste de Venezuela. También hay información sobre la ocupación antigua del continente en el valle del río Magdalena (Colombia) y numerosos hallazgos superficiales que sugieren una alta antigüedad, aún no confirmada.

mapa del norte de sudamrica
Ubicación de los sitios mencionados para el Norte de Sudamérica. 1.- Taima Taima; 2.- El Vano (Venezuela); 3.- Porce; 4.- La Palestina; 5.- San Juan de Bedout/Nare; 6.- El Abra/La Pileta; 7.- Tibitó; 8.- Tequendama; 9.- Sauzalito/Pital/El Recreo;10.- El Totumo; 11.- Pubenza; 12.- La Elvira/San Isidro (Colombia); 13.- El Inga/San José; 14.- Cubilán; 15.- Chobshi (Ecuador).

Los primeros datos sistemáticos de sitios del Pleistoceno final fueron presentados por el arqueólogo Gonzalo Correal Urrego y el palinólogo Thomas Van der Hammen, sobre la base de sus trabajos en la Cordillera Oriental de Colombia. En los bordes de la sabana de Bogotá excavaron los abrigos rocosos de Tequendama y El Abra y el sitio a cielo abierto de Tibitó.

Los dos primeros han entregado restos de varias ocupaciones humanas muy antiguas, desde aproximadamente 12.500 años 14C AP, hasta tiempos de la conquista europea.

Ambos sitios son intrigantes, porque muestran entre sí algunas similitudes y diferencias llamativas. En ninguno se hallaron puntas de proyectil de ningún tipo, algo muy extraño para finales del Pleistoceno ya que, para ese momento, se reconocen en América varios modelos de puntas. Tampoco se recuperaron restos de la fauna pleistocénica que, para ese momento, debía habitar toda el área de la sabana de Bogotá.

En Tequendama, las primeras ocupaciones humanas del abrigo(1) se dataron entre 12.500 y 10.100 años 14C AP, mientras que para El Abra hay una datación cercana de 12.400 años 14C AP. En ambos sitios se hallaron restos de animales medianos y pequeños, tales como venados (Odocoileus), conejos (Sylvilagus), ratones (Sigmodon), curíes (Cavia) y armadillos (Dasypus).

(1) Abrigo es el área que, por estar asociada a un muro de roca, se encuentra protegida de algunos agentes atmosféricos como la lluvia, el viento y el sol (p. ej: cueva, alero, gruta). En estos espacios se generan -con frecuencia- buenas condiciones para la formación de sitios arqueológicos en estratigrafía. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Los artefactos líticos hallados son también muy sugestivos y, como tantas otras cosas de estos primeros pobladores, plantean muchos interrogantes. En los niveles más antiguos de Tequendama se recuperaron instrumentos unifaciales bien confeccionados, sobre un tipo de una materia prima de muy buena calidad (un chert, llamado lidita) que proviene del valle del río Magdalena. Estos artefactos aparecen sólo en Tequendama, en los niveles más antiguos y, luego, desaparecen del registro.

Sin embargo, en este mismo sitio -y también en El Abra-, se hallaron unos instrumentos poco elaborados, confeccionados sobre un chert local de menor calidad, que fueron usados con cierta continuidad durante casi diez mil años. Estos instrumentos tienen solamente un borde retocado por presión (para regularizar el filo) y, por ese motivo, se los ha denominado “tradición de los artefactos con filo arreglado”.

Correal Urrego y Van der Hammen han planteado que ambos abrigos eran ocupados durante estadías cortas por gente que, probablemente, pasaba la mayor parte del año en el tropical y caluroso valle del río Magdalena.

El tercer sitio importante de la sabana de Bogotá es el de Tibitó, hallado a orillas de una antigua laguna pleistocénica. Allí se recuperaron restos de dos géneros de mastodonte (Haplomastodon y Cuvieronius), de caballo americano (Equus) y de venado, en estrecha asociación con algunos instrumentos líticos y un fogón.

El sitio, datado en 11.740 años 14C AP, fue interpretado por Correal como un sitio de cacería y despostamiento(2) de animales pleistocénicos. Este es el único sitio con estas características en toda la Cordillera Oriental.

(2) Despostamiento es el procedimiento tendiente a fragmentar un animal en unidades anatómicas menores. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Fuera de las cordilleras, las investigaciones sobre el poblamiento temprano en Colombia se han focalizado en el valle del río Magdalena. En 2001, Correal Urrego y Van der Hammen presentaron evidencias de una asociación de artefactos líticos en el sitio de Pubenza 3, en el valle medio del río, datadas en ca. 16.500 años 14C AP.

Un nuevo trabajo de Correal y colaboradores, en el 2005, amplió los datos sobre este interesante sitio. Aquí se hallaron -en sedimentos correspondientes a un pantano de aguas salobres- restos de mastodonte (Haplomastodon sp.), gliptodonte (Glyptodon sp.) y mamíferos medianos (Odocoileus sp.) y pequeños, todos ellos asociados con algunos artefactos de sílice con claros rastros de uso.

De estos estratos se han obtenido dos dataciones: una efectuada sobre gasterópodos terrestres, que dio 16.550 años 14C AP y, otra, sobre carbón vegetal de 16.400 años 14C AP. Estas dataciones plantean todo un desafío para el modelo “Clovis-primero” y para los demás modelos de poblamiento de América del Sur y transforman al sitio en uno de los candidatos más fuertes para apoyar un modelo de poblamiento americano de entre 15.000 y 20.000 años AP.

Sin embargo, debido a que estas fechas aún no han sido replicadas y a que los resultados de la investigación del sitio todavía no fueron publicados en detalle, esta información debe ser tomada con cautela. Tampoco está claro -en la última publicación de Correal y a pesar del detalle de algunos análisis-, la relación estratigráfica entre las dataciones y los conjuntos líticos y faunísticos.

Correal halló otros dos sitios: El Totumo, en la sabana de Bogotá; y, La Pileta, en el valle del río Magdalena, ambos con artefactos simples (definidos como “de borde arreglado”) asociados con restos de mastodonte (Cuvieronius) y megaterio (Megatherium). Si bien ninguno de estos sitios ha sido datado, la asociación con fauna pleistocénica plantea, de por sí, una posibilidad muy interesante que debería ser profundamente estudiada.

Las investigaciones que Carlos López y su equipo han llevado a cabo en el valle del Magdalena en 2003, son las que más firmemente permiten anclar las primeras ocupaciones indígenas de este valle. López excavó seis sitios a cielo abierto, ubicados en una terraza del Pleistoceno final-Holoceno temprano del río. En tres de estos sitios, La Palestina, San Juan de Bedout y Nare, obtuvo siete dataciones radiocarbónicas muy consistentes, que permiten ubicarlos alrededor de los 10.400 años 14C AP.

En estos campamentos antiguos se hallaron artefactos de cuarzo lechoso y chert y fuertes indicadores de uso de la técnica de talla bipolar(3).

(3) La técnica de talla bipolar consiste en la percusión de un trozo de roca apoyado sobre un yunque, utilizando un percutor de piedra. Esta variante técnica se empleaba generalmente cuando el tamaño del bloque de roca a reducir presentaba dimensiones demasiado pequeñas como para ejecutar cómodamente percusión a mano alzada. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Entre los artefactos más interesantes, se encuentran raspadores plano-convexos y puntas de proyectil triangulares con un pedúnculo muy estrecho. Los pocos restos faunísticos hallados, sugieren una dieta basada en el consumo de animales de ambientes acuáticos tales como manatíes, tortugas, caimanes y peces, además de algunos mamíferos terrestres medianos.

No es claro aún si la ausencia de fauna pleistocénica en el sitio se debe a que estos animales ya se habían extinguido en la región o si no se encontraban dentro de las preferencias alimenticias de estas poblaciones, probablemente más orientadas a la explotación de los recursos fluviales que abundaban en el valle del río Magdalena.

López ha propuesto, basándose también en los estudios de microdesgaste de los filos de los instrumentos llevados a cabo por el antropólogo Channah Nieuwenhius, que muchos de ellos fueron usados para procesar pescado y que las puntas de proyectil podrían haber servido no sólo para cazar fauna terrestre, sino también fluvial (manatí y carpincho o capibara) o, incluso, como arpones para pescar.

En la otra gran cuenca colombiana, el valle del río Cauca -también un potencial corredor de entrada en América del Sur- las investigaciones sistemáticas son aún escasas. En este valle se destaca el hallazgo efectuado(4) en 2002, al recuperarse una punta de proyectil de marfil (un hallazgo inédito en América del Sur), asociada con varios huesos de mastodonte (Stegomastodon). También se informó sobre abundantes restos de mastodontes en el valle, ninguno de los cuales ha sido aún datado.

(4) C. A. Rodríguez, “El Valle del Cauca Prehispánico”. Ed. Universidad del Valle, Cali, 2002. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

En la Cordillera Central colombiana las evidencias indígenas tempranas muestran un panorama distinto. En el valle medio del río Porce, un valle transicional entre el bosque húmedo tropical y el bosque pedemotano, Neyla Castillo y Javier Aceituno recuperaron en 2006 restos de ocupaciones que van desde los 10.000 años 14C AP hasta los 3.500 años 14C AP.

hachas del sitio porce
Hachas procedentes del Sitio Porce 1

A diferencia de lo que sucede en el valle del Magdalena, en el río Porce la tecnología está fuertemente vinculada con la manipulación y consumo de especies vegetales, el desmonte, la limpieza del bosque y con el trabajo de la madera y el hueso.

En el valle del río Calima, en la Cordillera Occidental -también hacia el 10.000 años 14C AP- en los sitios de Sauzalito, El Recreo y Pital, se ha observado una tecnología lítica muy simple (yunques, machacadores, martillos y azadas), que reflejan una explotación de los recursos forestales y, eventualmente, alguna forma incipiente de horticultura tropical en el Holoceno temprano.

Más hacia el sur, en el valle del río Popayán, existen dos sitios: La Elvira y San Isidro, que fueron investigados por Cristóbal Gnecco y que muestran nuevamente la diversidad tecnológica de fines del Pleistoceno.

Los habitantes de estos sitios -datados en 10.050 y 9.530 años 14C AP- utilizaron materias primas de muy buena calidad, como el chert y la obsidiana, para confeccionar artefactos unifaciales y bifaciales (que incluían puntas de proyectil de varios tipos). En San Isidro, además, se hallaron otros tipos de artefactos, tales como molinos planos, hachas y cantos rodados con surco.

Continuando hacia el sur, ya en el macizo andino ecuatoriano, las evidencias de los primeros pobladores son aún esquivas. En un grupo de sitios conocidos como El Inga y San José, el arqueólogo Williams Mayer-Oakes recuperó -en superficie y en terrenos arados en la tierras altas-, muchísimas puntas de obsidiana lanceoladas y triangulares -con y sin pedúnculo-, algunas muy parecidas a las del sitio La Elvira, en Popayán.

Sin embargo, estas puntas no han sido aún datadas y ni siquiera se sabe si son contemporáneas o si, por el contrario, se usaron y descartaron en diferentes momentos del Pleistoceno tardío y el Holoceno.

En las dos cuevas excavadas en la región, Chobshi y Cubilán, se encontraron varios tipos de puntas de proyectil (pedunculadas y apedunculadas), datadas entre ca. 10.500 y 9.100 años 14C AP. Los ocupantes de estas cuevas se habrían concentrado en la cacería de mamíferos medianos y pequeños, sin registrarse -hasta el momento- evidencias de explotación de fauna pleistocénica.

puntas el jobo
Puntas del tipo El Jobo, del occidente de Venezuela.

Hacia el nordeste de la Cordillera de los Andes, los rastros de los primeros pobladores se restringen a los hallazgos realizados en el sitio Taima Taima, en la Península de Paraguaná, en el noroeste de Venezuela. Este es un sitio emblemático de la arqueología americana de cazadores recolectores, porque en él se hallaron las primeras evidencias sólidas de la cacería de mastodontes con puntas de proyectil muy características, denominadas El Jobo.

Estas puntas, de forma lanceolada y de sección romboidal o bilenticular, son muy frecuentes en esta región y podrían constituir uno de los tipos de armas de cacería que tuvieron los primeros indígenas que entraron en América del Sur.

Taima Taima se encuentra en las orillas de un surgente de agua y fue excavado primero por el famoso investigador José Cruxent y, más tarde, por un equipo dirigido por Alan Bryan y Ruth Grhun. Durante las excavaciones en el sitio, se identificaron cuatro unidades estratigráficas y, en la más antigua, claras evidencias de acción humana: varias puntas El Jobo fragmentadas, asociadas con huesos de mastodonte.

Además, en trabajos efectuados en 1976 se recuperó un fragmento de punta en la cavidad pélvica de un mastodonte joven y restos dispersos de varios animales extintos. Todo este conjunto fue datado sobre la base de varios fechados entre 12.400 y 12.600 años 14C AP.

El mismo tipo de puntas aparece en superficie en el noroccidente de Venezuela, en especial en las terrazas del río Pedregal y, en el único caso en que pudieron datarse, fue en el sitio El Vano. Allí, Arturo Jaimes encontró, en 1999, tres fragmentos de estas puntas y otros artefactos asociados a restos de un megaterio (Eremotherium rusconii) con una antigüedad de 10.710 años 14C AP. El sitio fue interpretado por Jaimes como un área de cacería de megaterio, similar, en términos generales, a Taima Taima.

Como corolario, se puede señalar que la información resumida en este apartado muestra algunas tendencias muy interesantes, sobre todo si tenemos en cuenta que los primeros indígenas que llegaron al continente debieron pasar necesariamente por las cordilleras colombianas, por los valles de los grandes ríos (Cauca y Magdalena) o surcar la costa Caribe o Pacífica. Con excepción de esta última zona (muy boscosa, muy lluviosa(5) y muy difícil para la investigación arqueológica), para todas existen -por lo menos- algunas pistas de poblamiento temprano.

(5) Este sector del litoral Pacífico, constituye una de las áreas más lluviosas del planeta, alcanzando un promedio anual cercano a los 8.000 milímetros. // Citado por Gustavo G. Politis, Luciano Prates y S. Iván Pérez. “El poblamiento de América (Arqueología y bio-antropología de los primeros americanos)” (2008), en: “Colección Ciencia Joven” 35. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

Entre sus rasgos más relevantes puede destacarse que varios sitios presentan dataciones pre o para-Clovis (es decir con edades que van del 11.000 al 13.000 años 14C AP) y evidencias de una gran diversidad adaptativa de sus ocupantes. Como se ha expresado, los sitios que han dado las edades más altas -tales como Taima Taima o Tequendama- han sido datados hace décadas y se han planteado dudas acerca de la precisión de estas dataciones. Sin duda, deberían ser sometidos a nuevos análisis de 14C usando múltiples muestras y procesándolas con metodologías más modernas (AMS).

crneo de gliptodonte
Cráneo de Glyptodon hallado en el sitio de Taima Taima.

Ya se ha señalado lo aleatorio que puede resultar sostener la cronología de un sitio sobre una única muestra analizada. Aún así, la ausencia de fechados más recientes no es un justificativo para descartar per se edades de más de 11.000 años 14C AP. Entre los sitios que han dado antigüedades más altas, el de Pubenza 3, con ca. 16.400 años 14C AP años, es uno de los más interesantes y promisorios.

El otro rasgo relevante de la arqueología de la región es la variedad de tecnologías y estrategias adaptativas que coexistían por lo menos entre 11.000 y 10.000 años 14C AP. Esto es sorprendente, si se considera que esta diversidad se manifiesta en sitios relativamente próximos en el espacio, aunque en muy diferentes ambientes. Dicha variedad incluye desde las muy estandarizadas puntas lanceoladas del tipo El Jobo, de las tierras áridas del occidente venezolano, hasta los refinados artefactos unifaciales de lidita de Tequendama, en la sabana de Bogotá.

Debe agregarse también la variedad de artefactos pulidos y lascados empleados para manejar el bosque tropical de la Cordillera Central y la diversidad de puntas de proyectil de obsidiana y chert del valle de Popayán y del Inga, en Ecuador.

En cuanto a las estrategias de subsistencia, las diferencias entre las zonas son muy grandes. El manejo del boque y el uso de los recursos vegetales parecen haber estado presentes desde el Pleistoceno final, por lo menos en la Cordillera Central. Para estos momentos, ya se usaban herramientas especialmente diseñadas para estas funciones, tales como hachas, azadas y molinos. En la Cordillera Oriental, en las tierras áridas peri-caribes y en el valle del río Magdalena, la cacería se concentraba en tres especies extinguidas: mastodonte, caballo americano y megaterio, junto a otros tipos de fauna menor, como los venados.

La abundancia de sitios con mastodonte, aunque no todos datados aún, apoya la idea de que estos megamamíferos eran una de las presas favoritas y que además debieron ser relativamente abundantes y estar disponibles hasta el fin del Pleistoceno. Aunque es probable que en algunas regiones se los cazara con las puntas del tipo El Jobo, seguramente para fines del Pleistoceno ya se habían desarrollado varios tipos de punta de proyectil, incluido uno muy parecido a las sureñas “cola de pescado”, que se halló en las tierras áridas de Venezuela y en el Inga, en Ecuador.

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