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La población

Durante el siglo XVII los nuevos aportes inmigratorios provenientes de la Península, el crecimiento vegetativo de la población criolla y los todavía escasos aportes humanos extranjeros, ocasionaron un notorio crecimiento de la población blanca en el continente americano, hecho que en las provincias del Tucumán, Río de la Plata y Paraguay adquiere notoriedad a causa de la tardía ocupación de la región -segunda mitad del siglo anterior-, y de la escasez de población indígena, afectada, como en todo el resto del continente, por un proceso de disminución.

No obstante, la población indígena sigue representando la gran mayoría de la población aun cuando su porcentaje sólo alcance entonces al 75 % del total. También creció en la centuria la población mestiza, aunque su estatus social se modificó, e hizo su aparición la población negra importada del Africa.

Hacia 1650 la población de las tres provincias mencionadas alcanzaba a 590.000 almas, de las cuales 70.000 eran blancos, 35.000 mestizos y 20.000 negros. Pero la distribución de estos grupos étnicos variaba entre el Paraguay y las provincias que forman el hoy territorio argentino. La población blanca representaba en el Paraguay el 8 % del total, en tanto que en Tucumán y Río de la Plata alcanzaba al 14 %; inversamente, los mestizos de estas últimas constituían un 4,3 % del total, en tanto que en Paraguay, donde hemos señalado el alto desarrollo del mestizaje, alcanzaba al 8 %. En la inmigración española se producen variantes respecto al siglo anterior. Andaluces y extremeños siguen siendo mayoría, pero su porcentaje disminuye en beneficio de los habitantes del Norte español. Gallegos y asturianos comienzan a abundar y los vascos se destacan por su número y por su espíritu de iniciativa. También hacen su aparición los canarios, que con el tiempo constituirán un núcleo muy importante de la población de la Banda Oriental.

Es imposible determinar cuántas personas vinieron de España en ese siglo, pues los registros sólo representaban una parte indeterminada de ellos.

También comenzaron a instalarse extranjeros de variado origen, pero en el Río de la Plata fueron principalmente portugueses vinculados al artesanado o al comercio, muchas veces contrabandistas y en algunas oportunidades judíos que encubrían su condición de tales bajo nombre lusitano.

La población blanca criolla encontró una limitación a su desarrollo en el alto índice de mortalidad, especialmente en las zonas húmedas tropicales y en las altiplanicies frías, y conocido por su gravedad es el caso de Potosí.

Si bien las ciudades continúan siendo el centro y nervio de la vida americana, la población blanca se difunde en la campaña, primero en chacras cercanas a los centros urbanos, luego en establecimientos más lejanos, especialmente en las zonas libres de indios enemigos.

Las ciudades son todavía, hasta la mitad del siglo, poblaciones pequeñas, mínimas. En 1620 Buenos Aires contaba unos 1.100 habitantes, Santa Fe 600, Corrientes no llegaba a 400; Córdoba era la primera ciudad del Tucumán y su población superaba a la de Buenos Aires. Con el correr del tiempo estas poblaciones crecie­ron y hacia 1700 Buenos Aires había multiplicado siete veces su población.

El francés Massiac nos ha dejado una descripción del Buenos Aires de 1664 (1)“La ciudad está situada sobre la ribera escarpada al borde del río; en algunos lugares tiene alrededor de cuarenta pies de altura; se puede fácilmente fortificar, pues se tiene todo a mano. Las casas no son muchas; están construidas con tierra batida entre maderos, la que se moja un poco. Son de una planta y sin otros pisos y del mismo modo los conventos. Están techadas con paja y ramajes.

“Las iglesias están techadas con tejas y se construyen sin magnificencia, igual que las casas. Las calles están sin pavimentar; no se encuentra ni una sola piedra en todo el campo. Todo es una planicie unida de suerte que la ciudad en nada puede aprovecharla.

“Se trata, en fin, de un pueblo abierto cuyas casas están recubiertas con paja y construidas de barro. El único edificio público es el Ayuntamiento que sirve de Cárcel. El agua que usan es la del río que es muy buena.

“Creo que habrá unas cien casas de habitantes adinerados, los demás no hacen más que vegetar; no hay mendigos. He contado alrededor de dos mil mujeres casadas y solteras que viven, la mayoría, de su trabajo o de sus amores secretos. La mayor parte de los maridos están largo tiempo ausentes y se dedican a los negocios y las minas. He visto unos 1.000 niños menores de diez años y unos 60 religiosos o Padres. Estimo que había más o menos unas 6.360 almas”.

El mestizaje entre españoles y aborígenes continúa, pero con características diferentes a las del siglo anterior. La población femenina española ha aumentado considerablemente y los blancos se casaban ya preferentemente entre sí, sobre todo en las clases alta y media. Muchos mestizajes de la primera hora, a través de sucesivas incorporaciones de sangre española, han quedado incorporados a la población conceptuada blanca o española. Pero a partir del medio siglo esta misma población ya no ve con tan buenos ojos las uniones interraciales, las que van quedando relegadas a los sectores más humildes de la sociedad. Este proceso de segregación del mestizo adquirirá estado definitivo en el siglo XVIII. Pese a ello, el proceso de mestización no se detiene. No sólo continúa vigente entre las gentes humildes, sino que continúa entre las clases superiores con características clandestinas o ilegítimas, extramatrimoniales, lo que contribuyó a desacreditar al mestizo, que fue señalado como fruto del pecado.

La población negra que aparece en estas regiones durante esta centuria, si bien alcanzó un número destacado, nunca llegó a constituir un núcleo excesivamente importante. Mucho menor que en otras regiones americanas, contribuyó a ello la inexistencia de cultivos intensivos, obrajes y el clima favorable a su desarrollo. Muchos de los negros que entraron al Río de la Plata fueron reexpedidos hacia el Norte. Las ciudades litorales no tenían aún suficiente poder económico para mantener una fuerte población de esclavos ni su economía los necesitaba. Fueron destinados a tareas domésticas y rurales, supliendo la cada día mayor escasez de mano de obra indígena. Su proveniencia africana fue múltiple y podemos citar por vía de ejemplo a los llamados senegaleses, que por su docilidad eran preferidos para el quehacer doméstico, y los minas, que se destacaban por la belleza de sus mujeres, y que en este sentido dejaron su nombre perpetuado en el argot porteño.

El mestizaje afroeuropeo fue escaso y su producto, el mulato, fue mal visto y desconceptuado. Algo similar ocurrió con la unión de negros e indios, aún más infrecuente y peor calificada.

Notas

(1) Molina, Raúl A., Primeras crónicas de Buenos Aires. Las dos Memorias de los hermanos Massiac. Revista “Historia”, N° 1. Buenos Aires, 1955, Pág. 109.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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