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Reacción española

A partir de ese momento España vuelve a preocuparse por su América, fomenta la economía metropolitana y se dedica a reconstruir sus flotas militar y mercante.

Desde el ascenso de Fernando VI al trono de España en 1746, esta política pierde persistencia. Los deseos pacifistas del monarca y la influencia en la Corte de ciertos elementos anglófilos, hacen perder conciencia sobre el peligro existente. Pese a ello el marqués de Ensenada trata de reorganizar la marina y de buscar una apro­ximación con Francia, ya que era evidente que si Inglaterra eliminaba a Francia como potencia colonial quedaría libre para atacar al Imperio español.

Pero el rey Fernando no aprovechó la paz para preparar al Imperio para las grandes empresas a que se vería abocado a corto plazo. Cuando en 1756 estalló la guerra de los Siete Años, Inglaterra se dedicó a destruir sistemáticamente el poderío ultramarino francés, mientras España observaba neutral e indiferente.

Antes de que el desastre francés se consumara, muere el rey y le sucede su hermano Carlos, rey de Nápoles y las Dos Sicilias, con el nombre de Carlos III. Como bien observa Gil Munilla, el haber actuado ya como jefe de un Estado comprometido en la política europea, había permitido a Carlos III observar desde afuera la política española. Esa observación le facilitó la comprensión de cuál debía ser la conducta internacional de España: Pasar de la pasividad a la neutralidad armada.

Como el nuevo rey encontró a España casi en bancarrota y con sus fuerzas armadas desmanteladas, no podía ir mucho más allá pese a que veía cómo Gran Bretaña iba destruyendo metódicamente a su único y eventual aliado para el futuro: Francia. Sin embargo y pensando sobre todo en ese futuro, se decidió por la firma del Tercer Pacto de Familia en 1761, por el cual las dos potencias borbónicas unían sus intereses coloniales y constituían una alianza ofensiva y defensiva. Era evidente que este Pacto con­ducía a la guerra para la cual España no estaba preparada, Francia demasiado vencida ya e Inglaterra bastante fuerte aún para nuevos esfuerzos, pero se cumplía en él el propósito real de que España no quedara sola frente a Inglaterra.

El Tratado de París de 1763 puso fin a la breve lucha. España perdió la Florida y debió restituir los territorios ganados sobre posesiones portuguesas. Este tratado no constituía sino un impasse en la guerra colonial. Hemos tratado de fijar sus connotaciones nacionales e internacionales porque el enfrentamiento entre las potencias mencionadas constituye la causa principal de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. Dicha creación va a tener lugar mien­tras se desarrolla una nueva guerra que va a significar la ruptura del orden colonial: las trece posesiones inglesas en América del Norte se sublevan contra el poder metropolitano y desembocan en la independencia. Sus lógicos aliados entonces son los enemigos tradicionales de Inglaterra: Francia y España, potencias colo­niales que apoyan por motivos internacionales una sublevación colonial.

Mientras Carlos III adelantaba sus reformas para asegurar el Imperio, en el Norte de América surgía un régimen republicano en el nuevo Estado independiente, bien distinto por cierto de la Confederación Suiza y del híbrido sistema holandés. Se trataba ahora de una república democrática, basada en las enseñanzas de Locke y de Montesquieu. Las doctrinas que agitaban a Europa desde medio siglo atrás comenzaban a fructificar en los hechos y poco faltaría para que la crisis francesa desembocara en la gran revolución de 1789 que consumó con el regicidio su repudio al Antiguo Régimen y lanzó a Europa por la ruta del nacionalismo y del republicanismo.

 

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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