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Primeras noticias de la Ciudad de Vera

Primeras noticias de la Ciudad de Vera

por Raúl de Labougle(1)

Harto dilatada fue la jurisdicción que el Adelantado asignó a la ciudad de Vera, de la que esperaba fuera “una de las mejores de las Indias”(2).

Ella comprendía:

Por el Oeste, la región chaqueña limitada por el río Bermejo, el Paraná, los aledaños de la ciudad de la Concepción de Buena Esperanza, y una línea intermedia entre la antigua Santa Fe de Garay y el río Negro;

por el Sud, las tierras situadas en la margen izquierda del Paraná, hasta el río Guayquiraró, y desde la desembocadura de éste, siguiendo su costa siempre rumbo al Oriente, por los arroyos Basualdo y Tunas, hasta llegar al río Mocoretá, y desde la desembocadura de este último en el Uruguay, bajando por su ribera izquierda hasta el río Quegay, donde torciendo nuevamente hacia el Oriente y siguiendo su curso y el de los ríos Ji y Jaguaron, terminaba en la laguna Merim;

por el Este, las tierras situadas dentro de los límites precedentemente señalados y una línea que, partiendo de la laguna Merim hacia el Norte, llegaba a las fuentes del río Uruguay; teniendo todo ese vasto territorio por límite septentrional, desde el lugar en que el río Tebicuary desagua en el río Paraguay, una línea recta al Este -siguiendo el propio curso del primero-, hasta encontrar el Paraná, y que, subiendo luego por dicho río hacia arriba, al llegar a la desembocadura del Yguasu, seguía el curso de éste, en cuyo nacimiento terminaba, por ser allí el comienzo de la zona correspondiente a la ciudad de San Francisco, sobre la costa del Atlántico.

Esa jurisdicción, ambiciosamente fijada por el Adelantado fue, andando el tiempo, unas veces por la inercia y otras por la incomprensión de los gobernantes de la lejana metrópoli, sumadas a las usurpaciones de los jesuitas, bandeirantes y paraguayos, reduciéndose paulatinamente, reducción que remató desacertadamente el Gobierno Nacional argentino al crear, a fines del siglo XIX, el Territorio de Misiones, que hoy constituye la provincia  de ese nombre(3).

Inhóspita era la región en que se asentaba la ciudad de Vera.

De largo pasaron por ella Sebastián Caboto, Diego García, Ayolas, Martínez de Irala, y cuántos remontaron hacia el Norte el majestuoso Paraná, siguiendo Paraguay arriba, en busca de más feraces tierras y más acogedoras gentes.

Innumerables indios la poblaban, constituidos en parcialidades o “naciones”, de nombres extraños y pintorescos, todos igualmente belicosos y sanguinarios, y aun caníbales, como algunos de los que, a la otra banda del Paraná, escondían su barbarie en las selvas misteriosas del Chaco, siempre al acecho del conquistador blanco(4).

Prolijamente han estudiado y descripto a aquellos habitantes los historiadores jesuitas, cuyos trabajos no han sido superados por las pedantescas publicaciones pseudocientíficas de los últimos años. Completando la obra de aquéllos, con documentos coetáneos y las investigaciones que hiciera Bartolomé Mitre sobre las lenguas y dialectos que hablaban, puede determinarse con relativa exactitud que, a fines del siglo XVI, había tres principales razas indígenas en la región correntina:

Los guaycurúes, establecidos en ambas márgenes del río Paraná; los indómitos charrúas, que cantara el poeta Zorrilla de San Martín; y, por último, los guaraníes, al Nordeste del territorio y en una faja costera del río Uruguay.

De los relatos de los cronistas y los conquistadores parece, además, desprenderse que uno o dos siglos antes, empujados por la gran invasión incaica al Tucumán, que recordara Garcilasso Inga de la Vega, los indios del Chaco se desplazaron hacia el Oriente, obligando, a su vez, a retroceder a los guaraníes.

Ello explicaría la existencia de tribus de éstos, aisladas por grandes distancias, en el Delta del Paraná, la margen occidental del Uruguay y el Nordeste de Corrientes.

Los guaycurúes y charrúas -no hay opinión en contrario-, eran guerreros valerosos; en cambio, los guaraníes, de índole pacífica y fácilmente domeñables.

En la región donde asentó la ciudad, formada al principio por toscas chozas de paja y barro, estaban los frentones, de raza guaycurú, llamados así por la costumbre que tenían de raparse la parte delantera de la cabeza. De esa misma raza eran los astos y mepenes, que se extendían al Sur, sobre la costa del Paraná.

En el Interior -o “continente”-, diversas tribus que, por sus modalidades y costumbres, evidenciaban su origen chaqueño, y que luego serían paulatinamente exterminadas a medida que los blancos penetrasen en el territorio, estableciendo fortines y fundando estancias.

A fines del siglo XVIII ya no quedaba ningún indio en la jurisdicción de Corrientes, como consta en Oficio dirigido por su Cabildo, el 4 de Mayo del año 1779, al Ilmo. Obispo de Buenos Aires, pidiendo la supresión del Curato de Naturales en razón de su inutilidad(5).

Frente a la nueva población, río de por medio, estaban los rudos abipones -también de raza guaycurú-, que habitaban lo que se llamó Valle de Calchaquí, y se extendía en la banda occidental del Paraná, desde el límite Norte de la actual Provincia de Santa Fe hasta el río Bermejo.

Guaraníes no había ni los hubo en Corrientes hasta fines del siglo XVIII, nada más que en la zona Nordeste y desde Itatí hacia el Este, en espacio muy limitado, junto a la orilla del Paraná; y también, como ya dijera, en la margen occidental del río Uruguay.

Fue solamente, después de la expulsión de los jesuitas, cuando la pésima y deshonesta Administración de las antiguas Misiones por laicos, produjo en ellas inaudito desorden, que los indios de raza guaraní emigraron hacia el Oeste, introduciéndose en Corrientes clandestinamente.

Conviene destacar, desde ya, que las autoridades de la ciudad trataron de impedir en toda forma y por todos los medios, que esos indios afeminados se establecieran en la jurisdicción(6).

Fue menester que el Justicia Mayor, dejado por el Fundador, usara de ruda energía para llevar a feliz término la empresa, y de sus notables dotes como gobernante, que demostró en la ocasión, ha quedado testimonio imperecedero en copiosa documentación de la época.

Se habían llevado ganados de Asunción, de propiedad exclusiva de Alonso de Vera y Aragón, y su traslado estuvo a cargo de Hernandarias de Saavedra, designado por el Adelantado para cumplir esa misión, el 25 de Enero de 1588.

Dicho ganado, en número de mil quinientas cabezas, fue conducido por “tierra y por río”. Para impedir posibles escapatorias, se construyó un espacioso corral, donde se recogieron vacunos, caballos, yeguas, cabras y ovejas, encomendando su cuidado, bajo su responsabilidad y previa fianza que prestaron, a pobladores de reconocida moralidad.

Los Acuerdos capitulares del 27 de Mayo y 7 de Noviembre de 1588 registran los nombres de los primeros que ejercieron tan delicada función: Gaspar Portillo, que se hizo cargo de los caballos y yeguas; y Asencio González, que se hizo cargo, a su vez, de los vacunos(7).

El 2 de Noviembre de 1588, Alonso de Vera y Aragón repartió los indios comarcanos en Encomiendas entre los primeros pobladores, que eran ciento cincuenta, señalando algunas para la fábrica de la Iglesia Mayor y la de la Compañía de Jesús, y dispuso que se registrasen en el Cabildo las marcas de hierro para el ganado que correspondiese a cada uno de aquéllos.

Se comenzó, asimismo, el reparto de la tierra, que no se terminó hasta el 29 de Junio de 1598, fecha en la que Hernandarias de Saavedra, a la sazón Gobernador de las Provincias del Río de la Plata, otorgó ochenta y tres mercedes en la banda norte del río Paraná, y aún, el 24 de Julio de 1601, el teniente gobernador de la ciudad, Diego Martínez de Irala, hizo reparto en el Valle de Santiago, al Sudoeste de ella “sobre la laguna de las Garzas y el pantano Grande del Algarrobal”, figurando entre los agraciados, Ruy Díaz de Guzmán, el autor de la “Argentina”, primera historia de la conquista de estos países escrita por un criollo(8).

También en ese año de 1588 de la fundación, se realizó la adjudicación de solares en la traza de la ciudad y de chacras en el ejido.

Luego, la de las suertes de estancia para labranza, que tenían de frente sobre la barranca del Paraná desde 200 hasta 600 varas de medir de Castilla, y por fondo, 3.000 varas hacia el interior; con excepción de la que correspondió al Adelantado, que lo tenía de 6.000 varas.

Por el Sur, las mercedes llegaban hasta el río de las Palmas (el actual Riachuelo), y por el Este “hasta donde se halló el primer mandiocal de los indios guaraníes”.

Las mercedes situadas al Este tuvieron dos leguas de frente por tres de fondo.

Beneficiarios de estos repartos fueron, además del Adelantado, los primeros pobladores, la Iglesia Matriz, el Hospital, la Compañía de Jesús, las iglesias de La Merced y Santo Domingo, destinándose una para “el convento de monjas que se fundare”(9).

Un monte de algarrobos que quedaba junto al río de las Palmas, se declaró de aprovechamiento común para la construcción de casas, provisión de leña y otras necesidades que se presentasen.

Se dispuso que, entre suerte y suerte, hubiere caminos de diez varas de ancho y que se colocaran mojones para indicar los límites de aquéllas, dejándose lo suficiente para los “caminos reales”, que servirían de unión con las demás ciudades.

Vera y Aragón ordenó que se sembrara trigo y se plantaran viñas y algodonales, pero fue menester al principio traer por agua cuarenta fanegas de trigo, de Santa Fe, para el sustento de los vecinos.

Más tarde, en diversas oportunidades -1591, 1592, 1595, 1598 y 1601-, se hicieron nuevas mercedes.

En la tercera y cuarta de las ocasiones mencionadas, se repartieron las tierras que estaban situadas en la banda norte del río Paraná, hasta el río que “llaman del Puente”, o sea el Tebicuary; ciento sesenta y cuatro en total, de las cuales ochenta y una lo fueron por el teniente de gobernador, capitán Bartolomé de Sandoval, el 20 de Julio de 1595; y ochenta y tres, el 29 de Junio de 1598, por el gobernador, Hernandarias de Saavedra(10).

El repartimiento de tierras e indios tuvo en Corrientes una particularidad: Se comprendió en él a cincuenta y una mujeres, que habían concurrido a la fundación(11).

Los primeros religiosos que se establecieron fueron los de la Orden Seráfica y los Mercedarios, cuya presencia se señala en documentos del año 1600(12).

La hostilidad de los indios hacia los pobladores se manifestó desde el primer momento. Esa hostilidad y la vecindad de tantas tribus bárbaras, hizo penosos los comienzos de la nueva ciudad.

Muchas de las mercedes acordadas en la distribución de solares, chacras y suertes de estancia, y el repartimiento de Encomiendas, no llegaron a hacerse efectivas.

En los primeros años, los conquistadores apenas pudieron sostenerse dentro del perímetro asignado a la ciudad propiamente dicha, en lucha permanente y desigual, teniendo por únicos alimentos pescado, palmitos y raíces silvestres, circunstancia ésta en que, unánimemente, coinciden los documentos coetáneos.

Algunos de aquéllos, desanimados, intentaron abandonar la empresa, lo que les fue impedido con energía por los tenientes de gobernador. Uno de ellos fue Hernandarias de Saavedra, a quien Alonso de Vera y Aragón se vio obligado a intimar que “so pena de la Vida y dado por traidor no sea osado a salir desta dicha ciudad sin licencia y de lo contrario, haciéndole por condenado en la pena arriba contenida”.

Esta medida se tomó con carácter general, extendiéndose a todos los pobladores, y se publicó “con tambor y voz de pregonero” el 12 de Julio de 1588(13).

En Noviembre de 1589, obrando a traición, los indios asesinaron a más de treinta pobladores, siendo necesario que, desde Asunción, fuese Hernandarias de Saavedra, designado al efecto por el Capitán General y Justicia Mayor de ella, al socorro de la incipiente ciudad, quedando momentáneamente apaciguados los salvajes.

En fecha que hasta ahora no se ha logrado precisar, pero que quizá pueda situarse en el año de 1592, convocados por los indios de Itatí, se confederaron todos los comarcanos y pusieron sitio a la ciudad.

Hambre y calamidades sin cuento pasaron sus defensores, pero no cejaron en su lucha hasta que, llevado el asalto general, estuvieron a pique de ser aniquilados. Salvóles la Cruz de urunde’y, que extendía sus brazos protectores sobre los cristianos y parecía arrojar llamas sobre los sitiadores; Cruz que éstos no pudieron quemar ni destruir, pese a que lo intentaron repetidas veces. Huyeron entonces, ante aquella manifestación sobrenatural.

En memoria de este suceso y en el lugar donde aconteció, se levantó por los vecinos un templo en el que se conserva la Cruz, que se conoce desde aquella época como “La Cruz del Milagro”, y es siempre objeto de veneración.

En el Archivo General de la Nación, en Buenos Aires, se guarda la Probanza de Méritos y Servicios labrada ante el Cabildo correntino, en Enero de 1664, a pedido del capitán Víctor de Figueroa, en la cual los testigos declaran todos uniformemente que, diezmados los primeros pobladores en el combate de La Mandioca y reducidos sólo a setenta, fueron sitiados por gran número de indios, de tal suerte que, si “Dios no usara de su Misericordia” -son sus palabras-, “los hubieran infaliblemente acabado y destruido, siendo el favor de Dios tan visto”, que el hecho alcanzó gran publicidad.

Los testigos, guerreros valerosos, de sangre española hidalga, incapaces de mentir, afirmaron que lo que referían lo habían oído contar muchas veces a los fundadores. Uno de ellos, el capitán García de Céspedes, tenía noventa años al prestar declaración, y la edad de los demás pasaba de los setenta(14).

Quedó así, después de esta victoria, con ayuda de Dios Nuestro Señor, dueño de la tierra aquel puñado de valientes y, como un presagio de su glorioso destino, sellada y rubricada el Acta fundacional de la ciudad de Vera, con los signos de la Piedad y el Heroísmo(15).

Para evitar cualquier nueva sorpresa se dispuso que, en adelante, nadie durmiese fuera de su casa, debiendo cada uno tener su caballo atado a la puerta para acudir al primer llamado.

El 2 de Mayo de 1599, estando de paso en Vera, Hernandarias de Saavedra, que era a la sazón gobernador de las provincias del Río de la Plata, ordenó por Bando que se acuchillase a cualquier indio que embarazase las construcciones(16).

Asimismo, Hernandarias de Saavedra aprobó lo resuelto por el Cabildo a fines de 1598, a solicitud del Procurador, capitán Juan Gómez de la Torre, con respecto al sitio en que se fundara la ciudad, que estaba junto al Santuario de la Cruz del Milagro, y se conocía entonces por “El Pucará”, y que consideraban harto expuesto a los ataques de los indios, de tal suerte que vivían los pobladores con las armas en las manos,

“con essesibos trabajos con rriesgos de que dha. población nose consiguiese y sin embargo de todos estos rriesgos tan manifiestos desampararon parte de los dhos. pobladores la dha. población, quedando los pocos que no se trasladaron, con mayor rriesgo de sus vidas, duplicando su esfuerzo, llegando las cosas a tal punto”, que la cercanía de la selva favorecía la sorpresa.

Todo ello había determinado al Cabildo a disponer se repartiesen nuevamente los solares y sitios que se dieren anteriormente a aquéllos que se ausentaron sin ánimo de volver, si bien dicho reparto se haría previa intimación para que si no regresaran dentro del plazo de seis meses, se haría efectiva la medida, porque el Cabildo consideraba que “la tierra era de quien la trabajaba y no de otro”.

Se dejaron a salvo las tierras que se dieron al Adelantado, porque “con el no abla lo dispuesto”. Esta importante resolución se hizo saber “en la plaza por voz de pregonero, y a son de caja de guerra”(17).

En Octubre de 1598, el cura y vicario, fray Baltasar Godínez, de la Orden Seráfica, tomó posesión del terreno que fuera señalado para la Iglesia Matriz, cuya fábrica comenzó de inmediato. Hasta entonces, los oficios religiosos se efectuaban en la ermita de San Sebastián, sita en la Punta del mismo nombre.

No obstante tantas dificultades, se distinguieron los primeros pobladores por un afán de progreso que trasuntan los Acuerdos capitulares. La quimera, siempre en el espíritu de los conquistadores, les hizo imaginar que existían en la región minas de hierro. Vana ilusión, pues nada obtendrían de aquella tierra para su sustento y adelanto si no lo lograban con el trabajo paciente y noble.

Las circunstancias determinaron que fueran primero agricultores; ganaderos lo serían después, cuando a punta de espada y lanza se internaran tierra adentro(18).

El 22 de Diciembre de 1599 fue nombrado teniente de gobernador, justicia mayor y capitán a guerra, el capitán Diego Martínez de Irala, natural de Asunción, hijo natural de una india guaraní y del célebre conquistador y gobernador del Paraguay, general Domingo Martínez de Irala.

Era, pues, un mestizo, un “mancebo de la tierra”. Su nombramiento lo hizo Francés de Beaumont y Navarra, teniente general de gobernador y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata por Diego Rodríguez de Valdes y de la Banda.

Durante su Gobierno ocurrió un hecho trascendental y que hasta hace pocos años lo ignoraron los pseudohistoriadores de Corrientes. En el Acuerdo capitular del 10 de Marzo de 1603 fue designado maestro de escuela, para que enseñara a los niños a leer, escribir, contar y la Doctrina cristiana, Ambrosio de Acosta, mediante la retribución de un peso de plata por cada uno de ellos(19).

Al comenzar el siglo XVII ya estaban ocupadas las tierras aledañas y se dedicaban en ellas a la labranza los fundadores pero, no contentos con la limitación a que estaban reducidos, se organizaron “entradas” hacia el interior del “continente”, para establecerse en estancias y aprovechar del ganado vacuno que habían llevado en Enero de 1588 y que, hasta entonces, se encontraba guardado en espaciosos corrales.

No se pudo impedir que muchos animales escaparan a la rigurosa vigilancia puesta por el Cabildo y huyeran hacia la campaña, multiplicándose.

En Enero de 1611, estando en la ciudad el Visitador, Francisco de Alfaro, cuyas famosas Ordenanzas reglamentaran especialmente el régimen al cual debería someterse a los indios, en momentos en que la ciudad padecía grandes necesidades, influyó eficazmente en Pedro de Vera y Aragón, accidentalmente en ella a la sazón, y que era hijo y heredero de Alonso de Vera y Aragón quien, como se ha dicho, era el único propietario del ganado que se llevara de Asunción, para que aquél autorizase, por escritura pública otorgada ante Alfaro, a los vecinos para que pudiesen

“libremente entrar en sus ganados a vaquear y charquear, pagándole la cuarta parte de la matanza que hicieren o recogiesen”, encargándose el Cabildo de dar las pertinentes licencias.

Grande fue entonces el alivio que experimentaron los pobladores(20).

Harto rudimentaria era por esos años la edificación. Las casas de la ciudad estaban construidas con paredes de las llamadas “francesas”, con techos de tejas de palma y puertas de dos batientes; las de las chacras, de paredes de igual clase, pero con techo de paja. En cambio, el ornamento de ellas era casi suntuoso, con abundancia de buenos muebles y adornos y vajillas de plata.

Del cuidado de las calles y plazas se ocupaba celosamente el Cabildo, así como también de los caminos y puentes, dándose al de estos últimos especial importancia, ya que fue uno de los motivos principales de la fundación, el asegurar las comunicaciones, tanto terrestres como fluviales, entre las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Asunción y Concepción del Bermejo, asoladas por los indios infieles que, con frecuencia, atacaban, robaban y mataban a los blancos que viajaban de unas a otras, como se dijo precedentemente.

“Así, para obviar los males arriba dichos, como para el bien de los yndios y españoles que en estas provincias estamos de donde se hará gran aumento y comercio con españa brazil chile tucumán y Perú por respeto de estar en medio de las provincias del Guaira y del rrío bermejo donde está poblada la ciudad de la Concepción de Buena Esperanza camino del pirú agora nuevamente fundada”, según escribió al rey, el Cabildo de Vera, recomendando a Su Majestad atendiera los pedidos que en su representación haría su Procurador General, Diego Gallo de Ocampos(21).

El comercio con las otras ciudades se desarrolló rápidamente, no obstante que en los primeros años se usaban en Corrientes, como moneda, el plomo, el hierro y el azufre, practicándose además el trueque.

Para seguridad de los mercaderes y viajeros se construyeron dos fuertes: El uno, llamado de San Juan, tres leguas al Nordeste, sobre la costa del Paraná, con guarnición de veinte soldados; y, otro, llamado de San Lorenzo, sobre la ribera norte del río de Santa Lucía, con igual número de soldados.

Estas defensas favorecieron el avance de los vecinos hacia el Interior del territorio, quienes fueron paulatinamente poblando estancias.

Hernandarias de Saavedra, pocos años después, daría gran impulso al progreso de la ciudad.

Notas

(1) Material extraído del libro “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes (1588 - 1814)”, de Raúl de Labougle, editado en 1978.
(2) “Actas Capitulares de Corrientes”, tomo I, Págs. 35 a 39, edición de la Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, año 1941.
(3) “Actas Capitulares de Corrientes” y “Colección de datos y documentos referentes a Misiones, como parte integrante del territorio de la Provincia de Corrientes, hecha por una Comisión nombrada por el gobernador de ella”, edición de Corrientes, imprenta de La Verdad, año 1877.
(4) Paul Groussac, “Mendoza y Garay”, edición de la Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, año MXMXLIX; Padre Pedro Lozano, de la Compañía de Jesús, “Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán”, tomo I.
(5) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Justicia, Legajo 41, expediente número 1.220.
(6) Ibidem, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes II.
(7) “Actas Capitulares de Corrientes”, ob. cit., tomo I, Págs. 49 y 65. Raúl de Labougle, “Orígenes de la ganadería en Corrientes”. Biblioteca Nacional de Buenos Aires, Sección Manuscritos, Colección Gaspar García Viñas, tomo 101, números 151. 2 y 151. 3, y tomo 151, número 2.792.
(8) “Revista del Archivo de la Provincia de Corrientes”, tomo I, edición de Corrientes, año 1908.
(9) En el día de la fundación, sólo hubo un fraile franciscano. La Compañía de Jesús recién se estableció en 1690; los dominicos, en 1728. (Cabe decir que Gustavo Miguel Sorg, en su libro “Juan de Torres de Vera y Aragón. Nueva fundación de la ciudad de Vera”, desmiente esta afirmación, al afirmar que, al momento de la fundación, no estuvo presente ningún religioso).
(10) Es interesante constatar que, ya en 1598, Corrientes ejercía actos de dominio sobre la zona del Tebicuary, que años después le disputaría el Paraguay.
(11) "Revista del Archivo General de la Provincia de Corrientes”, tomo I, Ed. Corrientes, año 1908.
(12) Ibidem.
(13) Ibidem.
(14) Archivo General de la Nación, División Colonia, Tribunales, Legajo E 1, expediente número 3, Págs. 130 y 130 vta. Información de Servicios del capitán Víctor de Figueroa, año 1664.
(15) Raúl de Labougle, “San Juan de Vera de las Siete Corrientes”, Pág. 17, edición Buenos Aires, año 1956.
(16) “Revista del Archivo General de la Provincia de Corrientes”, tomo I, edición de Corrientes, año 1908.
(17) “Revista del Archivo General de la Provincia de Corrientes”, tomo I, edición de Corrientes, año 1908.
(18) Ibidem.
(19) “Actas Capitulares de Corrientes”, edición de la Academia Nacional de la Historia, tomo I, Pág. 198, Buenos Aires, año 1941.
(20) “Archivo General de la Provincia de Corrientes”, Actas Capitulares, Libro XIV, Acuerdo del 22 de Diciembre de 1681. “Revista del Archivo General de la Provincia de Corrientes”, tomo I, Págs. 803 y sigtes.
(21) “Revista del Archivo General de la Provincia de Corrientes”, tomo I, edición del año 1908.

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