El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Paz de Nimega

Paz de Nimega

por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce(*)

Paladín de la ortodoxia, del antimaquiavelismo y de la Contrarreforma, según la manera de entender su inserción en el mundo del siglo XVII, España padece el desmembramiento parcial de su Imperio.

En menos de un siglo pierde sus principales dominios europeos.

Entre 1618 y 1648, treinta años de guerra dejaron pue­blos hambrientos y migrantes, produjeron consecuencias económicas -alza de los precios-, y cubrieron a Europa de pesimismo e inquietud.

El frágil equilibrio que había establecido, en 1555, la paz de Augsburgo poniendo fin relativo a las guerras de religión en Alemania y sentando el compromiso de que los pueblos debían seguir la religión de su príncipe, fue roto del lado protestante por los calvinistas y del lado católico por los jesuitas.

Los tratados de Westfalia -el de Münster y el de Onsbrück-, significaron, al fin, cambios fundamentales en las relaciones de poder europeas: Para España, la pérdida de posesiones importantes, como Jamaica, y, para Europa, la quiebra definitiva de las ideas del Imperio universal que los Habsburgo acariciaban, mientras la teoría del equilibrio europeo sustituía la de la monarquía universal concebida por Campanella.

Históricamente, al finalizar la Guerra de los Treinta Años comenzó la declinación de Austria y de España y la línea ascendente de dos potencias que se habían mantenido al margen: Inglaterra y Rusia.

La paz de los Pirineos sería interpretada por los españoles como esos signos de los tiempos que, en ese entonces, señalaban la decadencia. El malhumor les hizo parecer más visibles esos signos en el reinado siguiente.

El siglo había comenzado con el desmembramiento parcial de los dominios europeos de la Corona española, al reconocer Felipe III la independencia de las Provincias Unidas, desgajadas de los Países Bajos.

Para colmo, un movimiento disgregador en la Península costó la pérdida definitiva de Portugal, con todos sus dominios, menos la plaza de Ceuta, hecho que Inglaterra habría de computar para explotarlo en favor de su proceso de expansión imperial.

Las aspiraciones competitivas de Portugal respecto de España serían, desde entonces, hábilmente explotadas por los ingleses, sea mediante la alianza directa con el nuevo Estado, o haciendo uso de la dinámica expansiva de éste con el fin de impedir la relativa homogeneización del Imperio español en América.

El reinado dramático -para la visión que los españoles tenían entonces de las cosas-, de Carlos II, dio lugar a la paz de Nimega, en la que España perdió el Franco Condado, Aire, Yprés, Cambray y Valenciennes, cuando aún no se había repuesto de las consecuencias del tratado de paz de 1670, que había significado, además, la aceptación por España de la libre navegación de los mares y del principio del uti posidettis, renunciando a la primacía de los títulos de donación.

Nota

(*) Material extraído el libro “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 5, de Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce .

Información adicional