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La realidad social

La realidad social

por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce(*)

Si Carlos I había representado la idea del imperio universal y Felipe II la del Imperio hispánico, el reinado de Felipe III parece marcado por la disposición al pacifismo y por la primera señal de distensión de la energía expansiva de España.

Cuando llega el tiempo de los dos últimos Austria -Felipe IV y Carlos II-, ha transcurrido casi un siglo desde que fuera elevado al trono Carlos I.

La realidad social señalaba la decadencia de las clases medias, el continuo crecimiento de la aristocracia, la polarización entre una nobleza rica, latifundista y poderosa, y una masa de pobres y humildes.

La población eclesiástica, durante los dos últimos Austrias, es casi el doble de la del siglo XVI.

La población rural disminuye por la influencia de cierto desarrollo industrial y por las riquezas que llegan desde América casi exclusivamente a las ciudades.

Los artesanos y los proletarios urbanos padecen la carestía de la vida y el agotamiento económico, mientras se multiplica el bandidaje -fenómeno social común a toda Europa, especialmente mediterránea-, y abundan los mendigos y vagabundos.

Si la mendicidad tiene casi ciento cincuenta mil practicantes a principios del siglo XVII y el pícaro -figura cara a los literatos del Siglo de Oro-, corretea por Cataluña y Aragón, el terrorismo, la inquietud y el desasosiego social se difundirán por casi toda España.

La estructura social española de esta época no es bien conocida. Vicens Vives y sus colaboradores no registran cambios notables respecto de la España de los Reyes Católicos. Sobre ocho o nueve millones de habitantes, España, al comienzo del Seiscientos, tenía un 75 % de clases productoras, de las cuales un 8,33 % -alrededor de quinientos mil trabajadores del campo y de la ciudad-, era morisco.

De aquél 75 %, unos cuatro millones eran campesinos. La emigración a las Indias, el esfuerzo bélico, la vanidad de las casas nobles que tomaban numerosos criados, eran otros tantos factores negativos en la relación entre población y economía.

Algunos de esos factores afectaban a toda Europa, cuya población era, a fines del siglo XVI, de 95 millones de habitantes, de los cuales Francia tenía dieciséis, España ocho, Austria cinco y medio e Inglaterra e Irlanda otro tanto.

La vida era dura, y eran “viejos” los hombres de cuarenta años y las mujeres de treinta. Rara vez se superaban los sesenta años, y la mitad de los niños moría antes del primer año de vida.

La pieza clave del mecanismo de la sociedad política era el rey, afirmado en una nobleza que se había adaptado al papel subordinado que le atribuyeran los Reyes Católicos.

Poderosa y coherente, apoyaba a la monarquía y participaba en el poder. Acataba al monarca, fuerte y centralizador, como Carlos I o Felipe II, o bien aceptaba responsabilidades de gobierno cuando la apatía real le abría camino, como con Felipe III.

Pero se había transformado en una oligarquía nobiliaria ávida de privilegios y de poder, con desmedro de su sentido de servicio. La vida cortesana incidió en el cambio. Había quedado atrás, en buena medida, el lema que presidía el escudo noble de los Mendoza: “Dar es servicio. Recibir es servidumbre...”.

El sistema monárquico seguía siendo legítimo, a pesar de las adversidades. Pero la España de los dos últimos Austrias será una potencia de segundo rango en Europa. Padece una época de crisis total, de quiebra de los ideales, de cesión del poder a los validos y favoritos.

El pesimismo se revela en el ambiente general de evasión y autocrítica, aunque esta última sea uno de los factores positivos que alentarán las reformas del siglo siguiente.

Como consecuencia, casi todo lo mejor de la España del Seiscientos se hace, curiosamente, en América.

Nota

(*) Material extraído del libro “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 5, de Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce.

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