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Alonso de Vera y Aragón reparte los indios comarcanos en encomiendas

La actividad inicial desplegada por el teniente de gobernador permitió que el 2 de Noviembre de 1588 Alonso de Vera y Aragón hiciera las primeras encomiendas de pueblos, caciques e indios, actuando como Capitán General y Justicia Mayor de Corrientes y provincias del Paraná, Uruguay y Tapé hasta el Mar del Norte, San Francisco Mbiazá y Guayrá, y por el propio Adelantado.

Vera y Aragón repartió los indios comarcanos en Encomiendas entre los primeros pobladores, que eran ciento cincuenta, señalando algunas para la fábrica de la Iglesia Mayor y la de la Compañía de Jesús, y dispuso que se registrasen en el Cabildo las marcas de hierro para el ganado que correspondiese a cada uno de aquéllos. Se comenzó, asi, el reparto de la tierra, que durará diez años.

La encomienda fue una institución socio-económica mediante la cual un grupo de individuos debía retribuir a otros en trabajo, especie o por otro medio, por el disfrute de un bien o por una prestación que hubiesen recibido.

La institución del siervo sujeto a un señorío estaba establecida en toda Europa. Así, existía una relación de dependencia, por la que el más fuerte daba protección al más débil, a cambio de comprometerse a guardar fidelidad y entregarle determinados servicios.

En América, con la aplicación de las Leyes de Burgos se pretendía limitar los abusos de los españoles sobre la población indígena, se buscaba que el encomendero tuviera obligaciones de trato justo: trabajo y retribución equitativa, y que evangelizara a los encomendados.

Sin embargo, a partir de la secularización del Imperio español, estas obligaciones fueron omitidas, transformándose la encomienda en un sistema de trabajo forzado para los pueblos originarios en favor de los encomenderos.

Para Rodríguez Demorizi,

“La encomienda es un derecho concedido por merced real a los beneméritos de Indias, para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se les encomendasen por su vida y la de un heredero, con rango de cuidar de los indios en lo espiritual y temporal y defender las provincias donde fueren encomendados”.

La encomienda fue una institución característica de la colonización española de América y Filipinas, establecida como un derecho otorgado por el rey (desde 1523) en favor de un súbdito español (encomendero) con el objeto de que éste percibiera los tributos que los indígenas debían pagar a la Corona (en trabajo o en especie y, posteriormente, en dinero), en consideración a su calidad de súbditos de la misma.

A cambio, el encomendero debía cuidar del bienestar de los indígenas en lo espiritual y en lo terrenal, asegurando su mantenimiento y su protección, así como su adoctrinamiento cristiano (evangelización).

En lo que hace a Corrientes e islas del Paraná, las encomiendas fueron importantes, por dos motivos: primero, porque se generó una movilidad territorial compulsiva de las aldeas de la zona.

Así, para la fundación de Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes, aldeas guaraníes paraguayas y paranaenses fueron trasladadas y asignadas en encomiendas a los fundadores de estas ciudades, despoblando, en gran medida, el área paranaense, de aldeas guaraníes autónomas.

El segundo motivo es que la dinámica económica de la recién fundada ciudad de Corrientes, está íntimamente ligada al sistema de encomiendas, y ello seguirá siendo así hasta finales del siglo XVIII.

La influencia del mundo guaraní en Corrientes se hará sentir profundamente, no sólo en su fase precolonial, sino todavía más en la plasmación cultural subsiguiente a su fundación.

La base del reparto fue el territorio jurisdiccional de la ciudad, habiendo servido, para designar los pueblos y nombres de caciques, los informes recogidos de los aborígenes ya sometidos; por eso figuran en los Autos habitantes a cuyas comarcas no llegaron jamás los conquistadores.

Las encomiendas eran por tres vidas; sus propietarios estaban sometidos a las siguientes obligaciones: dar doctrina a los indios, tener casa formada en la ciudad, armas y caballos para la conquista, no ausentarse de la población sin licencia durante el término de cinco años, y volver a ella a la expiración del plazo del permiso, si hubiere sido otorgado.

Como la encomienda era premio dado únicamente al conquistador y poblador a la vez, el Auto del 2 de Noviembre de 1588 revela cuántos y quiénes fueron los que permanecieron en Vera, después del retiro del Adelantado.

He aquí los nombres de ellos:

General Alonso de Vera y Aragón, Ambrosio de Acosta, Francisco Arias de Mansilla, Lucas de Arce, Esteban Alegre, Francisco García de Acuña, Esteban Ballejos, Francisco de Burgos, Juan Rodríguez Barcalero de Sotomayor, Pedro Bernal Cuenca, Juan Bernal, Francisco de Esquivel Cabrera, Alonso Cabrera, Hernando de la Cueva Enciso, Bernabé Delgado, Juan de Estigarrivia, Pedro Esquivel, Rafael Farel, Melchor Fernández e Rodríguez, Antón Figueroa, Pedro Alvarez Gaitán, Diego Gorden, Juan González Torquemada, Diego García, Juan Gaona, Juan Gutiérrez, Tomás González, Diego Natera, Francisco de León, Francisco Rodríguez, Anselmo González, Sebastián de la Haba, Gerónimo Ybarra, Martín de Irrazábal, Juan Juárez, Pedro López de Enciso, Alonso Medina, Antón Martín, Francisco de Medina, Simón de Mesa, Marcos Noguera, Diego Martínez  de la Orta, Francisco Ortiz de Leguizamón, Diego Ponce de León, Francisco Pérez, Hernando Polo, Héctor Rodríguez, Juan Romero, Martín de Rapalo, Luis Ramírez, Vicente Rolón, Antón Roberto, Francisco González de Santacruz, Diego de Sandoval, Diego de Sosa, Alonso Sánchez Moreno, Martín Alonso de Velazco, Nicolás de Villanueva, Juan Voz Mediana, Martín Sánchez de Velasco, Blas de Leis.

También en este año de 1588 de la fundación, se realizó la adjudicación de solares en la traza de la ciudad y de chacras en el ejido. Luego, la de las suertes de estancia para labranza, que tenían de frente, sobre la barranca del Paraná, desde 200 hasta 600 varas de medir de Castilla, y por fondo, 3.000 varas hacia el interior, con excepción de la que correspondió al Adelantado, que lo tenía de 6.000 varas.

Por el Sur, las mercedes llegaban hasta el río de las Palmas (el actual Riachuelo), y por el Este “hasta donde se halló el primer mandiocal de los indios guaraníes”.

Las mercedes situadas al Este tuvieron dos leguas de frente por tres de fondo. Beneficiarios de estos repartos fueron, además del Adelantado, los primeros pobladores, la Iglesia Matriz, el Hospital, la Compañía de Jesús, las iglesias de La Merced y Santo Domingo, destinándose una para “el convento de monjas que se fundare”(1).

(1) En el día de la fundación sólo hubo un fraile franciscano. La Compañía de Jesús recién se estableció en 1690; los dominicos, en 1728. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Un monte de algarrobos, que quedaba junto al río de las Palmas, se declaró de aprovechamiento común para la construcción de casas, provisión de leña y otras necesidades que se presentasen.

Se dispuso que, entre suerte y suerte, hubiere caminos de diez varas de ancho y que se colocaran mojones para indicar los límites de aquéllas, dejándose lo suficiente para los “caminos reales”, que servirían de unión con las demás ciudades.

Vera y Aragón ordenó que se sembrara trigo y se plantaran viñas y algodonales, pero fue menester al principio traer por agua cuarenta fanegas de trigo, de Santa Fe, para el sustento de los vecinos.

El repartimiento de tierras e indios tuvo en Corrientes una particularidad: se comprendió en él a cincuenta y una mujeres, que habían concurrido a la fundación(2).

(2) “Revista del Archivo de la Provincia de Corrientes”, tomo I, edición de Corrientes, año 1908. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Juan Alonso de Vera y Zárate, hijo del fundador de la ciudad de Vera, en representación hecha al rey, fijó en mil quinientas vacas y bueyes y mil quinientos caballos y yeguas, el número de animales traídos del Paraguay por Saavedra.

Eran de propiedad del Adelantado, quien los puso al servicio de los pobladores, reservándose los derechos de dominio. De esta reserva, procedió la merced hecha el 5 de Junio de 1633, por Juan Alonso de Vera y Zarate, a la Compañía de Jesús “de los ganados que poseía en el distrito de la Ciudad de Vera, en las siete corrientes”.

El 7 de Noviembre de 1588, el Cabildo acuerda un apercibimiento, hecho a Héctor Rodríguez como fiador de Asencio González, en su carácter de cuidador de caballos y yeguas en el ejido de la ciudad, por habérselos escapado varios de estos campo abierto.

El regidor Asencio González había sido encargado de cuidar la hacienda vacuna, con la fianza de Héctor Rodríguez y Gaspar de Portillo, afianzado por Rafael Javel, los caballos y las yeguas. Ambos dieron malas cuentas, como que el momento y los medios no eran propicios para aquerenciar y hacer procrear ganados; éstos se esparcieron y los fiadores fueron apercibidos por sanción capitular este 7 de Noviembre de 1588.

Lo que perdió la ciudad durante sus primeros días, sirvió de plantel al ganado cimarrón, que hizo después tan afamadas las “vaquerías” de Corrientes, de las que salieron el comercio de cueros, los establecimientos pastoriles y otras industrias.

Al principio, la pérdida produjo escasez de carne para el sustento, y de pieles para las muchas aplicaciones de la vida pobre y necesidades de la guerra, pues hacían de ellas “cubiertas para los caballos, celadas y quijotes”.

Con el tiempo, zanjaron las dificultades “vaqueando”(3) en la región del Tebicuary, donde había ganado salvaje sin dueño conocido.

(3) Decían vaquear, a la toma de ganado vacuno sin dueño, para sacar pieles, cuero y grasa. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

- Guerra

No pudo inventarse un sistema más aparente para hacer odiosa la conquista española, que el de las encomiendas. Los siervos repartidos eran de dos clases: mitayos y yanaconas. Los primeros pagaban a sus dueños un fuerte tributo de lo que ganaban en faenas propias, estando, además, obligados al servicio personal durante dos meses del año, turnándose, desde los 18 hasta los 50 años de edad. Los segundos, pertenecían completamente al encomendero.

En cambio de la esclavitud, los indios debían ser tratados con paternal cariño y recibir instrucción religiosa, alimentos y vestidos, obligaciones jamás cumplidas. Inicuo en su fundamento e inhumano en la práctica, el régimen de las encomiendas fue, en todas partes, la causa de los alzamientos de los aborígenes, sin haber dado nunca buenos frutos a la colonización(4).

(4) Las Ordenanzas de Irala, el introductor de las encomiendas, consagraban el derecho de rescate; pero la degradación y la explotación a que los indios estaban sometidos por los “encomenderos”, no les permitían libertarse. La misma expiración del dominio particular, no beneficiaba a los desventurados naturales, porque retornaban a la propiedad de la Corona. Diversas cédulas reales establecieron restricciones al poder de los encomenderos, y también fiscalizaciones sobre ellos; empero, el interés brutal y sin límites de los conquistadores, dejaba aquéllas sin efecto. En el Río de la Plata no hizo la institución los estragos de muerte con que horrorizaba en las regiones mineras, pero apuró la extinción de  los indígenas, provocó guerras cruelísimas, embruteció a los indios, fue una de las causas principales de la holgazanería y de la corrupción de los conquistadores. Un país colonizador no las habría establecido; más ellas eran creaciones lógicas en el sistema de población de España que, según observó Adam Smith, fue el resultado de estos tres hechos: el anhelo de adquirir riquezas sin trabajar, que enloquecía a nobles y soldados incultos y aventureros; la exclusiva del fanatismo católico; el espíritu del Gobierno monárquico, absorbente, enemigo de la iniciativa particular y propio tan sólo para engendrar la esclavitud y la pobreza, tal como lo soportó la Europa al salir del feudalismo. La enseñanza de la experiencia no depuró de vicios el sistema oficial, que con servidumbre y despotismo no regeneró a los aborígenes, privó al suelo de industrias e hizo raquítica y de casualidad,  la población. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928), tomo I, Notas biográficas por Angel Acuña, Buenos Aires. Ed. Juan Ramón y Rafael Mantilla.

Al implantarle Alonso de Vera en Corrientes, dio el primer paso hacia la guerra que evitó en un principio con mucho tino. El y los suyos tenían las ideas, los hábitos y las tendencias del Paraguay, calamitosos para los indios y no muy de orden entre los españoles mismos; de suerte que, obedeciendo la consigna de la época, abrió el período de las dificultades para la nueva ciudad, acaso sin sospecharlo.

Los amigos y aliados, transformados en dueños, obligaron a los indios a pensar en su defensa, y la que hicieron con las armas, aunque siempre vencida, retardó por mucho tiempo el desarrollo de la fundación.

Tal fue el cambio operado, que el valiente y astuto Alonso de Vera se vio precisado a solicitar auxilios de Asunción y Santa Fe, para limpiar de enemigos tenaces el mismo territorio comarcano donde había tenido sus primeros protectores y auxiliares; empresa de necesidad vital, porque sin realizarla previamente, no podía repartir tierras de labor a los pobladores, y sin ellas estaba ahogada de enemigos la ciudad, y expuesta a perecer por hambre.

Esta lucha durará hasta fines de 1591.

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