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La penetración portuguesa

España había unido a su Corona el reino de Portugal, con lo que las posesiones ultramarinas de ambas potencias pasaron a constituir un solo Imperio.

Pero nunca fue tan desgraciada para España la incorporación de un reino. Por creer que ésta sería definitiva descuidó todos los problemas fronterizos entre las posesiones de Castilla y Portugal, y mientras concurrió generosamente a recuperar Bahía, asistió impasible al despojo que los portugueses -convencidos de la precariedad de la unión-, realizaban sobre las fronteras del Guaira.

Ya hemos citado a Hernandarias a propósito de la Patagonia. La amplitud de su visión política, que abarcaba el conjunto del Sur continental, no ha sido debidamente apreciada por los historiadores, y constituye más timbre de gloria para él que su valiente y empeñosa lucha por la moralización administrativa. Agudamente previó la necesidad de poblar la Banda Oriental del Río de la Plata, el Alto Paraguay y la isla de Santa Catalina, asegurar el Guaira y oponer una valla a la penetración portuguesa que era estimulada desde San Pablo y San Vicente. Sabedor de esto, proyectó el desmantelamiento de San Pablo y la expulsión de los portugueses de la zona.

Desgraciadamente, el Consejo de Indias no escuchó al gobernador criollo ni a los otros que periódicamente fueron sugiriendo medidas similares. Durante cuarenta años se omitió repoblar San Francisco y ocupar nuevamente Santa Catalina, afianzar la presencia española en el Guaira y avanzar alguna población entre el río Uruguay y el Atlántico. Y esta situación subsistió, hasta que los portugueses se sintieron suficientemente fuertes para tomar la iniciativa.

Sólo los jesuítas habían materializado la posesión española de las fronteras Orientales con la creación de múltiples pueblos de indios o “reducciones”, y esta barrera, fruto de la obra cristianizadora de los misioneros, fue la primera en recibir el golpe de los portugueses.

Durante la unión hispano-portuguesa, el creciente dominio naval de los enemigos de España dificultaba seriamente la introducción de negros al Brasil, indispensables para el trabajo rural. Fue entonces cuando los portugueses de San Pablo se dedicaron a organizar partidas o “bandeiras” que avanzaban sobre las tierras españolas, pretendidas por ellos, y cazaban a los indios, especialmente los pacíficos y reducidos, para venderlos luego como esclavos en el Norte del Brasil, donde era más sensible la falta de negros.

Estas partidas de voluntarios paulistas, aprovechando primero la imprevisión de las autoridades españolas y luego su indecisión y en algún caso su complicidad, fueron arrasando impúnemente las reducciones del Guaira entre 1629 y 1631, región que desde entonces quedó en poder de Portugal. Entre 1636 y 1640 hicieron lo mismo con las situadas en la región de Río Grande, obligando a los jesuítas y sus indios, faltos del apoyo militar español, a replegarse al Oeste del río Uruguay.

No se puede prever hasta dónde habrían llegado los paulistas si los propios jesuítas no hubiesen decidido armar a los indios y darles instrucción militar para su defensa. Un gobernador más despejado les dio armas y la necesidad impuso un adiestramiento eficiente. Los misioneros pusieron a algunos caciques capaces al frente de esta fuerza española en su estilo, e indígena en su composición, la que sorprendió y destrozó a una poderosa “bandeira” en Mborore, el año 1640, el mismo en que Portugal se separó de España.

La victoria de Mborore puso fin a las depredaciones de los paulistas, aseguró las reducciones al Oeste del Uruguay y puso en evidencia la utilidad militar de los indios reducidos. Al amparo de la paz así obtenida, las reducciones se desarrollaron y a partir de 1667 comenzaron lentamente a retornar al Oriente del río, pero sin alcanzar nunca la difusión anterior.

Sin embargo no cesaron allí las pretensiones lusitanas. Desde 1673 se conoció en Buenos Aires la intención de los portugueses de establecerse en la Banda Oriental. Poco o nada se hizo para evitarlo y la ocasión de adelantarse a aquéllos con una fundación propia se dejó pasar. En 1680 Soares de Macedo intentó materializar los planes portugueses, pero fracasó. Simultáneamente su compatriota Manuel Lobo, más afortunado, fundó Colonia do Sacramento, en la costa del río, casi enfrente de Buenos Aires.

Inmediatamente se organizó un ejército mixto de españoles y guaraníes de las reducciones que marchó sobre la flamante plaza y la tomó por asalto el 7 de Agosto.

Pero lo que se había logrado con las armas debía consolidarse en el terreno de la diplomacia. Y allí España falló estruendosamente. Si la falta de criterio político unida a las penurias financieras había llevado a la Casa de Austria a la indefensión que hemos relatado, ahora que el esfuerzo de los propios habitantes de ultramar le devolvía una de sus posesiones, la Corte española demostró no sólo una total incapacidad para ver el problema, sino que dio pruebas que no estaba segura de los derechos que invocaba a la posesión de la Banda Oriental. Aprovechando el desconcierto español, Portugal logró en 1681 la firma del Tratado Provisional que le era totalmente favorable: España se comprometió a devolver la Colonia del Sacramento a los portugueses, mientras los comisionados de ambas Coronas discutían los derechos de cada una. En caso de desacuerdo se recurriría al arbitraje papal. La impericia demostrada por los españoles en el manejo del asunto, especialmente en el de sus antecedentes geográficos, tal vez hubiera asegurado a Portugal un arbitraje favorable a sus intereses, pero ninguna de las dos potencias se interesó en que el Papa se expidiera prestamente: España por temor a un fallo desastroso; Portugal para tener tiempo de ir afirmando su ocupación efectiva de la zona, ya que España había aceptado en el Tratado de Paz de 1670 el principio del uti posidettis, renunciando a la primacía de los títulos de donación.

Así, al terminar el siglo, las fronteras del Imperio español en el Cono Sur del continente habían quedado establecidas en sus líneas generales.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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