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Rousseau

Pero en 1762 Juan Jacobo Rousseau, hombre de genio confuso y de temperamento inestable, publicó El contrato social, libro clave en la política de Occidente y cuya influencia sólo puede compararse a la ejercida por El príncipe de Maquiavelo. Sostenía el filósofo ginebrino que los hombres habían constituido la comu­nidad social por medio de un pacto en el que habían renunciado a todos sus derechos, constituyendo un cuerpo colectivo y moral que era el verdadero soberano. La soberanía se expresaba en la Voluntad General y ésta representaba la esencia de la humanidad de los contratantes. Se comprende que esta tesis resultara intolerable para todas las testas coronadas, y aun para el moderado régimen británico. Desde que Bodin traspasó el concepto de soberanía -concepto absoluto- de la teología a la política, ningún otro paso tan trascendental había dado el pensamiento político como este traspaso de la soberanía a la Voluntad General. No se trataba ya del pacto de Suárez entre gobernados y gobernante, por el cual aquéllos cedían a éste el poder en ciertas condiciones. Se trataba ahora de un pacto entre los mismos gobernados, o mejor dicho, entre los hombres en su condición de tales, que disolvían su individualidad en un cuerpo moral, la sociedad o pueblo, y sus voluntades personales en una voluntad general.

Esta no era la suma de las voluntades particulares, sino la constitución de una nueva “persona moral”, que sustituía y tomaba el lugar de cada uno y todos los contratantes.

Rousseau no precisaba debidamente cómo se expresaba esta Voluntad General, pero una cosa quedaba clara: la delegación de la soberanía al gobernante era inaceptable porque la soberanía era inalienable. Se podía delegar el poder o gobierno, pero no la voluntad soberana. Los mandatarios políticos debían limitarse a ejecutar las decisiones de la soberanía. En consecuencia estos mandatarios ya no eran siquiera representantes del soberano, sino me­ros funcionarios ejecutivos. Los alcances revolucionarios de esta tesis saltaban a la vista, y esto explica que El contrato social se convirtiese en el libro de cabecera de la Revolución Francesa y tuviera mayor o menor incidencia en todos los movimientos libertarios del siglo siguiente.

Pero la teoría de Rousseau contenía otra vertiente, de tono estatista y que sirvió a las futuras tesis totalitarias. La Voluntad General no era cuantitativa sino cualitativa, desde que era un ente moral y no la voluntad de todos. Luego, nadie podía separarse de dicha voluntad general y quien lo intentara podía ser forzado a reintegrarse y por esta vía forzado a ser “libre”; no existía el derecho de la minoría y ésta debía someterse a la decisión de la mayoría que expresaba la Voluntad General. De allí la oposición de Rousseau -señala Mondolfo- a las discusiones, la propaganda y los partidos, como a toda manifestación de intereses particularistas (1).

Rousseau, que al arrebatar la soberanía al príncipe ponía la piedra fundamental de la democracia moderna, al establecer la tiranía de la Voluntad General, extendía simultánea­mente la partida de defunción de aquélla. Los efectos prácticos de este dualismo se inscribieron en la historia de Occidente desde la Revolución Francesa hasta la guerra de 1939.

Notas

(1) Mondolfo, Rodolfo, Rousseau y la conciencia moderna, Buenos Aires, Eudeba, 1962, Pág. 76.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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