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Guerras calchaquíes

Durante el siglo XVI la ocupación del territorio se caracterizó por el establecimiento de un grupo de ciudades que actuaban a la manera de centros desde los cuales se operaba sobre las regiones no sometidas, procurando dominar la mayor cantidad posible de territorio y asegurar las comunicaciones entre esos mismos centros. Desde Charcas a Buenos Aires y desde ésta a Asunción, aquellos poblados eran como grandes postas que jalonaban un largo camino por tierras que sólo pertenecían a los españoles en la medida en que eran tierras deshabitadas, u ocupadas por los escasos pobladores blancos de la campaña, o porque los indios que las poblaban aceptaban someterse al dominio español. Esta sumisión no siempre fue permanente y la ocupación de los espacios rurales fue lenta, lo que generó la existencia de inestables fronteras interiores.

En el siglo XVII estas fronteras van a adquirir permanencia. Ciertos focos de resistencia indígena serán eliminados y otros, por el contrario, se consolidarán. De este modo algunas regiones como el conjunto catamarqueño-calchaquí, quedarán incorporadas a la civilización española y otras, como el Chaco, permanecerán impenetrables hasta fines del siglo XIX.

La persistente amenaza contra las poblaciones del Tucumán representada por los indios cacanos, especialmente los calchaquíes, cesó gracias a la acción del gobernador Barraza y Cárdenas y de su sucesor, don Alonso de Ribera, quienes entre 1604 y 1606 lograron consolidar un statu quo de paz y buenas relaciones con dichos indios, bajo cuya protección pudieron desarrollarse las ciudades norteñas durante toda una generación, tiempo durante el cual se dictaron -en 1616-, las Ordenanzas sobre trabajo indígena, obra del licenciado Alfaro, fiscal de la Audiencia de Charcas. Al amparo de esta paz, Tucumán alcanzó un nivel social y económico superior al del Río de la Plata, y comenzaron a aparecer los primeros establecimientos educacionales de jerarquía: El Seminario de Santiago del Estero y el Convictorio de San Francisco Javier en Córdoba, ambos creados durante el excelente gobierno de Quiñones y Osorio, y la Universidad de Córdoba en 1622.

Pero la disfrutada paz no se mantuvo. Los excesos de los encomenderos y la belicosidad de los naturales se conjugaron para que en el año 1630 se produjera un alzamiento de grandes proporciones que comprendió a los indios de diversas parcialidades desde La Rioja hasta Salta. La guerra duró siete años y estuvo a punto de terminar con el dominio español del Tucumán. La lucha fue dura; los indios bajaban a los poblados y chacras dando sangrientos golpes de mano y luego se refugiaban en las alturas de las montañas, mejorando las condiciones del terreno para la defensa con la construcción de pucarás, suerte de fortalezas rudimentarias constituidas por muros de piedras. Los españoles, además de lo expuesto del ataque en semejante terreno y de la inferioridad de su número, no podían operar contra las alturas en invierno. Pero la tenacidad y pericia del gobernador Albornoz logró vencer la sublevación y pacificar luego a los indios. Esta guerra dejó exhaustas a las poblaciones, tanto por la pérdida de hombres como por el agotamiento de sus recursos y la sensible reducción de la mano de obra indígena.

Se recuperaba el Tucumán de estos males cuando, tras otros veinte años de paz, los mismos indígenas se sublevaron en 1658, instigados esta vez, por un aventurero andaluz, Pedro Bohórquez, que se decía descendiente de los Incas. El gobernador Mercado y Villacorta logró dominar la situación y capturó al impostor en una sorpresiva campaña invernal en 1659. La guerra habría terminado, entonces, si Mercado no hubiese debido abandonar su conducción para hacerse cargo del Gobierno de Buenos Aires. Esto dio un respiro a los naturales y creó una nueva situación apurada para los españoles, pues, fuese coincidencia o contagio, a partir de 1660 comenzaron a alzarse los indios de Santa Fe y Corrientes, obligando a los españoles a esfuerzos militares simultáneos. La situación se extendió al Chaco Occidental en 1664 y sólo la falta de coordinación entre las distintas parcialidades indígenas permitió a los españoles superar el peligro. Vuelto Mercado al Gobierno del Tucumán organizó una nueva campaña y en 1666 puso punto final al alzamiento calchaquí con la sumisión de todas las tribus. Temeroso de que se repitiera la situación, adoptó un recurso contrario a la legislación protectora del indio, que consistió en erradicar a los aborígenes de su medio natural, trasladándolos en masa a otras regiones. Este proceder, aprobado por la Corona, produjo tal impresión en aquellas comunidades que terminó con su espíritu guerrero.

La liquidación del poderío calchaquí aseguró las poblaciones de La Rioja, Londres, Tucumán y Salta, y permitió la ocupación de la región hasta entonces dominada por aquéllos, ocupación que se consolidó definitivamente con la fundación de San Fernando de Catamarca en Julio de 1682.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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