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La Iglesia

Por lo tanto, si bien los miembros de la Iglesia dependían de Roma en materia de doctrina y de disciplina eclesiástica, estaban sujetos a la autoridad real en todo lo demás en virtud del régimen del Real Patronato Indiano. A través de éste la unión del trono y del altar adquirió estado jurídico y la Iglesia constituyó en este sentido una rama más de la administración real. Esta velaba por el cumplimiento de la obra misional, sostenía económicamente a la Iglesia, levantaba sus templos e intervenía en la designación de sus prelados.

La organización episcopal aparece en nuestro país en el siglo XVI con las creaciones de los Obispados de Tucumán y Asunción en 1547 y 1570 respectivamente, a los que se agregó en 1620 el Obispado de Buenos Aires, segregado de la jurisdicción originaria del de Asunción; los tres dependían del Arzobispado de Charcas. Paralelamente, se instalaron en América las Ordenes religiosas que no dependían del obispo sino del provincial de la Orden respectiva.

Esta organización dual, característica de la Iglesia Católica Romana, dio origen a cierta rivalidad entre seculares y regulares que se expresaban en torno de los problemas de jurisdicción eclesiástica.

Los Obispados contaron desde el principio con sus correspondientes Cabildos eclesiásticos, y la organización en parroquias se difundió durante el siglo XVII.

Los Obispos, además de sus funciones específicas, se dirigían frecuentemente al Rey informándolo sobre la situación económica, social o política, actuando así como asesores del monarca y como voceros de la opinión pública.

En 1570 se estableció en Lima el Tribunal del Santo Oficio o Inquisición. Estaba encargado de perseguir la herejía -judíos confesos y cristianos nuevos principalmente-, pero, sobre todo, se aplicó a cuestiones de disciplinas y moral entre cristianos: Casos de bigamia, adulterio, barraganía, brujería, blasfemia, etc. También actuó como censor de los libros que se introducían en América aunque en este sentido su acción se hizo sentir poco. En definitiva, el Santo Oficio actuó como custodio de la ortodoxia y moralidad de la comunidad, utilizando en ciertas ocasiones procedimientos que si bien eran corrientes en la época, son vistos hoy con desagrado por su aspereza o arbitrariedad.

Otro signo más de la unión entre la Iglesia y la Corona lo constituía el hecho de que en determinados casos se podía recurrir ante la Audiencia de una sentencia dada por el Tribunal eclesiástico.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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