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Panorama económico

Al terminar el siglo XVII, España parecía morir de agotamiento, no sólo como potencia internacional, sino como personalidad nacional. Replegada sobre sí misma y perdido el ímpetu creador, los últimos grandes destellos que surgen de ella en ese mismo siglo destacan mejor la vaciedad que le sigue. Cuando se dobla el cabo de la centuria, la conciencia del fracaso de España es general en los medios pensantes. Pero la fobia a lo extranjero y la falta de una verdadera autocrítica impedían el renacimiento que el pasado de la personalidad española se merecía. Dijo Sánchez Albornoz que por entonces España “no vivió, duró; duró en un somnoliento y casi inconsciente letargo, a lo largo de dilatadas e inacabables décadas”.

Cuando muere Carlos II, imagen visible de aquella decadencia, está apareciendo en la Península un grupo de hombres decididos a repensar a España. Al sacudir así la inercia, abren el cauce a la reforma que adoptará en el siglo múltiples caminos. Como todo movimiento de esta índole, comienza con un proceso de crítica, y nadie llenó mejor esta función ni tuvo mayor repercusión que el fraile benedictino Benito Feijoo. También en Feijoo se inicia un proceso peculiar: la recepción en España de nuevas ideas, pero no adoptadas como trajes extraños, sino la adecuación de las mismas al estilo de España. Feijoo no reniega de lo español sino de las taras de España. Nadie tan español, hasta los tuétanos, como él. Por eso habló a sus compatriotas con una franqueza y una rudeza netamente hispánicas.

No en vano su obra principal se llamó Teatro crítico universal, señalando la amplitud de su prédica. Bien asentado sobre los valores de su religión y de su patria, nadie pudo tacharle con justeza de heterodoxo ni de extranjerizante, pero Feijoo arremetió contra las xenofobias paralizantes y contra las supersticiones que afeaban la fe auténtica de los cristianos españoles. Los frutos de su obra los expone un peninsular de la época de Carlos IV: “Ya, gracias al inmortal Feijoo, los duendes no perturban nuestras casas; las brujas han huido de los pueblos; no inficiona el mal de ojo al tierno niño, ni nos consterna un eclipse que con prolija curiosidad examinamos muy atentos” (1).

Libre de temores y de prejuicios, exaltó los méritos del trabajo, la necesidad del fomento agrícola, los males de la nobleza ociosa, etc. “¿Qué caso puedo yo hacer, decía, de unos nobles fantasmones que nada hacen toda la vida, sino pasear calles, abultar corrillos y comer la hacienda que les dejaron sus mayores?” (2)

No menos claro era su tratamiento del nacionalismo español: “Busco en los hombres aquel amor de la patria que hallo tan celebrado en los libros; quiero decir aquel amor justo, debido, noble y virtuoso, y no lo encuentro. En unos no veo algún afecto a la patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional” (3).

Durante el siglo anterior el antimaquiavelismo había sido una constante de la literatura política española. Feijoo se alza contra el mito de Maquiavelo. La virtud, dice, no está reñida con la utilidad, ni la justicia con la conveniencia. El insigne florentino no inventó la inmoralidad política. Lo inmoral en política es la pasión de dominar. El mal no está en Maquiavelo sino en el poder. Arremete luego contra los héroes, seres “fabricados en la oficina de la ambición”, y volviendo a la política intenta desmontar de un golpe el principio absolutista, volviendo a las viejas fuentes: El rey es para el reino y no al revés.

Feijoo no es sino el comienzo de una revolución cultural e ideológica. Le siguieron otros: el Padre Sarmiento, el médico Piquer, el naturalista Clavijo, etc. Las puertas de España se abrieron a la recepción de la literatura europea. Primero entraron las obras científicas: Buffon, Linneo, Pluche. Luego tuvo cabida la Enciclopedia, el Emilio de Rousseau, Montesquieu, Condillac, etc. Tras los economistas europeos se forma una pléyade de españoles: del Campillo, Bernardo Ward, Ulloa, Ustaritz, Sempere, etc. Poco a poco comienzan a aparecer los ultras de la reforma social y económica: Urquijo, el conde de Aranda, el duque de Alba, Campomanes, el peruano Olavide y muchos otros.

Los continuadores de Feijoo no se detuvieron donde él se detuvo ni respetaron lo que él quiso respetar. La neta característica cristiana del ideal de Feijoo se desdibuja y pierde en muchos de estos pensadores que Menéndez y Pelayo ha reunido bajo el nombre-anatema genérico de heterodoxos; y si muchos lo fueron, el movimiento en su conjunto fue más galicano que anticatólico, más anticlerical que agnóstico. Y si se deja de lado a masones como Aranda y a epígonos como Lista, es más representativo del espíritu de la Ilustración española Gaspar de Jovellanos, quien, al fin del siglo, como Feijoo al principio, trabaja por una ilustración cristiana.

Pero mientras este movimiento -que por otra parte sólo penetró a parte de España-, aplicó sus ímpetus sobre todas las instituciones, incluso la Iglesia, fue paradójicamente, como señala acertadamente Sánchez Agesta, el instrumento de la máxima exaltación del despotismo monárquico.

“Esta generación preparó en España la liquidación del antiguo régimen, hasta el punto que cuando las Cortes de Cádiz emprendieron esta revisión apenas si pudieron hacer otra cosa que alancear cadáveres; esta generación sembró el odio que iba a quebrantar la Iglesia como institución social en el siglo XIX; esta generación criticó, acosó e hirió finalmente de muerte a la nobleza; esta generación liquidó de hecho la autonomía de nuestras universidades, adelantándose en cinco lustros a la centralización napoleónica, y transformó el espíritu de su enseñanza; esta generación destruyó sistemáticamente la organización gremial; en una palabra, desmontó en España el régimen tradicional, sin entrar a enjuiciar lo que pudo haber de oportuno o justo en algunas de esas medidas; pero para todas estas empresas se apoyó en la autoridad regia, a la que exaltó como instrumento, hasta sus últimos límites. Quien quiere textos españoles que ensalcen el absolutismo, al siglo XVIII tiene que ir a buscarlos” (4).

La doctrina política clásica española fue efectivamente abandonada. Feijoo no fue seguido en este punto. Por el contrario, los ministros ilustrados lograron la prohibición de las obras de Mariana y Suárez.

Corolario lógico de esta doctrina fue un acentuado regalismo en los asuntos de la Iglesia. El bien de la Iglesia estaba ligado al del Estado y uno no podía subsistir sin el otro. De ahí que fuera necesario dirigir a la Iglesia para acordarla con los intereses de la política. Buenos católicos, hombres devotos, como el propio Carlos III, participaron de esta idea, aprovechada por aquéllos que se sentían enemigos de la Iglesia aunque no lo confesasen.

Bajo estos impulsos tomó vuelo la idea de dar a los obispos el máximo de atribuciones, sustrayéndoles así al máximo posible de la autoridad papal, la que debía, en el pensar de los reformadores, ser sustituida por la autoridad real. Contra esta actitud se alzaron los jesuítas. Estos habían sido el objeto de los celos y ataques en Europa de los librepensadores e ilustrados. En 1759 fueron expulsados de Portugal y en 1764 de Francia. Desde 1760 su situación

era difícil en España, donde se les señalaba como el primer obstáculo a la afirmación de la autoridad real sobre la Iglesia. El conde de Aranda, secundado por Floridablanca, se preparó para darles el golpe de gracia. Se fraguó un motín, o se les endilgó uno existente, y se les declaró culpables por una comisión real integrada por cinco prelados. La sentencia de expulsión se cumplió en Abril de 1767, con la aprobación de buena parte de los obispos españoles, que no captaron el último significado de la medida, como tampoco lo captó el propio rey.

Cuando Carlos III llegó al poder, las reformas de sus antecesores borbónicos no había logrado extraer a España de su postra­ción económica. La doctrina mercantilista había dominado las relaciones económicas de Europa durante el siglo Diecisiete y la primera parte del Dieciocho. Su principio básico fue que la riqueza de una nación dependía de la cantidad de metales preciosos que pudiera acumular. Se procuraron economías nacionales, protegidas, cuyo comercio exterior se orientara a la importación de materias primas y a 1a exportación de productos manufacturados. Pero estos principios entraron en crisis y otros hombres -Cantillón, Quesnay, etc.- afirmaron que la riqueza de un Estado dependía de la abundancia de su población y de su agricultura, única fuente creadora de riqueza.

Este cambio de opinión estuvo basado en un hecho cierto: el crecimiento de la población europea había creado una mayor de­manda de productos alimenticios, no siempre satisfecha, lo que obligó a los gobernantes a fomentar el desarrollo de la agricultura. Esta escuela se autodenominó fisiocracia; opuso a la economía cerrada de los mercantilistas una economía abierta, más internacio­nal, con un aflojamiento del proteccionismo; fomentó la empresa libre de controles estatales y se hizo dogma el principio del Laissez faire, laissez passer. La fisiocracia era la expresión económica del individualismo naciente.

Mientras Francia mantenía el prestigio de sus industrias del lujo y de la seda e Inglaterra aparecía como gran competidor textil, todas las potencias fomentaron su agricultura. Se comenza­ron en toda Europa a explotar los yacimientos minerales. La industria metalúrgica alcanzó inesperado vigor. Inglaterra daba los primeros pasos hacia el maquinismo y la revolución industrial. Hacia fin del siglo utilizaba la fuerza del vapor en su producción manufacturera. Una población creciente y paupérrima le proveyó mano de obra barata, en buena parte infantil, y utilizada sin escrú­pulos. El desarrollo era impulsado por la abundancia de capitales. Con la revolución industrial nacía su hermano, el capitalismo.

La situación en España era bien distinta. Con muy buen criterio sus economistas adoptaron una actitud ecléctica aprovechando lo que les pareció más saludable de las doctrinas mercantilista y fisiócrata. De la primera mantuvieron el fomento de las industrias -por medio de premios al establecimiento de nuevas fábricas que llegaron hasta el otorgamiento de títulos de nobleza-, el debilitamiento de los gremios, las limitaciones al comercio de exportación de materias primas, etc. De los fisiócratas tomaron su preocupación por el desarrollo de la agricultura -materializado en la formación de innumerables Sociedades de Amigos del País- y los intentos de colonización de las regiones despobladas de España. Se incrementó la explotación de los yacimientos de hierro, se fomentó la industria naval, la de tejidos de algodón adquirió notoriedad y la industria del papel logró un buen desarrollo. Las guerras periódicas provocaron crisis más o menos marcadas, pero hacia el fin del siglo la situación económica española había mejorado notoriamente.

Notas

(1) Marqués y Espejo, Diccionario feijoano..., citado por Agustín Millares Carlo en su prólogo al Teatro crítico universal, Madrid, Espasa Calpe, 1958, Pág. 48.

(2) Citado por Luis Sánchez Agesta: El pensamiento político del despotismo ilustrado. Instituto de Estudios Políticos, Madrid. 1953, Pág. 78.

(3) Feijoo, Benito, Teatro crítico universal, Madrid, Espasa Calpe, 1941, tomo II, Pág. 45.

(4) Sánchez Agesta, Luis, ob. cit., Pág. 99.

 

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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