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El Siglo XVII

El siglo XVII

por Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce(*)

Hacia el 1600, ninguno de los grandes problemas del siglo XVI había tenido una verdadera solución.

Tres grandes hechos dejarían, no obstante, su marca indeleble: los viajes y descubrimientos, que dieron una nueva dimensión al mundo conocido; las reformas religiosas, que produjeron la ruptura de la unidad cristiana de Occidente; y el renacimiento en las letras y en las artes, que significó renovaciones profundas en las ideas y en las creencias de la gente.

Los hombres han padecido el rigor de la intolerancia y sufrido los excesos de las guerras religiosas y políticas. Han perdido el optimismo renacentista y la vida se les presenta brutal, dura y desordenada. El arte expresa las tendencias de esa época tumultuosa.

Algunos avizoran la asociación entre el arte y la vida, como si ambos se reunieran en el gesto maravilloso del movimiento. El barroco aparece, asimismo, como la expresión del siglo del placer frívolo, extravagante o sutilizado y, sin embargo, con él comienzan la ciencia y la historia en el sentido moderno.

En los trazos esenciales del arte barroco se definen inclinaciones, aspiraciones, angustias, conquistas y humores de la sociedad del Seiscientos. Estilo de rebuscada complejidad, expresa el triunfo de la pasión sobre la razón, así como el siglo siguiente, el XVIII, será el de la razón reivindicada.

Los hechos políticos y militares se entienden en el contexto de la Europa barroca, porque el barroco es, a su manera, “la risa maliciosa del siglo XVII” y un medio para protestar contra la tiranía política, contra el autoritarismo eclesiástico inquisitorial.

Fiesta de la sensualidad y, al mismo tiempo, sentido trágico de la vida. El barroco implica una concepción del mundo y una manera en que el hombre de la época se inserta en el mundo.

También el barroco español expresa una forma de inserción de España en Europa.

“No son los hechos en cuanto tales distintos en Europa que en España, ni los temas, ni siquiera los lugares comunes de la cultura. En este sentido España es Europa participando totalmente de y en lo europeo. Sin embargo, ocurre que las mismas cosas se iluminan con luz distinta en Europa que en España”(1).

Si bien no se tiende un “telón” entre España y Europa, lo barroco alcanza en aquélla máxima tensión, y constituye un clima unitario y exclusivo, propio de la actitud española en el continente.

Los grandes maestros del barroco presiden el espíritu del siglo, y hasta los comportamientos políticos tuvieron como testigos a un Bernini, cuya presencia se siente en las plazas de Roma o en el decorado fastuoso de San Pedro, que llama a los sentidos y a la imaginación.

La poesía lírica del español Góngora, por ejemplo, transparenta la sutileza imaginativa del tiempo, y la novela de Cervantes no es ajena al propósito de imponer el heroísmo y la ilusión como aspiraciones máximas del arte barroco.

España denuncia, a través de un arte aceptado en la intimidad de la Corte -la pintura-, cómo se expresa la dialéctica entre el realismo y la mística, entre lo popular y lo sutil.

Desde Ribera, Murillo y Zurbarán, hasta Velázquez, la situación pendular de la España del Seiscientos será patente.

Notas

(*) Material extraído del libro “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 5, de Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce.

(1) Tierno Galván, Enrique, Desde el espectáculo a la trivialización. Ed. Taurus. Madrid, 1961. (Conf. también Le baraque, de Germain Bazin y las notas sobre el barroco de Michele Federico Sciacca en “La Nación”, 1960).

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