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Culto permanente de la Cruz del Milagro en su primera ermita

El culto de la Cruz que protegiera el poblamiento de la ciudad, su perennidad, y motivo para españoles y autóctonos de una paz de la que nace el régimen de la Ley, tiene características que, tal vez, no han sido suficientemente destacadas(1).

(1) Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Capítulo Decimocuarto: “Culto permanente de la Cruz del Milagro en su primera ermita”, Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

La razón del homenaje es el Milagro, la influencia directa de ese símbolo y síntesis del cristianismo en la perennidad de la ciudad, en el imperio del dogma de Jesús y en el de la Ley de Castilla, con vencedores que se convierten en dueños de la tierra y feudatarios, y vencidos que pierden su libertad dentro del régimen de las encomiendas.

El Milagro tiene dos aspectos. El uno es propio del español culto, y corresponde a lo universal del acontecimiento: se está en presencia de un acto de voluntad del Creador, producido en determinado momento de espacio y de tiempo; es una escena del drama abierto con la era cristiana, de que la Ley divina habrá de regir en el universo todo.

El otro aspecto es el objetivo. Esa Cruz, en determinado momento de grave angustia, salva a los conquistadores y establece su triunfo; esa Cruz es el símbolo viviente de aquel instante en que la voluntad de los autóctonos, su sentimiento de soberanía, de dueños de la tierra y de señores de su libertad, cede al acatamiento de un orden que no podían desconocer, porque desde Caboto a Juan Torres de Vera y Aragón se habían establecido ciudades, levantado iglesias y modificado el vivir de los indígenas dentro de la ley del vencedor.

Esa Cruz fue, por eso, siempre, la Cruz del Milagro. Tal como estaba y donde estaba, había cumplido aquella maravillosa obra. El hombre no podía contrariar, con su acción física, las condiciones en que la Cruz operó su milagro. Debía quedar ahí, en el lugar y modo en que accionó sobre los espíritus y la realidad, y apenas si fue edificada para su amparo una ermita, modesta, conforme a las posibilidades del siglo.

Desde allí, la Cruz del Milagro operaba sobre los vencedores y los vencidos; sobre los unos, para recordarles una misión redentora, perenne, indivisible, en que la fraternidad cristiana era el fondo del orden social, algo como la fusión de los intereses materiales y las cosas del espíritu; sobre los otros, para afirmar la nueva ley del cristianismo, en cuyo seno estaba el existir verdadero, dentro de todo orden de sociabilidad.

La Cruz del Milagro no fue tocada del lugar de aquel suceso maravilloso. Quedó en su modesta ermita, alejada del emplazamiento de la ciudad, diseñado por el fundador en el acta solemne del 3 de Abril de 1588.

Aquel punto geográfico integra hoy el damero urbano; desde la plaza mayor, donde Juan Torres de Vera y Aragón levantó el Rollo de la justicia, y donde nuestros contemporáneos, en 1903, erigieron la estatua ecuestre del libertador José Francisco de San Martín, queda, en línea recta, a unos 1.500 metros. Estaba entonces en el límite de aquél cuarto de legua, que el Adelantado le señaló como ejido, a contar de las cuadras que diseñó, que fue un damero de cinco manzanas en cuadro.

Allí permaneció la Cruz del Milagro como un jalón, como un hito protector, hacia los bosques y bañados del Sudoeste, próxima a la última punta del litoral rocoso de la ciudad. Llegaban a ella, en procesión devota y solemne, en los aniversarios de su culto y en las grandes calamidades sociales.

Lamentablemente, la información no tiene una documentación referenciada. En los papeles públicos salvados y actas capitulares que levantó el Cabildo de la Ciudad de Corrientes, que corresponden a los siglos XVI y XVII, la primera mención a este culto antiquísimo y popular de la Cruz del Milagro, es la del Acta del 26 de Diciembre de 1661.

Han pasado setenta y tres años de la fundación de la ciudad, y el leño histórico está en su ermita inicial. La documentación se hace incidentalmente; Corrientes sufre un período de horrible seca, en que ha perdido casi todos los elementos de subsistencia, y el Cabildo dispone rogativas. La Imagen de Nuestra Señora del Rosario debía ser llevada a la ermita de la Cruz del Milagro, donde permanecería nueve días. A la procesión de traslado debía concurrir todo el pueblo, y diariamente permanecer en la ermita los vecinos feudatarios encargados de las luces. Para seguridad de las personas devotas que fueran y vinieran de aquel lugar, el teniente de gobernador y capitán general debía poner guardia de soldados(2).

(2) Véase: “Actas Capitulares de Corrientes” (1941-1946), edición de la Academia Nacional de la Historia, tomo III, p. 128, Advertencia de Ricardo Levene, Introducción de Hernán Félix Gómez, Buenos Aires. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Capítulo Decimocuarto: “Culto permanente de la Cruz del Milagro en su primera ermita”, Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Y el acto se cumple con unción cristiana impecable. Las parejas de feudatarios correntinos, guerreros y señores solemnes, se suceden junto a la Cruz del Milagro, y cuidan y mantienen el culto de luces. Están -como dice el Acta-, la Imagen de la Virgen María junto a la Cruz en que Jesús-Dios redimió al hombre, homenaje máximo que aquellos batalladores creyentes pudieron imaginar en su terrible angustia.

La ciudad se salvó. El 19 de Enero de 1666, el Cabildo provee a las fiestas de la Pura y Limpia Concepción de María(3), disponiendo que el 2 de Febrero la Imagen fuese llevada a la iglesia matriz y, al otro día, por la mañana, a la ermita de la Cruz del Milagro, donde quedaría tres días, cantándosele Misa con salve.

(3) Véase: “Actas Capitulares de Corrientes” (1941-1946), edición de la Academia Nacional de la Historia, tomo III, p. 507, Advertencia de Ricardo Levene, Introducción de Hernán Félix Gómez, Buenos Aires. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Capítulo Decimocuarto: “Culto permanente de la Cruz del Milagro en su primera ermita”, Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Y así se hace. Consta del Acta del 4 de Febrero de 1666 haberse resuelto que, al día siguiente, fuera traída la Imagen de la Limpia Concepción del lugar en que estaba, o sea la ermita, al convento de San Francisco, donde se la guardaba, con intervención del mayordomo de la Santa Cruz, que era el capitán Julio Díaz Moreno.

Son actos que se cumplen con devoción, unidos al mundo interior del pueblo, y que se reiteran hasta la tercera década del siglo XVIII, en que el común correntino es indivisible en las dos razas que lo integran y un mismo destino.

En 1730, la ciudad, con clases jerarquizadas de blancos e indígenas, de mestizos que enlazan y confunden formando un tipo popular, es una e idéntica. Pero fuera de ellas están nuevas tribus nómades, que han venido de lejanísimas distancias: las parcialidades del Yvera, los charrúas del Sur del Mocoretá y Guayquiraró, los abipones y frentones del Gran Chaco norteño. Son nómades nuevos en el drama de la colonización, que no saben nada de la milagrosa unión de los hombres de las Siete Corrientes, con sus instintos feroces y sus prácticas de hechicerías.

El grupo urbano se encoge en el cuadriculado del solar céntrico, y la Cruz del Milagro es traída al límite mismo del caserío, donde ya se le erige un templo-santuario. Es el año en que la reliquia se traslada a la manzana de tierra donde hoy se eleva la iglesia que la custodia, convertida en límite de la ciudad en el promediar del siglo XIX. Pero como el lugar de la vieja ermita no debía olvidarse, una gran calle diagonal a su damero fue trazada para las peregrinaciones aniversarias.

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