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Comprobación Histórica

de Manuel Florencio Mantilla

(Tomo I, páginas 311 a 367, Ed. 1928)

Transcripción de la “Crónica Histórica de Corrientes”

Comprobación Histórica(1)

(1) Publicado bajo el título de “Antigüedades”, en el periódico “La Libertad”, de la Ciudad de Corrientes, Año VIII, Nros. 811, 812, 813, 814, 815 y 816, del 25 de Febrero al 9 de Marzo de 1898 - Nota del Editor). // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Tengo ante la vista un folleto escrito por el doctor Ramón Contreras, con el título Recuerdos Históricos, y un Apéndice del mismo publicado en el periódico correntino El Litoral, sobre el tema de aquél. En los dos trabajos se propone el autor demostrar que la actual ciudad “Corrientes”, antes Vera, fue fundada conforme se refiere en la leyenda de la “Cruz de los Milagros” y no como resulta de los documentos y antecedentes que he presentado y estudiado por primera vez en mis ligeros escritos La Ciudad de Vera y la Cruz del Milagro, publicados con motivo del centenario tercero de la capital de la provincia de mi nacimiento.

No ha sido feliz en su empeño el señor que me combate sin razón; sus dos trabajos revelan lectura no aprovechada, laboriosidad estéril por falta de acierto en el juicio, pasión respetable de creyente, no fría serenidad de historiador, afición a papeles viejos, sin la penetración crítica que de ellos deduce la verdad de los sucesos pasados. De ahí nacen indisculpables errores y afirmaciones caprichosas que forman el armazón de los dos escritos, para llegar a conclusiones desgraciadas tanto en lo fundamental como en lo accesorio del tema; aparte las comprometedoras divagaciones filosófico - literarias de problemático buen gusto, con las que tropieza el lector a cada instante.

La leyenda de la “Cruz de los Milagros” debe a su defensor un esfuerzo para acreditarla, pero de ninguna suerte un triunfo, ni siquiera su aproximación; nada consistente exhibe contra el Acta de fundación y los hechos con que he destruido la leyenda. Queda en pie la verdad histórica por mí enseñada. Empero, aprovecho la ocasión, que me ofrece tan deslucido desempeño, para dar nuevos datos y presentar algunas observaciones críticas sobre los orígenes de la ciudad de Corrientes; unos y otras, pondrán en mayor evidencia, si cabe, la exactitud de mi primera narración.

I - Escribe el impugnador: “Parece indudable que antes de moverse el Adelantado Torres de Vera y Aragón, de Asunción, mandó una partida a explorar el terreno; que ésta debió haber construido para su defensa un fuerte, porque esa precaución era general; que dicho fuerte se construyó en Arasaty; allí fueron sitiados por los indios los de la partida y ocurrió el milagro de la Cruz, cuya consecuencia fue la fundación de la ciudad. El Adelantado se hallaba en las aguas del río Paraguay el 28 de Marzo de 1588, y como el día 3 de Abril, el de la fundación, ya había en las ‘siete corrientes’ Fuerte o reducto de palo a pique, trabajo que no habría sido posible realizar al Adelantado en el angustioso plazo que medió entre su llegada y el día de la fundación, es evidente que sólo una partida de vanguardia, llegada muchos días antes, fue la que hizo el trabajo. El Fuerte y la hermita (escribe con h) de la Cruz estuvieron a la vista en Arasaty por más de cien años”.

Lo reproducido no se apoya en documentos ni en hecho cierto: se funda en la afirmación sin prueba de que antes de la llegada del Adelantado ya existía el Fuerte; lo demás es sospecha gratuita.

El Fuerte fue construido por el Adelantado después de la fundación de la ciudad. En los autos del pleito que dicho personaje sostuvo en España sobre negocios del Río de la Plata, sus servicios, se entrelee lo siguiente: “Y el mismo año 1588, prosiguiendo su conquista y tratando de irse a los reinos de España, de camino pobló la ciudad de Vera, en las Siete Corrientes, llevando consigo para dicha población 150 soldados casados y solteros, en tres barcos y un bergantín y veintiocho valzas, y otros 40 hombres que llevaban por tierra 1.500 vacas y bueyes y otros 1.500 caballos y yeguas; y poblada la dicha ciudad, y habiendo pasado el ganado a ella y habiendo puesto en orden las cosas de su gobierno, justicia e regimiento, hizo edificar un fuerte muy importante para su conservación y seguridad”.

El Cabildo de Vera afirma lo mismo en Oficio dirigido al rey con fecha 20 de Agosto de 1588. De esto resulta evidenciada la falsedad del único fundamento de la supuesta venida de una “partida exploradora”.

Los cronistas antiguos y modernos citados para autorizar la suposición, no han escrito lo que se les atribuye. Martín de Moussy (repetidor de lo que otros sin prueba narraron), Guevara (no conoció el Acta de fundación de Vera), Quesada (reproduce a Moussy), Cavello (no conoció el Acta de fundación), fray N. Alegre (da por fundador de Vera, a Alonso de Vera y Aragón), Funes (está en el mismo caso), hablan de los fundadores de Corrientes cuando se refieren a los 28 u 80 hombres (no coinciden en el número) que realizaron la población; según ellos no hubo tales exploradores.

Ahora sabemos bien por el Acta de fundación y otros documentos que dichos autores están lejos de la verdad aun en lo expresamente afirmado por ellos; menos autoridad tienen en lo que no escribieron. El más acreditado de ellos, Guevara, afirma categóricamente que el Fuerte fue construido después de la fundación de la ciudad. Lozano confirma a Guevara.

Torres de Vera y Aragón no tenía necesidad de ordenar la exploración de un lugar bien conocido por los conquistadores, como era el de las “Siete Corrientes”, frecuentado por los navegantes desde los viajes de Caboto y Juan de Ayolas. Los indios de las cercanías, así como los de Itaty (Yaguary, entonces) eran amigos de los españoles; Ayolas permaneció entre los primeros tres días, muy agasajado por ellos, y en lo sucesivo trataron de la misma suerte a los navegantes. Los de Itaty protegieron a Caboto, y más tarde a los enfermos de la expedición de Alvar Núñez, que bajaron en balsas desde el Alto Paraná.

Cuanto al interior del territorio, refiere Lozano que durante los primeros tiempos del gobierno de Garay cruzaron por aquél los españoles, desde el Paraná al Uruguay. Tan conocido era el paraje las “Siete Corrientes”, que el custodio de la Provincia Franciscana, fray Juan de Rivadeneyra, propuso en 1580 fundar allí una ciudad, y a su regreso a España reiteró la indicación en memorial presentado al rey, a quien decía: “Hay aparejo para fundar una ciudad junto a las ‘Siete Corrientes’, en el río que llaman de las Palmas, que tiene mucha cantidad de gente, que podrá dar de comer a cien españoles”. ¿Para qué, pues, habría hecho explorar el Adelantado un lugar conocido, de antes ya señalado para población, con habitantes amigos, protectores, dedicados al cultivo de la tierra? La numerosa expedición que Torres de Vera y Aragón llevó para fundar la ciudad y el gran hato de ganado bovino y equino despachado por tierra son hechos persuasivos de que marchó a empresa segura.

En ninguna crónica se encuentra la peregrina invención de la “partida exploradora”; ella es de cosecha exclusiva del autor de Recuerdos históricos para que guarden armonía los documentos irrefutables y la leyenda popular. “Sin ese destacamento previo, escribe, se ponen en contradicción aquéllas (las fábulas) con el doctor Mantilla”. No fue, por consiguiente, hecho real; es simple acomodo buscado tres siglos después de la fundación. Mientras corría la falsedad como historia de los primeros días de Corrientes, la repetían maquinalmente todos, crédulos, ignorantes o fanáticos, la ponían en libros y la comentaban. Paro en ella mientes: la estudio, obtengo el Acta de fundación, desconocido, hallo documentos reveladores de los antecedentes de la fundación y de los hechos más importantes posteriores a ella, y con todo, formo una relación verídica, que se impone desde el primer día a los amantes de la verdad. La leyenda sucumbe ante mi narración; caen también las autoridades que la repitieron. Este derrumbamiento alarma al creyente autor de Recuerdos históricos; quiere detenerle; pero, impotente para oponer documentos y hechos de mayor evidencia a los que destruyen la falsedad secular, inventa la “partida exploradora” como soldador de la verdad con la ficción, que no se unen, sin embargo, porque las consecuencias del invento son desastrosas para su autor.

La fundación por el Adelantado no cabe en la leyenda, que la atribuye a una partida de 28 ó de 80 españoles salvados en Arasaty(2) por un milagro de la Cruz; el Fuerte construido por el Adelantado, después de fundar la ciudad, no tiene colocación en la supuesta empresa de la “partida”; la situación atribuida por la leyenda al Fuerte no corresponde a la planta de la ciudad que, según ella, fue levantada en el sitio del suceso. La “partida”, lejos de armonizar la verdad con la ficción, conforme desea su inventor, enreda de tal suerte su narración, que al fin obliga a salir de ella atropellando los documentos y los hechos.

(2) Todos escriben Arazaty: la palabra es guaraní puro y este idioma carece de z. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Esto proviene de la resistencia a confesar que se ha vivido en error respecto a los hechos de la fundación de Vera; una vez admitida la verdad, hay lugar para el suceso generador de la leyenda. Fundada la ciudad, organizado su gobierno, repartidos los solares urbanos, construido el Fuerte y puestos en buena guarda los pobladores, marchóse a Buenos Aires el Adelantado, dejando como capitán general y justicia mayor a su sobrino Alonso de Vera, el Tupi. Los indios comarcanos se mantenían quietos. El repartimiento de Encomiendas inició la guerra de los aborígenes, larga y cruda, que más de una vez puso en peligro la vida de la Colonia hasta 1596. Durante ese tiempo -no he dado con la fecha exacta-, según un documento antiguo consultado en el archivo de Corrientes por Pedro Cerviño, “salió de la población un destacamento con 36 españoles de infantería en dirección al S. O. y llegando como a media legua, cerca de la barranca del Paraná, fueron atacados por multitud de bárbaros a las 2 de la tarde; para defenderse hicieron espaldas de un arroyo muy barrancoso que vertía en dicho Paraná, y cortando con sus alfanjes algunos espinillos, formaron al frente una trinchera, con lo que se defendieron toda la tarde de aquel día y los dos siguientes. Muy inmediata al pequeño fuerte se hallaba arbolada una Cruz. Persuadiéndose los bárbaros que los españoles eran socorridos de algún brazo fuerte, intentaron pegar fuego a la Cruz hasta tres veces; y viendo que no se quemaba, al oír un estruendo como un cañonazo, huyeron todos, quedando algunos pidiendo la paz”. ¿Qué fue el estruendo aterrador? El jesuita Guevara escribe: “Las llamas respetaron la Cruz, y el sacrílego (atizador de la hoguera) cayó muerto de un balazo”. El mismo suceso del sitio, del combate, del incendio de la Cruz y del rechazo de los indios es relacionado con una palizada que Alonso de Vera mandó construir al S. O. de la ciudad, lejos de ella, para tener allí avanzada permanente de soldados; más tarde fue aproximada a la población, al Oeste, sobre el río, situándola en la banda norte del arroyo Ysyry, porque en el primer sitio quedaba muy distante. Sobre aquel hecho se formó la leyenda. Hablando de la Cruz, escribe Guevara: “Consérvase hasta el día de hoy el sagrado leño, en memoria del suceso” (guárdase bien de decir milagro). Del balazo convertido en rayo celeste, y del arcabucero transformado en poder divino, he dicho lo bastante en mi trabajo La Cruz del Milagro.

Yo no pretendo combinar la realidad con la leyenda; narro únicamente lo aprendido en mis investigaciones tranquilas de la verdad histórica. Haya sido en reducto improvisado bajo los apuros de un ataque de grande indiada, o en el construido para seguridad de una permanente guardia avanzada sobre el lado peligroso de la ciudad, el hecho es natural, creíble por ende, y no contradice los documentos de la fundación. La improvisación del reducto, por los atacados, me parece inadmisible, porque dicho trabajo requería tiempo, abandono de armas, actitud pasiva de los indios, y estas circunstancias son inconciliables con el propósito exterminador atribuido al ataque. Ninguna importancia tiene ese hecho incidental de la conquista; pero le anuncio conforme ha llegado a mi conocimiento, a fe de leal narrador, y también porque sirve para explicar satisfactoriamente otros desnaturalizados por la leyenda.

¿Por qué hace la leyenda fundador de Corrientes a Alonso de Vera y Aragón, el Tupi? Porque él,era el capitán general y justicia mayor de la ciudad cuando ocurrió el hecho del que ella arranca la fundación. ¿Por qué son de 28 a 80 los compañeros de Alonso? Porque el Adelantado dejó a su sobrino solamente 61 hombres. ¿Por qué se sitúa el Fuerte del milagro en Arasaty? Porque a media legua de la ciudad, rumbo S. O., próximo a la barranca del río Paraná, estaba el reducto de la guardia avanzada de la ciudad, distancia y rumbo que dan con el paraje denominado, en los tiempos modernos, Arasaty (guayabal) por la abundancia en él de guayaba silvestre. La Cruz de la leyenda existe: ¿de dónde salió? Los españoles levantaban cruces como signo de posesión, y es presumible que pusieran el reducto cerca de la que marcaba el límite del ejido de la población. De esta suerte se ve claro por qué se conservó la Cruz en ranchito de pared pisada y techo de paja, hasta el primer tercio del siglo XVIII, en el sitio donde hoy está la Columna conmemorativa de la fundación, levantada en 1828 por hombres creyentes, pero ignorantes de la verdad histórica, que la pusieron sobre lo que la tradición señalaba como ruinas del antiguo rancho, llamado con el tiempo Ermita. También se comprende sin violencia cuál es la verdad real de las declaraciones tomadas en 1713 para formar la “Historia de la Cruz de los Milagros”. El testigo Gregorio Rojas “sabe por tradición que una partida de españoles se vio obligada a levantar una trinchera que les servía de guarnición”; el testigo Juan Díaz Moreno “sabe por noticias que los españoles levantaron una fortaleza, cuál su posibilidad y tiempo les permitió, en el mismo paraje donde hoy está la capilla de la Santa Cruz”; el testigo Pedro Moreira “sabe por noticias que los primeros españoles hicieron para su defensa un fuerte pequeño de estacada y ramas donde hoy está la capilla de la Santa Cruz del Milagro”; el testigo Gaspar Fernández “tiene noticias que la Cruz la fabricaron los pobladores de estas tierras antes que levantasen el fortín”; el testigo Alejandro Gómez de Meza “sabe por noticias que los españoles formaron para su defensa un fuerte pequeño en el mismo paraje donde hoy está la capilla de la Santa Cruz, levantando primero la Santa Cruz”.

El año 1857 anunció fray Juan N. Alegre que había descubierto “la trinchera levantada por los primeros y esforzados 28 soldados, fundadores de Corrientes”. Hoy sabemos que no hubo semejante fundación; por consiguiente, era imposible el descubrimiento. ¿Qué fue él? En un folleto titulado Antigüedades correntinas publicó fray Alegre el acta de su descubrimiento; tiene ella al pie la firma de varios vecinos respetables. A uno de éstos, don Roberto Billinghurst, pregunté cierto día los detalles del acto, y él me contestó: “Era un día de carreras en la calle Ancha (así se llamaba antes la Avenida 3 de Abril, donde está la Columna); nos encontrábamos en la cancha todos los de la ciudad, porque entonces no teníamos otra distracción. Allí se presentó fray Juan Alegre y pidió a varios la firma en una acta por él hecha sobre cierta excavación practicada cerca de la barranca; algunos se la dimos por complacencia, sin leer lo que suscribíamos y sin importarnos un bledo de la cosa. Después de concluidas las carreras se nos ocurrió averiguar qué fue aquello y resultó que habíamos convertido en fortaleza de la conquista el cerco de palo a pique de un antiguo poblador del lugar, poseedor de embarcaciones menores en las que hacía comercio con el Paraguay; los viejos le conocieron mucho. Fray Juan nos embromó de buena fe, porque él creía haber hecho un gran descubrimiento”. Entonces me expliqué por qué el ilustrado gobernador Pujol, aficionado a la historia, y el no menos preparado ministro doctor Wenceslao D. Colodrero, recibieron con profunda indiferencia el descubrimiento y pusieron al pie de los documentos a él relativos solamente: publíquese y archívese. Fray Alegre, víctima de la leyenda, tomó una cosa por otra. Admito, sin embargo, en hipótesis, la seriedad del hallazgo, para exponer las observaciones que sugiere la pieza histórica formada por el descubridor.

En el extremo Oeste de la Calle Ancha (hoy, Avenida 3 de Abril), cerca de la barranca del río Paraná (no se determina la distancia), fray N. Alegre dice haber encontrado: “Un muro teniendo de Norte a Sud cincuenta varas castellanas de longitud, de Este a Oeste, por ambas extremidades, seis varas de latitud, formando un área cuadrangular, y una vara de altura a una de profundidad bajo la tierra, siendo las paredes construidas de piedra tosca, cortada de la misma de que está formada la barranca a la costa del río, habiendo hallado una gran porción de fragmentos de losa barro de tiesto, que por su material se conoce ser trabajado en el Paraguay, y una estacada de palo a pique de cincuenta varas castellanas de longitud en dirección de Sud a Norte, trabajada y dispuesta como se ve en las trincheras de las guardias y fortines de la República del Paraguay, donde se conserva la costumbre primitiva de los españoles”.

Luego razona fray Alegre de la manera siguiente: “Alonso de Vera el Tupí bajó desde el Paraguay con algunos españoles para principiar una ciudad en la costa oriental del Paraná, como lo ejecutaron, denominándola San Juan de Vera de las Siete Corrientes. Habiendo los españoles tomado posesión del sitio, erigieron el sacrosanto Madero de la Cruz en paraje algo distante del Fuerte que levantaron como reparo contra los infieles. ¿Hacia qué punto levantaron el baluarte para su defensa? Para punto de partida tenemos la Columna construida en conmemoración de la ermita donde se prestaron las primeras adoraciones al Sacrosanto Madero de los Milagros, colocada al Este de la orilla del Paraná, a una distancia de doscientas cincuenta varas castellanas. Probablemente desembarcaron los españoles en el puerto de Arasaty, no sólo para abrigo de las embarcaciones, sino también porque la barranca es de una altura dominante, y sólo al Oeste de la Columna pudieron construir su fortificación y estacada, porque siendo tan reducido el número de nuestros padres y tan numerosas las nómades tribus de infieles, debieron elegir un punto que les facilitase la retirada. Por otra parte, sabido es el hecho histórico que las tribus indígenas, al observar que los conquistadores salían de su fortificación a ciertas horas y se prosternaban al pie de la Cruz, sostuvieron en número de más de seis mil combatientes una pelea encarnizada, resistiendo por ocho días los españoles. Si el Fuerte hubiere sido construido en cualquiera otra dirección de la Columna, ¿cómo habrían podido resistir los españoles en número de 28? Sólo posesionados éstos de un punto tan ventajoso, pudieron hacer tan heroica resistencia y alcanzar una victoria tan gloriosa como la que consiguieron el día 3 de Abril de 1588. En vista de las poderosas razones indicadas, creemos y aseguramos que este muro y estacada son los que sirvieron a los primeros conquistadores”.

El autor de Recuerdos históricos llama “documento clásico” a este fárrago de falsedades y vulgaridades del que no resulta ni un principio de argumento en pro del descubrimiento. Es falso que la ciudad fue fundada por Alonso de Vera acompañado con 28 soldados; es falso el nombre originario de la ciudad; es falso que Alonso de Vera construyó el Fuerte, ni hubo pelea con indios el 3 de Abril de 1588; es mera suposición el desembarco en el puerto de Arasaty; no es hecho histórico sino leyenda popular. la resistencia de 28 españoles atrincherados contra seis mil indios, durante ocho días, sin comer, sin beber, sin dormir. Pero, aun aceptando todo como cierto, de tales antecedentes no se deduce que los vestigios encontrados de muro de piedra y de palizada sean los de la supuesta construcción anterior a la fundación de Vera, ni tampoco los del reducto levantado mucho tiempo después para defensa avanzada de la ciudad.

El material del muro, el “área cuadrangular” encerrado por los vestigios y la “gran cantidad de fragmentos de tiestos” allí descubiertos, denuncian a las claras una edificación muy posterior, destinada a vivienda ordinaria de poblador, con su correspondiente cerco de palo a pique. El uso de la piedra de las orillas del Paraná para las construcciones corresponde a un tiempo lejano de la fundación de Vera; las primeras viviendas, el fuerte, la ermita de San Sebastián fueron de madera y barro con techo de paja, por la necesidad premiosa del abrigo, la carencia de medios, la abundancia de maderas y la relativa seguridad de la construcción. Fue empleada la piedra como cimiento cuando se usó el adobe para muros; los jesuitas la utilizaron después en el exterior, hasta que introdujeron el ladrillo, en 1755. Si, pues, fray Alegre encontró un muro de piedra, éste perteneció a edificio que no fue el Fuerte del Adelantado, ni el reducto de Alonso de Vera. Además, cincuenta varas de largo por seis de ancho, son dimensiones que no guardan armonía con el “pequeño” Fuerte de la leyenda, ni con el “pequeño” reducto avanzado; tampoco se acomoda un cimiento de piedra en un Fuerte o Reducto “de palizada y rama”. Muro de piedra y palizada a la vez, ésta adelante de aquél, son construcciones no mencionadas por la leyenda ni por la historia. En el caso de suponer que los muros de piedra hayan sido los cimientos de la ermita de la Cruz, y la palizada la del “reducto del combate”, aquéllos habrían estado donde se encuentra la Columna, puesto que se da a ésta por situada en el punto ocupado por la ermita, a los principios, y no a distancia de ella, al Oeste, con la palizada por medio; el supuesto es, además, inadmisible, porque se sabe bien que la ermita era un ranchito y los cimientos de cincuenta varas de largo por seis de ancho corresponden a una construcción espaciosa. El hallazgo de muchos fragmentos de “tiestos” indica que el edificio no estaba consagrado al culto, sino al comercio o a la habitación.

El abandono del lugar es antecedente contrario al descubrimiento. Si allí erigieron la ermita porque ocurrió el milagro, si próximo estuvo el primer fuerte, ¿por qué razón destruyeron el monumento humilde en 1730, arrancaron del lugar la Cruz y dejaron abandonado, olvidando, sin ninguna señal, el paraje del suceso providencial y de la defensa heroica, siendo después otro el señalado por la tradición? Por atrasados que hayan sido los que tal hecho consumaron, no es concebible que ellos mismos echasen por tierra un antecedente visible de su credulidad, tanto más cuanto que ninguna dificultad les impedía construir la nueva capilla en el mismo sitio de la ermita o cerca de ella. La traslación de la Cruz a su nueva casa y el completo abandono del lugar antiguo, implican que el asiento de la ermita nada significaba, o que el nuevo local tenía primacía; en cualquiera de estos casos, sale mal el descubrimiento de fray Alegre.

Por indiferente no hace mención del lugar antiguo el documento capitular del 15 de Marzo de 1730, que fija el día de la traslación. La clase de la nueva construcción induce a formar idea de la vieja, y de ello se deduce también que el muro de piedra encontrado por fray Alegre no correspondía a la ermita. Llaman pomposamente templo al local consagrado a la Cruz en 1730. El cura Arce lo describe en los términos siguientes: “La ermita es de pared pisada y de tierra cruda, como hecha por los pobladores en tiempos en que no había en la ciudad ni las gentes que hoy, ni los edificios. A más de ser de tan pequeña estructura, es sin pared hacia el mojinete”. Si ésta fue la obra decente de 1730, ¿cuál sería la antigua? ¿tendría muros de piedra y una magnitud de cincuenta varas de largo por seis de ancho?

El autor de Recuerdos históricos cita en apoyo de fray Alegre un acta capitular del 28 de Febrero de 1707, cuyo texto reproducido dice: “... y siendo así que sucedió la invasión de los indios: el 21 del corriente que dio en la ciudad en el mismo costado del Reducto que cae al Poniente; y aunque no lograron su intención pero lograron el despojar y llevarse una campana de la Ermita de la Santa Cruz, y que han sido repetidos sin tener ningún remedio. Y es muy preciso de parte de esta ciudad escribir al Cabildo Eclesiástico del Obispado si se puede mudar la Ermita con la Cruz en otra parte donde se pueda reparar en dichas invasiones, por hallarse dicha Ermita muy cerca de montañas y cerca del río, ocasionando a tener el enemigo el atrevimiento que se experimenta en ella. Y en ese ínter se puede pedir una limosna a los vecinos encomenderos, que cada uno ayude con un indio para desmontar dichos montes, lo que encubre dicha Ermita y poder abrir las puertas”.

El autor de mi referencia exclama en presencia de este documento: “Es claro que se construyó el Fuerte o reducto en Arasaty por un puñado de españoles; ese Fuerte existía en 1707 y es el hallado en 1856 (1857), debajo de tierra por el P. Alegre; que estaba aislado de la ciudad actual; que cae al Oeste. Allí estuvieron por más de cien años a la vista el Fuerte y la Ermita de la Cruz”.

No conozco el original del documento invocado; pero me bastan los términos reproducidos para demostrar que no es pertinente al asunto estudiado. En primer lugar, no determina el sitio, el día, la época, ni los autores de la construcción del Fuerte y la Ermita; lo único establecido es que en 1707 había un Reducto al poniente de la ciudad y una Ermita cubierta por maleza, muy cerca de montañas (montes) y del río, tan abandonada, que era preciso desmontar para abrir las puertas de ella, y a merced de los indios invasores, por la distancia, “sin tener esto ningún remedio”. Tampoco se determina que la Ermita estuviese cerca del Reducto. La situación de éste al poniente de la ciudad, excluye el Arasaty, que está al Sudoeste, casi al Sur de ella. La proximidad de la ermita a montes (o en ellos) y al río, sin indicación de rumbo, no autoriza para ubicarla en el Arasaty, porque este paraje u otro cualquiera de la costa, al Sur, corresponde al dato.

Las antiguas actas capitulares hacen diferencia entre Reducto y Fuerte, reservando esta última denominación para la construcción que dejó el Adelantado y aplicando la otra a las pequeñas defensas levantadas después, fuera de la ciudad, por los pobladores. Una de ellas fue el “Reducto que cae al poniente”, mencionado en el acta de 1707. El estaba realmente al poniente de la ciudad, en las inmediaciones del actual Hospital San Juan de Dios, sobre la banda norte de la desembocadura del arroyo Ysyry.

La existencia de dicha construcción en ese paraje consta en la solicitud que el rector de los jesuitas hizo al Cabildo, pidiendo “en depósito” el terreno de una y otra banda del arroyo Ysyry para instalar la primera fábrica de ladrillos y de tejas cocidas; la solicitud es del año 1775, y en ella se señala el “lugar donde estuvo el Reducto del poniente” como punto de arranque de la denuncia, hacia afuera. El terreno fue concedido, dándole por cabecera “el lugar donde estuvo el Reducto del poniente”, y se estableció la fábrica donde hoy caen los fondos del hospital. Ya no existía, pues, en 1755 el “Reducto del poniente” a que se refiere el acta de 1707, pero su situación exacta era conocida.

En presencia de esto, ¿es de buen sentido decir que el “Reducto del poniente” era el Fuerte del milagro en Arasaty, descubierto por fray Alegre? ¿Poniente es Sudoeste? ¿La Avenida 3 de Abril está en la desembocadura del Ysyry? El sentido común protesta.

II - “Corrientes tuvo dos asientos”, afirma el autor de Recuerdos históricos: el primero en Arasaty, o sea donde hoy está la Columna; y el segundo, en el sitio del día. Además de la fundación de la leyenda, se aduce la razón siguiente; consta en una acta capitular del 5 de Abril de 1688 que el procurador de la ciudad, Andrés de Figueroa, dijo al Cabildo, por escrito: “Habiéndose poblado los antiguos y demás que se hallaron en la primera población que comúnmente llamaban El Pucará, sitio donde hoy está la Cruz del Milagro, de donde por lo montuoso y arriesgado por los continuos asaltos que el enemigo daba y por otras incomodidades, de común acuerdo les fue forzoso a dichos pobladores cojer diferente asiento, que fue donde hoy estamos actualmente poblados de que fue forzoso hacer una nueva planta de la ciudad y padrón de lo que a cada uno de los pobladores les fue repartido así de solares como de lugares de chacras y estancias. Y sin embargo desampararon parte de dichos pobladores la dicha población luego que se les hizo merced de las dichas tierras..., por cuya causa el procurador Juan Gómez de Torquemada pidió el año 1598 que se volviese a repartir nuevamente los solares y sitios que les habían dado a los que después se ausentaron”.

He buscado el original de este documento y no lo he hallado; deseaba conocer todo el acta para saber cuál fue la opinión del Cabildo sobre las afirmaciones de Figueroa, y si ellas eran de tradición, de hecho documentado, o simples dichos de su autor. Sin embargo, tomo el fragmento para someterle a estudio.

El Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón dice en el Acta de fundación: “Fundo, asiento y pueblo la ciudad de Vera en el sitio que llaman de las siete corrientes”. El procurador Figueroa dice (un siglo y dos días después): “Los antiguos y demás que se hallaron en la primera población que comúnmente llamaban el Pucará”. ¿Cuál de las dos autoridades tiene mayor fuerza: el Adelantado, que eligió el sitio y determinó su nombre propio antiguo, o el Procurador de un siglo después, cuya aseveración no está comprobada? No fluctúo: el documento del fundador es el soberano; no solamente porque su contenido está garantizado por las formalidades legales requeridas para la validez de un acto trascendental, lo que no ocurre en el fragmento de Figueroa, sino porque entre la palabra del Adelantado, confirmada por el primer Cabildo, y la simple del Procurador, es racional tomar aquélla como expresión de la verdad. No es posible que la misma ciudad haya sido fundada a la vez en dos sitios diferentes. Si los dos nombres correspondían al mismo sitio, sino, o el uno era de toda la comarca, y el otro de un determinado paraje de ella, lo habría expresado así el Adelantado en el documento firmado para eterna memoria o constaría en los primeros actos del Cabildo o en los autos del repartimiento de tierras; pero nada de esto existe. El cambio del nombre siete corrientes por el de Pucará, después de la fundación, no habría tenido objeto ni utilidad, puesto que, si el primitivo no gustaba, estaba el de la ciudad, que era ya el único legítimo y obligado entre los fundadores, por ser obra de ellos, y para los naturales, porque recibían la ley de sus amos. ¿Qué resulta de lo expuesto? Una de dos: o que Figueroa confundió hechos y lugares distintos, o que su exposición es falsa porque no conocía los antecedentes de la fundación.

Según Figueroa, “de común acuerdo fue forzoso coger el asiento actual de lo que fue forzoso hacer nueva planta de la ciudad y Padrón de solares, chacras y estancias”. ¿En qué año y por mandato de qué autoridad se hizo el cambio? El Adelantado dio esta facultad únicamente al Cabildo, “si se hallare otro sitio mejor”, de la traslación debió levantarse acta formal que dejase sin efecto la de fundación o que sirviese de complemento. ¿Dónde está ese documento? ¿En qué papel, libro o leyenda se hace referencia a él? ¿Cómo poseemos el Acta de fundación y carecemos del de traslación, si el hecho se realizó? ¿Cómo ha escapado su existencia a todos, antes y ahora? Los antecedentes que poseemos autorizan a sostener que no hubo traslación ni acta.

El mismo día de la fundación de Vera en el sitio de las Siete Corrientes, organizado y juramentado e1 Cabildo, “el Adelantado fue con los Alcaldes y Regimiento, todos de un acuerdo, y con formalidad nombraron y situaron el sitio para la iglesia mayor, pusieron en él una Cruz, que todos adoraron; e luego mandaron fincar el Rollo en la mitad de la plaza; e luego, andando por el campo, nombraron y eligieron por ejido de la dicha ciudad e a todos los vientos e moradores, cese de las cuadras que señaló hasta un cuarto de legua”. ¿Corresponde el sitio aquel elegido por Juan de Vera y Aragón al actual de Corrientes? ¿Hay otro con el que es fácil confundirle? Tanto en el nombre del sitio como en las causas originarias de dicho nombre, el actual coincide con el fijado en el Acta de fundación y no hay otro parecido.

Todos los cronistas están contestes en atribuir el nombre Las Siete Corrientes a las siete lenguas de tierra que se internaban en el río Paraná, rompiendo cada una su corriente natural y formando en las proximidades otras especiales; en cada punta de piedras había y hay una corriente más fuerte que la del río. Dicha particularidad, única en la costa, determinó el nombre dado por los conquistadores al lugar, desde los primeros tiempos. El P. Quiroga, geógrafo y astrónomo de nota entre los cronistas, escribe: “Llámase de las Siete Corrientes porque el terreno donde está situada la ciudad hace siete puntas de piedra, que salen al río, en las cuales la corriente del Paraná es más fuerte”. Hoy quedan apenas vestigios de algunas puntas: el río o la mano del hombre las ha destruido; tenían los nombres modernos de Ysyry, Isabel Durán, San Sebastián, Villegas, Casillita, Rozada, Batería.

Conviene prevenir que el autor de Recuerdos históricos se subleva contra los conquistadores, autores del nombre, y contra los cronistas, que dan el por qué de la denominación; él ha inventado la siguiente explicación: “Esa pequeña región del Paraná, pintoresca en extremo, recibe a su derecha por la parte del Chaco los cuatro pequeños ríos llamados Negro, Tragadero, Iné, otro más que le sigue al N. E. y los dos brazos principales del río Paraguay llamados río Ancho, uno; y el otro Paraguay propiamente. Esas corrientes que descargan sus aguas por seis bocas en la del Paraná, con la de éste, forman las siete Corrientes”.

Del verdadero origen del nombre, dice: “Es antigua tradición de barrio”; pero agrega: “Sin embargo, los cronistas repiten eso mismo”. ¡No tiene atadero! El nombre era de un lugar determinado, no de una región. Si aquél estuviese realmente rodeado por las mencionadas corrientes de ríos o arroyos o próximo a ellos, sería disculpable el invento; pero el lugar está en una región, y las corrientes en otra, separando leguas a éstas entre sí; ninguna de ellas se encuentra en territorio correntino; una sola, la del Paraná, pasa por sus costas; ni cerca del lugar desaguan dichas corrientes en el Paraná. Entrego, pues, el invento a la viveza de ingenio del lector.

Dado el origen del nombre Las siete corrientes, era del terreno rodeado por las puntas el sitio donde el Adelantado fundó la ciudad, señaló plaza y lugar para iglesia; porque la palabra sitio usada en el Acta importa determinación del lugar mismo y no habría correspondido a éste el nombre sin concurrir el hecho de su origen. El nombre, por otra parte, no abarcaba una comarca más o menos extensa; era el exclusivo de un paraje donde se presentaban siete puntas de tierra; y pues el Adelantado dice que fundó la ciudad en ese paraje, es natural deducir que el asiento fue en el terreno rodeado por las puntas.

La actual ciudad de Corrientes está situada en el propio terreno de las siete puntas, correspondiendo el centro de su planta primitiva al de aquél; las puntas que dieron denominación al lugar señalan toda la extensión de la ciudad sobre el río Paraná. Coincide el asiento del día con el Acta de fundación. No ocurre lo mismo si tomamos como primer punto poblado el Pucará. Este nombre no es del Acta, ni designa el sitio de las siete corrientes; pertenece indudablemente a otro lugar. Para tomarle por el que determinó el Adelantado, es preciso demostrar que Pucará y Siete Corrientes son sinónimos y tal demostración no ha sido dada ni es posible, por evidencia contraria. Si el Pucará era, conforme se dice, el Arasaty moderno donde se encuentra la Columna, hay causa para dicho nombre especial; el paraje no está en el sitio de las siete corrientes; dista de él unas veinte cuadras. De ser verídica la exposición de Figueroa, resultaría, sin embargo, lo contrario; el lugar llamado Pucará estaría en las siete corrientes; en el mismo caso, la ciudad actual no tendría ubicación conforme con el Acta de fundación, por haber sido cambiado de sitio: sería la ubicación abandonada en el Pucará la que correspondería al Acta, y en contra está la realidad. Se imponen, en consecuencia, el nombre y el sitio del Acta de fundación.

El plano de la delineación hecha en el sitio de las siete corrientes aclararía más el punto; infortunadamente, se ha perdido o no ha sido encontrado hasta hoy. ¿Cuál fue la planta de la ciudad? Por deducción la establezco, a falta de prueba directa. La Ley 1ra. - Tít. 7mo. - Lib. 4to., de la Recopilación Indiana determinaba cómo serían delineadas las poblaciones, y es fundado suponer que Juan de Torres de Vera y Aragón la cumplió, porque era hombre bien preparado en administración y leyes; sus primeras diligencias después del auto de población, autorizan también a pensar así; eligió la plaza, en la “mitad” de ella “fincó el Rollo”, designó el lugar para iglesia mayor; señaló cuadras “hasta un cuarto de legua” y ejido a la ciudad; todo mandato de la Ley.

Las ciudades tenían como delineación uniforme una plaza central, siempre cuadrada, a cuyos cuatro lados se cortaban en ángulos rectos calles angostas tiradas a cordel, divididas en cuadras de 133 varas; cuando la población era sobre río, la plaza quedaba cerca del puerto; era de rigor poner sobre la plaza la iglesia mayor y el cabildo. Según el Acta de fundación, el Adelantado y el Cabildo nombraron y eligieron por ejido puesto a la ciudad, a todos “los vientos, cese de las cuadras que señaló hasta un cuarto de legua, que toma todo el contorno de la ciudad”. La redacción es confusa. Entiendo que la ciudad ocupaba un cuarto de legua en cuadro, que sus calles tenían esa extensión de extremo a extremo, y que desde el término de ellas hasta un cuarto de legua más era el ejido; cruzadas las calles en ángulos rectos, dividían el terreno en cien manzanas urbanas. Si la interpretación se ajusta al significado estricto de las palabras contorno de la ciudad, ésta tuvo calles de extensión total de 375 varas y únicamente ocho manzanas urbanas; planta miserable, que no es concebible haya dado Juan de Torres de Vera y Aragón a la ciudad de su nombre. Cualquiera de las dos delineaciones cuadra a la situación actual de Corrientes, pero la primera únicamente concuerda también con el arranque del repartimiento de tierras de labor hecho por Alonso de Vera y Aragón en 1590. Situada la población en el paraje actual, los fundadores tenían tres lados cubiertos por obstáculos naturales contra los ataques posibles de los indios: el río Paraná, el Ysyry, el arroyo Arasa. El terreno que ofrecía esta ventaja estratégica era bueno y suficiente para el número de vecinos, y los que en mucho tiempo llegasen; tenía puerto excelente y espléndidos abrigaderos. La población no salió hacia el lado del campo, hasta los principios de este siglo, más de tres cuadras de la plaza: se extendió a lo largo del río Paraná, entre las desembocaduras del Ysyry y del arroyo Arasa; la segunda ermita de la Cruz, se encontraba en 1800 a “cuatro cuadras de los extramuros de la ciudad”. Ninguna de las ventajas enumeradas ofrecía el paraje de la Columna, que si era de “montañas” y abrigadero de indios en 1707, conforme decía el Cabildo de ese año, más fragoso habrá sido en 1588.

No es presumible que el Adelantado y sus capitanes hubiesen despreciado el lugar que la naturaleza les brindaba para el mejor éxito de su empresa por otro que, hoy mismo, es de pésima condición.

Hay un hecho que evidencia la delineación de Vera en el sitio actual de Corrientes. Tan luego como los fundadores se hicieron de viviendas, resolvieron construir una capilla, la que estuvo lista para ser techada a los fines de 1592; Juan Bravo, acompañado por cuatro soldados e indios amigos, fue comisionado por el Cabildo el 18 de Enero de 1593 para cortar palmas con qué cubrir el techo de la capilla, trabajo que realizó aquél en la “tierra de los mares”, nombre dado entonces al territorio limitado por los esteros de Ñeembucú.

La ciudad ya tenía edificación ordenada y el Cabildo tendía a mejorarla, según lo prueba la orden general dada por dicho Cuerpo el 18 del citado mes y año para que todos los vecinos limpiasen las calles los sábados, bajo pena de dos pesos de multa. La capilla fue consagrada a San Sebastián, y sirvió de iglesia parroquial

única hasta la construcción de la Matriz, en el siglo pasado. Cuando los jesuitas se establecieron en Corrientes, el año 1691, “el Cabildo les hizo gracia de la capilla titular de la ciudad, para que tuviesen en ella su habitación y celebrasen sus funciones en el entretanto que construyesen su iglesia; reservando el Cabildo en la ciudad el derecho de propiedad que tenía a ella para celebrar en la misma las festividades de los patronos, y con efecto convinieron en ello dichos fundadores, titulando su fundación, Colegio de San Sebastián. Consta así del acuerdo capitular del 26 de Marzo de 1691”.

Ahora bien, la capilla parroquial de los fundadores, techada por ellos en 1593, existía con los mismos honores en 1691, era la titular de la ciudad y en ella celebraban las fiestas  de los patronos. Dicha capilla estaba situada en la parte izquierda de la Punta de San Sebastián, según consta en documento firmado por el presbítero José de Astrada, cura vicario. En reemplazo de la capilla se construyó la iglesia matriz “en el lugar designado para ella”, seguramente el señalado con una Cruz por el Adelantado Torres de Vera y Aragón.

¿Dónde habrá sido delineada la ciudad de Vera para que su capilla parroquial se encontrase dentro de la planta de ella y en el mismo sitio el año 1593 y el año 1691? Unicamente en el asiento actual de Corrientes. Si la ciudad fue ubicada en la Columna, la capilla parroquial quedaba fuera de ella, en 1593, en el extremo del ejido (porque hay más de veinte cuadras entre la Punta de San Sebastián y la Columna), lo que es absurdo; si la capilla estuvo, como es racional suponer, dentro de la planta de la ciudad y no cambió de lugar, es evidente que la delineación de 1588 fue en el paraje ocupado por la ciudad actual. Y para no dejar sin prueba documental la situación de la capilla fundadora, citaré un texto del Cabildo, por si la afirmación del cura Astrada fuese tenida en poco, sin razón. Ninguno de mediana ilustración ignora en Corrientes que el Colegio y la Iglesia de los Jesuitas ocupaban  la manzana donde están hoy el Colegio Nacional y la Aduana: calles Tucumán, Libertad, San Luis y la costa del río Paraná. Cuando el Cabildo donó ese terreno a los jesuitas, lo señaló en los términos siguientes: “La cuadra de sitio que cae a la parte del poniente sobre la calle que baja (Tucumán) a la ermita del señor San Sebastián, de la otra parte de dicha calle, y la calle que atraviesa para la plaza (Libertad), que corre al poniente, con más otra cuadra que sigue inmediatamente a dicha cuadra para ranchería” (Libertad y 25 de Mayo). La capilla estaba, pues, entre la calle Tucumán y el río Paraná.

Las pruebas de los demás datos relativos a la construcción y cesión de la capilla, son: el acta capitular del 18 de Enero de 1593, que se encuentra en el archivo de Corrientes; el extracto que hizo el regidor Sebastián de Casajús, en 1771, por encargo del Gobierno general, de los documentos auténticos hallados en poder de los jesuitas y en el archivo del Cabildo.

Hay más contra la supuesta fundación en Pucará. ¿Quién hizo el repartimiento de solares urbanos en la ciudad de Vera? El 18 de Septiembre de 1785 pidió por Oficio el virrey, al Cabildo de Corrientes, “copia del reparto de los terrenos de la jurisdicción en tiempo de la fundación y de la Real Cédula en que el Rey hubiera hecho cesión de ellos a los fundadores para sus casas, labranzas, dehesas y criaderos de ganados, así como de la orden superior por la que se concedía al Cabildo el derecho de hacer merced a los vecinos de sitios despoblados en la traza de la ciudad hasta su ejido”.

El Cabildo contestó: “Informamos lo que consta en nuestros libros capitulares antiguos y en los padrones que se formaron en aquellos primeros tiempos de la fundación”, de suerte que lo reproducido a continuación del mencionado informe, tiene por base de certeza la documentación más antigua y auténtica de cuántas existan.

Dice el Cabildo: “El año 1588 fue fundada esta ciudad por el adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón, y habiendo formado la planta de la ciudad y repartido sus cuadras y solares para pobladores y descendientes se retiró, sustituyendo los empleos en el general Alonso de Vera y Aragón”. Queda, pues, evidentemente probado que Torres de Vera hizo la planta de la ciudad de 1588 y repartió las suertes urbanas.

Según dicho repartimiento fueron construidas las primeras casas y se adquirió el derecho de propiedad. Los gobernantes posteriores no repartieron cuadras y solares, porque ya estaba formado el padrón; lo único que hicieron fue señalar a los nuevos pobladores las suertes que no habían sido adjudicadas, y las que vacaron por abandono de sus dueños, y repartir lugares  de chacras,  dehesas  y estancias  juera del ejido de la ciudad.

Lo prueba el mencionado informe del Cabildo, cuyo texto continúa en los términos siguientes: “En el año 1590 el general Alonso de Vera empezó a repartir los terrenos para chacras y labranzas desde el ejido de la ciudad hasta diez o doce leguas sobre la costa del río Paraná y río de las Palmas y lo demás que media entre ambos ríos;  el siguiente año prosiguió repartiendo las tierras para estancias y criaderos de ganados entre los pocos conquistadores, y lo concluyó por el mes de Noviembre de 1591. Estos primeros gobernantes (Juan de Torres y Alonso de Vera y Aragón) hicieron, como expresan sus autos, el repartimiento en nombre del Rey Nuestro Señor y en virtud de sus reales poderes.

“Sucediéronles en los empleos (de toda la gobernación) don Bartolomé de Sandoval, que el año 1595 prosiguió el repartimiento; Hernandarias de Saavedra hizo lo mismo (prosiguió) en 1598 y Diego Martínez de Irala (justicia mayor) lo mismo, en 1607; que conforme se aumentó el número de pobladores que venían llamados por la comodidad y bondad de nuestro país les fueron repartiendo más terreno. Y de todo se formó el padrón en un cuaderno de cuyo principio (el repartimiento del Adelantado) y fin incluimos a V. E. una copia, omitiendo lo demás por ser tanto volumen que no contiene otra cosa que el nombre de los sujetos a quienes se repartieron los terrenos, las dimensiones de ellos, sus linderos y rumbos. No se halla en nuestro archivo cédula real de cesión de los terrenos hecha por S. M., sino sólo de haberse hecho el reparto de acuerdo con los reales poderes y el apoyo de las Leyes Títs. 7 y 14 y 15, Tít. 12 - Lib. 4 de las Recopiladas de Indias; como todo más latamente consta  en una  representación  hecha por  nuestro  procurador  general, cuya copia se remitió el año pasado al señor Virrey. Por lo respectivo a sitios vacíos de la traza de la ciudad hasta el ejido, el antecesor de V. E. en el empleo, por auto del 12 de Junio de 1778, declaró no debían ser denunciados a S. M. como realengos  sino dados por la ciudad a quien fueron repartidos en la fundación”.

Esta prueba es concluyente. En 1785 existía completo el Libro de todos los autos de repartimento de tierra en Vera, desde 1588 hasta 1607, principiando por el de solares y terminando con el de estancias; el Cabildo de Corrientes le tuvo a la vista para sacar los datos y las copias remitidas al virrey; el documento auténtico calcado en él, lo reemplaza acabadamente hoy que dicho Libro ha desaparecido, conservándose tan sólo fragmentos, y por él sabemos cómo, cuándo y por quién se hizo en Vera el repartimiento de las suertes urbanas.

Ahora bien, si el Adelantado fundador formó la planta de la ciudad, le dio ejido, repartió cuadras y solares; si, después de él repartió chacras Alonso de Vera, desde el ejido de la ciudad; si Bartolomé de Sandoval prosiguió el reparto e hicieron lo mismo Hernandarias y Martínez de Irala, es evidente que no hubo más repartimiento de solares que el del Adelantado, y que los sucesivos fueron de chacras, dehesas, estancias, arrancando el primero del ejido, límite de aquél. La operación sucesiva era de ensanche natural y continuado a medida que los fundadores arraigaban, aumentaban y extendían su dominación; principiada en  la ciudad por Torres de Vera y Aragón, terminó en el ejido; desde éste la continuó Alonso de Vera, la prosiguió  Sandoval, luego  Hernandarias y finalmente Irala. La base originaria y respetada fue la planta urbana dada por el Adelantado. El Padrón destruye, pues, las afirmaciones del procurador Figueroa; cuando en aquél no existía el nuevo reparto de su referencia y todos los relacionados guardaban armonía perfecta, no hubo el  repartimiento obligado por la supuesta traslación de la ciudad.

La conservación de los autos anteriores y posteriores a la época indeterminada de la referencia de Figueroa -antes de 1598, hace entender-, demuestra el cuidado con que fueron guardados y es de presumir que los fundadores habrían dedicado el mismo celo al que los modificó, de haber él existido. Contra la posibilidad del extravío del nuevo auto de repartimiento de solares en consecuencia de la traslación de la ciudad, está la armonía del Padrón, perfectamente relacionada con la planta del Acta de fundación, lo cual no sucedería si la ciudad hubiese cambiado de lugar, porque habrían también cambiado los puntos de arranque, de las reparticiones rurales.

Es probable que Figueroa tomase por nuevo repartimiento lo que el Cabildo hizo cuando ciertos fundadores abandonaron la ciudad y llegaron otros: dar terrenos, ya de los abandonados o de los no adjudicados en 1588. La petición del procurador Juan Gómez de Torquemada, que Figueroa da por fundamento de su afirmación, me lo hace sospechar. Tengo a la vista el pedimento de dicho procurador. El no solicitó nuevo reparto de sitios ni dio por razón que la ciudad hubiese cambiado de lugar: reclamó que los solares abandonados fuesen adjudicados a otros, a fin de fomentar la población; he aquí sus palabras: “La plaza estaba en yermo, mucha parte despoblada por razón de que estaba repartido sobre personas que no asistían y estaban ausentes de la ciudad y los pobladores estaban desviados de la plaza, por lo que mandé parecer un bando de manera que se pueble dicha ciudad, pues tienen perdidos los dichos ausentes los dichos solares y sitios”.

Como se ve, Torquemada daba por subsistente la planta de la ciudad, no pretendía alterarla; su empeño fue poblar la ciudad, agrupando los habitantes sobre la plaza; a ese propósito quiso adjudicar los sitios abandonados próximos a ella, a los vecinos constantes que los tenían retirados. El Bando que Torquemada “mandó parecer” en 1598, se apoyaba en otro que el gobernador Juan Ramírez de Velazco “mandó pregonar” el 6 de Septiembre de 1596. Este gobernante bajó de Asunción con tropas para remediar las calamidades de Vera o cambiar el asiento de la ciudad, porque los pobladores fugados daban noticias desesperantes.

La situación era en verdad afligente, no por el mal sitio de la ciudad, sino por la miseria de los vecinos, la disminución de ellos y la guerra sin cuartel de los indios. Ramírez de Velazco ratificó la ubicación de Vera: “Estando la dicha ciudad -decía-, en tan buen puesto, sitio y lugar, para que no se desdoble, ordeno que vuelvan a ella los vecinos que la abandonaron so pena de perder sus solares y chacras sino vuelven y edifican en seis meses”.

Esta resolución fue pregonada por Bando en la fecha ya indicada y de ella procedió la legitimidad del Bando de Torquemada, en 1598. En el archivo de Corrientes está el documento. Comparadas las razones del gobernador para sostener la fundación del Adelantado y las expuestas por Figueroa, después de un siglo para decir que hubo necesidad de mudarla, se ve que el último escribió falsedades: buen puesto, sitio y lugar, vio el primero; montuoso y arriesgado por los asaltos del enemigo y otras incomodidades, contó el segundo haber sido lo que no vio.

El autor de Recuerdos históricos pide para convencerse documentos anteriores a 1598; en el Núm. 164 de El Litoral dice: “Bueno sería conocer documentos anteriores a 1598 que dijeran que la ciudad no fue trasladada”.

La resolución del gobernador Ramírez de Velazco da más de lo exigido: encomia la situación de la ciudad y ordena el fomento de su población. Tengo otra prueba del mismo año del escrito de Torquemada. El 23 de Junio de 1598, Hernandarias de Saavedra, a la sazón en Vera, hizo donación al escribano Nicolás de Villanueva (el de la fundación) de “un solar en la traza de esta ciudad, lindante con los de Juan Gómez Torquemada (el Procurador) y Blas de Leis, esquina de la plaza, y ratificó las donaciones de sus hijas Isabel de Miranda, María de la Trinidad, Beatriz y Juana de cuatro solares, todo que se dio cuando se hizo la traza de esta ciudad”. Algunos de estos bienes fueron vendidos en 1639, refiriéndose siempre las escrituras a la traza de la ciudad.

Según el Padrón, la traza fue hecha por el Adelantado en 1588 y él mismo repartió los solares; según Ramírez de Velazco, la ciudad estaba en el año 1596 “en buen puesto, sitio y lugar”, según el título de la donación, los solares estaban “en la traza” el año 1598, y procedían del reparto “cuando se hizo la traza”; según la escritura de venta, la traza era la misma en 1639. La ciudad permaneció, pues, en el sitio de la fundación.

Me parece imposible que en presencia de lo expuesto, se insista en dar valor a la exposición de Figueroa. Agregaré, sin embargo, para abundar, observaciones sobre la invariabilidad del ejido de la ciudad, desde donde principió Alonso de Vera y Aragón el repartimento de chacras en 1590.

Dice una acta capitular del 5 de Junio de 1690: “Habiendo reconocido y medido las tierras de chacras del pago que fue de Santa Catalina y que pertenecieron por herencia a doña Inés de Mansilla, para darlas a la Compañía de Jesús, con el padrón en la mano, se cogió dicha medición del ejido de la ciudad, según lo dispuesto en dicho padrón”. No habría sido posible la medición de 1690 según el Padrón de 1591, si la ciudad hubiese cambiado de lugar; para la coincidencia de las dos operaciones era indispensable arrancarlas del mismo punto, y si Vera tuvo su primer asiento en la Columna, el ejido de ella en 1591 no hubiera correspondido al de 1690, porque el retiro de la población habría dejado un vacío entre los extremos, avanzando al mismo tiempo la ciudad en extensión igual sobre las suertes de chacras repartidas “río arriba”, con arranque desde el ejido por ese lado.

Demostrar que no hubo avance sobre las suertes de “río arriba” es completar la prueba de la invariabilidad del ejido. El 6 de Marzo de 1692 se presentó ante el teniente de gobernador de Corrientes, capitán Gabriel Toledo, el sargento mayor Fernando Polo, vecino feudatario, e hizo donación a la Compañía de Jesús de “doscientas varas de medir de Castilla de tierra de una suerte de chacra, río arriba, de esta ciudad, que compré (habla él mismo) al capitán Juan Ramírez, mi tío, y consta en el padrón ser de Luis Ramírez, su padre mi abuelo, que linda por la parte de arriba con suerte de tierra de Juan Yaques y por la parte abajo con suerte de Sebastián de Estigarribia”.

Consultado el Padrón del repartimento de chacras, se encontró que la suerte correspondía a la treinta y seis del auto del 18 de Septiembre de 1591; estaba, como decía Polo, sin conocer el Padrón y sin tener documento entre las de Yaques y Estigarribia, y tenía doscientas varas. De ese lado de la ciudad, también tomó Alonso de Vera y Aragón el ejido como punto de arranque del repartimento, ubicando las suertes unas después de otras, sin intervalos, con frente sobre el río Paraná, subiendo siempre la costa. Los jesuitas adquirieron la propiedad y se les dio como título la declaración del donante. El caso de Polo no fue único; ocurrió lo mismo con la suerte adjudicada al capitán Juan de Sumárraga; por abandono de él cupo a Francisco Ramírez, a éste le sucedió su hijo del mismo nombre y a él Pascual Ramírez, quien la donó a los jesuitas. Hubo, pues, igualdad completa entre el Padrón de 1591 y los límites y la situación de las propiedades gozadas durante un siglo, transmitidas sucesivamente por herencia, venta y donación; más que eso aún: el Padrón de 1591 fundaba el derecho de propiedad en 1692. En consecuencia, el ejido dado a Vera por el Adelantado fundador era el mismo de la ciudad de Corrientes en 1692.

III - Queda llenado mi objeto principal; pero no huelga concluir este artículo con ciertas rectificaciones y observaciones accesorias.

Dije en Ciudad de Vera: “En las proximidades de las siete corrientes moraban pueblos guaraníes mansos y agricultores, de procedencia guaireña”.

El autor de Recuerdos históricos, escribe: “No parece verosimil esa procedencia hasta la fundación. En el Guaira mandó fundar Irala en 1554 la Villa de Ontiveros; después la Ciudad Real; en 1575, Villa Rica del Espíritu Santo. Los jesuitas habían formado también 13 pueblos en toda esa población dulce y agrícola de guaraníes del Guaira. No es creíble que en tales condiciones ella hubiese emigrado de esas comarcas hacia la de Corrientes. Hay probablemente un error en suponerse guaraníes del Guaira, poblados en el sitio de Corrientes a su fundación”.

No ha entendido lo que pretende rectificar ¿De dónde vinieron al territorio correntino los guaraníes encontrados por los conquistadores? ¿Surgieron en él por generación espontánea? Respondí a esta cuestión, atribuyéndoles procedencia guaireña, porque no brotaron de la tierra ocupada como los árboles, ni me parece probable que su nido primitivo próximo haya sido el Chaco, el Paraguay o el Oriente del río Uruguay.

El sabio Martins designa el triángulo entre los ríos Paraná y Paraguay por asiento primitivo de la familia guaraní, que se extendió a todos los rumbos del continente; otros escritores sostienen que el núcleo autóctono de la raza estuvo en el Norte del continente sur y que la migración dominadora de las regiones brasileña, paraguaya y rioplatense, hizo del Guaira el centro de su poder invasor. En verdad, es un misterio aún el origen de la raza guaraní; la teoría menos violenta en mi concepto es la que asigna a la migración primitiva de ella un movimiento de norte a sur.

Pero, en uno u otro caso, el Guaira resulta centro originario de población respecto a las regiones próximas; su propio nombre así lo indica; pepinera de hombres, le traduce De Angelis, sin contradicción. Los aborígenes encontrados por Caboto, Ayolas y los conquistadores sobre la costa del río Paraná, perteneciente a las siete corrientes, presentaban semejanza completa con los del Guaira, y entre ellos no se interponían otros pueblos distintos, mientras que se diferenciaban de sus demás vecinos.

Este hecho, unido al papel anticolombino asignado al Guaira funda la procedencia guaireña de los indios de las siete corrientes. ¿Por qué emigraron? En virtud de la ley de la expansión humana, que empuja hacia regiones vacías o mejores cuando las necesidades de la vida no son llenadas en el viejo teatro de ella. El contradictor de mi opinión no determina el origen de los indios.

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Se dice: “El acta de fundación no designó la ubicación de la ciudad sino solamente dio la denominación del lugar o comarca en que se comprendio la fundación”.

Increíble parece leer esto, cuando el Acta dice: “Fundo y asiento y pueblo la ciudad de Vera en el sitio que llaman las siete corrientes...”. Nombró alcaldes, regidores, procurador de ciudad, mayordomo de ella... Tomó el Adelantado juramento de los dichos alcaldes, regidores, procurador y mayordomo... Nombraron y situaron el sitio para la iglesia mayor... Dieron por advocación (a la ciudad) Nuestra Señora del Rosario... En la mitad de la plaza mandaron fincar un palo para el Rollo... Andando por el campo de la ciudad nombraron y eligieron por ejido de ella cese de las cuadras que señaló hasta un cuarto de legua: “con todo lo cual acabó y feneció y fundó la dicha Ciudad, Iglesia, Horca y Ejido”. ¿Es de buena o de mala fe la equivocada afirmación?

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Se dice: “El doctor Mantilla nos ha asegurado, cálamo currente, que, según el acta del 3 de Abril de 1588, el Adelantado había fundado el fuerte en la plaza central de Corrientes”.

Esta es una intencionada adulteración de mi escrito, cuyo texto reproduzco: “La primera construcción levantada en VERA fue el Fuerte, en el paraje que ocupa el Cabildo actual: una fortaleza de palo a pique con capacidad para la tropa. Juan de Vera no abandonó la ciudad mientras no terminó ese trabajo”.

No cité el Acta de fundación, porque el dato no está en ella, sino en un memorial de Juan Alonso de Vera y Zárate.

Se dice: “Por un texto de Lozano, y las declaraciones de 1713, se confirma la existencia de un destacamento en Arasaty, con fuerte preparado, a la llegada del Adelantado”.

No existe tal texto de Lozano; ni las declaraciones de 1713 para formar la “Historia de la Cruz”, contienen semejante afirmación.

Se dice: “Alonso de Vera estaba ausente el día de la fundación y por eso no firma el Acta”. No firma el acta Alonso de Vera y Aragón, porque únicamente correspondía suscribirla al Adelantado, al Cabildo y al escribano; Navarrete, Cáceres y Gallo firmaron como testigos el auto del asiento, no como fundadores; fueron ellos los testigos y no Alonso, porque eran las tres más altas dignidades de la gobernación, después del Adelantado. Es indudable que Alonso de Vera se encontró en la fundación, porque el día 4 de Abril fue nombrado Capitán General y Justicia Mayor de la ciudad, y en el acto se hizo cargo de sus funciones.

Se  dice: “El refuerzo del Paraguay a Vera, después de la fundación (según cuenta Lozano), fue la tropa del Adelantado”.

Lozano no cuenta que el Adelantado viniese de refuerzo a Vera después de la fundación; es inocente de tan enorme dislate. Si el Adelantado fundó Vera y se marchó a Buenos Aires, ¿cómo habría llegado del Paraguay y en refuerzo de Vera, después de la fundación hecha por otro? El socorro de que habla Lozano es el que Alonso de Vera y Aragón procuró personalmente en el Paraguay, por orden del Cabildo, a los principios de 1591; comisión de que dio cuenta el 5 de Abril del mencionado año, según consta en una acta capitular de aquel día.

El auxilio obtenido consistió en “40 soldados, caballos, ganados y haber hecho liga con Alonso de Vera y Aragón (el “Cara de Perro”) y Felipe de Cáceres, teniente de Santa Fe, para castigar a los guaraníes que mataron unos españoles en la Mandioca”. A consecuencia de la alianza del Justicia Mayor de Corrientes con su primo del mismo nombre, que mandaba en el Paraguay, este último despachó después otros 80 soldados con indios amigos al encuentro de los cuales salió por tierra el primero “con 50 soldados y todos los demás amigos, quedando la ciudad guardada con 40 soldados”. Repito: esto ocurrió tres años después de la fundación del Adelantado.

Se dice: El doctor Mantilla confunde las cosas cuando asegura que “el Adelantado mandó por tierra ganados, porque el ganado se introdujo en 1591".

No he inventado el dato, ni he confundido hechos distintos. La introducción de ganado bovino y equino en 1588, es hecho que resulta de un memorial del hijo del Adelantado sobre los servicios de su padre, y está comprobado por un acta capitular de Vera del 7 de Noviembre de aquel año. Dicho día, el Cabildo apercibió a Héctor Rodríguez, en su calidad de “fiador” de Asencio González, “guarda de las vacas del común para cualquier las recoja hasta cumplir su año, y asimismo a Rafael Jarel, como fiador que fue de Gaspar de Portillo, guarda de las yeguas y caballos busque y a su costa preverán quien lo recoja vacas, yeguas y caballos”.

Si tales especies existían, es claro que fueron las mandadas por el Adelantado, según indica el memorial de su hijo; y agregó: Conducidos por Hernandarias de Saavedra, según consta en su foja de servicios. Alonso de Vera y Aragón introdujo la segunda partida de ganado en 1591, cuando regresó del Paraguay con los auxilios pedidos allí por orden del Cabildo.

Dejo reducidos a lo que valen los Recuerdos Históricos y el Apéndice de mi contradictor.

 (Fdo.) M. F. Mantilla

Corrientes - 1888

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