El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Confusión alrededor del Milagro de la Cruz

Hernán Gómez, con imparcialidad y con respeto de las ideas de los contendientes, en el Capítulo XVII (se refiere a la obra "La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros") señala, que la polémica de 1888, cuyo eje principal estuvo constituido por los doctores Manuel F. Mantilla y Ramón Contreras, tuvo origen político(1).

(1) Extracto del trabajo del presbítero, doctor César P. Zoni, titulado “A Manera de Prólogo”, que antecede a la obra en sí del doctor Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros”, editado en 1973 por el Banco de la Provincia de Corrientes.

Y en el Capítulo VI, advierte que los esfuerzos se encaminaron a buscar datos y razones para la negación, o comprobación de la tradición, que se iba a rememorar, preferentemente, en el tricentenario de la fundación.

Es indudable que la situación política influyó en el debate. Pero el fin fue otro: el motivo político sólo constituyó un pretexto para tratar, cada bando desde su punto de vista, el aspecto religioso del episodio histórico. Y el motivo religioso prevaleció sobre el político. De ahí la pasión y la vehemencia desconcertante en el planteo y en los términos.

Se ha afirmado, con sobrada razón, que hay dos cosas en que los hombres jamás se pusieron, ni se pondrán de acuerdo: en política y en religión. Ambos temas absorben, enceguecen, llevan al desborde del espíritu. Toda discusión se convierte en enconada disputa, en la cual nadie escucha razones para convencerse de lo contrario que sostiene, sino busca, afanosamente, razones para rebatir y vencer al contrincante.

Suele ser más apasionado y violento el ataque, que la defensa. Máxime en cuestiones religiosas. Ambos contendores tienen como objeto algo muy imponente: Dios.

El que defiende y sostiene su existencia, lo hace con holgura, con tranquilidad, con goce espiritual. Reafirma su fe, y le reanima y conforta la idea de que, en su esfuerzo intelectual, no ofende a la Divinidad, cuya existencia defiende, sino que lucha por esclarecerla y hacerla comprender y aceptar de los demás, lo que implica una acción meritoria. Su posición, así, es cómoda, tranquilizadora.

Su lenguaje es sereno, reflejo de la situación anímica, exaltada en honor de Dios, no en contra del oponente. Sólo se torna severo, cuando pondera, califica y rechaza la ofensa verbal o escrita de los que escarnecen la idea de Dios. Pero no se excede, pues estaría en contradicción con su propia fe. Es comprensivo y tolerante con lo que cree una postura intelectual sincera.

En cambio, el que niega la existencia de un Dios providente, se encuentra en otra posición. Está luchando, objetiva y subjetivamente, contra el concepto más grande e insondable que se agita en la mente humana, y la estremece con apremiantes reclamos.

Objetivamente, porque trata de destruir la idea de un Ser providente, superior, justo, que gobierna al mundo, juzga, recompensa o sanciona las acciones libres del hombre. La hipótesis contraria, tenaz, insistente, lo inquieta, engendra el temor y la zozobra en su agitado espíritu. Subjetivamente, porque está en pugna, en contradicción consigo mismo.

El que lucha intelectualmente contra la idea de Dios, es porque la idea, el pensamiento de Dios, le tenacea el alma.

Está comprobado, por tácita o expresa confesión y asentimiento, que no hubo ni hay ateos de verdad. Los hay de palabra, en la práctica, por desidia, despreocupación, prejuicios, comodidad, interés, o simple postura de apariencia intelectual, o de conveniencias sociales; pero no conceptualmente, interiormente, mentalmente.

El ateísmo teórico, especulativo, polémico, es la demostración más evidente de lo contrario que se sostiene. El empeño del ateo teorizante de negar, destruir el concepto de Dios, indica que lo siente, que su idea perenne está presente en su espíritu y lo atormenta; que su existencia, naturaleza y esencia lo angustian y desazonan.

El ateo teorizante es como el enamorado no correspondido. Cuando pretende trocar su amor contrariado en negación, en odio, está gritando que su amor subsiste, y que su objeto está presente y le tortura el alma, porque continúa golpeándola con su real atracción, para él sin correspondencia.

No odiaría, si no siguiera amando. No seguiría amando, si no existiera más el objeto de su amor. Si alguien defiende al objeto de su odio, se exaspera, porque le recuerdan la existencia del objeto que quiere destruir y no lo logra. Si se habla mal de él, se enfurece, porque se desea destruir lo que le rompe el corazón y no puede olvidar. Quiere derribar la montaña, la montaña que se alza inconmovible y le obstruye el camino que desea seguir.

Su odio es amor contrariado, nacido de la impotencia de alcanzar o destruir el objeto amado.

Así es el ateo teorizante. Su negación es confesión de Dios. Cuanto más presuntuoso y violento es el ataque, más alto lo proclama. Aunque parezca una paradoja, el ateo teorizante está más seguro de Dios que el creyente común, sin análisis ni reflexión.

Por eso, si es sincero, hay que reconocerlo, resulta de una valentía moral ponderable, pues afronta la gran responsabilidad de enfrentarse consigo mismo, y con su propio destino ultraterreno.

Esto hace que el que combate lo religioso, sea apasionado, violento, intransigente. Su lenguaje es fruto de un estado de ánimo lleno de temores, de dudas, de incertidumbres, de contradicciones consigo mismo. Se vuelve áspero, sarcástico, sobrador, ofensivo. Considera ignorantes, cobardes, ciegos, incultos, insinceros, falsos, hipócritas, a todos los que no piensan como él. Se limita a negar. No aduce razones para probar la inexistencia de Dios. Niega validez, sin analizarlas, en nombre de la ciencia y el progreso, a las razones que sustentan su existencia. Se torna negativo. Ataca el dogma, y hace un dogma absoluto de la negación, en nombre de principios imaginarios.

Sus calificativos favoritos, especialmente para los creyentes, y sobre todo si se trata de personas de cultura intelectual superior, son los de ingenuo, supersticioso, crédulo, timorato, falsario, y otros epítetos, gratos a la suficiencia personal. Nada mejor para confirmarse en la propia fe razonada, que leer, analizar y ponderar los escritos virulentos de los sedicentes ateos.

La polémica de 1888, sobre la Cruz de los Milagros, tuvo un carácter político y religioso. Más religioso que político. Lo político fue el móvil; lo religioso, el fin, el fin primordial. De ahí su exaltación y violencia.

Desde el punto de vista político, como observa Gómez, se trataba de desprestigiar al Gobierno, por la forma de celebrar el tricentenario de la fundación.

Los opositores pertenecían a fracciones, en discordia, del mismo partido. Los enconos de los conflictos internos hicieron más acentuada la controversia. Se continuaba, así, el plan inteligentemente desarrollado en Crónica histórica de Corrientes, donde, como es obvio, se exaltan los vínculos familiares, se hace la apología de los hombres de la propia preferencia partidaria e ideológica, y la diatriba de los militantes en otras tendencias.

Desde el punto de vista religioso, tema predominante en las discusiones escritas, la piedra de escándalo fue el milagro. Sigue y continuará siéndolo en las disquisiciones filosóficas e históricas, porque supone la presencia activa de Dios en el gobierno del mundo.

Mantilla, iniciador de la polémica, no oculta su posición filosófica en cuestiones religiosas. Es terminante, intransigente, dogmático. Sienta esta premisa, ya citada, que da como axioma: “La historia no admite ni puede admitir milagros, porque jamás los hubo en el mundo”. De esa afirmación rotunda, categórica, absoluta, arrancan sus razonamientos contra la tradición correntina.

Debe reconocerse que su actitud es sincera. Lo hace con convicción, con apasionamiento, con exaltación, con iracunda intransigencia. Indudablemente, Mantilla pertenece, intelectualmente, al grupo de los que luchan contra la idea de Dios que les bulle en la mente, y quieren acallarla con la fuerza de una razón que se irrita ante la impotencia de lograrlo. Procedía de una familia de arraigadas creencias cristianas.

Su formación intelectual clásica, humanística, la realizó en colegios católicos. Trasladado al Colegio Nacional de Buenos Aires, dio fin al ciclo secundario, cursando los dos últimos años.

Según opinión del doctor Angel Acuña(2), allí fue rápidamente conquistado por la filosofía predominante en los establecimientos educacionales de la época. Solitario, sentimental, introvertido, vaya a saberse por qué drama individual o trauma espiritual de la vida íntima, en su ánimo se produjo un vuelco completo. Una especie de resentimiento indefinido lo llevó a la lucha consigo mismo, y se empeñó en destruir lo que había sido orientación en sus primeros años.

(2) Véase: Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), tomo I, p. 49, Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires. // Citado por el presbítero, doctor César P. Zoni, titulado “A Manera de Prólogo”, que antecede a la obra en sí del doctor Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros”, editado en 1973 por el Banco de la Provincia de Corrientes.

Debido a ese estado psicológico, se siente mesiánico, sujeto encargado de sacar de la ignorancia filosófica a sus conciudadanos. En sus escritos arremete contra todo lo que tenga visos de religión. Los santuarios son centros de explotación de la ingenua credulidad del pueblo.

Personas e instituciones eclesiásticas son farsantes, agentes y fruto del fanatismo, pernicioso para el progreso de los pueblos(3). Su lenguaje es fuerte, hiriente. Y cuando lo contradicen, se exalta, exaspera y deja de lado la consideración aconsejada por la tolerancia. En vez de los términos error, equivocación, inadvertencia, omisión, inexactitud, usuales en las discusiones elevadas, recurre a los vocablos mentira, falso, que califican la moral del oponente, puesto que la mentira y la falsedad importan la adulteración, a sabiendas, de la verdad, o sea, mala fe o subalterna intención; o emplea las expresiones no entiende, ignorancia, ingenuo, idólatra, que califican la capacidad mental del aludido.

(3) Véase: Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), tomo I, p. 50, Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires. // Citado por el presbítero, doctor César P. Zoni, titulado “A Manera de Prólogo”, que antecede a la obra en sí del doctor Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros”, editado en 1973 por el Banco de la Provincia de Corrientes.

Examinado desde el punto de vista de la posición filosófica adoptada, Mantilla llenó con sinceridad -se repite-, la apasionada misión que se propuso. La lectura de La Ciudad de Vera, La Cruz del Milagro y Comprobación Histórica, trabajos insertados al final del primer tomo de Crónica Histórica de la provincia de Corrientes, y reproducidos como Apéndices en esta obra de Gómez, lo demuestran cabalmente.

El otro controversista, el doctor Ramón Contreras, se constituyó en defensor de la tradición cristiana de Corrientes, expresada en su veneración de la Cruz de la fundación. Católico militante, no hay por qué dudar que lo hizo con sinceridad y de buena fe. Conocedor del tema, por sus tareas en la búsqueda de la documentación colonial referente a la Provincia, salió al encuentro de Mantilla con un extenso trabajo, titulado Recuerdos Históricos.

Es un canto a la Cruz, una apología del cristianismo. Así como en Mantilla se perciben los ecos de Voltaire y de Renán, en Contreras resuena el acento de Chateaubriand, de Bossuet y de Donoso Cortés. Su postura es cómoda. No destruye; edifica. No ataca; defiende. Defiende la presencia de Dios en la historia, la providencia divina en la vida humana y de los pueblos. Defiende lo que hubo de extraordinario en la fundación de la ciudad, y forma el sedimento del alma popular correntina.

Su lenguaje es encendido, ardiente, altisonante, cuando realza los valores espirituales y reafirma los postulados de la fe; pero es moderado, respetuoso, tolerante, comprensivo, cuando va dirigido a los que difieren de su modo de pensar. Al aludir a las afirmaciones de su oponente Mantilla, utiliza expresiones como éstas: se equivoca, confunde, se ponen en contradicción los hechos; modismos inofensivos, porque es propio de todo ser racional errar, equivocarse.

Quizá esa tranquilidad y moderación en el lenguaje y en el razonamiento, utilizados a través del examen de numerosos documentos pertinentes, fueron la causa de la exasperación y salida de quicio de su contrincante, que en ciertos momentos parece haber perdido el control, acosado por argumentaciones y documentos inesperados.

Los capítulos más interesantes, donde se condensa su saber histórico, son el IV y el V. Los demás complementan el espíritu que lo guía, aunque poco tengan que ver con el tema, y le resulten de problemático buen gusto a su contendor.

Los otros escritores que se ocuparon, con posterioridad, del mismo asunto, son Figuerero, que sigue la corriente filosófica y política de Mantilla; Alegre, Bajac y Navea, que están en la posición de Contreras.

Figuerero(4), en divergencia, como se ha visto, con Mantilla en muchos puntos históricos relacionados con la fundación, rechaza la realización y existencia del milagro, en nombre de la doctrina positivista. Con encomiable pretensión doctrinaria, intenta explicar los hechos por medio de los postulados de esa escuela filosófica.

(4) Manuel Vicente Figuerero. “Lecciones de Historiografía de Corrientes” (1929), p. 841, Buenos Aires. Ed. Kraft. // Citado por el presbítero, doctor César P. Zoni, titulado “A Manera de Prólogo”, que antecede a la obra en sí del doctor Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros”, editado en 1973 por el Banco de la Provincia de Corrientes.

En general, repite, en otra forma, los mismos argumentos negativos de Mantilla. Lo único positivo de su esfuerzo mental, es que ni explica ni adelanta nada nuevo. Sin desbordes, no obstante, contra la providencia divina; sin ataques directos a la religión cristiana; sin agresividad para los que difieren de su modo de pensar; sin meterse en honduras metafísicas, ni negar expresamente la posibilidad del milagro, afirma, terminantemente, que en los controvertidos episodios, no hubo nada milagroso, sino simples hechos humanos, explicables conforme con las leyes naturales.

Sus expresiones, su estilo, se mantienen a un nivel intelectual de tolerancia y de respeto para los que disienten de él(5). Eso demuestra que procedía con sinceridad, por convicción, consecuente con sus propias ideas y con las exigencias del ambiente en que actuaba. El centro que auspició la exposición doctrinaria, es la mejor patente de los móviles perseguidos.

(5) Véase: Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), tomo I, p. 339, Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires. // Citado por el presbítero, doctor César P. Zoni, titulado “A Manera de Prólogo”, que antecede a la obra en sí del doctor Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros”, editado en 1973 por el Banco de la Provincia de Corrientes.

- Un controvertido milagro

La mayor parte de las páginas escritas sobre la fundación de la ciudad San Juan de Vera de las Siete Corrientes, versa sobre el controvertido milagro. El afán de explicarlo, esclarecerlo, comprobarlo, rechazarlo o negarlo, ha originado tal desconcierto y enredo de ideas, que el no avezado a las disquisiciones metafísicas, queda perplejo o acepta interpretaciones que adulteran la verdad.

El nudo de la cuestión consiste en lo siguiente: se admite o no se admite la existencia de un Dios creador y providente. Si no se admite la existencia de Dios, el milagro es un absurdo. Si se admite, el milagro es posible. Si se comprueba la existencia del milagro, queda demostrada la existencia de Dios. De ahí las discusiones interminables y apasionadas.

Para el que no admita la existencia de Dios, el milagro es imposible, porque importa la derogación, la anulación, el no cumplimiento de la ley natural, cosa imposible, ya que las leyes naturales son necesarias, inmutables, y su derogación, en cualquier circunstancia, equivaldría al quebrantamiento del orden natural universal.

Para los que admiten la existencia de un Dios personal, providente, con todos los atributos esenciales que le corresponden, el milagro es posible y factible, pues sólo importa la suspensión circunstancial y momentánea de una ley, hecha y regida por el autor del orden natural, con un fin determinado.

Mantilla está en la corriente filosófica del primer caso. El milagro sería la derogación formal de la ley natural. Como no existe quien pueda derogarla, ni es posible que el orden natural se quebrante por sí mismo, de ahí su afirmación categórica de que el milagro no existe ni existió, y, consiguientemente, el llamado milagro de la Cruz es una superchería.

Y puesto que si llegara a comprobarse la existencia de la derogación y, con más razón, de la suspensión de una de esas leyes, habría que admitir la existencia de un ser providente, se ataca la posibilidad y presencia del milagro, dondequiera sea anunciado.

El razonamiento metafísico se desenvuelve en un círculo cerrado: la existencia de Dios haría posible la existencia del milagro; la existencia del milagro comprobaría la de Dios. Negado uno, se niega el otro.

Lo más fácil y menos riesgoso es negar el milagro, lo que, por eliminación, significa la negación de Dios, procedimiento que, en el caso de la Cruz del Milagro de Corrientes, como ya se anotó, hicieron los historiadores Mantilla y Figuerero, y harán, con lógica consecuencia, todos los que se encuentren en esa postura filosófica, o la adopten por cualquier motivo.

Desde el punto de vista histórico en debate, su postura filosófica, libremente adoptada, merece el respeto y no entra en juego;  sólo corresponde examinar objetiva e imparcialmente sus opiniones referentes a los episodios controvertidos, y admitirlos o rechazarlos.

Es lo que hacen o deben hacer los que militen en el segundo bando filosófico, o sea, los que en la historia aceptan la intervención divina.

Pero también entre ellos reina la confusión, en cuanto a lo que debe considerarse como extraordinario, como un verdadero milagro, en el sentido ortodoxo del concepto. Por eso, sin considerar los aspectos filosóficos que conciernen al tema, es conveniente no perder de vista que el milagro, en síntesis, es la suspensión circunstancial y momentánea de una ley natural, dispuesta por su autor, conservador y regulador. Supone la existencia de Dios, ya que no hay proporción entre las causas naturales y el efecto producido.

Sentado este claro y sencillo principio, en el milagro hay que considerar tres cosas, fundamentalmente: los medios o instrumentos utilizados; el fin perseguido; los resultados obtenidos.

Su aplicación al episodio de la Cruz de la fundación de Corrientes, es fácil y esclarecedora.

Objetos, medios, instrumentos o agentes intervinientes: conquistadores, aborígenes, la Cruz atacada con fuego, un rayo, o uno o más tiros certeros.

Fin perseguido: el entendimiento pacífico, sin lucha ni masacre, entre los españoles y las tribus guaraníes, que serían evangelizadas.

Resultados obtenidos: el sometimiento total, voluntario, de los indígenas, y su lenta incorporación orgánica a la civilización cristiana.

Para que un hecho sea considerado providencial, milagroso, es absolutamente necesario que los tres constitutivos enumerados, sean claros, honestos, razonables, justos y de trascendental importancia para las personas y para el género humano. Si no es así, no hay hecho providencial, pues sería monstruoso, absurdo, pensar que Dios intervenga en actos desprovistos de esas cualidades.

Ahora bien, en las variadas, modificadas y transformadas relaciones del mismo hecho de la Cruz del Milagro correntino, cada uno cifra su esencia en el elemento que más le impresiona y mejor se acomoda a su tesis histórica o a sus propósitos probativos.

Unos, toman como objeto principal del milagro, como hecho único, la incombustibilidad de la Cruz de urunde’y, o sea el aspecto físico. No examinan ni averiguan el fin y el resultado. Dan pie a que el episodio sea tenido como cosa natural.

Los adversarios lo explican como un acontecimiento común: al verdor de la materia con que se hizo la Cruz, o a la debilidad del fuego, improvisado bajo la amenaza de los sitiados.

Otros, cifran el milagro en la muerte, por medio de un rayo, o de uno o más tiros de arcabuz, del indio o de los indios que intentaron, reiteradamente, quemar la Cruz, por considerarla la defensa, el objeto de la invencibilidad del conquistador, o sea el aspecto moral. Sería el castigo del cielo a la irreverencia del indio hacia la divinidad. Esta versión es la menos sostenible y la más perjudicial para lo que se quiere defender.

Equivale a proclamar la ira, la venganza de Dios con pobres seres humanos que ignoraban lo que hacían, y luchaban, de buena fe, para rechazar al invasor y defender su heredad, su familia y sus bienes naturales. Supone a un Dios vengativo, absurdo.

Los más, explican el milagro por el triunfo de los españoles, en número reducido, sobre multitudes inmensamente superiores, o sea el aspecto humano. Dios habría intervenido para favorecer a los conquistadores, a los invasores, preservar sus vidas y provocar el sometimiento, despojo, entrega incondicional, forzosa de los pueblos, dueños de las tierras por posesión legítima, incuestionable.

Se estaría ante un Dios parcial, injusto, que favorece a los opresores y castiga a los oprimidos, sin motivos, sin ninguna finalidad superior. Un Dios injusto, que repugna a los atributos de la divinidad.   Por consiguiente, en el episodio no habría intervención divina ni milagro.

¿Cómo hay que considerarlo, entonces?

El hecho extraordinario, milagroso, si existió, debe considerarse en forma integral. Todo lo sucedido en ese rincón solitario de la tierra, tuvo un fin noble, elevado, justo: obtener, por medio de signos sensibles, en el caso, el símbolo de la redención, la reducción pacífica de las numerosas tribus que poblaban la región, para incorporarlas, paulatinamente, a la civilización cristiana.

Los resultados seguidos, corroboran el aserto. Los aborígenes se sintieron tocados por lo sobrenatural, y aceptaron a los conquistadores como a amigos, como a aliados portadores de un nuevo género de vida, que los beneficiaba, material y espiritualmente.

¡Ese es el milagro!

Las numerosas tribus, aprontadas con miles de guerreros, como lo reconocen unánimemente los historiadores, para rechazar al extraño invasor, depusieron las armas, aceptaron su tutela, sus enseñanzas, su cultura; mezclaron su sangre con la española, y formaron las nuevas generaciones que, conservando su idioma, su indoblegable amor a la libertad, aunaron esfuerzos y avanzaron por los caminos del progreso, venciendo todas las dificultades encontradas a su paso.

¡Eso es lo extraordinario, lo maravilloso, lo milagroso, el verdadero milagro, obrado por la providencia divina, por intermedio de la Cruz, Cruz que conquistadores y conquistados conservaron como lazo de unión, la tradición exaltó y el pueblo del pasado y del presente, respeta y venera como una reliquia, en la que está condensada el alma correntina: el pasado heroico, el presente halagüeño y el porvenir auspicioso!

¿Qué leyes naturales se suspendieron para que el hecho, pequeño en el concierto universal, se tomara por verdadero milagro? ¿Dónde está lo extraordinario, lo fuera del alcance de la normal fuerza y capacidad humanas? Está, sencillamente, en que, naturalmente, el fuego debía producir su efecto, quemarse la Cruz, luchar aborígenes y españoles, y, dada la diferencia numérica de los combatientes, vencer los defensores y sucumbir los invasores, como aconteció, entre otros, a Solís, a Ayolas y a Garay.

En cambio, sobrevino todo lo contrario. Bastó el signo sensible de la incombustibilidad de la Cruz, con sus concomitancias, para que no se entablara la lucha, los españoles reconocieran la voz del cielo, los naturales de la tierra aceptaran la presencia y alianza de los conquistadores, y naciera, voluntaria y pacíficamente, una nueva comunidad humana, incorporada a la cultura europea, a la civilización cristiana. ¡Ese es el verdadero milagro, obrado por medio de la Cruz fundadora de la Ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes!

Información adicional