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El nuevo dualismo español

En otro orden de cosas, el siglo XVIII es para España un siglo divisorio. Al producirse en su seno un grupo numeroso aunque minoritario sostenedor de ideas, fuerzas que cambian la actitud vital española en varios planos y para ciertos españoles, mientras que otros sectores de la sociedad permanecen impermeables a dicha corriente, se constituyen dos vertientes antagónicas en el ser español. Una forma la España tradicionalista, españolísima y pretérita; la otra, la España europeizada y moderna. Cuando la dinastía fracase, desaparecerá el factor unitivo de ambas corrientes y el siglo XIX las mostrará enfrentadas: patriotas y afrancesados, absolutistas y liberales, ortodoxos y heterodoxos, aunque estas divisiones no fueron matemáticas y sus caminos se entreveraron frecuentemente.

De esta España dieciochesca se ha dicho que no tuvo fe en sí misma. Tal vez sea parcialmente cierto respecto de algunos que en su ímpetu reformador se olvidaron de lo que España era, pero también es cierto que no se podía tener fe en una España que había dejado de ser y como un fantasma oprimente cerraba los cauces naturales del desenvolvimiento del estilo nacional. Sería muy difícil discernir si en el tanteo de su nuevo camino, España halló el que le correspondía. La división a que hemos hecho referencia parecería indicar que no. Pero tal vez la causa esté en que se falló en amalgamar los distintos elementos.

De todos modos, de esa España que volvía a bucear en sí misma, aunque no siempre atinadamente, salieron las grandes reformas que dieron vida al Sur del continente americano como una unidad político-administrativa: El Virreinato del Río de la Plata, y de ella salieron los hombres que realizaron aquellos cambios en tierra americana. Así se verá cómo la Ilustración llega a nuestras costas y cómo las distintas vertientes del estilo español encuentran aquí sus prototipos.

 

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 7.

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