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Los déspotas ilustrados

Mientras estas teorías adquirían difusión en los medios intelectuales, los monarcas absolutos de Europa sentían el atractivo de la nueva filosofía y la interpretaban a su manera, según sus intereses. El objeto de la política era la felicidad de los súbditos y el monarca era el hombre destinado a construir esa felicidad. Para ello debía ilustrar a su pueblo, hacerle conocer las virtudes de la razón y los hallazgos de la ciencia, y si el gobierno más sabio debía ser hipotéticamente el de los filósofos, el monarca debía convertirse en filósofo, como Federico de Prusia, o servirse de aquéllos para gobernar más sabiamente. El déspota coronado se hizo así un déspota ilustrado.

Los filósofos acogieron complacidos la nueva alianza ante la posibilidad de servirse de los reyes para imponer su reforma. Voltaire era pensionado por el rey de Prusia y José II de Austria no se paraba en introducir modificaciones revolucionarias en sus dominios. Pero en realidad eran los reyes quienes se servían de los filósofos. Para mejor llevar a cabo la ilustración de sus pueblos les pareció útil concentrar en sus manos la mayor cantidad posible de poder. José II en su política antieclesiástica no hacía otra cosa que someter el poder eterno a su mano temporal. El agnóstico Federico de Prusia practicó la tolerancia religiosa como un medio para la unión de sus súbditos y se transformó en la cabeza de una gran “bureau-cracia”. Hasta en la misma Inglaterra, Jorge III intentó restaurar el gobierno personal en desmedro de los derechos del Parlamento.

Resulta difícil explicarse esta extraña alianza entre los teóricos de la reforma y el poder absoluto. Tal vez, como ha señalado Hazard, el punto de coincidencia era la lucha contra los privilegios, acción que tendía a barrer los últimos vestigios del feudalismo. Además, los filósofos buscaban la felicidad del pueblo y los déspotas el progreso económico de sus naciones. Los primeros alzaban la imagen de la razón y los segundos racionalizaban el Estado.

Estas coincidencias no podían ocultar las diferencias intrín­secas: mientras unos propugnaban el poder absoluto, los otros cultivaban el principio de la libertad. Sin embargo, la mayoría de los pensadores del siglo no desarrollaron esta antinomia hasta sus últimas consecuencias y se contentaron prudentemente en proponer como ejemplo al régimen político inglés. Tal vez el espíritu conservador y refractario a las reformas sociales de la mayoría de estos hombres los condujo a esa actitud, que años después les reprocharía Robespierre.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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