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"Las Puertas de la Tierra"

Despoblar Buenos Aires y advertir la necesidad de volver a poblarla sería todo uno. Sin embargo, a lo largo de 30 años, el propósito no logró concretarse. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, segundo Adelantado del Río de la Plata, no pudo cumplir su objetivo de poblar la boca del río (su sobrino, Pedro Estopiñán, fue el primero que experimentó, en 1541, el trastorno del abandono de Buenos Aires)(1).

(1) Juan M. Vigo. “La Vieja Santa Fe”. Extraído de la colección “500 Años de Historia Argentina”, dirigida por Félix Luna.

Juan de Sanabria, sucesor de Cabeza de Vaca en el cargo, fracasó a su vez en la misma empresa (1547), con el agravante de que ni él ni su hijo Diego pisaron el territorio rioplatense.

Jaime Rasquín, malogrado gobernador de estas regiones, tampoco tuvo éxito (1559). Por entonces, la quimera del oro ya había quedado atrás.

El Río de la Plata -escribe en 1556 el Oficial Real Ortiz de Vergara- no tiene necesidad de otra cosa sino que Su Majestad mande a la persona que fuere, que pueble a la mar un pueblo o dos, porque como esto se hiciese de hoy en cuatro años tendrán tantas cosas de quedas partes que en ninguna parte podrán venir más ni tales a menos costas”.

Pero por el momento la mayor preocupación de los gobernantes del Perú era consolidar las ciudades del Norte argentino que constituían las espaldas del Potosí. Roberto Levillier ha explicado el pensamiento del virrey Francisco de Toledo, que programó, en 1571, afirmar la conquista española con la fundación de Salta.

Buenos Aires, en cambio, ubicada en territorio de indios nómades y hostiles, sin producción minera, resultaba difícil de poblar. Hubo, sin embargo, quienes sostuvieron en todo momento la necesidad de organizar ése u otro puerto en la desembocadura del Plata.

Uno de estos hombres fue Francisco de Aguirre, el notable colonizador que fundó Santiago del Estero. Otro, su consuegro, el licenciado Matienzo.

Con las Capitulaciones firmadas en 1567 por el capitán Juan Ortiz de Zárate, el problema pareció alcanzar solución. Zárate, vizcaíno de larga actuación en el Perú, rico y respetado, persona de confianza del oidor Matienzo, era el personaje ideal para el Adelantazgo.

El se comprometió a establecer tres pueblos, entre Asunción y el Río de la Plata. Sin embargo fracasó, al igual que sus predecesores, y se limitó a organizar la ciudad Zaratina de San Salvador, sobre la orilla oriental del Uruguay (1574). Tres años más tarde el lugar sería abandonado por sus habitantes.

Ortiz de Zárate falleció en 1576. Su hija y heredera, Juana, una muchacha mestiza, se casó luego de ajetreado trámite -tuvo muchos candidatos debido a su cuantiosa herencia-, con el oidor Juan de Torres de Vera y Aragón.

Aunque la boda fue cuestionada pues, por razones administrativas, un oidor no podía contraer matrimonio dentro de su jurisdicción, Vera y Aragón logró, en medio de pleitos y discusiones, designar a su Teniente de Gobernador: Juan de Garay, el hombre elegido, recibió encargo de poblar Buenos Aires (1578).

Durante el período de ausencia de Ortiz de Zárate ya comenzó a destacar la figura de Juan de Garay que, en 1573, fundará Santa Fe de la Vera Cruz a orillas del Carcarañá, paso previo al establecimiento definitivo del puerto de Buenos Aires.

Este vasco, llegado a América a los 14 años de edad en la armada del virrey Núñez de Vela, hizo su aprendizaje colonial en Charcas y acompañó a Nufrio de Chaves en la fundación de Santa Cruz de la Sierra. Tenía auténticas dotes de organizador y lo demostró cuando, por orden de Martín Suárez de Toledo, fundó Santa Fe (1573) en las proximidades del antiguo Fuerte de Caboto.

El 9 de Abril de 1578, Torres de Vera y Aragón transmitirá sus poderes, de forma interina, a Juan de Garay, a quien ya Zárate, en prueba de agradecimiento por el auxilio que le había prestado desde Santa Fe, le había otorgado la Tenencia de Gobernador, así como la tutoría de su hija, mientras se decidiera el matrimonio de ésta.

- La vieja Santa Fe

Tal vez sea la fundación de Santa Fe uno de los hechos más meditados de la conquista y colonización de América. La idea de dar salida hacia el Atlántico a lo que hoy se llamaría sector occidental y central del Cono Sur, la abrigaron muchos conquistadores y gobernantes antes de que se hiciera carne en la cabeza tozuda y lúcida de don Juan de Garay. Pero ello en nada disminuye los méritos del gran vizcaíno.

El fue, por otra parte, quien le puso apelativo: “abrir puertas a la tierra” fue su obsesión, como lo dijo. Y con esa idea fija en su mente, se lanzó a su ejecución y no paró hasta hacerla realidad.

Pero la fundación de Santa Fe es también una gran aventura juvenil. Esa es otra de las glorias de Garay. Es la primera ciudad americana fundada por criollos, que encima son muchachos. Con su gesto, Garay expresa su firme confianza en la juventud y reivindica al criollo y al mestizo.

Nada fácil le fue vencer la tenaz oposición de los pericones peninsulares de la Asunción. Los intereses que se oponían a la creación de un puerto más cercano al mar, para dar también salida al Perú y Chile, eran muy poderosos. Además, la empresa y el encumbramiento de Garay despertaban celos y envidias.

Y no habrán sido menores las críticas y probablemente las burlas que provocó su decisión de emprender nada menos que la fundación de una ciudad de la importancia estratégica que se asignaba a la misma, con la sólida ayuda de apenas algo más de media docena de hombres mayores y el resto una pandilla de muchachos criollos.

Cuando los viejos vieron que no podían detenerle, las burlas se trocaron en indignación, y procuraron hacerle fracasar la empresa, negándole hasta lo indispensable y quejándose al rey, a quien ponen sobreaviso de la inconsciencia de Garay.

El más obstinado fue ese señor don Martín de Orué quien, perdida toda esperanza de vencer la tozudez del vasco acriollado, se apresura a enviarle una misiva con otro barco que sale rumbo a España, conjuntamente con el bergantín y las canoas en que viaja Garay con sus pocos amigos y la animosa muchachada.

Van en compañía del navío -dice en tono zumbón- y de camino a poblar un pueblo en río abajo un hidalgo que se dice Juan de Garay, con nueve españoles y los demás a cumplimiento de ochenta mancebos, y bien mancebos nacidos en esta tierra, y un bergantín y algunas canoas sencillas, cincuenta caballos y las municiones que han sido posibles según lo que había”.

Son mancebos, dice. Y, para no dejar lugar a dudas sobre la edad de los mozos, reafirma despectivamente: “...y bien mancebos”.

¿Qué se puede hacer con estos muchachos que, para peor, tienen mala fama entre la gente madura y seria? Se dice que son díscolos, soberbios e impulsivos.

Ellos, por su parte, no ocultan su desprecio por esos viejos españoles. Además, la mayoría de los españoles son de maduros a viejos. Es otra generación y, para peor, viven roídos por odios aldeanos y ambiciones frustradas, y traen todas las rivalidades regionales de España, porque hay andaluces movedizos y charlatanes, gallegos huraños, vascos con cierta superioridad racial, no muy bien disimulada, castellanos orgullosos de su estirpe, aragoneses rudos, todos se desconfían entre sí y a veces hasta se odian.

Eso sí, coinciden siempre en su desprecio a los nativos, renegando de su propia sangre y también de sus defectos que les transmitieron en herencia.

De los criollos se puede fiar poco y de los mestizos nada”, dirá un contemporáneo. El único que habría de salir más o menos ileso es Hernandarias -sin duda porque tenía poder y más agallas que un dorado-. “Es honrado caballero, aunque criollo”, dijeron cautelosamente.

Don Martín Orué sigue quejándose a su rey y, buen intrigante y experto en su arte, termina su carta a lo Pilato, dejando bien en claro que tanto él como otros graves señores no estuvieron de acuerdo con la locura de Garay.

Yo no he sido de tal parecer y lo mismo los Oficiales de V. A. y otros muchos, sino fue el Factor Dorantes, por ser cosa de tantos muchachos y mal pertrechados, de lo que se requiere para semejante jornada y tan importante, como más largo se entendería de lo que acá van”.

Extractando el pensamiento del señor Orué y traducido fielmente al lenguaje popular de actualidad, podría sintetizarse así: ¿Qué obra seria puede hacer el tal Juan de Garay, ése, sin un peso encima y con la ayuda de un montón de cabecitas negras?

Pero a Garay y a sus muchachos les sale un defensor de oficio que sabe aquilatar méritos de éstos, ya que los de aquél nadie podría discutir. Es el Factor Dorantes, a quien acusa don Martín. El también, baqueano en estas lides, se dirige al rey.

Y mientras en carta el otro sí hace lenguas de lo bien que se está en la Asunción, éste le dice indirectamente que están privados de muchas cosas muy necesarias y que no todo marcha a pedir de boca.

Menos mal que el ingenio y habilidad manual de los desacreditados mozos ha permitido que, por lo menos, la ciudad cuente con arcabuces. Eso es lo que le insinúa al Rey cuando expresa en su carta que

nada hay fuera de los arcabuces que han hecho y hacen unos mozos, sin haberlo visto hacer, sino por relación que les han dado y parece que Dios era proveído de ello, porque los hacen tan buenos y aún que los de España han aderezado”.

Más adelante agrega:

Los mancebos ordinariamente son buenos arcabuceros en poco tiempo que lo usan y gente de caballos”.

En síntesis, lo que el factor Dorantes quiere decir es que se trata de muchachos industriosos, capaces hasta de fabricar arcabuces nada más que con la orientación de algún viejo entendido en el arte. Y que además son emprendedores y saben hacer frente a las dificultades, cosas que los otros no hacen. Y menos esos vejetes chillones y desconfiados.

La defensa del factor Dorantes es la otra cara de la moneda. Los que acusan son los eternos pelucones gruñones y los apoltronados burócratas, siempre fastidiosos y pesimistas. Ellos están en contra de todo lo que signifique salir de la rutina y hacerles mover sus tabas y, lo que es peor aún, pensar un poco.

Son enemigos natos de los muchachos, precisamente porque los muchachos valen y son emprendedores. Ellos no ven más que su rebeldía juvenil, que no es otra cosa que la reacción lógica contra la ineptitud, la impericia y el fatuo o injustificado orgullo.

Pero la oposición no es sólo contra los jóvenes. Es, más que nada, a la empresa que quiere realizar Garay. Por eso se le niega la ayuda o se la retacea mezquinamente con burdas chicanas.

Es el eterno recurso de los burócratas indolentes y de los mandones incapaces y sin imaginación. Y, desde luego, sin fe en las potencias creadoras del pueblo, en ese soplo divino que dá alas a la juventud y calor a las grandes empresas humanas.

Ellos mismos son la antítesis de los Colón, de los Cortés, de los Pizarros, de los Orellana y de los Sot,o que hicieron posible el descubrimiento y esa hazaña increíble de la conquista de un continente entero, con varios cientos de aventureros, mitad iluminados, mitad piratas.

Apenas sí consigue Garay unos fuelles viejos que uno tenía prestado, que él le pidió para llevar con los anexos de la fragua de vuestra Real Hacienda se le dan prestados para poder aderezar y otras cosas necesarias que no se le daban” se queja Dorantes.

Pero Martín Juárez se los hizo dar, agrega,

con cierta pena para los oficiales con el cual fuimos requeridos y mis compañeros no estuvieron en ellos y yo respondí que se le prestase el verso -cañoncito de bronce- y que si se perdiese, yo lo pagaría a V. Mgd. y por esto se le dio”.

Don Pedro Dorantes, como se ve, era gaucho entero y bien tauro. Y no conocía el no te metás, que en todas las épocas tuvo sus cultores. También es -y no podría ser de otro modo, dada la franca actitud que adopta-, hombre de sensibilidad social y humana.

Pues tenemos muy por cierto que Dios dá bienes y riquezas a unos para que den por Dios a los pobres y con esto se salven”, dice también en su carta.

Se trataba, pues, de ayudar también a esa muchachada pobre y animosa, que se aprestaba a seguir a uno de los grandes Capitanes de la conquista para llevar a cabo una empresa de tanta importancia histórica como la de “abrir puertas a la tierra”.

Y de allí saldrían, siete años más tarde, a poner los cimientos de lo que habría de ser, con el correr de los años, la ciudad de habla española más grande del mundo.

Garay era un hombre avezado y conocía bien a América y a las personas. Venido a los 14 años de España, quedó al lado de su tío, el oidor Juan Ortiz de Zárate, viviendo entre papeles jurídicos y oyendo hablar de pleitos todos los días. Eran también tiempos duros de rebeliones, guerras civiles, crímenes, rapiñas y violencias.

Al hacerse hombre no tomó partido con nadie, y no porque no le agradara jugarse. Pero estuvo presente en toda empresa constructiva a la que se le invitó. Y cuando se le ordenó, lo hizo con buen ánimo.

En 1556 acompaño a Núñez del Prado en la conquista del Tucumán y el Sur de la actual Bolivia. Al año siguiente se lo vio en el Paso de Atacama. Poco después se jugó con todos sus bienes y su propia mujer, en la fundación de Santa Cruz de la Sierra, donde permaneció ocho años y fue Regidor. Después se radicó en la Asunción del Paraguay.

En 1568 se lo nombró Alguacil Mayor de la Gobernación del Río de la Plata y luego Lugarteniente del Adelantado Ortiz de Zárate. También en la fundación de Santa Fe se jugó entero.

Salió dejando deudas y con lo puesto. Marchó como el caracol, llevando con él todo lo que tenía, pues invirtió en la empresa lo suyo, lo de su mujer y lo que le fiaron o prestaron.

Además, era hombre de ayudar a los amigos con mano generosa, como buen caudillo. Así salió el gran vasco en busca de lo que consagraría su gloria definitiva; pobre, rodeado de muchachos casi aindiados, con poca pólvora, un miserable cañoncito de bronce que entre él y Dorantes sacaron poco menos que a los tirones, y con algunas herramientas de herrería y carpintería.

Y no necesitaban más que unas armas y pólvora para defenderse y herramientas para trabajar.

Es un símbolo emocionante y premonitorio de lo que sería el destino de Santa Fe, que durante más de cuatro siglos no dejó un día de combatir en su defensa, sin agredir jamás a nadie y cuya mayor gloria tal vez sea, ayer como hoy, el trabajo que hizo su grandeza.

- El sitio elegido para la fundación

Llevaban varias semanas navegando aguas abajo en ese laberinto endiablado de islas, arroyos, riachos, lagunas, esteros y bosques enmarañados de las islas del Norte santafecino, que tiene unos cuatrocientos kilómetros de largo y un ancho medio que oscila entre los quince y treinta, hasta que dieron con las barrancas de Cayastá, color arena y coronadas de montes.

Las divisaron desde lejos, mientras el bergantín avanzaba rodeado de canoas, como una mitológica ave acuática, nadando plácidamente rodeada de pichones. En su mayoría eran canoas chicas, que los paraguayos se las ingeniaban para hacerlas sin clavos.

Un siglo después se utilizaría un sistema parecido para construir el famoso artesonado del templo de San Francisco, en la ciudad nueva. El artesonado más bello, dicho sea de paso, y el mejor trabajado en su género, en toda la arquitectura española, desde California, en los Estados Unidos, hasta la Argentina.

Los lugares que iban recorriendo eran más o menos conocidos por los baqueanos.

Al llegar al pie de las barrancas, el bergantín enfiló directamente al Sur, rodeado de las canoítas que lo seguían incansablemente, a puro remo, desde la Asunción, doscientas leguas aguas arriba.

Los indios, que ya se habrían pasado la noticia de la expedición fluvial y de la caballada que venía por tierra, los mirarían desde las altas barrancas a la sombra de corpulentos ceibos y algarrobos. Y no habrían salido de su asombro al ver por primera vez a los criollos que no eran ni blancos, ni tan oscuros como ellos. Por eso los llamaron los “ahumados”, como si a su piel la hubieran expuesto al humo.

Garay dio la orden de atracar. El ámbito se pobló de los alaridos de los paraguayos al saltar a tierra desde el bergantín y las canoas. Alaridos casi tan salvajes que habrían terminado de desorientar a los indios del lugar, porque eso tampoco era cosa de españoles.

Habían llegado a Cayastá, sobre la margen derecha de río de los Quiloazas, afluente del Paraná, en tierras de indios calchines y mocoretás.

La tierra estaba poblada por inmensos algarrobales y ceibales centenarios, y también espinillos, talas, chañares y algún ombú. En las islas de enfrente, los paraguayos reconocieron árboles muy familiares, a la mayoría de los cuales dieron los nombres guaraníes que ya conocían: ingás, virarós, timbós, ubajáis, curapís, que todavía crecen allí soberbios y gigantescos a pesar de la depredación despiadada de que fue objeto la flora isleña durante cuatro siglos.

La fauna nada tenía que envidiar a la paraguaya. Abundaban hasta lo increíble: pumas, ciervos, venados, monos de todas clases, carpinchos, nutrias, avestruces, mulitas, etc. Bandadas interminables de patos y bandurrias, que oscurecían el sol, se levantaban de las lagunas y bañados cuando sonaba un disparo.

La fauna ictícola era tan variada como la del Paraguay: surubís, dorados, mandubés, moncholos, amarillos, patís, bogas, pejerreyes. La abundancia llegaba a límites increíbles.

- Santa Fe empieza a vivir

Todo allí era apropiado. El lugar, muy alto, estaba libre de cualquier creciente, al punto de que en cuatrocientos años no hubo una sola inundación del Paraná que bañase siquiera el suelo. La tierra estaba formada, en su mayor parte, de arenas humíferas muy sueltas y extraordinariamente fértiles. Los pastizales eran maravillosos. Había madera y leña en cantidades asombrosas, pues todo era monte alto y tupido.

Pero Garay quería también comunicaciones seguras con el Interior del país, para que se cumpliera uno de los fines fundamentales de la nueva ciudad.

Después de alojada precariamente la gente, salió a recorrer los alrededores. Y a las pocas leguas -cuatro o cinco apenas-, se encontró con los bañados del Saladillo, un río que también corre paralelo al Quiloazas y al Paraná.

Durante las grandes lluvias, o cuando se producen los desbordamientos del Quiloazas con motivo de las crecientes del Paraná, el Saladillo suele alcanzar hasta veinte kilómetros de ancho, pues invade los campos bajos, que están al oeste de Cayastá. Cuando esto ocurría, el paso hacia el Interior del país se suspendía durante meses enteros, quedando totalmente interrumpidas las comunicaciones.

Garay habrá visto, sin duda, la dificultad, y salió en busca de otro lugar más al Sur. A ello se debió, sin duda, que no fundase la ciudad cuando llegó, en los primeros días de Junio de 1573.

El Acta de la Fundación data del 15 de Noviembre de ese mismo año, cuando estuvo de regreso, después de haberse encontrado con Cabrera en las proximidades de Coronda, que hubiera sido, tal vez, el lugar ideal para la instalación del puerto preciso.

La fundación oficial tuvo lugar un día Domingo y debió hacerse gran fiesta. Primero, el solemne oficio religioso. Después habrá sido la ceremonia de plantar el rollo, dar los tajos de práctica con la reluciente tizona, descabezando inocentes yuyos y, enseguida, la lectura del Acta con voz grave, engolada, con rotundo eco de historia.

Finalmente, la comilona sin mucha pompa tal vez y con muy escaso vino o sin él, pero abundante de carne. La muchachada criolla, más harapienta que cuando salió de Asunción, estaría a sus anchas. Iban a ser dueños de solares y casas hechas con la ayuda de los indios, y suertes de estancias.

Al día siguiente, Lunes, se empezaría a trabajar de firme y lo provisorio se fue haciendo definitivo. La ciudad empieza a cobrar vida. Se hacen corrales definitivos para la caballada, que es lo principal.

El espejo de las lagunas de las islas devuelve en eco los alaridos de triunfo de los muchachos, al caer los primeros algarrobos con los que harán fuertes horcones. Otros cortan madera para las cumbreras y las costaneras, o paja para techar y quinchar, o sacan latas de los talares para atar en ellas la paja con tientos cuando se techa.

Van desapareciendo los benditos y las improvisadas chozas de paja, para dar lugar a cómodos ranchos, frescos en verano y abrigados en invierno.

- La ciudad

El primer trazado comprende once manzanas frente al rio, por seis de fondo. Es probable que las viviendas se hubiesen reducido al principio a confortables ranchos de paja con maderamen de algarrobo y laurel negro, que abundaban en tierra firme y en las islas, respectivamente.

La vivienda con techo de paja a dos aguas no es invento criollo. Es la construcción típica rural del Sur de España. Tan herencia hispánica, como lo es el uso de la faja, la blusa chapona, el sombrero aludo con barbijo, el cuchillo en la cintura y la flor en la oreja y también la guitarra, la afición al caballo.

Después vendrían las inconmovibles construcciones de tapias, con paredes que a veces excedían el metro de anchura, que el viento, la lluvia y los animales no lograron destruir en siglos, como si fueran de piedra.

Las casas tenían generalmente dos o tres aposentos grandes, corridos, con galería a la calle y al patio. Todo con techo de paja, primero y, desde la época de Hernandarias, con tejas. Tal como se las veía hasta hace cuarenta o cincuenta años en el barrio Sur de la ciudad “nueva”, tal como se las ve actualmente en Santa Cruz de la Sierra o en Asunción.

Las tapias se construían mediante el sistema que hoy se llama encofrado, con que se hacen las estructuras de cemento armado. Dentro del encofrado se echaba el barro y, una vez seco, se retiraban los tablones que daban forma a la pared, es decir, a la tapia.

No se utilizaba simple tierra húmeda apisonada, como suele creerse, sino que debía, en primer término, ser negra, es decir humífera, como la que se usa ahora para fabricar el ladrillo común. Se prefería la del lecho de las lagunas secas, con la que aún hoy se hacen los pisos de los ranchos en todo el Litoral o se rellenan los patios. Se la pulverizaba y cernía y, finalmente, se la mezclaba con agua en grandes pisaderos, donde se la mantenía durante varios días hasta que se transformaba en barro compacto y uniforme.

El viejo historiador santafesino Clementino Paredes, ha descripto minuciosamente cómo se hacía el barro y construían las tapias.

Cada solar ocupaba por lo general un cuarto de manzana. Dentro estaban, además, los patios sombreados por amplias galerías, las parras y algún naranjo o glorietas de glicinas y madreselvas.También se hallaban los cuartos de las chinas de servicio y algún esclavo o indio de confianza, que ayudaban en los menesteres, tejían el algodon, desgranaban el maíz, hacían los orejones, cuidaban la huerta y servían para los mandados a las chacras y las estancias y el acarreo.

En el centro de la ciudad estaba la Plaza Mayor, con el rollo, donde se ejecutaba la Justicia y exponía al escarnio a ciertos delincuentes. A su alrededor e inmediaciones se levantaban el Cabildo, las iglesias y residencia de vecinos principales.

El plano de la vieja Santa Fe era el mismo que el actual, ya que fue copiado fielmente al hacerse el traslado. Toda la ciudad estaba dentro de un recinto fortificado, aunque muy precariamente, pues lo general se trataba de un foso y una empalizada.

En los alrededores estaban las chacras y enseguida las estancias.

- El trabajo de la tierra

Hay quien comienza a trabajar la tierra. Es necesario sembrar mandioca, que es el pan de los guaraníes y que se conserva meses bajo tierra para ser sacada y comida en cualquier momento. También maíz, sandías, zapallos, batatas, porotos.

Y todo se hace muy rápido, porque ya está muy entrada la Primavera. Y hay que pensar en el algodón, ese “mandiju” con el cual se visten y hacen pabilo para los candiles y mochas para los arcabuces.

Tampoco puede faltar el tabaco, cuyos almácigos comienzan a aparecer lujuriosos a la salida del siguiente Invierno. Del Paraguay no tardarán en llegar los sarmientos para los primeros viñedos y plantas chicas y semillas de naranjos y duraznos y también higueras y manzanos para trasplantar.

Santa Fe, como Santiago del Estero, como Concepción del Bermejo, como la mayoría de las ciudades que se fundaron en el Río de la Plata, son centros de trabajo agropecuario, forestal y artesanal.

Bajo este signo surge la histórica ciudad y nace la futura Argentina.

No hay allí oro ni plata. Ni grandes comunidades indígenas arraigadas al suelo en sus villas, a quienes someter y explotar. Ni siquiera es fácil hacer trabajar a los pocos indios que habitan la zona.

Tal es la abundancia de comida, agua y abrigo, que es difícil someterlos. Huyen cuando se les antoja, sabiendo que no dejan atrás nada que sea suyo y que tienen por delante esa tierra generosa donde todo es de ellos.

Santa Fe es una ciudad de gente trabajadora y sacrificada. Alli no hay grandes extensiones de campos abiertos como los que vieron los primeros conquistadores desde el Fuerte de Sancti Spiritu o Corpus Christi, que iban desde las barrancas del Paraná hasta las sierras de Córdoba.

Está rodeada de ríos y extensiones bajas que se inundan totalmente; cada cuatro o cinco años. Cuando el Paraná se desborda y la incontenible avalancha de sus aguas tapa totalmente las islas y arrastra al Quiloazas hacia el interior, se forma en esa región un mar de cincuenta kilómetros de ancho por unos cuatrocientos de largo, en el que apenas emergen en crecientes excepcionales las copas de los árboles muy altos y unos pocos picos.

Para sembrar hay que desmontar cada vara de tierra. Y el cuidado de las haciendas se hace extremadamente dificil, por lo enmarañado del monte y también por los arroyos, esteros y lagunas.

Pero en Santa Fe se trabaja con ahinco. Ya en tiempos de Hernandarias es una ciudad con grandes algodonales, plantaciones de todo orden y excelentes viñedos con cuya uva olorosa se fabrica buen vino. Hay enormes caballadas y miles de cabeza de ganado vacuno.

Muchos vecinos pasan a la otra banda del Paraná y fundan estancias en Entre Ríos. El cruce del Paraná lo hacen a nado las haciendas, aprovechado las bajantes, y los pasos más angostos. La toponimia ha conservado alguno de los nombres como “El paso de las yeguas”.

El Padre Lozano habla también de la actividad comercial que allí se despliega:

A mediados del siglo XVII aquella ciudad de Santa Fe -dice- era tal que parecía de un siglo su grandeza, porque como era la escala del comercio, situada en los confines de ambas Gobernaciones, era grande el consumo de los mercaderes, de los cuales no pocos fijaban allí su morada”.

Se vive modestamente, eso sí. Pero bien. No se ve la opulencia insolente y la diferencia de clases sociales de las ciudades que nacieron al calor de las minas de plata, pero sí con holgura.

Sin embargo se debe pelear duro contra los indios que no tardan en hacerse estupendos jinetes. También la toponimia recuerda sus invasiones por el Noroeste, cuando venían del Chaco: “Paso de los Indios”.

La lucha adquiere a veces caracteres de tal violencia que los santafesinos tienen que asistir a la Misa con el caballo de la rienda, bien armados, y el que tiene armadura, con ella puesta, aunque el sol le saque ampollas en el lomo.

Y con el oído puesto, un rato en los latinajos indescriptibles del fraile que oficia la Misa, y el otro en los alertas de los centinelas o en los gritos de los chajás y de los teros que anuncian la presencia de gente extraña.

Esa fue la vida heroica que conoció la ciudad fundada por Garay.

- La Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires

El primer objetivo de Juan de Garay, por indicación de Juan de Torres de Vera y Aragón, fue la nueva fundación del Puerto de Buenos Aires, a cuyo fin levantó en Asunción bandera de alistamiento(2).

(2) María Sáenz Quesada. “Los difíciles comienzos”. Extraído de la colección “500 Años de Historia Argentina”, dirigida por Félix Luna.

A ella se sumaron 64 voluntarios, de los que 50 eran mestizos, y con los cuales, en 1580, y con población netamente asunceña, quedó definitivamente establecida la ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires, que estaba destinada a arrebatar a Asunción la dirección política, militar y económica de la Gobernación.

Perú, en un principio, había visto con buenos ojos este proyecto, toda vez que podía significar la puerta de acceso a una ruta comercial más rentable que la que descendía, por el Pacífico, desde Panamá hasta Lima.

Juan de Matienzo, oidor de la Audiencia de Charcas, defendió la idea de convertir a Santa Fe en un punto estratégico, a partir del cual las mercancías llegadas al Río de la Plata podrían desviarse por tierra hacia Perú.

Asimismo, los comerciantes de Paraguay veían en Potosí un mercado muy a propósito para sus productos agrícolas y ganaderos, dada la elevada densidad de aquella población minera y la escasez de recursos agrícolas que sufría.

En efecto, poco después de la fundación de Buenos Aires, se establecería una ruta terrestre para unir Santa Fe con Potosí y Lima, vía Córdoba, Tucumán y Salta.

- La ciudad de Garay

Se dá por seguro que en Enero de 1580 pregonó en Asunción la repoblación de Buenos Aires y que ofreció a sus compañeros de empresa los beneficios de los potros cimarrones, de tierras de cultivo y de indios de encomienda, promesa ésta última que resultó de difícil cumplimiento.

En efecto, Levillier ha enfatizado el gran obstáculo que representó en el Plata la existencia de tribus bárbaras que mataron y, en ciertos casos, devoraron, uno tras otro, a los exploradores y colonizadores, desde Solís al propio Garay. El éxito de la conquista española en América dependió en gran medida de la presencia de Imperios indígenas organizados.

Pedro de Mendoza, sin ese respaldo previo, debía fracasar inevitablemente. Juan de Garay, en cambio, bajaba de Asunción como último eslabón de una sólida cadena de fundaciones que habían consolidado el dominio de la tierra.

Talavera en Esteco, San Miguel en Tucumán, Santiago del Estero en los Juris, Córdoba en los Comechingones, Santa Fe en el Paraná, necesitaban comunicarse directamente con el Atlántico.

El Mar del Sur (Pacífico) y el Mar del Norte (Atlántico) debían tomar contacto a través de un camino menos riesgoso y difícil que el Estrecho de Magallanes.

Buenos Aires, lejos de ser la madre de las demás provincias, fue la natural salida proyectada para la extensa Gobernación consumidora y productiva preexistente en su vecindad”, escribe Levillier, en “Conquista y Organización del Tucumán”.

Todo estaba preparado para facilitar la empresa de Garay. Era el momento histórico preciso. La expedición fundadora partió en Marzo de 1580. Una parte marchó por tierra llevando gran arreo de hacienda. La mayoría utilizó la vía fluvial. Viajó a bordo de la carabela “San Cristóbal de la Buenaventura”, de los bergantines “Santo Tomás” y “Todos los Santos” y de cuarenta balsas.

Indios amigos acompañaron a los colonos que, después de pasar por Santa Fe llegaron, el 29 de Mayo, al paraje donde había estado Buenos Aires. Ese, y no San Gabriel, o algún otro punto de la costa del río, fue el lugar designado por Garay para abrir la última “puerta de la tierra”.

La Ciudad de la Trinidad fue fundada el 11 de Junio, en la actual “Plaza de Mayo”, unas cuadras más al norte del sitio ocupado por la aldea de Mendoza, sobre la barranca del Riachuelo.

Ese mismo día los alcaldes y regidores del flamante Cabildo juraron sus cargos, y Garay realizó el antiguo rito de desenvainar la espada, cortar unas hierbas en el aire y preguntar con temible voz si alguien se oponía a la fundación.

Luego se iniciaron las tareas propias del asentamiento que concluirían sólo dos años más tarde con el reparto de los pocos indígenas encomendados. La superficie de la ciudad se dividió en 250 manzanas, destinadas a solares urbanos y chacras, que se distribuyeron equitativamente entre el capitán, las Ordenes religiosas, los soldados y los pobladores.

Una carabela fue enviada a España en busca de más habitantes. En Octubre, la Trinidad ya contaba con su Santo Patrono, San Martín de Tours, apóstol de las Galias, y con Escudo propio.

La futura metrópolis porteña nació del esfuerzo mancomunado de criollos y peninsulares, cuyo impulso vino de dentro hacia afuera, en el afán de “abrir puertas a la tierra”.

En sus primeros años necesitó de la ayuda de otras poblaciones más antiguas, Santa Fe y Asunción, que contribuyeron con hombres y materiales a aliviar las penurias del vecindario.

Salvados los inconvenientes de esa etapa y a pesar de las prohibiciones de comerciar impuestas por la hegemonía limeña, la ciudad de Garay, poblada por gente trabajadora y auxiliada por su excelente ubicación geográfica, creció en forma sostenida, dejando atrás a los demás centros urbanos del Río de la Plata.

- Esos primeros porteños

Sesenta y cuatro personas se engancharon para poblar Buenos Aires cuando en Enero de 1580 Garay hizo pregonar la fundación de la ciudad. Sesenta y tres varones y una sola mujer, Ana Díaz, la labradora que inspiró una bella página de Manuel Mujica Láinez.

El conjunto de pobladores que bajaron el río, atraídos por las promesas del pregón, parecía un muestrario de las diversas corrientes colonizadoras del Plata y de las mezclas de sangre ocurridas. No pasaban de diez los peninsulares: Garay, Rodrigo Ortiz de Zárate, Gonzalo Martel de Guzmán, Alonso de Escobar y unos pocos más.

La mayoría eran criollos, nacidos en la tierra, como Pedro Quirós, hijo de un compañero de Alvar Núñez, Luis Gaytán, descendiente de un expedicionario de Mendoza, o Pedro Carbajal, vástago de un tal Juan Bernal, venido con Mencia Calderón de Sanabria.

Figuraba también un hijo de Domingo de Irala; el portugués Antonio Tomas, maestro naval que había participado de la aventura del primer Adelantado; un ítalo asunceño, Lázaro Gribeo, hijo del italiano Leonardo Gribeo, que arribó con Mendoza y fue precursor, a su modo, del italianismo en el Río de la Plata; Alonso de Vera “el Tupí”, hombre de confianza del fundador, y futuro fundador de Corrientes, era un mestizo cuzqueño de subida tez y de buen linaje por parte paterna.

Fue precisamente este Alonso “el Tupí” quien recibió encargo de viajar a España con el objetivo de traer nuevos pobladores. Lo hizo el 18 de Junio, en compañía de fray Juan de Rivadeneyra, cuya misión consistía en buscar sacerdotes para compensar la escasez de clero en las nuevas fundaciones. Ya en la Península, Vera trabajó intensamente.

Enganchó pobladores de acuerdo a las nuevas tendencias auspiciadas por la Corona: la contratación privada se prefería al enganche pregonado con pífano y tambor, que deparaba el riesgo de contratar aventureros y no personas casadas y laboriosas, necesarias en esta etapa de la colonización (la rebelión de los mancebos, ocurrida en Santa Fe, en Junio de 1580 justificaba tales exigencias).

Morón de la Frontera, Valdemoros, Antequera. Arjoñilla, Lucena, Sevilla y otros pueblos y ciudades andaluzas proporcionaron el segundo contingente de protoporteños. Treinta varones, muchos de ellos acompañados por sus mujeres o hijos, se embarcaron en Mayo de 582 en la nave fletada por “el Tupí”. Viajaron también doce frailes reclutados por Rivadeneyra.

Luego de las innumerables peripecias de esos trayectos marítimos, plagados de arribadas forzosas, de tormentas y de piratas, los andaluces de Alonso de Vera llegaron a Buenos Aires.

De inmediato se incorporaron a la vida de la misérrima aldea, casi con igual jerarquía que los primeros pobladores. Fueron gente de trabajo al estilo de Cristóbal de Naharro, dueño del primer molino harinero que funcionó en la ciudad y hacendado en el pago de La Matanza o como Juan Domínguez Palermo, siciliano, que se casó con la hija de un conquistador y cultivó su viña en el sitio que hoy forma el más espléndido paseo de Buenos Aires.

- La más pobre ciudad

Los pobladores de la nueva ciudad habían sido en España hidalgos pobres, labradores o marineros. Su condición no mejoraría mucho con el traslado. En cuanto a la de los asunceños posiblemente empeoró: en la ciudad de Irala había gran cantidad de indios mansos que realizaban las tareas más rudas y compensaban a su modo las desventajas del aislamiento geográfico.

En 1587 escribía el Teniente de Gobernador Rodrigo Ortiz de Zárate al rey:

Es de serio esta tierra, la más necesitada de todas las de las Indias”. La afirmación era rigurosamente cierta. Las Actas del Cabildo, las pocas de esos primeros años que no se extraviaron, dan testimonio de una sociedad aldeana, preocupada por asuntos tan rutinarios como vitales: el trastorno causado por tal o cual vecino que cercaba con tapias la vía pública y obligaba a los demás a dar largos rodeos para aprovisionarse de agua; el gorgojo que devoraba el trigo; las agresiones del fraile Francisco Romano, origen de interminables discusiones en el Cabildo; las obras de la modesta iglesia, para las que colaboraron los 50 soldados del Fuerte, resultó “un templo razonable, aunque no tiene sino tapias y madera que de lo demás y necesario carece totalmente”.

Los Memoriales sobre las penurias de los protoporteños se acumularon ante el Consejo de Indias en la década de 1590. Todos repetían un panorama similar de pobreza y privaciones. “No hay cuatro hijos de vecinos que traigan zapatos y medias ninguno y cual camisa”, se afirmaba.

Por faltarles el servicio natural de sus indios, ellos propios, por sus manos, hacen sus sementeras y labores con mucho trabajo, andando vestidos de sayas y otras ropas miserables por no poder alcanzar otra cosa de que vestirse que es gran compasión”, observa el prior de los mercedarios.

Su necesidad es “en tanto extremo, que la agua que gastan en sus casas la traen cargada sus mujeres e hijos y ellas propias lavan la ropa de sus maridos y van a lavarla al dicho río”.

La falta de contactos comerciales determina que

en esta ciudad no hay vino para poder decir Misa, ni cera, ni aceite para alumbrar el Santísimo Sacramento, ni tafetán, ni otra seda, ni holanda, ni otro lienzo para poder hacer lo necesario para el servicio de los altares y ornato del culto divino, ni hierro y acero para el servicio de las piezas de artillería que hay en este puerto, ni hierro para las rejas de los arados, y hoces para segar los trigos...”.

La lista de las cosas que faltan resulta interminable. Sin ellas se carecía de los instrumentos básicos para la subsistencia de la civilización europea. No se podía celebrar el culto, defenderse y atacar, sembrar y cosechar.

Todo justificaba el anhelo de los pobladores de recibir autorización para comerciar con Brasil y Guinea, donde se conseguían los artículos indispensables. Desde el primer momento se planteaba el problema de la competencia de Buenos Aires con los centros urbanos de las regiones mineras. Sobre todo con Lima, que comercializaba la plata del Potosí.

¿Con qué soñaban esos primeros porteños? Tal vez temían y al mismo tiempo ansiaban que aparecieran piratas para romper la monotonía de sus vidas.

Apenas cuatro años después de fundada la ciudad, el corsario Juan Drake, sobrino del célebre Francis, se perdió en el río, estuvo prisionero de los charrúas, escapó a Buenos Aires y fue remitido por las autoridades locales a Santa Fe y, de allí, a Lima, a purgar su herejía en la cárcel de la Inquisición.

Posiblemente, mientras acarreaban agua combatían a los indígenas y cultivaban sus chacras, los porteños de hace cuatro siglos conservaban la ilusión de encontrar el Imperio del Rey Blanco.

No en vano hasta el prudente y realista Juan de Garay, apenas concretada la fundación, marchó al Sur en busca del mítico Imperio. No lo halló, pero pernoctó en la barranca de Los Lobos e inauguró, sin saberlo, lo que en la actualidad es el periplo obligado de todo porteño: Mar del Plata.

En Julio de 1583, mientras pernoctaba en viaje hacia Santa Fe, fue atacado por indios y muerto. Trece años después, su esposa Isabel de Becerra, continuaba saldando las deudas contraídas para concretar sus expediciones.

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