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Crecimiento y caída de los Estados

Pero estas guerras que tenían algo de parada y otro tanto de parodia, no estuvieron exentas de contornos trágicos. A través de ellas Polonia perdió la tercera parte de su territorio, Suecia perdió sus posesiones en el Báltico, Sajonia su independencia misma. Pero más interesante aún es señalar que bajo este trasfondo fútil y caballeresco comenzaba a tomar forma otro estilo de guerra: Federico de Prusia organizaba todo su reino en función de la guerra, María Teresa apelaba al nacionalismo húngaro para salvar su corona, el mariscal de Saxe proponía el servicio militar obligatorio. La guerra, además, dejaba de ser europea para convertirse más que nunca en universal: se luchó en Canadá, en la India, en las Antillas, en Sudamérica. Faltaba despertar el espíritu nacional y darle un motivo para pelear para que la guerra recobrara su perdida violencia. La guerra de la independencia norte­americana demostró la impotencia del viejo ejército de maniobra frente a un ejército popular animado por un ideal. Y esta experiencia se reeditó poco después y en mayor escala cuando los jefes de la Revolución Francesa proclamaron la Nation en armes. La guerra dejó de ser asunto de profesionales y se hizo sangrienta y total. Napoleón, sobre el fin del siglo, señaló la culminación del proceso. La guerra de marchas y contramarchas había terminado y se abría camino la batalla de destrucción.

Desde el siglo anterior y con la declinación del poderío español y holandés, dos potencias, Inglaterra y Francia, compartían la hegemonía europea, pues si para la primera ya era un hecho que Britain rules the seas, para la segunda no era menos cierto que Francia regía el continente. El estilo de la política interna­cional de la época, que hizo que alguna vez se le llamara diplomacia fútil, condujo a un juego de alianzas y rupturas harto variadas y complejas, pero las líneas generales del cuadro consisten en el deseo de Francia y Austria de conservar y acrecentar su poderío continental, en el deseo de Prusia de consolidar su existencia como potencia europea y en la constante preocupación de Inglaterra de oponerse a quien amagara lograr un poder desmesurado, y que eventualmente pudiese amenazar su dominio naval. En torno a estos intereses, Rusia hizo su aparición en el Este, participando por primera vez en los asuntos europeos, y España, tras la ascensión al trono de Felipe de Borbón, salió de su aislamiento frente a Europa para empeñarse -o verse envuelta- en muchos de los conflictos continentales, pero sin una definida línea política propia. España se reincorporó a la política europea, pero a la zaga de las grandes potencias.

Mientras tanto Europa crecía, y las variantes de su población nos dan una pauta parcial de su evolución política y económica.

En el curso del siglo la población de Francia se elevó en un 25 % alcanzando los 28 millones de habitantes, la más alta cifra de Occidente; Bélgica y Gran Bretaña duplicaron su población; Prusia la aumentó en un 80 %, es verdad que con la incorporación de nuevos territorios; España a su vez creció un 45 % y llegó al fin de la centuria con diez millones de habitantes. Rusia se levantaba en el Oriente con más de treinta millones de almas, pero su futura importancia todavía no era comprendida en Europa. Comenzaban los grandes conglomerados urbanos: Londres llegaba a medio millón de habitantes y doblaba a la población de París.

En la búsqueda del equilibrio europeo, Francia y Gran Bretaña estuvieron casi siempre enfrentadas, e igual sucedió entre Francia y Austria. La aparición de Prusia en el panorama europeo como potencia en expansión alteró algo este esquema y provocó la alianza de Francia con Austria; también hubo un momento en que por temor a que esta última interviniera en la competencia naval, Inglaterra se unió a Francia para oponerse al emperador. A través de las guerras por la sucesión de los tronos de España, Polonia y Austria, la Guerra de los Siete Años, la de Polonia y Baviera v otras guerras menores, produjeron los siguientes cambios fundamentales en el panorama internacional: Francia, ganan­ciosa en Bélgica y Lorena, perdió estruendosamente su imperio de ultramar: la India, salvo algunos puertos factorías, todo el Canadá, y varias islas del Caribe pasaron a manos inglesas y la Louisiana occidental fue cedida en compensación a su aliada España. Su fracaso en la Guerra de los Siete Años y su inoperancia ante la partición de Polonia, indicaron que Francia había perdido el timón de la política continental e iniciaron el desprestigio de la casa real. Prusia emergía poderosa, con la absorción de Sajonia y de la Prusia polaca y otros territorios menores. Polonia desapa­recía como potencia para siempre, perdiendo la tercera parte de su territorio a manos de Rusia y Prusia, y a último momento de Austria, que no quiso perder su parte de la presa. Rusia creció no sólo a expensas de Polonia, sino de Suecia y de Turquía, logrando así tres objetivos: avanzar su frontera hacia el Oeste, con­quistar la costa báltica y el acceso al Mar Negro. Austria sólo obtuvo la Galitzia polaca, perdiendo en cambio varios territorios en Italia, los Países Bajos y Alemania, y su situación estratégica quedó seriamente comprometida. Cerdeña empezó a adquirir per­sonería internacional y España salió de la serie de conflictos armados con heridas serias pero no definitivas. Había perdido Gibraltar, pero obtenido para la familia real el reino de Nápoles y las Dos Sicilias. Posesiones y tierras perdidas a lo largo del siglo como Malvinas, Menorca y Florida, fueron recuperadas en último término. Se perdió Río Grande, en Sudamérica, pero se reconquistó definitivamente la Banda Oriental del Río de la Plata.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - "Historia de los argentinos" - Tomo 1 - Capítulo 7. 

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