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Mutación de las jerarquías sociales

Toda esta población comienza a organizarse naturalmente en estratos sociales cuyas capas superiores, tanto en el orden social como en el económico, corresponden a la población española (americana o europea).

A diferencia del siglo anterior, ya no es el hecho heroico, el servicio al Rey, el que crea el beneficio económico o la fama y prestigio social. Las mercedes reales llegan con cuentagotas, las oportunidades del servicio heroico disminuyen en la misma medida que la paz va ganando el continente; ocupada la tierra, las fundaciones son excepcionales y cuando se hacen no revisten el carácter trascendental que tuvieron un siglo antes. En el siglo XVII el prestigio y el poder comienzan a radicar más en el dinero, representado en la posesión de tierras o en el ejercicio del comercio. Como dice Céspedes del Castillo, en la América del Seiscientos contaban más los doblones que los blasones.

Los descendientes de los primeros pobladores se mantuvieron en el lugar privilegiado de origen sólo cuando conservaron y acrecentaron sus tierras; las encomiendas fueron reducidas, rescatadas, o desaparecieron simplemente por falta de encomendados, pero en cualquier caso dejaron de representar el pingüe negocio de los primeros años. Los quehaceres comerciales o industriales comienzan a dar sus frutos económicos y confieren cierto prestigio, que en Buenos Aires, zona portuaria y esencialmente comercial, lleva a quienes lo ejercen al pináculo de la fortuna y de la aristocracia local.

Se produce así un proceso de cambio cuyos momentos es muy difícil asir, pero que se encuentra ya producido al comenzar el siglo siguiente: Los encomenderos desaparecen como cabeza de la sociedad; los primitivos pobladores conservan su posición en la medida en que se hacen terratenientes, si bien todavía el estanciero no se configura como potencia económica. Aparecen las primeras grandes propiedades, pero las provincias argentinas presentan en este sentido un marcado atraso con respecto al resto de América, donde la gran propiedad, el latifundio, se configura claramente en este siglo. Paralelamente el mercader adquiere poder y prestigio social. Se produce así un curioso movimiento en el espíritu de esta sociedad. Las viejas tradiciones de señorío se conservan y, acompañadas del proceso igualitarista que caracterizaba la sociedad americana, donde la nobleza está ausente, producen un “aseñoramiento” general: Cada uno se siente señor, se generaliza el uso del don y las actitudes superiores, el gesto airoso e independiente del caballero, en el que se enraizará más tarde lo que los peninsulares llamaron la impertinencia criolla. Pero paralelamente a la vida comunitaria y necesitada, la imposibilidad bastante generalizada de vivir de rentas, empujaron a estos hombres a aceptar el trabajo como un modo razonable de vida, lo que produjo un aplebeyamiento de las costumbres.

El común de la población estuvo formado por el grueso de los vecinos, por los pequeños comerciantes y los artesanos.

Los funcionarios, todavía escasos en número, no llegaron a constituir un núcleo con características propias y la venta de los oficios no disminuyó su prestigio social.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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