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El Ser nacional y las clases sociales

Después de haber enumerado los cambios que se van produciendo en el modo de pensar español de este siglo, corresponde preguntarse hasta qué punto se había o no producido una mutación en el ser nacional español, y qué capas de su sociedad habían sido más y menos alcanzadas por aquella transformación ideológica.

La fe católica y la preocupación por el honor seguían siendo los componentes esenciales del alma española, aunque se combinaran menos fácilmente que otrora en aquellos resultantes que representaban individualmente la imagen político-religiosa de la ortodoxia española: el honor de ser cristiano y la limpieza de sangre.

Las ideas ilustradas no habían penetrado toda la estructura social.

Hacia 1797 la población de España superaba los diez millones y medio de habitantes. Sobre cada cien españoles, un censo realizado unos años antes por Floridablanca indicaba quince nobles, cinco eclesiásticos, dos militares, un empleado administrativo, diez artesanos y comerciantes, siete domésticos y sesenta campesinos.

Casi medio millón de españoles cubrían los cuadros de la nobleza, integraban el cortejo real, los altos cargos de palacio, embajadas, virreinatos, buen número de jefaturas militares y administrativas. Mantenían muchos de los privilegios de otrora -sociales, penales y financieros- pero carecían de un poder político directo. Las rentas de la propiedad territorial permitían al conjunto de esa aristocracia una espléndida situación material, pero el sentido defensivo de sus privilegios la iba separando progresivamente del pueblo.

El concepto de pueblo para los ilustrados estaba limitado a las clases altas de la población. Cuando más se extendía a los sectores burgueses. El resto del pueblo era considerado pasivamente. La ilustración no le estaba destinada y a lo sumo se le extendían ciertos beneficios educativos como una “concesión” y una necesidad para el progreso general. Tal vez esta mentalidad aristocrática del movimiento ilustrado haya influido en la orientación de los nobles hacia el racionalismo, la afición por las artes y las ciencias, la tolerancia religiosa y demás tópicos del movimiento. Esto creó un distinto nivel de ideas y de creencias entre la clase alta y los demás sectores de la sociedad española más apegados a los valores tradicionales.

Distinta era la mentalidad eclesiástica, formada por un clero heterogéneo. El 1,5 % de la población española habitaba en dos mil conventos y mil ciento veintidós casas monásticas que se repartían sesenta y nueve Ordenes. Reunía el estamento eclesiástico un notable número de misioneros y sacerdotes ejemplares junto a seres que buscaban en la vida religiosa sólo sobrevivir a las miserias populares. Las rentas de la Iglesia seguían siendo cuantiosas. La Ilustración no logró nunca deteriorar el clima religioso en términos de difusión popular. El “señor cura” seguía siendo ciencia y consejo. El sacerdote educaba al noble, pero también evangelizaba gitanos y asistía al condenado a muerte. Esa vida compleja y rica rescataba en cierta medida al clérigo de un contexto intelectual mediocre y una formación teológica anquilosada. Sólo algunas grandes figuras, prelados en general, recogieron las influencias ilustradas en sus formas más benignas. El clero en su mayoría, popular en su extracción y forma de vivir, se mantuvo, como el grueso del pueblo, rabiosamente apegado a las formas tradicionales del estilo español y por tanto impermeable a las nuevas ideas.

En el siglo XVIII toma vuelo la burguesía, aunque sin alcanzar el desarrollo -excepto Cataluña-, que tuvo en el resto de Europa y en el siglo siguiente en la propia España. Pero de ella principalmente saldrán los reformadores de la época, del brazo con los nobles de avanzada. Gozarán del favor de la Corona y brindarán al gobierno el aporte de universitarios, administradores, científicos, comerciantes e industriales. José Moñino, luego conde de Floridablanca, Gaspar de Jovellanos, Aranda, son ejemplos típicos de este grupo social y su participación en la reforma.

La universidad fue uno de los sitios preferidos de la burgue­sía. Inicialmente fue un baluarte sólido contra las nuevas ideas llegando a afirmarse en 1770 que “ningún doctor de Salamanca, para profesar el Derecho, necesitaba servirse de obras ajenas” pues “bástale a la Facultad con ser el baluarte inexpugnable de la Religión”. Pero poco a poco esta rigidez disminuye bajo los ataques de hombres como Jovellanos, que llama a la Universidad productora de sumisos a la autoridad, ausentes de criterio propio y cultivadores de la memoria y el silogismo. Hacia fines del siglo varias casas de estudio se habían transformado en centros de difusión más o menos velada de las nuevas doctrinas y de ello nos queda, referido a nuestro propio pasado, el testimonio de Belgrano tras su deambular por las universidades de Salamanca y Valladolid.

Otro elemento nucleador de la clase media fue la actividad comercial e industrial, que allanó las distancias entre la pequeña nobleza de provincias y el gran comercio, ayudadas por la prédica oficial del “honor del trabajo”.

La vida ciudadana no se agotaba allí. En la difusa frontera entre las clases medias y los niveles inferiores se encontraban los artesanos agremiados. Eran tributarios de un gremialismo fosilizado, sin la fuerza de sus mejores tiempos, pero que garantizaba a sus miembros una decorosa existencia material y una posición jerárquica en el seno de la ciudad. El Rey, al resistir las presiones de sus ministros contra los gremios, presintió que el obrero agremiado sentíase espiritualmente unido a la comunidad y libre de resentimientos discernibles en los estratos más bajos del pueblo.

Además, no existían grandes masas proletarias. La ciudad de entonces era en general tranquila, pequeña, ordenada. Cada uno tenía su puesto en ella, aun los trabajadores no agremiados como los obreros de las grandes fábricas precapitalistas, los domésticos, etc. La ciudad crecía lentamente, la ambición no era la medida común y el respeto por las jerarquías establecidas prevalecía. Había, pues, solidaridad, tanto horizontal como vertical, y un clima de estabi­lidad no alterado por las grandes corrientes ideológicas que transitaban por los niveles superiores.

Las clases rurales constituían casi las tres cuartas partes de la población española. La vida rural había mejorado algo con el alza de los precios agrícolas, pero el ritmo agrario seguía siendo

el mismo. Una pequeña burguesía provinciana se ubicaba en los consejos haciendo gala de patriotismo municipal.

Así pasó España por el siglo XVIII. Las reformas de los tiem­pos modernos, llegadas desde el Norte, fueron filtradas, contenidas y armonizadas en una obra de cambio, que no se hizo desde abajo, revolucionariamente, sino orgánicamente, desde el poder real mismo. Por ello, cuando se produce la gran crisis francesa, España permanece unida bajo su Rey. Y cuando en las primeras décadas del siglo siguiente la monarquía entra en crisis, esta crisis no se genera desde el pueblo contra la Casa Real, sino que nace y se desarrolla dentro de la dinastía misma.

 

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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