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ESPAÑA ESTABLECIDA

España establecida

por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce(*)

Si el siglo XVI fue para la historia nacional el momento épico de las entradas y las fundaciones, el siglo XVII representa la consolidación de aquellas conquistas y el definitivo establecimiento de España en esta parte de América.

Durante el transcurso de esta centuria se definen los caracteres de nuestra sociedad colonial y se diseñan las condiciones del desarrollo económico, se perfilan las fronteras interiores -tierras de blancos y de indios-, que habrán de mantenerse, con variantes relativas, hasta el último tercio del siglo XIX, y comienza a delinearse la frontera exterior a través del enfrentamiento de España con Portugal.

Contra lo que pueda suponerse, no fue este siglo menos heroico que el anterior, aunque tal vez haya sido su heroísmo menos espectacular.

La media tinta con que aparece todavía hoy a los ojos del profano en la materia no se debe a las circunstancias propias de aquel tiempo, sino a la escasa atención que ha merecido de los investigadores, con la meritoria excepción de un grupo de estudiosos que lo ha rescatado del olvido; pues momentos heroicos no faltaron para los hombres de armas en la lucha contra la insurrección calchaquí, en las refriegas contra los indios chaqueños y en los fugaces pero significativos episodios de la lucha contra los portugueses.

Aún hubo ocasión de dar muestras de heroísmo civil en la dura subsistencia de las ciudades y en las tentaciones de la riqueza ilícita para los funcionarios rectos.

También fue abundante el testimonio heroico de los misioneros que arriesgaron y frecuentemente perdieron su vida para sentar la fe cristiana entre los salvajes.

Y, por fin, mezcla de varios heroísmos fue la vida y la muerte de los pueblos misioneros en el extremo Oriental del territorio español.

Pero el siglo XVII corría lentamente y estos episodios se escalonaban pausadamente a todo lo largo del tiempo, mientras la rutina de cada día lo cubría todo, como el polvo de los solitarios y fragorosos caminos de entonces.

Cuando decimos que en este siglo quedó España establecida en estas regiones, no entendemos por España sólo el ente político estatal, sino también su forma de vida y su cultura.

Las ciudades desarrollan su propia vida, se pueblan con los hijos del lugar. Ya no son meros emigrados, sino hijos de la tierra. Pero hijos de españoles, herederos de sus ideales, de sus creencias, de sus temperamentos.

Por supuesto que hay cambios, y no sólo los derivados de la mezcla de razas. El nuevo ambiente físico y social genera un hombre nuevo, el criollo, y en él se dan nuevas virtudes y defectos. Este criollo es esencialmente un español, pero ya es un español americano, poseedor de un tipo y un estilo propios.

Las poblaciones argentinas presentan así un carácter peculiar: arcaico, pues en el criollo se han fijado las características, no de su contemporáneo español, sino de sus padres y abuelos que se instalaron en América y, a la vez, novedoso, pues identificado con su medio, lo siente y lo vive más rápida y plenamente que los soldados y funcionarios peninsulares que vienen a engrosar la población.

Por ello es que la América española presenta en este siglo XVII una fuerza que no refleja la decadencia de la España europea, y recuerda más bien en su fisonomía espiritual a la época de Carlos I y de Felipe II.

La vida del español americano -dice Sierra-, se apoyaba en tres pivotes fundamentales, herencia de sus antepasados: Su fe cristiana, que le dio la escala ética, la concepción metafísica de la vida y su relación con Dios y el mundo; su idea de justicia, concebida como eje de la estructura social y del poder político; y su concepto de la libertad, como pertenencia inalienable de su condición humana.

Al crecer la comunidad española se fue consolidando la estructura jurídica y política de los reinos de Indias. La vida administrativa adquirió formas estables. Desaparecieron ya los gobernadores omnipotentes que se movían libremente en su aislamiento, bastándoles el sentirse fieles al Rey y aprobados por la población.

Los funcionarios fueron designados por períodos de tiempo precisos, reemplazados con cierta regularidad y sometidos a estricta vigilancia.

Se luchó contra la venalidad, no siempre con éxito, y se combatió el nepotismo, que surgía y resurgía pese a las limitaciones legales y a las amonestaciones, pues era la consecuencia inevitable de la escasez de la población, de la falta de cuadros administrativos y de la necesidad de contar con hombres de toda confianza.

Muy frecuentemente, los funcionarios llegaban desde otras regiones o desde España, desconocedores del medio am­biente, para encontrarse no pocas veces con parcialidades envueltas en conflictos de intereses.

El nepotismo fue así una suerte de garantía para más de un gobernador, aunque no faltó quién exagerara la nota, como Torres de Vera y Aragón, que a fines del siglo XVI designó a sus parientes para tenientes de gobernador de todas las ciudades de su gobierno.

Las agitaciones políticas características del siglo anterior disminuyeron notoriamente, así como la oposición entre americanos y peninsulares.

La vida política se estabilizó y un sentimiento de unidad comenzó a expandirse, como consecuencia natural de los peligros sufridos en común, de los intereses compartidos y aún por los parentescos que se iban creando entre los vecinos de las distintas ciudades.

Nota

(*) Material extraído del libro “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6, de Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce.

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