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La guerra deportiva

Mientras en el alma de Europa se operaba tamaña transfor­mación espiritual e ideológica, los príncipes europeos practicaban una persistente diplomacia cuyo objeto era el equilibrio de las potencias. Unas, como Inglaterra, trataban de mantener un delicado contrapeso de fuerzas, que les dejaba cierta libertad operativa; otras, como Francia, procuraban romperlo en beneficio propio. Las argucias y recursos de esa complicada diplomacia provocaron con frecuencia enfrentamientos que no encontraron otra solución que el campo de batalla. Ogg recuerda la sintética expresión del alemán Bielfeld, testigo de aquellos enredos: “Las guerras conducen a los tratados y los tratados son la fuente de todas las guerras” (1).

De Suecia a Turquía, y de Rusia a Holanda, las tierras del continente vieron avanzar y retroceder a los ejércitos de todas las naciones, grandes y pequeñas. La guerra era entonces un monstruoso deporte, al que los nobles -que representaban la gran mayoría de la oficialidad de los ejércitos-, concurrían con sus equipajes y sus lacayos, como quien asiste a una partida de caza. Los guerreros mantenían el corazón frío en estas luchas porque en ellas no estaban en juego altos ideales. Nada ilustra mejor esta situación que el intercambio de frases entre los rivales en la faz inicial de la batalla de Fontenay (1745): Tirez les premiers y A vous l’honneur.

Esta caballerosidad exquisita revelaba, a la vez que el refinamiento del siglo, la falta de compromiso de los guerreros con el objeto de la guerra. Deporte de reyes se la llamó con justicia, pues los monarcas iban a ella en procura de ventajas calculadas: tal provincia, tal región, la modificación de tal cláusula de un tratado, todo al precio de un costo también calculado.

Cuando este costo se excedía, sea en dinero, en vidas humanas o en prestigio dinástico, se renunciaba a la presa buscada, a cambio, si era posible, de alguna compensación menor, y se negociaba la paz a la espera de que un cambio en las circunstancias internacionales permitiera jugar un nuevo partido con mejor suerte. En este deporte los reyes arruinaron sus naciones con la misma displicencia con que un buen jugador arruina su bolsillo.

La guerra continuaba en las cancillerías, donde agentes y embajadores procuraban romper alianzas o ganar neutrales que eran literalmente comprados con la oferta de un territorio propio o ajeno. Los mejores conductores militares del siglo -Belle Isle y Saxe en Francia, Malborough en Inglaterra, Loudon en Austria- poco podían hacer fructificar sus triunfos en este panorama.

Nota

(1) Ogg, David, Europe of the Ancien Régime, London-Glasgow, Collins-Fontana, 1965, Pág. 119.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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