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Repartimiento de “encomiendas”. Primeros pobladores

Vera no podía ser una excepción de la conquista, renunciando sus pobladores a las inicuas encomiendas(1)(2). Aún estaba el territorio en poder de sus legítimos dueños y sin más ventajas los españoles que las relacionadas, cuando el Capitán General y Justicia Mayor procedió al reparto de indios, el 2 de Octubre de 1588, continuándolo después en los años siguientes hasta el 31 de Mayo de 1593.

(1) Manuel Florencio Mantilla. Extracto de la obra “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.
(2) La España se declaró dueña de los aborígenes en nombre del derecho de la fuerza y, con esa propiedad, pagaba a los conquistadores, los estimulaba para nuevas empresas; los indios eran simples bestias ante dicho procedimiento civilizado. Cada hato de indios se llamaba encomiendas. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Hernando Arias de Saavedra hizo lo mismo en 1598. Sesenta y una fueron las encomiendas adjudicadas por Auto del 2 de Octubre de 1588; tres las de 1589; veintiséis, las de 1590; doce las de 1592; diecisiete las de 1593; tres, las de 1598; ascendiendo, el total de ellas, a ciento veintitrés.

Incluso el rey y el Adelantado, eran ciento cuatro los dueños de más de doscientas tribus. La base del reparto fue el territorio jurisdiccional de la ciudad, habiendo servido, para designar los pueblos y nombres de caciques, los informes recogidos de los aborígenes ya sometidos; por eso figuran en los Autos, habitantes a cuyas comarcas no llegaron jamás los conquistadores.

Las encomiendas eran por tres vidas; sus propietarios estaban sometidos a las siguientes obligaciones: dar doctrina a los indios, tener casa formada en la ciudad, armas y caballos para la conquista, no ausentarse de la población sin licencia durante el término de cinco años, y volver a ella a la expiración del plazo del permiso, si hubiere sido otorgado.

Como la encomienda era premio dado únicamente al conquistador y poblador a la vez, el Auto del 2 de Octubre de 1588 revela cuántos y quiénes fueron los que permanecieron en Vera, después del retiro del Adelantado.

He aquí los nombres de ellos:

General Alonso de Vera y Aragón, Ambrosio de Acosta, Francisco Arias de Mansilla, Lucas de Arce, Esteban Alegre, Francisco García de Acuña, Esteban Ballejos, Francisco de Burgos, Juan Rodríguez Barcalero de Sotomayor, Pedro Bernal Cuenca, Juan Bernal, Francisco de Esquivel Cabrera, Alonso Cabrera, Hernando de la Cueva Enciso, Bernabé Delgado, Juan de Estigarrivia, Pedro Esquivel, Rafael Farel, Melchor Fernández e Rodríguez, Antón Figueroa, Pedro Alvarez Gaitán, Diego Gorden, Juan González Torquemada, Diego García, Juan Gaona, Juan Gutiérrez, Tomás González, Diego Natera, Francisco de León, Francisco Rodríguez, Anselmo González, Sebastián de la Haba, Gerónimo Ybarra, Martín de Irrazábal, Juan Juárez, Pedro López de Enciso, Alonso Medina, Antón Martín, Francisco de Medina, Simón de Mesa, Marcos Noguera, Diego Martínez  de la Orta, Francisco Ortiz de Leguizamón, Diego Ponce de León, Francisco Pérez, Hernando Polo, Héctor Rodríguez, Juan Romero, Martín de Rapalo, Luis Ramírez, Vicente Rolón, Antón Roberto, Francisco González de Santacruz, Diego de Sandoval, Diego de Sosa, Alonso Sánchez Moreno, Martín Alonso de Velazco, Nicolás de Villanueva, Juan Voz Mediana, Martín Sánchez de Velasco, Blas de Leis.

- Guerras

No pudo inventarse un sistema más aparente para hacer odiosa la conquista española, que el de las encomiendas. Los siervos repartidos eran de dos clases: mitayos y yanaconas.

Los primeros pagaban a sus dueños un fuerte tributo de lo que ganaban en faenas propias, estando, además, obligados al servicio personal durante dos meses del año, turnándose, desde los 18 hasta los 50 años de edad. Los segundos, pertenecían completamente al encomendero.

En cambio de la esclavitud, los indios debían ser tratados con paternal cariño y recibir instrucción religiosa, alimentos y vestidos, obligaciones jamás cumplidas. Inicuo en su fundamento e inhumano en la práctica, el régimen de las encomiendas fue, en todas partes, la causa de los alzamientos de los aborígenes, sin haber dado nunca buenos frutos a la colonización(3).

(3) Las Ordenanzas de Irala, el introductor de las encomiendas, consagraban el derecho de rescate; pero la degradación y la explotación a que los indios estaban sometidos por los “encomenderos”, no les permitían libertarse. La misma expiración del dominio particular, no beneficiaba a los desventurados naturales, porque retornaban a la propiedad de la Corona. Diversas cédulas reales establecieron restricciones al poder de los encomenderos, y también fiscalizaciones sobre ellos; empero, el interés brutal y sin límites de los conquistadores, dejaba aquéllas sin efecto. En el Río de la Plata no hizo la institución los estragos de muerte con que horrorizaba en las regiones mineras, pero apuró la extinción de  los indígenas, provocó guerras cruelísimas, embruteció a los indios, fue una de las causas principales de la holgazanería y de la corrupción de los conquistadores. Un país colonizador no las habría establecido; más ellas eran creaciones lógicas en el sistema de población de España que, según observó Adam Smith, fue el resultado de estos tres hechos: el anhelo de adquirir riquezas sin trabajar, que enloquecía a nobles y soldados incultos y aventureros; la exclusiva del fanatismo católico; el espíritu del Gobierno monárquico, absorbente, enemigo de la iniciativa particular y propio tan sólo para engendrar la esclavitud y la pobreza, tal como lo soportó la Europa al salir del feudalismo. La enseñanza de la experiencia no depuró de vicios el sistema oficial, que con servidumbre y despotismo no regeneró a los aborígenes, privó al suelo de industrias e hizo raquítica y de casualidad,  la población. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Al implantarle Alonso de Vera en Corrientes, dio el primer paso hacia la guerra que evitó en un principio con mucho tino. El y los suyos tenían las ideas, los hábitos y las tendencias del Paraguay, calamitosos para los indios y no muy de orden entre los españoles mismos; de suerte que, obedeciendo la consigna de la época, abrió el período de las dificultades para la nueva ciudad, acaso sin sospecharlo.

Los amigos y aliados, transformados en dueños, obligaron a los indios a pensar en su defensa, y la que hicieron con las armas, aunque siempre vencida, retardó por mucho tiempo el desarrollo de la fundación.

Tal fue el cambio operado que el valiente y astuto Alonso de Vera se vio precisado a solicitar auxilios de Asunción y Santa Fe, para limpiar de enemigos tenaces el mismo territorio comarcano donde había tenido sus primeros protectores y auxiliares; empresa de necesidad vital, porque sin realizarla previamente, no podía repartir tierras de labor a los pobladores, y sin ellas estaba ahogada de enemigos la ciudad, y expuesta a perecer por hambre.

Esa lucha duró hasta los fines de 1591.

- Repartimiento de tierras

El primer reparto de tierras de labranza fue hecho desde 1590 hasta Noviembre de 1591. Tomóse por punto de arranque, el ejido de la ciudad, río arriba y aguas abajo, siendo el frente de las suertes las barrancas del Paraná, con un fondo uniforme de tres mil varas, menos las del Adelantado y Alonso de Vera, las cuales tenían seis varas de longitud.

Río abajo, terminaban las suertes en el Pindoy; río arriba, a una distancia igual, sin límite natural como aquél. A lo largo del Pindoy, subiendo hacia sus nacientes y con frente a él, fueron también señaladas chacras, desde donde concluían los fondos de las situadas sobre el Paraná.

Igualmente, desde el ejido de la ciudad, tierra adentro, fueron ubicadas otras con fondo, hasta las repartidas río arriba. Reservóse a la ciudad los anegadizos con todas sus lagunas, pesquerías, cazaderos, pastos y montes, excepto lo bañado por el Pindoy, hacia sus nacientes. Los algarrobales situados entre el Pirayuí y el Pindoy, quedaron, “monte común para las casas y leña y necesidades de los vecinos”.

Tres caminos reales, de cuarenta pies de ancho, ponían en comunicación la ciudad con las chacras, y entre éstas, debían dejar los propietarios, abrevaderos de diez varas de ancho.

La propiedad territorial en Corrientes principió con aquel repartimiento, que hizo ciento veintinueve propietarios.

Bartolomé de Sandoval, en 1595 y Hernando Arias de Saavedra, en 1598, dieron nuevas tierras a los viejos pobladores y a los nuevos, siendo éstos veintitrés el año 1595 y veintidós, el 1598.

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