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La colonia y la barbarie

Enarbolada la Cruz, en su derredor se formó un pueblo; la piedad española hizo de ella su lábaro. “In hoc signo vinces” era el único grito secreto de aliento en el pecho de esa gente creyente y esforzada, abandonada ante la barbarie, en medio de grandísimas campañas despobladas, y presa del hambre y la miseria(1).

(1) Ramón Contreras. Extracto de la obra “Recuerdos Históricos sobre la Fundación de Corrientes en el Tercer Centenario” (1888). El doctor Contreras fue el compilador de la documentación que la provincia de Corrientes hizo publicar oponiéndose a la separación del Territorio de Misiones con el pretexto de fijársele sus límites por Ley nacional y, en aquellos libros, manifiestos, etcétera, se habían dado al público antecedentes serios de la fundación de Corrientes (1588) y de su dominio jurisdiccional. Le fue fácil, entonces, escribir sobre los sucesos que dieron origen a la ciudad, con encomiable entusiasmo y erudición. Al darse el debate sobre varios aspectos de este proceso histórico con el doctor Manuel Florencio Mantilla, el doctor Contreras ahondó en sus informaciones, dando a luz el folleto “Recuerdos Históricos”. // Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Con el aliento de esa fe, se aventuró a cruzar el largo camino de todo el período colonial hasta 1810. En sus grandes consternaciones, cuando muchas veces la ciudad de Vera parecía que iba a ser extirpada por el poder pujante de los bárbaros, volvía a la esperanza y a la vida ante ese lábaro que veneraba.

Sólo enumeraremos, rápidamente, los casos principales de esas luchas eternas con los aborígenes, éstos por extirpar la hispana raza que los esclavizaba y les privaba de su territorio y su independencia; aquélla, para no dejar perecer su ciudad y sus establecimientos. Esa lucha, en cierto modo homérica, incansable, sin cuartel por parte de las tribus independientes, cierra todo el período de 1588 a 1822.

Enarbolada la Cruz, tal vez por Héctor Rodríguez, capitán del destacamento (primer censo de la República Argentina de 1869, p. 187), ante el “Fuerte”, en Marzo de 1588, parece que los guaraníes lo sitiaron, según cuentan las tradiciones.

Algo ha debido de haber en ese sentido, por el peligro que revelan las medidas precaucionales tomadas por el Sr. Alonso de Vera, según Actas de Julio de 1588, no permitiendo a Lucas Balbuena, que llevaba provisiones reales para pasar a Asunción sino solo, sin llevar ningún soldado poblador ni de servicio (a. Jul. 11); de que ninguna persona saliera por agua o por tierra bajo pena de la vida (a. Jul. 12); de que el capitán Hernandarias no se atreviera a salir de la ciudad, so pena de ser habido por traidor (a. Jul. 12); de que bajo esa misma pena, nadie hiciera puerta por su pertenencia y sin mandarse por la principal del Fuerte; o al que lo desamparase sin licencia; o al que no conservase en la mano las armas para la defensa ("El Telégrafo...").

“Colocados dentro de aquel fuerte, se les disputaba y hacía guerra incesantemente por distintas naciones, de ésta y aquélla banda, entre los cuales se incluían también algunos rebelados de los mismos conversos” (“Fundac. de la ciudad”, Telégr.), lo que da a entender que, desde el principio, hubieron indios “convertidos” o “sometidos” que se rebelaron después.

Pero lo que prueba que ha habido serias luchas en el principio y victorias de los españoles, es el acto de la “esclavización de grandes masas de aborígenes por los españoles, a título de ‘encomiendas’, ya desde el día de Octubre 2 de 1588” (Padrón de Encomiendas).

A los aborígenes que se presentaban pacíficamente y se asociaban a los españoles, no se les “encomendaban”, sino se les tenía por “aliados”, como sucedió en Asunción, aunque en el Guaira se hizo de otro modo. Eso sí, la codicia espiaba la primera ocasión de insubordinación, para repartir los pobres indios como rebaños entre los altivos conquistadores, política de Roma para dominar las naciones débiles de la Edad Antigua.

Lo que sí es cierto que en Julio, no fueron esas grandes luchas, porque no habríase podido guerrear con los del Tape; es presumible entonces, que fueron antes y no después.

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“Guerra de Guaraníes”: una resistencia formidable organizaron los aborígenes contra los invasores extranjeros, que puso en mucho peligro la Ciudad de Vera. Los guaraníes mataron algunos españoles en el “Mandiocal”; se inició de nuevo la resistencia.

El Just. Mayor Gl. A. de Vera, para dominarla, fue a Asunción buscando recursos. Su pariente, el otro general Alonso de Vera (el “Cara de Perro”) le dio en auxilio 80 soldados, a más de algunos indios amigos; Felipe Cáceres le prometió mandar también gente de Santa Fe; el Just. Mayor de Corrientes traía consigo 40 soldados, “caballos y ganados”, con cuyos elementos salió en campaña, yendo con 50 hombres a buscar su yunción con los que debían llegar del Paraguay (a. c., Abril 5, 1591).

Las luchas duraron entre 1590 y 1593 (El Telégr.). Las victorias sucesivas sobre los primeros por los segundos, determinaron sin duda las encomiendas desde Enero a Agosto 9 de 1590; desde Enero 4 al 28, de 1592; y desde Enero 27 a Mayo 31 de 1593. ¡Política errada!

Pero general en toda América y contra la que se alzó noblemente el cristianismo, desde Roma a Madrid; desde la Corte metropolitana, por medio de los reyes en sus ordenanzas, hasta sus últimas y menores órdenes para América.

Desde las ciudades llenaba los aires con sus ecos benditos por la humanidad y la igualdad por medio de Las Casas, Fr. Luis Bolaños, Fr. Alonso de Buenaventura, Sn. Franc. Solano, etc., hasta las últimas cabañas de la tribu salvaje, fugitiva del invasor europeo.

Así, la bandera de la cruzada de Colón era, en su significación, más importante paseada, derramando las semillas para las cosechas proficuas en favor de la República futura.

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“Guerra de Mocovíes”: después de constantes ataques de las tribus del Chaco, encabezadas por los “mocoví” desde principios de 1600, en 1663 los de la ciudad de Vera les llevaron la ofensiva, penetrando hasta el “Valle de Calchaquí”, trayendo esclavizados muchos “Ometes” y “Chaguayarques”, que fueron agregados a la reducción de Santa Lucía, en donde, rebelándose, mataron a sus encomenderos y pusieron en conflicto la campaña y en alarma la ciudad por algún tiempo.

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“Invasiones de Payaguás”: estos atacaron por el N. en 1618, viniendo furtiva y cautelosamente por entre las guarniciones paraguayas, a veces cubriendo con camalotes sus canoas, a veces cargándolas al hombro, para caer sobre las costas correntinas.

Por todas partes llevaron la alarma. Se apoderaron de tres buques y dos balsas de los jesuitas de Misiones, Paraguay y Santa Fe; con la clavazón de los buques, perfeccionaron sus armas; mataron 4 sacerdotes jesuitas, y más de 200 “cristianos” (así eran llamados todos los que llevaban vida “civil”, españoles, indios y sus hijos); burlaron todos los cruceros, que desde la ciudad recorrían el río Paraná para garantir sus costas; penetraron por entre las guarniciones fuertes de “Itaty”, “Santa Lucía”, “Ohóma” y “Santiago Sánchez”.

Atacaron éste, incendiándolo, salvándose algunos soldados y vecinos con el cura en la sacristía, y otros huyendo. A la vista de dos chalupas de guerra, los asaltantes abandonaron el villorrio. Sus habitantes, con el cura, Fr. José A. Jiménez a la cabeza, y con los vasos y ornamentos sagrados, emigraron a Itatí; de allí volvieron con milicias a “Santiago Sánchez”, para restaurarlo, pero fue inútil: el temor desbarató todo.

El pueblillo de “Ohóma”, con su cura D. Marcos Toledo, abandonó su asiento, internándose en los campos y llevándose todo, vasos sagrados y ornamentos. Esta guerra duró de 1618 a 1623, franqueando las puertas para las invasiones de la parte del Chaco, con el despueblo de Santiago Sánchez y Ohóma y con el terror sembrado en la campaña.

Esos dos pueblos abandonados no se restablecieron sino recién en 1723, con permiso del gobernador del Río de la Plata, D. Pedro Mauricio de Zabala, situándose “Ohóma” sobre el río Empedrado, algo distante del Paraná, y “Santiago Sánchez” sobre el río San Lorenzo. De todo eso, tratóse en Acuerdos Capitulares y en Junta de Guerra (a. c., Enero 14 y 18, 1723).

Los payaguáes, desde entonces, de tiempo en tiempo, piratearon en el río y hacían sus pequeños desembarcos hasta Corrientes y hasta el tiempo del gobernador, general Ferré, en que hicieron sus últimas apariciones y trataron con él.

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“Preponderancia de los bárbaros con los Abipones”: estos, desde muy al principio del siglo XVII, juraron odio eterno al extranjero europeo y su descendencia, y juraron desalojarlo del suelo americano. Invadían a Córdoba, Santiago del Estero, Santa Fe, y tenían tiempo de pasar el río a molestar la ciudad de Corrientes, a acosar sus poblaciones rurales y a impedir su desarrollo.

Por más de un siglo, guerrillearon con las poblaciones civilizadas de la parte correntina. Cada rato cruzaban el río, y se paseaban por los arrabales de la ciudad de Vera, pillando, robando, destruyendo todo. Cada rato la tenían alarmada y a un dedo de su completa destrucción. Por eso, abandonada y cerrada la ermita de la Cruz, desde muchos años, en 1681 se mandó limpiar y abrir (a. c., Marzo 29).

En su “I Centenario, la tenían cercada, y sus pobladores con las armas en las manos, con excesivos trabajos, con riesgo de que dicha población se extinguiese” (A. C., Abril 5, 1688).

En 1698 la tenían también en peligro, abriendo la ermita de la Cruz, robando todo, pero respetando la Cruz y su cortina “punzó”, según crónicas populares (Quesada, Revista Moussy, etc.).

En Febrero 21 de 1707 invadieron también la ciudad, sin fruto, y se llevaron una “campana” de la ermita de la Cruz. Esas continuas invasiones, que obligaron a abandonar la antigua planta de la ciudad y la Cruz, en 1707 hicieron tomar la resolución de trasladarla (a. c., Febrero 28 de 1707), como se hizo en 1730.

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“Guerra de Guaycurúes”: en 1738 invadieron a Itatí, matando 8 personas, y arreando boyadas, caballos y mulas; fueron perseguidos hasta sus guaridas por don Gregorio Casafús, con 200 hombres.

Pero el 19 de Julio, los abipones y mocobíes, aliados de los guaycurúes, rompiendo por pasos desconocidos, a caballo, se derramaron en el distrito de Ohóma sobre el Empedrado; mataron 11, cautivaron 4, españoles e indios, entre grandes y niños; saquearon las estancias de T. Gómez, F. Avalos y L. Peñales y carretas en viaje. Los socorros de la ciudad no dieron alcance a los invasores, que ganaron rápidamente sus guaridas. Los vecinos abandonaron la campaña; interrumpióse todo comercio.

El único camino que ligaba las comunicaciones de la población rural entre los seis ríos “Ambrosio”, “San Lorenzo”, “Sombrero”, “Sombrerito”, “Empedrado” y “Riachuelo”, quedó desierto, y se proyectó “poblar con 60 familias de los “Ohóma” y otros vecinos, a la fuerza, sobre el punto que rompieron los indios, protegiéndoles con un “fuerte”, y proveyéndoles armas, municiones, reses y herramientas de que ellos y la ciudad carecían.

La pobreza era profunda. Se pidió al gobernador Zabala esas cosas, y un auxilio de 50 indios a los jesuitas de Misiones, protegiéndose a la mayor brevedad como se pudiese a Ohóma.

Es entonces que el Procurador de la Ciudad, en la sesión del Cabildo de Octubre 26, D. Manuel de la Pera, prorrumpió notablemente contra el Gobierno colonial por abandonar a Corrientes a su propia suerte, próxima a perecer; y sin embargo de ello, no ser la ciudad olvidada para soportar todas las cargas, enviando constantemente tropas a defender la Colonia, a tener la guarnición del río Pardo, etc., y todo “a costa” de los mismos correntinos para sus armas, vestidos, equipos y caballos.

Sentimos no poder, por su extensión, transcribir aquí esa pieza importante, no por su oratoria, sino por su “patriotismo local”, raíz de esa gran lucha por la “libertad provincial”, por el gobierno federal, desde 1811 a 1852. Los conceptos del alcalde Hidalgo, publicados por el Dr. Mantilla, son en el mismo sentido.

Después de los sucesos del 19 de Julio contra Ohóma y cercanías, arreció la invasión bárbara el 7 de Octubre de 1739, matando 20 personas, y el 23 desbordando sobre “Santiago Sánchez” y las comarcas del “San Lorenzo”, matando 29 personas con el sotacura Fr. Ant. Alegre, arrebatando custodia, copón, vasos sagrados, ornamentos y todos los ganados. Enseguida invadió toda la campaña hasta Itatí y hacia tierra adentro.

Las estancias quedaron despobladas; las fronteras, exentas; los campos entre el Santa Lucía y Riachuelo, yermos; los hacendados encerrados y fortificados en la ciudad, Itatí, Saladas y Santa Lucía; el Cabildo y su Justicia, sin fondos o “propios, sin armas, sin fuerzas sin medios ni forma alguna de defensa” (a. c., Jul. 24, 26, 28; Octubre 12 19, 26, 1739). Eso ya recuerda los tiempos de “Andresito” y “Pago Largo”.

Todas estas luchas son la imagen anticipada del guerrilleo y asaltos continuos de las campañas argentinas, durante la guerra civil en el siglo siguiente, entre 1813 a 1821; de 1827 a 1843.

A la noticia de la destrucción de “Santiago Sánchez”, la ciudad mandó a los sargento mayor, D. Juan Benítez y D. Agustín Insaurralde, en dos barcos con milicias contra los guaycurúes, a quienes sorprendiendo en una isla, los dispersaron; quitáronles la mayor parte de lo que pillaron y saquearon, y rescataron muchas personas, entre ellos al cura Fr. Miguel Ferreyra.

De todos estos descalabros, no volvió en sí la campaña, sino allá por 1750.

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Los restos de población de “S. Sánchez” se trató de fijar en pueblo sobre el Sombrero, y los de “Ohóma”, se trasladaron a Saladas; unos y otros se dispersaron, en todas partes.

A un grupo invasor que volvía con el botín, D. Felipe de Ceballos, que gobernaba esta jurisdicción, sorprendió completamente al otro lado del río, en 1744. Con ése y otro lance en el Palmar, no menos importante, se escarmentó algún tanto a los bárbaros para traerlos a la paz.

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“La ciudad supera la barbarie”: por intermedio de una cautiva abipona, conversa, y por su ofrecimiento, se ajustaron paces con el abipón, cuyos cuatro caciques principales, “Ñaré”, “Benavides”, “Petiso” y “Alaiquín”, en Corrientes, las ajustaron con el Cabildo.

Se canjearon los cautivos de una y otra parte; se acristianaron Benavides y Ñaré con los suyos; a éste se le asentó en “San Fernando”, creándose este pueblo (1750), para baluarte futuro contra la barbarie, dándosele ganados y formándosele la estancia de “Garzas” para sostenerlo.

Benavides se asentó en la reducción de “San Gerónimo”, en Santa Fe; el tercero permaneció entre los suyos; el cuarto ingresó a la reducción “La Concepción”, en la frontera de Santiago del Estero.

Los cuatro fueron fíeles a la paz pactada.

En 1773, los mocobíes, confederados con los lenguas, tobas y vilelas, declararon guerra a “San Fernando”. Ñaré pide socorros a la ciudad, según el anterior Tratado. El Tte.  de Gobernador se preocupa.

El Cabildo convoca a un “cabildo abierto” (a. c., Febrero 8); la opinión se pronuncia porque Corrientes sea fiel al Tratado de Paz con los mocovíes, mientras no ataquen la ciudad; que se refuerce sólo la guarnición de ese pueblo; que para abrir campaña dentro del Chaco contra esos bárbaros, necesitaba muchas fuerzas; que no las tenía, y para ello se pidiera al gobernador (D. José de Vértiz), hiciera volver las milicias del “Río Pardo” desde “tantos años ha allí”, para atender aquí la defensa de la “propia patria” y se le insinuase la conveniencia, en tiempo oportuno, de una entrada seria al Chaco, con milicias de esta ciudad (a. c., Abril 23).

Ñaré, sin conseguir refuerzos, es hostilizado y perseguido; se retira de San Fernando; queda sin embargo la guarnición de la ciudad, que es respetada. La gente de Ñaré, parte se acoge en San Gerónimo, parte viene provisoriamente a Garzas. Piden población y amparo.

El Tte. Gob. por cartas (Sep. 24 y Oct. 12) presenta al Cabildo ese estado de cosas, y de haber dado asiento a los indios, dándoles un cura en “Isla Alta”.

Otro “cabildo abierto”: en él se decide de la suerte de “S. Fernando”; se retira de él la guarnición, por la pobreza, y “porque todas las milicias están en marcha al servicio real a otros destinos” (a. c., Nov. 2).

Por otra parte, la ciudad levanta otra barrera a los guaycurúes. Levanta otra población, con sus elementos propios, en “Curupayty”, entre el “Tebicuary” y Paraná, en 1779 (a. C., Enero 18; Marzo 9 y 22; Instrucciones de Abril 9).

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“Guerra a los Charrúas”: estos, hacía tiempo que invadían el territorio de la ciudad por el S., y conspiraban al mismo plan de los otros bárbaros. El lugarteniente del gobernador, D. Pedro B. Casafús, con un tercio de milicias, fue contra ellos, ajustó una paz, recobró cautivos y ganado, robados a la gente correntina (a. c., Agosto 20, 1735).

Violaron éstos y anteriores y posteriores pactos, por lo cual les hizo Casafús una “sumaria” (a. c. cit., 1735), y en su vista, el gobernador (creo D. José de Andonaegui), ordenó se les llevara la guerra; se pasasen por las armas, si fuesen aprehendidos sus caciques principales, “Campusana” y “Cristóbal”; a los indios prisioneros que resultaren culpables, se les mutilase algún miembro para escarmiento (!!!), etc.

Esta fue una guerra sembrada de mil peripecias favorables, pero sin resultados definitivos, porque los charrúas tenían una gran movilidad de un punto a otro; eran astutos, pactando unas veces, para engañar otras.

Al cabo, D. Nicolás Patrón les llevó seriamente la guerra por orden del gobernador (1751), y a pesar de sus 30 campañas gloriosas, no pudo dar fin a los charrúas, los cuales cayeron en manos de las milicias de Santa Fe que, por otro lado, los perseguían (a. c., Octubre 4, 1751).

Corrientes quedó así con sus comunicaciones francas con Entre Ríos (era parte de Santa Fe), la costa del Uruguay y las Misiones, y éstas y Corrientes libres de las depredaciones e insultos de los charrúas.

Con la guerra de la Independencia, debilitada sumamente la comuna, o sea, la ciudad correntina, los bárbaros tentaron volver de nuevo sobre ella. La última invasión seria fue en 1822.

En Febrero 25, cerca de Goya, fueron atacados por el mayor Atienza, valiente jefe que iba en comisión por el gobierno del señor Juan J. Fernández Blanco, para Entre Ríos, y por casualidad se hallaba en Goya, a la llegada de los indios.

La batalla fue indecisa; perecieron Atienza, el teniente Soto y 25 individuos de tropa, incluso toda la escolta del primero, y 2 heridos, fuera de muchos vecinos sorprendidos y muertos en sus casas.

Los abipones volvieron al Chaco, henchidos de orgullo con un rico botín, por el “Paso del Rubio” (Puerto de Lavalle, hoy). No se pueden narrar todos los percances de esta invasión, que se repitió en Diciembre 26, a las 3 de la mañana, en los alrededores de Goya, irrumpiendo en toda la costa hasta el Ambrosio, después de las paces de Junio 4. El terror producido en la campaña fue grande, y eso embarazó mucho la acción del Gobierno, pero todo tuvo un éxito favorable.

Toda esa lucha representa la “Cruz” llevada por Corrientes sobre sus hombros, a través del período colonial, para dejar triunfante la vida civil sobre la vida salvaje, la “ciudad” sobre la “barbarie”.

Desde entonces, mirando hacia el Chaco desde la punta de “San Sebastián”, donde quizá tocara por primera vez Sebastián Caboto y los suyos, podríamos decir: “Doscientos treinta y cuatro años de tribulaciones, oh Corrientes, contemplan hoy tu triunfo sobre la barbarie”.

Desde ese triunfo definitivo de la ciudad, levantada entre los reflejos de las numerosas aguas de su territorio, preséntasenos a la imaginación tan brillante como Venecia entre sus renombrados espejos.

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