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La Cruz del Milagro

de Manuel Florencio Mantilla

(Tomo I, páginas 311 a 367, Ed. 1928)

Transcripción de la “Crónica Histórica de Corrientes” 

La Cruz del Milagro(1)

(1) Artículo publicado en el periódico “Las Cadenas”, de la Ciudad de Corrientes, Año V, Nro. 544, el día 1 de Mayo del año 1888 y en folleto. Imprenta de M. Biedma, 1888, Buenos Aires. - Nota del Editor). // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

En el prefacio de la edición que don Pedro de Angelis hizo de la Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán del célebre Padre Guevara, acusa el escritor napolitano al jesuita Pedro Lozano, autor también de una historia general, de “haber comprometido la dignidad de la historiam por la facilidad con que ha acogido las tradiciones vulgares, por más extrañas y absurdas que fuesen”.

El mismo reproche debemos hacer nosotros a la Comisión del Centenario, a quien el Gobierno confió la organización de las fiestas, por haber dispuesto éstas, en mengua de la verdad histórica siguiendo una tradición “extraña y absurda”. Pudo tomar ese camino errado antes de conocer por nuestra publicación el Acta de la fundación de esta ciudad, pues ajustaba sus actos a la falsa historia que de antiguo corría por cierta; pero después de leer aquel documento y conocer los datos nuevos que lo acompañan, cuya comprobación rigurosa se halla en el Archivo de Sevilla y ha sido vista, en copias legalizadas, por el autor del artículo La Ciudad de Vera, la Comisión ha debatido cambiar el programa de las fiestas en el sentido de la verdad histórica bien establecida ya hoy, sin perjuicio de conservar detalles insignificantes para la leyenda, si es que el escrúpulo religioso engendrado por la preocupación puede aún algo en la resolución de personas ilustradas.

La Comisión, sin embargo, se ha aferrado a lo falso y, a causa de su incomprensible insistencia, las fiestas conmemorativas del tercer centenario tienen por base fundamental la fábula(2).

(2) El doctor don Ramón Contreras, miembro de la Comisión del Centenario, se ha tomado la molestia de pretender contestar el justo reproche del texto escribiendo, al efecto, un largo artículo en el diario de Corrientes, titulado “El Litoral”; pero, no obstante su generoso empeño, no ha acertado a dar un solo golpe en el clavo de la cuestión: su maceta histórica se ha hecho pedazos en la herradura.
El programa oficial, discutido y sancionado por la Comisión, se componía en casi su totalidad de repique general de campanas; tedeum; vísperas religiosas en el templo de la Cruz; función de iglesia en el mismo templo; sermón religioso en el mismo; procesión solemne de la Cruz; peregrinación al lugar (falso), donde se dice que fue elevada la Cruz.
Aparte de la ridiculez de semejante conmemoración, es manifiesta en tanto abuso de religiosidad, tratándose de un acto civil, la preferencia dada por la Comisión al falso milagro sobre el hecho histórico real; y de que esto no sea verdad será imposible demostrarlo a menos que la Comisión del Centenario repudie ahora su programa. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

La Cruz del Milagro prima así sobre el licenciado Juan de Torres de Vera y Aragón, y la calle de La Columna y el asiento de ésta usurpan a la plaza “25 de Mayo” y sitio del Cabildo actual y Casa de Gobierno, los honores que les corresponderían como lugares en que los actos de fundación se consumaron.

Será esto cómodo e ingenioso cuanto se quiera, a pesar de que no lo vemos; pero en nada acredita a la Comisión, al Gobierno y al pueblo; ninguna de dichas entidades puede permitirse el abuso de cambiar los hechos del pasado establecidos en documentos concluyentes(3).

(3) Ni en la MEDALLA conmemorativa de las fiestas ha mostrado tino la Comisión.
Una de sus leyendas dice “RECUERDO DEL III ANIVERSARIO EN ABRIL 3 DE 1888”. Grabar en bronce III aniversario por III centenario es un soberano disparate, que no cometería un niño de escuela. Tercer aniversario significa tercer año; y tercer centenario, quiere decir trescientos años. ¿Cómo es que la Comisión aceptó y repartió las medallas que semejante disparate contienen?
La frase: EN 3 DE ABRIL DE 1888, es una falsedad, porque las fiestas tuvieron lugar en los días 2, 3 y 4 de Mayo de 1888.
El escudo que lleva la medalla es una otra adulteración. Si es el de Corrientes están de más: el gorro frigio (que está en la parte superior del centro), las palmas que rodean el relieve, las cintas, que, a guisa de agarraderas, están en los extremos superiores, y el sol lleno que corona el grabado; porque el escudo de la ciudad de Vera es otro, y el de la Provincia de Corrientes, otro. Sí, se ha querido meter el escudo de Corrientes o de Vera, dentro del escudo nacional (derecho que no tenía la Comisión ni el grabador), se debió agregar a la pica que sostiene el gorro frigio, dos manos enlazadas, con brazos desnudos, en actitud de alzar; quitar las cintas y el sol lleno y reemplazarlo con un sol naciente, sin rayos, pelado.
El escudo, tal como está, es una completa adulteración.
El numismático o el historiador que dentro de un siglo o dos, tome y estudie la MEDALLA DEL CENTENARIO, asombrado del desatino: III aniversario de Corrientes (fundada el 3 de Abril de 1588) el 3 de Abril de 1888, ¿qué juzgará de los que la hicieron batir? // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

I - Los conquistadores del Río de la Plata, tanto en el litoral como en el interior, han dejado en la tradición, recogida por los cronistas de la conquista, la demostración evidente de que eran crédulos y supersticiosos, si no los principales, la masa de ellos; y como la inmensa mayoría se componía de gente ignorante, sabiendo apenas firmar mal los más adelantados, aquellos defectos, unidos a esta incompetencia, daban origen a las increíbles leyendas que de esos tiempos nos han llegado.

Además, los escritores primitivos, con excepción de Ruy Díaz de Guzmán y Schmidel, han sido todos religiosos, y esto equivale a decir: creyentes y propagandistas de lo sobrenatural. Así, Barco de Centenera, en su Argentina, no canta a la naturaleza, ni relata los hechos por cantar fábulas; el padre Lozano refiere, convencido de su verdad, que un ángel armado de espada defendió en un asalto de los timbués a los españoles de Sancti Spiritu. Salta, se dice, fue salvada por San Bernardo; Catamarca, por la Virgen del Valle; y hasta San Francisco Solano, que no estuvo en parte alguna de lo que hoy es República Argentina, aparece estirando vigas cortas para el techo de la iglesia de Santiago del Estero.

Cuando de tantos hechos sobrenaturales pide prueba la historia, que no admite ni puede admitir milagros, porque jamás hubo en el mundo, quedan cortos los cronistas y la credulidad se parapeta detrás de la fe.

Eso pasa con La Cruz del Milagro, con la particularidad de que una parte principal de su historia, levantada ex profeso para acreditarla, demuestra lo contrario de lo afirmado en cuanto a la fundación de Corrientes.

Schmidel no habla  de  la  fundación de Corrientes  (Vera), porque dejó el Río de la Plata en 1552; tampoco habla Ruy de Guzmán (a pesar de existir ya la población cuando escribió), porque en el orden de los acontecimientos historiados, no le correspondía tratar de ella.

El Padre Guevara dice: “Al siguiente año (1588) señaló (el Adelantado), ochenta soldados a cargo de Alonso de Vera, el Tupi, para principiar una ciudad en la costa oriental del Paraná; y lo ejecutó con leve oposición de los infieles, que señoreaban el terreno, poniendo los fundamentos de la ciudad en la altura de 27° y 43 minutos y 318° y 57 minutos de longitud. A la ciudad denominó San Juan de Vera. Tomada posesión del sitio, erigieron los españoles el Sacrosanto madero de la Cruz en paraje algo distante del fuerte, que levantaron para reparo contra los infieles. Arrimáronse éstos en gran número para desalojar a los nuevos huéspedes, los cuales con esfuerzo y con valor, frustraron las diligencias de los indios. Entonces, uno de ellos, que acaso descubrió el Santo Madero, explicó su furia contra él, aplicándole fuego para convertirlo en cenizas. Pero las llamas respetaron la Cruz, y el sacrílego cayó muerto de un balazo. Consérvase hasta el día de hoy el sagrado leño, que en memoria del suceso (no dice milagro, y eso que era jesuita), se llama Cruz del Milagro” (Colección De Angelis, t. 2 - pp. 158 y 159).

A pesar de que la autoridad de Guevara echa por tierra el milagro, presentando el hecho histórico tal como dice sucedió después de la fundación, en guerra con los indios de que salió vencedor Alonso de Vera en batalla librada en el Paso de la Patria, debemos hacer notar que el historiador se equivoca en los siguientes hechos:

1.- Fundador de la ciudad: Fue Juan de Torres de Vera y Aragón.

2.- Nombre de la ciudad: Se llamó y se llama Vera.

3.- Número de conquistadores: Fueron 150, según consta en el pleito que Vera yAragón tuvo en España y que su hijo continuó.

Modificada la relación de Guevara, como resulta del Acta de fundación y de las constancias de los autos a que nos hemos referido, resultaría que: “se ejecutó la fundación con leve resistencia de los naturales, y después de fundada la ciudad se construyó el fuerte para defensa y se levantó la Cruz; y que, atacados en su posición por los indios, los rechazaron los conquistadores, matando de un balazo al que pretendió quemar la Cruz”.

Esto mismo no es completamente exacto; pues el ataque no ocurrió donde estaba el fuerte, sino en el límite de la jurisdicción real de la ciudad, y en él fueron actores los soldados de una pequeña partida, que Alonso de Vera despachó al mando de un cabo en servicio de vanguardia, situándola en punto donde tenía levantada una pequeña palizada para defensa de la guardia, y adelante, como mojón, signo de posesión de la tierra, se hallaba una Cruz, que no levantaron por religiosidad, sino como señal del límite a que llegaban las armas de Castilla.

A este hecho se refería, por tradición, el capitán Gregorio Rojas, en 1713, cuando, preguntado por el cura Tomás de Zalazar, sobre los milagros de la Cruz, contestó que: “Por noticia de sus antepasados, sabía que una partida, de veintiocho conquistadores y un cabo, se vio obligada a levantar una trinchera, y que pusieron una Cruz fuera de ella y luego fueron sitiados” (Historia de la Santa Cruz, de donde tomó fray Juan N. Alegre la declaración transcripta para su folleto Antigüedades correntinas, Pág. 10, sin indicar el origen del dato).

Ya diremos a su debido tiempo todo lo que corresponde sobre este incidente; por ahora basta a nuestro objeto establecer que, según Guevara, el suceso conmemorado en La Cruz del Milagro no es un milagro, sino un balazo bien pegado por un soldado conquistador a un indio atrevido; es decir, lo mismo que todos los días hacen los buenos tiradores de todos los ejércitos del mundo, que no por eso son canonizados después de muertos ni tenidos en olor de santidad en vida.

De manera que la Comisión del Centenario y los creyentes debieran hacer el apoteosis de aquel militar, único autor del suceso, pues, por lo demás, es bien sabido que un trozo fresco de urunde’y con corteza no arde como yesca.

Y téngase presente que Guevara escribió medio siglo después de levantada en Corrientes la información sumaria que sirve de prueba (falsa) a la Historia de la Santa Cruz, ya que no debieron serle extrañas la sumaria y la historia; y, también, no debe olvidarse que Guevara es el escritor más serio y concienzudo de la conquista.

II - Pasemos al Padre Lozano, inferior al anterior, aunque más fecundo y laborioso. Ya copiamos al principio de este artículo la acusación que le hace De Angelis, no levantada satisfactoriamente por su panegirista, el doctor Andrés Lamas, en la magistral y notabilísima introducción a la Historia de la conquista del Paraguay.

Dice Lozano (obra citada, t. 3, p. 280:) “La Ciudad de San Juan de Vera mandóla fundar el Adelantado el año 1588, encomendando este negocio a su sobrino Alonso de Vera, el Tupi, quien sacando ochenta soldados de Asunción tomó puerto en las Siete Corrientes y dio principio a aquella población con el nombre de San Juan de Vera, que respetó el Adelantado.

“Fabricó primero una mediana fortaleza, y fue la salud de los primeros pobladores; porque partiéndose con algunos pocos a buscar víveres entre los guaraníes del Paraná arriba, vino una multitud de infieles a expulsar a los españoles. Habióles llegado nuevo socorro del Paraguay y defendiéronse todos con tal valor en su fortaleza que no pudieron tomarla los bárbaros.

“Uno más atrevido, quiso vengarse en la señal de Nuestra Redención, que adoraban, porque habiendo bien distante del fuerte una Cruz, se fue a pegarle fuego. Al aplicar el fuego le acertó un balazo que le quitó la vida, cayendo muerto al pie de la misma Cruz que pretendió reducir a cenizas, la cual, hasta hoy, se conserva con el nombre de La Cruz del Milagro por este suceso que llenó de asombro a los sitiadores y les obligó a retirarse sin lograr sus  designios;  aunque no por eso desistieron en adelante de molestarla en diferentes ocasiones”.

Lozano coincide en el fondo  con Guevara, agregando la  relación de que los pobladores habían ya recibido auxilios de Asunción y que Alonso de Vera estaba ausente en busca de víveres.

Tenemos, pues, otra autoridad que habla de La Cruz del Milagro sin mentar para nada el supuesto milagro; que coloca el suceso de la muerte del indio incendiario después de la fundación de la ciudad, y cuando ya había recibido auxilios de Asunción; que presenta la muerte del indio en el momento de aplicar el fuego a la Cruz, lo que explica por qué no se quemó; que atribuye la muerte a un balazo, que llenó de asombro a los sitiadores (pues no conocían armas de fuego), pero que nada extrañó a los sitiados, como que estaban acostumbrados a matar a bala; y, finalmente, que en recuerdo del suceso, se conserva (no dice que se adore), la Cruz.

Si los Padres Lozano y Guevara hubieran conocido el Acta de fundación, con los datos de ellas y los que dan, habrían hecho exacta la historia de los principios de la ciudad de Vera, cerrando para siempre las puertas a la fábula, en la que no cayeron, sin embargo, a pesar de ser sacerdotes y a pesar de la afición del primero a los hechos sobrenaturales. Hablan del incidente que motivó la conservación de la Cruz, pero sin atribuirle el carácter que le han dado los crédulos.

Ninguno de los dos escritores hace mérito de la Historia de la Santa Cruz ni de la sumaria información que se levantó por autoridad eclesiástica (origen sospechoso), para dar base a aquélla; porque lo más pertinente de ellas a la población de Vera se reduce a que los españoles levantaron un fuerte y pusieron una Cruz a cierta distancia: fuerte y Cruz que se levantaban en todas las nuevas poblaciones. Pero ni en la Historia de la Santa Cruz, ni en los autos del pleito que Torres de Vera y Aragón tuvo en España, ni en los memoriales de su hijo, ni en documentos del Cabildo y gobierno de Vera, ni en actas capitulares, consta con pruebas que hubo milagro ni cosa parecida.

La Historia de la Santa Cruz es un tejido de invenciones caprichosas, como la del sebo santo de Santo Domingo, en San Juan; las medidas de la Virgen de Itaty, aquí, y la aparición de la Virgen María a la pastora de Lourdes (la aparecida murió en Inglaterra hace pocos años). Por eso, fray Juan N. Alegre no pudo sacar de ella datos favorables al milagro, más que constancia de que hubo fuerte y Cruz, como puede verse en su folleto ya citado.

III - El primer escritor que se hizo eco de la leyenda del milagro fue el coronel Francisco Antonio Cabello y Meza, en su Relación histórica de la ciudad de Corrientes, publicada en el Telégrafo Mercantil de 1802, tomo III, y reproducida más tarde, no completa, en la Revista del Paraná, Núm. 8, año 1861. El sigue al pie de la letra la leyenda que encontró formada. Dice que “el Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón, con veintiocho o con sesenta y tantos hombres, desembarcó en el Arasaty, e inmediatamente trabajó un fuerte de palenque y ramas donde fue sitiado por considerable número de indios. Empeñados los indios en rendirlo por las armas, hambre y sed, no pudieron conseguirlo en algunos días. Un español salía disfrazado con vestimenta de indio a llevar agua del Paraná para sí y para sus compañeros. A corta distancia del fuerte, había clavado una Cruz como de cuatro y media a cinco varas de alto. Atribuyendo el infiel la resistencia de los españoles a hechizo de la Cruz, trató de acabar con él, y, poniéndolo por obra, le amontonó leña con abundancia y arrimándole fuego se consumió en cenizas, quedando la Santa Cruz intacta. Al siguiente día, se le arrimó de nuevo más leña, hasta cubrirla, y estando tres indios prendiendo el fuego, cayó un rayo del cielo, que, dejándolos cadáveres y a los demás aturdidos, fue bastante para reducirse a nuestra fe.

Victoriosos los españoles, determinaron sacar de allí la Cruz y no pudieron conseguir descubrir el pie de ella, sin embargo de los instrumentos y diligencias para acabarla”.

Esta misma relación había sido puesta en malos versos por el Padre Zambrana, con la diferencia de que Cabello habla de dos fogatas, mientras que Zambrana dice:

 Por ocho veces volvieron

A practicar nuevas pruebas.

Haciendo fogatas nuevas

Y el mismo milagro vieron.

¿En qué quedamos: fueron dos u ocho las fogatas?

Nos parece que es el caso de aplicar el verso de Lope de Vega:

¡Oh, fuerza del consonante, a lo que obligas:

A decir que son blancas las hormigas!

Si el Padre Zambrana hubiera necesitado de veinte fogatas para construir su estrofa, veinte hubiera inventado.

La autoridad que Cabello cita es la Historia de la Santa Cruz, es decir, el mismo tejido de inverosimilitudes inventado por la tradición; lo mismo que estaba obligado a probar. Para eso valía más no haber escrito una palabra.

Pero, autoridad por autoridad, Cabello sucumbe ignominiosamente ante el Acta de fundación y ante Guevara y Lozano.

Ahora, sometida a la crítica su narración, se destruye con el primer argumento.

El Adelantado del Río de la Plata no podía aventurar su vida, como resulta que lo hizo, no siendo, como no era, hombre de guerra y teniendo, como tenía, generales de primer orden a su mando y sobrinos valerosos como los dos Alonso. Pensar lo contrario, equivaldría a suponer que el presidente de la República Argentina fuera tan deschavetado hoy que se lanzara a fundar un pueblo en medio de indiadas hostiles con 28 ó con 60 y tantos hombres.

Un sitio de días, sin comer, sin dormir, sin beber los sitiados, estrechados cada vez más por multitudes bárbaras, siendo cortísimo el número de aquéllos, no es humanamente posible.

El disfraz de un español con traje de indio (¿en cueros?) para atravesar el campamento sitiador y traer agua del río, es una peregrina y desgraciada ocurrencia. ¿No tenían acaso guardias permanentes los sitiadores en torno de la fortaleza? ¿Estas guardias dormían en vez de vigilar que la presa no se les escapara? ¿Podían confundir a un español con un indio? ¿Qué idioma hablaba el disfrazado? ¿De qué elementos se valía dentro del fuerte para disfrazarse?

La conversión de miles de indios por la muerte instantánea de tres, y conversión a una fe que ignoraban existiera, pues hasta el momento del milagro ninguno les había dicho ni podía decirles cuál era la religión de los españoles, es una simplicidad que raya en ridiculez.

Por último, aquello de no haber podido descubrir el pie de una Cruz que no hacía mucho se había clavado, sugiere la pregunta de ¿cómo fue más tarde levantada de aquel lugar? Para todo el mundo habría existido el imposible, si éste era sobrenatural; y si la Cruz quiso permanecer en el lugar, ¿por qué cambió de resolución más tarde? ¿Hay caprichos en la Divinidad?

Si la historia fuera como la escribe Cabello, habría que renunciar a ella. Cuando la misma mitología de los pueblos antiguos se explica hoy perfectamente por los hechos humanos que la dieron ser, ¿habremos de pasar por el cuentecillo que señalamos?

IV - Don Pedro de Angelis, antes de conocer los manuscritos de Guevara, en sus notas a La Argentina de Ruy Díaz de Guzmán, sigue aunque modificando la narración de Cabello. En la nota Corrientes, 8, Pág. XXV - t. 1, de su Colección de documentos, dice:

“Juan de Vera y Aragón (era Juan de Torres de Vera y Aragón) con veintiocho (otros dicen sesenta) individuos, sale de Asunción; y en el punto más poblado de la costa, planta la Cruz, como desafiando a las hordas salvajes que la ocupan. Cargan de todas partes los indios para rechazarlos, y no pudiendo vencerlos por la fuerza, los atacan con las llamas.

“Los españoles, encerrados en una cerca de fuego, sin víveres y a veces sin agua, resisten muchos días, renovando los ejemplos de valor de los compañeros de Godofredo en Palestina. Por fin, triunfan completamente, y alrededor de esa misma Cruz abren los cimientos de la nueva ciudad que la adoptó por su emblema”.

Aquí no es ya la Cruz la quemada, sino los españoles: “los atacaron con fuego”, “encerrados en una cerca de juego”, dice De Angelis; de manera que en 1836, cuando esto se escribía, el publicista napolitano creyó prudente agregar una invención más a la de la tradición; ¡y qué agregado! ¡Nada menos la de que eran incombustibles los conquistadores de Corrientes!

Esto no es serio. Es simple declamación para salir de un paso difícil por ignorar el punto tratado. No pensó así De Angelis, cuando leyó, publicó y ponderó la obra de Guevara. Entonces, más preparado ya, acusó de falseador de la historia a Lozano, porque refiere “tradiciones vulgares y absurdas”. Nosotros le aplicamos sus mismas palabras, al rechazar su invento relativo a Corrientes; no podemos invocar en contra mayor autoridad que la suya propia.

V - El doctor Vicente G. Quesada -en su opúsculo La Provincia de Corrientes- no adelantó una palabra sobre la fundación de la ciudad y sobre la Cruz del Milagro; se redujo a tomar de los anteriores escritores cuánto habían dicho, para incurrir, a su vez, en los errores de aquéllos y en nuevas agregaciones.

Dice: “Alonso de Vera y Aragón descendió el río Paraná, encontró un sitio hermosísimo (ya era conocido) y allí resolvió fundar un nuevo pueblo. Al mando de su pequeña tropa, descendió a tierra el 3 de Abril de 1588, y subió la barranca por entre los árboles y espesos matorrales del bosque llamado Arasaty. Allí cortó un urunde’y y formaron una Cruz para colocarla como signo de haber tomado posesión de la tierra en nombre del monarca español.

“Después que los españoles elevaron la Cruz, formaron una palizada dentro de la cual se metieron para defenderse de seis mil guaraníes. Defendidos por la débil palizada, recibían una lluvia de flechas. La situación era crítica y se arrodillaban ante la Cruz y oraban con fervor. La Cruz estaba colocada a la entrada de la palizada. Los indios pusieron en torno de este madero, secas ramas, paja y cuánto encontraron capaz de arder; inmediatamente le prendieron fuego.

“La tradición religiosa cuenta que la sorpresa de los indios fue grande cuando consumido el combustible vieron que la Cruz no había ardido. Con gran ahínco emprendieron la obra de volver a quemarla, y cuando se acercó un indio para atizar el fuego, fue herido de un rayo, según la tradición religiosa, y según historiadores competentes, fue muerto de un arcabuzazo. Los indios tomaron aquéllo por un castigo del cielo, y temerosos doblaron la cerviz y se sometieron. Tal es la manera como la tradición cuenta la fundación de la ciudad San Juan de Vera de las Siete Corrientes” (opúsculo citado, Cap. III).

Como se ve, Quesada ha conglobado la tradición religiosa y la historia equivocada y hace una relación que adolece de las inexactitudes de ésta y de los caprichos de aquélla. Con los textos que hemos transcripto y el Acta de la fundación, se destruye todo; habiéndose encargado el mismo Quesada de establecer que la Cruz se levantó como signo de posesión de la tierra y no como objeto de culto religioso; que no fueron tres los indios muertos al pie de aquélla, como afirma Cabello, sino uno; y que la muerte fue producida por un arcabuzazo (a bala) según historiadores competentes y no por acción divina.

Resulta, pues, en cuanto a la Cruz del Milagro, que historiadores competentes desautorizan la tradición, y que ésta, aun para los que le dan cabida en sus trabajos, como Quesada, queda siempre relegada a la categoría de fábula.

Poseemos íntegros los manuscritos originales del autor del Fragmento histórico publicado en el Nro. 182 de El Comercio, de Corrientes, que el doctor Quesada cita en apoyo de su relación novelesca del combate en el fuerte; y, a pesar del cariño en que tenemos la memoria del autor, nuestro tío Manuel Serapio Mantilla, la rechazamos por inexacta. Titúlase el trabajito, que es de pocas páginas: Noticia de la fundación de la ciudad de Corrientes.

En él se lee lo siguiente:

“La ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes fue fundada por don Alonso de Vera (que por renombre llevaba el de Tupi) el 3 de Abril de 1588, como consta de las cartas que escribieron al Paraguay dando parte de la fundación, el referido don Alonso y el nuevo Cabildo erigido al fundarse la ciudad. Tomada posesión del sitio, construyeron un fuerte para estar al abrigo de los ataques de los innumerables indios guaraníes que habitaban esta región; y habiendo concluido su trabajo, notó el comandante de los conquistadores, Héctor Rodríguez, que no tenían bandera que tremolar sobre la nueva Ilion del nuevo mundo y determinaron arbolar una Cruz. ¡Qué coincidencia tan bella! Héctor se llamaba aquel célebre griego que defendía la Ilion troyana, cuyas hazañas las cantó el incomparable Homero; Héctor (Rodríguez), también se llamaba el primer jefe que tuvo este país de valientes. Hay una tradición piadosa respecto a la Cruz y a los sucesos que precedieron a la fundación de esta ciudad. Esta tradición cuenta que estando la Cruz a alguna distancia del fuerte (Quesada la pone de su cuenta a la entrada) notaron los bárbaros que los conquistadores salían en horas determinadas y se prosternaban al pie de ella (Quesada la hace adorar desde el fuerte). De esto infirieron los indios que el signo levantado que veían era algún talismán o hechizo, que, al paso que daba valor a sus adoradores, los libraba de la muerte. Por este motivo estrecharon el asedio y lograron posesionarse de la Cruz; y posesionados que fueron de ella, trataron de prenderle fuego, y no pudiendo conseguir su intento creyeron los indios que un poder sobrenatural obraba en esto y se sujetaron haciendo la paz con los fundadores”.

En esta relación no hay rayos de cólera celeste, ni balazo, ni indio o indios muertos; hay simple creencia en los indios que la Cruz, de madera fresca, no podía quemarse por acción divina. No podía, por consiguiente, servir de apoyo a la narración del doctor Quesada; y, citándola, debió ser para decir lo que contiene.

VI - La  Cruz, como signo gráfico y simbólico, no es una peculiaridad del Cristianismo. El jesuita Lafitau, citado por Lamas en la introducción a la obra del Padre Lozano, presenta con erudición un cuadro general de los usos, religiones y escrituras de los egipcios, fenicios, hebreos, griegos, chinos y otros pueblos para demostrar que “aunque la Cruz sea el signo del Cristianismo, ella no es una marca infalible del cristianismo y que fue el símbolo sagrado en las religiones de los antiguos, especialmente en los misterios de Isis”.

Los pueblos americanos conocían y adoraban la Cruz antes del descubrimiento y de la conquista. En Consumel y Yucatán la adoraban los naturales, y con ella marcaban las lápidas sepulcrales (Gómara, Hist. Indias; Maluenda de Anich). Garcilaso cuenta que los Incas también la veneraban y que mandaron construir una de jaspe cristalino (Comentarios reales). En Cumaná adoraban con ceremonias de gran devoción a la Cruz, con cuya señal se bendecían los indios y a sus hijos recién nacidos (Lozano, refiriéndose a Gómara).

Si, pues, en América existía la Cruz, no es difícil que los guaraníes la conociesen, si no como objeto de culto, como un signo cualquiera al menos; y, por consiguiente, que se asombraran al verla. Y si en veneración la tenían, hay una razón más para suponer que en Vera no se animaran a incendiarla o que ante semejante atentado y el arcabuzazo, atribuyeran a venganza divina la muerte del indio atrevido, pues eran agoreros y supersticiosos. De cualquier modo que sea, habría siempre un medio de explicar racionalmente el supuesto milagro.

El empleo de la Cruz en la conquista fue, ante todo, como señal de ocupación; simbolizaba al pabellón de España, y en su reemplazo se clavaba donde los conquistadores sentaban sus reales. Secundariamente, se ponían cruces en los lugares destinados a la edificación de la capilla o templo en las nuevas poblaciones; y eran éstas, y no aquéllas, las que se adoraban por el objeto religioso a que estaban destinadas. Por eso es que dice el Acta de fundación de Vera: “en señal de posesión del sitio para la Iglesia Mayor PUSIERON UNA CRUZ (el Adelantado y el Cabildo) a la cual todos adoraron”.

Cruces de posesión han existido muchas en Corrientes; la última conocida fue la que señalaba los límites de Corrientes y Yapeyú, clavada en la costa del Miriñay (Mirí-ña-y). Ella dio nombre a Curuzú Cuatiá (Cruz escrita); pues los naturales, que veían la Cruz con inscripción (cuatiá, carta, escrito), aplicaron a todo el distrito próximo a ella el nombre que la daban: Curuzú Cuatiá.

¿Cuál de las cruces levantadas por los conquistadores es la conservada y adorada hoy? ¿La que adoró Juan de Torres de Vera y Aragón, porque estaba donde debía construirse la Iglesia, o alguna de las de posesión puestas en los límites de la nueva ciudad? Cualquiera que sea, ninguna de ellas merece la idolatría de un pueblo cristiano en el último tercio del más grande siglo de la vida humana. Concediendo mucho, el milagro de la Cruz se reduce a un balazo bien pegado; y para tan insignificante hecho, ¡es monstruoso tres siglos de credulidad!(4)

(4) Se han escandalizado en Corrientes de esta afirmación, que califican de herética y hay gente que no perdona al autor el atrevimiento de negar la realización del milagro.
Los niños lloran y patean cuando se les quiere lavar la cara, y como ellos proceden las personas que se amostazan porque alguien diga a sus comprovincianos: “Esto es falso, no lo creáis: la historia, la filosofía y hasta el sentido común lo rechazan”. Otros han increpado al autor diciendo: “Es malo ir contra las tradiciones populares, porque éstas generalmente tienen mucho de verdad”. Ellos quieren, por lo visto, que en la cuestión del milagro se contemporice con la credulidad que desacredita, sacrificando a ella la verdad que se impone a la razón; que el escritor se haga cómplice de la ignorancia. ¡Bonita doctrina! // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

El origen de la transformación del balazo en rayo celeste, y del soldado que puso la puntería en fuerza divina de la Cruz, parécenos de fácil explicación racional.

Los conquistadores que en Vera quedaron con el Tupi eran pocos, e innumerables los indios dueños del territorio. La superioridad de sus armas no bastaba para equilibrar las fuerzas, y por necesidad debieron echar mano de la astucia para presentarse más fuertes.

Los indios guaraníes se distinguían de los demás en lo supersticiosos y agoreros. “Sobre la más leve acción, levantaban figuras para temer mil males fantásticos; si tocaban al ñakurutũ, pensaban que se les pegaría la pereza; si la mujer preñada comía dos espigas de maíz, se persuadían daría a luz gemelos; entrar un venado al pueblo y salir libre, era señal de que moriría alguno del barrio por donde salía el animal; saltar un sapo a una embarcación pronosticaba que uno de los navegantes debía morir en breve; terror les inspiraban los fenómenos celestes, y del trueno y del rayo hacían autor a Aña” (Lozano).

¿Qué mejor veta podían explotar los españoles que la credulidad y la ignorancia de los supersticiosos guaraníes, que presentar a la vista de ellos, como sucesos sobrenaturales, los hechos simples de una civilización que desconocían, a fin de persuadirles de que el poder del cielo estaba de parte de los nuevos ocupantes de sus tierras? Así se hacían más respetados y acaso más temidos. Y lo que en este sentido debieran hacer valer, preferentemente, debió ser el arcabuz, cuyas detonaciones y efectos equivalían para los indios, desde los principios de la conquista, al trueno y al temido rayo.

Ahora bien: en la hipótesis del tiro que mató al indio al pie de la Cruz o lejos de ella, las circunstancias del hecho cuadraban perfectamente para que los españoles lo explicaran como suceso sobrenatural, a fin de robustecer así en sus enemigos el asombro que experimentaron al presenciar la muerte del compañero, y de imponérseles por error que les inculcaban. Para los indios, que no conocían armas de fuego, era muy natural y creíble la invención. Persuadidos de ella, los que eran amigos de los españoles (por trabajos y abultaciones de éstos) y contado y comentado el suceso por los espectadores, el balazo trocado en milagro debió hacer parte de la creencia de los naturales; y -como a los conquistadores no les convenía descubrir su secreto-, al mezclarse las dos razas y al correr del tiempo, los hijos de los engañados y de los engañadores se educaron y crecieron en la persuasión de la verdad del invento. A medida que la fábula se alejaba de su origen, la imaginación popular la pulió y aumentó de generación en generación, presentándola, al fin, con acopio tal de incidencias y detalles, que el milagro contado hoy es como visto por el creyente.

La verosimilitud de nuestra suposición surge de las circunstancias y de la calidad de los actores en el suceso tratado; y sólo así se explica la no existencia de documento relativo al milagro ni mención alguna a su respecto, cuando tenemos el Acta de fundación y el acta de la primera reunión del Cabildo de Vera, celebrada el día 4 de Abril de 1588, y, también, documentos relativos a los prodigios (supuestos) de la Virgen de las Mercedes.

Un milagro es la derogación formal de una ley conocida de la naturaleza; hoy no se le ve en el mundo; y a los que dicen que hubo, preguntamos con Cicerón, en Divinatione, ¿desde cuándo ha desaparecido la fuerza secreta que lo producía? ¿Será acaso desde que los hombres han llegado a ser menos crédulos?

 (Fdo.) M. F. Mantilla. Corrientes -  1 de Mayo de 1888

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