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Real Hacienda

Todo lo relativo a la organización financiera y contable de la administración indiana correspondía a lo que se denominaba Real Hacienda. El sistema rentístico de la Corona para América era complejo y pese al cuidado que aquélla puso en mantenerlo en el mejor estado, la evasión impositiva fue grande, los fraudes numerosos y la recaudación misma nunca alcanzó las esperanzas de la Corona ni la satisfacción de sus necesidades. Los recursos eran de cuatro clases: a) Las regalías, o participación de la Corona en los beneficios obtenidos en la explotación de las minas por los súbditos y que constituía el “quinto real”, y que posteriormente disminuyó a sólo un décimo del producto obtenido; b) Las Rentas de bienes reales: minas reservadas al Rey, venta de tierras reales, bienes vacantes, ventas de cargos públicos, etc.; c) Monopolios o estancos, es decir la explotación de ciertos productos por la Corona o su concesión a un particular que obtenía su monopolio a cambio del pago de un derecho fijo y que abarcaba el azogue, la sal, la pólvora, el papel sellado, los naipes y posteriormente el tabaco; d) Los impuestos, que eran numerosos y de los cuales mencionaremos sólo los principales: El almojarifazgo, aplicado a todas las mercaderías que entraban y salían de los puertos, especie de derechos aduaneros aplicables no sólo al comercio exterior, sino también al comercio marítimo interno del Imperio; la alcabala, equivalente a nuestro moderno impuesto a las ventas; y el diezmo, impuesto eclesiástico cuyo cobro y administración había concedido el Papa al Rey a cambio de que éste atendiera a la Iglesia en Indias en todas sus necesidades y se ocupara de la conversión de los naturales. Este impuesto consistía en el décimo del valor de los productos agrícolas y ganaderos. Las tasas de los anteriores variaban: En el almojarifazgo no excedieron del 15 % y en la alcabala variaron del 2 al 6 %. Existían varios otros impuestos, pero sólo mencionaremos el de sisa, tasa temporaria que se aplicaba a los productos alimenticios para cubrir necesidades extraordinarias.

Otro impuesto importante era el tributo, que debían pagar los indios como reconocimiento de su vasallaje al Rey. Se aplicaba por cabeza de indio adulto varón a razón de cinco a ocho pesos anuales cada uno.

La recaudación y aplicación de todas estas rentas pasaban por las manos de los Oficiales Reales, funcionarios de gran importancia y de efectiva gravitación. Habitualmente en toda gobernación existían dos: El Tesorero y el Contador. Cuando se trataba de un virreinato o de una provincia importante se agregaban otros dos: El Factor, encargado de todas las transacciones que se pagaban con fondos de las Cajas Reales; y el Veedor, que miraba por los derechos de la Corona en las minas y casas de refinamiento del metal. Los Oficiales Reales se reunían periódicamente con el gobernador -en Lima con el virrey, el Oidor decano y el Fiscal de la Audiencia-, constituyendo una Junta de Real Hacienda, donde se discutían las cuestiones de competencia común a sus componentes. Periódicamente las cuentas se enviaban al Tribunal de Cuentas de Lima, único del virreinato, el que a su vez informaba al Consejo de Indias sobre la materia.

No completaríamos la descripción del gobierno político-administrativo indiano si no hiciésemos referencia a una función cuya descripción hemos dejado de propósito para este lugar. Nos referimos a aquella parte de la función de gobierno que se refiere al gobierno espiritual.

Hay que hacer referencia a la religiosidad militante de los Estados europeos durante el siglo XVII. Pero la condición religiosa del Estado español era mucho más que una política. El fin religioso integraba desde el siglo XV los fines del Estado, y las Indias se incorporaron a un reino que se había constituido como un Estado confesional, que consideraba los delitos contra la fe como delitos contra la sociedad y el Estado.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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