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Buenos Aires y su lucha por el Puerto

Uno de los problemas claves de la época fue la situación del puerto de Buenos Aires. Desde que en 1602 se emitió la primera Real Cédula de navíos de permiso o registro, que permitía el envío de dos naves por año para satisfacer las primeras necesidades de la población rioplatense y evitar que desaparecieran en la miseria, los porteños lucharon persistentemente por la ampliación del régimen comercial de su puerto, mientras recurrían a los beneficios del contrabando para suplir las deficiencias del sistema oficial.

Ni las Ordenanzas de Alfaro en 1611 ni los Decretos de Hernandarias en 1615 lograron resolver el problema. Nuevas Reales Cédulas se escalonaron entre 1618 y 1662, unas veces ampliando las concesiones, otras volviendo sobre éstas, según que la presión de los intereses monopolistas fuese menor o mayor que el clamor de los pobladores del Plata.

Los comerciantes porteños fueron acusados de competencia desleal y de exportación ilegal de metales preciosos por los intereses monopolistas de Lima y Sevilla. La primera crítica sólo podía tener apoyo en las Ordenanzas legales, pero no en la realidad económica. El desequilibrio en los costos de la mercadería entrada por Buenos Aires y la entrada por Lima, obedecía a la estructura misma del sistema monopolista.

El predominio naval de los enemigos de España imponía un sistema de navegación en convoy con escolta militar que encarecía notoriamente los fletes. Había que mantener numerosas tripulaciones y naves militares. Como el envío del oro y la plata a España era el objetivo principal de la política económica española, la época de arribada de flotas debía combinarse con la época de la máxima producción minera, condicionada a la vez por el régimen de las lluvias, fuerza motriz utilizada en las fundiciones. Los atrasos y estadías prolongadas en puerto provocaban gastos fatales. Frente a esto, la llegada a Buenos Aires de buques cargados de mercancía transportada a un costo mínimo, la introducción de artículos europeos más baratos que los españoles como consecuencia de la inflación que sufría España, el menor costo de transporte de Buenos Aires a Charcas en relación al de Portobelo a Lima, eran las verdaderas razones de la preferencia del consumidor por los productos entrados por Buenos Aires.

La exportación de metálico, en cambio, era un hecho cierto, pues la producción exportable rioplatense, aun sumándole la tucumana, era insuficiente para equilibrar el valor de las mercaderías introducidas. La única forma de mantener este comercio era pagar en metálico y exportarlo clandestinamente, escondido en bolas de sebo o de otras muy variadas formas.

Pero lo que no resultaba indudablemente cierto, pese a que también se le imputara al comercio porteño, era que estas actividades ilícitas provocaran la ruina del comercio monopolista. Como bien lo puntualizó Antonio de León Pinelo en la defensa que hizo del comercio porteño en 1623, las verdaderas causas de la decadencia del comercio monopolista fueron la merma de la producción minera, la disminución de la mano de obra indígena y el nacimiento de una industria americana que suplía muchos de los productos originariamente importados de España.

Si la producción americana descendía y con ella la ganancia de los americanos, menos dinero había para comprar, y siendo más los pobladores blancos, más repartido estaba ese poco dinero, con lo que la capacidad de compra disminuía más todavía. El célebre jurista lo destacaba en frase ocurrente que nos recuerda el historiador Molina (1): “¿Están los ánimos más cortos, agótase la fuente porque hay menos agua y más que la beben, con que apenas humedece lo que solía anegar?”

La crisis de la economía peninsular se extendía a América. Buenos Aires encontró para su propio beneficio, en primer término, el camino ilícito para solventar la crisis. Su actitud contribuyó en alguna medida a perjudicar más el sistema obsoleto de las flotas oficiales, pero no fue su causante, como quien golpea con violencia las maderas podridas del fondo de la nave no es el causante principal del naufragio, sino el navegante imprevisor que las dejó podrir y se hizo a la mar sin renovarlas.

Notas

(1) Molina, Raúl A., La defensa del comercio del Río de la Plata. Revista “Historia”, N° 26. Buenos Aires, 1962, Pág. 58.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 6.

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