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Las siete “lenguas de tierra”

- Las siete corrientes

Desde los primeros tiempos, al navegar por los ríos Paraguay y Paraná, los europeos distinguieron en el paisaje un lugar al que denominaron “las siete corrientes”, situado a corta distancia de la unión de los ríos Paraná y Paraguay.

Sitio delicioso”, según fray Juan de Rivadeneyra, custodio del Tucumán, en cuya cercanía, al interior, existían caseríos de indios agricultores, inofensivos y amigos, que el historiador Manuel Florencio Mantilla presume podrían ser los “curúmias”(1) de Ulrico Schmidl.

(1) “Sospecho que este nombre no fue bien tomado por Schmidl porque su significado es depresivo y el cronista no cuenta que haya visto en los indios las particularidades que motivasen la denominación; pero no acierto con el que fuera verdadero”. Curú, sarna, tolondrón; myá, bubas. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires. // Actualmente en guaraní se escribe: kuru (s), sarna, lepra, llaga, grano, eczema, viruela; no se pudo definir mya.

Allá por 1537, Juan de Ayolas permaneció tres días en el caserío de los curúmias, situado en la banda norte de un río, cuyo nombre no se dá, pero que Mantilla señala como probablemente fue el Pindoy(2), llamado hoy Riachuelo y, antiguamente, De las Palmas.

(2) Pindó, palmera; y, río; río de las palmeras. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires. // Actualmente en guaraní se escribe: Pindo (s) variedad de palmera (sin tilde, ya que no se acentúan gráficamente las palabras que tienen su acento tónico sobre la vocal final); y, río.

Allí encontramos -dice el cronista alemán Schmidl, soldado de aquella expedición- muchísima gente (que se llaman) “Kueremagbeis”, que no tienen más de comer que pescado y carne y pan de San Juan ó cuerno de cabra (algarrobo), de lo que hacen vino; esta gente, nos trató muy bien y nos proporcionó cuánto nos faltaba.
Son altos y corpulentos, así hombres como mujeres. Estos hombres se horadan las narices, y en la aberturita meten una pluma de papagayo; las mujeres se pintan la parte inferior de la cara con unas rayas largas de azul, que les duran por toda la vida, y se tapan las vergüenzas con un pañito de algodón desde el ombligo hasta las rodillas”.

Esta misma gente, a la que se refiere Schmidl, quizás sea la misma que -43 años después- Rivadeneyra encontrará en cercanías del paraje “siete corrientes”.

Ahora, el nombre “siete corrientes” fue dado “porque el terreno hacía siete puntas de piedra, que salían al río, en las cuales la corriente del Paraná era más fuerte”.

Las “siete corrientes” se brindaba también para asiento de una población. Precisamente, quien primero puso allí su pensamiento fue fray Rivadeneyra. Este religioso, observador de juicio práctico, insinuó al gobernante de la época el proyecto de establecer una ciudad en “las siete corrientes” y cuando regresó a España presentó la misma idea al rey -en Memorial de 1581- sobre el estado y las condiciones de las provincias del Río de la Plata.

Hay aparejo para poblar otras dos ciudades -decía-; la una, junto a ‘las siete corrientes’, en el río que llaman ‘de las Palmas’, que tiene mucha cantidad de gente, que podrá dar de comer a cien españoles; la otra, entre éste y Santa Fe(3).

(3) Las ventajas del lugar eran notorias. Una ciudad allí auguraba los siguientes resultados: dominar la navegación superior de los grandes ríos y el tránsito de cuánto moviese en hombres y productos la raza vencedora, dueña del Paraguay; tener un puerto de escala cómodo y seguro para el tráfico fluvial entre Asunción, Santa Fe y Buenos Aires; disponer de un nuevo centro de operaciones para la conquista de ambas márgenes del Paraná, fácil de ser protegido. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Crónica Histórica de la provincia de Corrientes” (1928-1929), Notas biográficas de Angel Acuña, Buenos Aires.

El Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, hombre de preparación para su tiempo, se dará cuenta exacta del proyecto del custodio de Tucumán y la realizará siete años después de sugerido.

- El paraje y su paisaje

En el tramo en que el río, que subían los españoles con una dirección Sur-Norte, toma casi violentamente la de Oeste-Este, afloran piedras toscas, morado-oscuras sobre el arenal dorado que limita el río, piedras que se enciman, como si se multiplicaran, en puntas barrancosas, mayores y menores(4).

(4) Citado por Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz del Milagro” (1973), prólogo de César P. Zoni, Corrientes. Ed. por el Banco de la Provincia de Corrientes.

Las mayores formaban, y todavía semejan, grandes espigones, que durante cuatro siglos largos sufrieron el roce continuo de las aguas produciendo en su seno tantas corrientes oblicuas al eje del río. Naturalmente, el panorama fluvial de 1588 no es el de la actualidad.

Además del desgaste natural de las puntas por la acción de las aguas, el hombre utilizó sus piedras para el cimiento de diversas construcciones y, en casos excepcionales, enormes crecidas del río produjeron cambios memorables.

A su regreso a España, Sebastián Caboto informó de la existencia de esas siete puntas al Rey en el paraje que él identificó como de las “siete corrientes”.

Ahora: ¿Cuál fue el sitio elegido por el conquistador para fundar la nueva ciudad en ese extenso paraje denominado “siete corrientes”?

Cuando el 3 de Abril de 1588 el Adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón fundó la Ciudad de Vera, en el Acta de Fundación firmó: “fundo y asiento y pueblo ... en el sitio que llaman de las siete corrientes”.

El paraje era muy grande, amplio, y la zona más atractiva comprendía una extensión de costa alta, de barrancas, de piedra, de arenisca morada, típica de la región, situada sobre la margen izquierda del río que hacia el Nordeste y el Sudoeste terminan en zonas bajas, de bañados -uno de estos situado al sur de donde está hoy emplazado el Puente interprovincial “General Manuel Belgrano”-, y la boca del río Paraguay.

Estos bañados contribuyeron a destacar, en el horizonte local, la plataforma elevada a que se hace referencia, sitio en que, además, los vientos suaves del Norte y del Este baten con el frescor natural que recogen en el amplio cauce de los ríos. Se puede decir que el sitio elegido por los conquistadores estaba como en un balcón.

Ahora, ¿dónde desembarcaron?  Como las corrientes, en el río, oblicuas al eje de su cauce, eran producidas por grandes puntas de piedra arenisca, y como la navegación dificultosa era la de aguas arriba, el punto geográfico más útil de ese balcón al río para los navegantes era aquél en que ellas se iniciaban para el tráfico de aguas arriba. En otras palabras, la última punta, hacia el Sur del lugar.

Es que transitando el río hacia el Sur, el orden de las puntas era el siguiente:

1.- La Punta Aldana: que se encuentra sobre el Alto Paraná y recuerda el apellido español de algún vecino que pobló el lugar;

2.- La Punta Jatigta(5): en guaraní, “caracol de tierra”. Proviene de un árbol frutal de ese nombre, abundante en el lugar;

(5) Las denominaciones están escritas en guaraní, obedeciendo la gramática actualmente en uso. Castellanizadas serían: Yatictá, Arazá, Ñaró, Tacurú, Tacuara y Arazatí.

3.- La Punta Arasa, de la Batería o Mitre: arasa es el nombre guaraní del guayabo, entonces, “Punta Guayabo” derivó también del nombre de esa planta frutal que abundaba en las inmediaciones; Batería, porque el gobernador Pedro Ferré hizo instalar allí, en 1825, una defensa de pequeños cañones denominada “Batería de San Pedro”, y el pueblo comenzó a llamarla “Punta de la Batería”; y Mitre, porque después de la Guerra de la Triple Alianza comenzó a ser llamada así,  ubicándose el paseo de ese nombre en el lugar;

4.- La Punta Ñarõ o San Sebastián: ñarõ, en guaraní, significa bravo, nombre relacionado con una lavandera, llamada Isabel Durán, a quien sepultó una enorme piedra desprendida de la barranca del antiguo solar jesuítico -después, Colegio Nacional-, con cuyo nombre algunos denominaron, a raíz de la tragedia, la punta tradicionalmente conocida como Ñarõ; San Sebastián, porque allí los españoles de la fundación levantaron una ermita para el culto de este Santo y que subsistió hasta 1690;

5.- Punta Takuru o Vidal: a su pie desemboca el arroyo Takuru, hoy entubado. Takuru es un montículo de tierra formado por las termes (termitero), no por hormigas, como generalmente se cree; esta punta también fue conocida como Punta Ysyry, por ser un punto de la costa que servía de base a la desembocadura del arroyo Ysyry -también llamado Salamanca en el siglo XIX- convertido hoy en desagüe pluvial entubado de la ciudad;

6.- Punta Takuara: tomó su nombre de la caña takuara, abundante en la zona; y

7.- Punta Arasaty, en guaraní, “montón o abundancia de guayabos”, árbol frutal que cubría la zona lugar donde, finalmente, se produciría el primer desembarco de los conquistadores para fundar la ciudad.

Era una ensenada que se formaba en esta parte del litoral. Dentro de la ensenada desembocaba un arroyo, que también llevaba su nombre, y cuyo cauce disminuía como resultado de la sedimentación a través del tiempo.

Además, el Arasaty, como punta rocosa, sólida, saliente, guiaba, orientaba en el tráfico aguas arriba, mientras que la desembocadura y pequeña ría del arroyo formaban protección a las pequeñas embarcaciones y balsas que debieron usarse.

Era un lugar admirable, porque además de los silvestre frutales, era un paraje de abundante caza.

- Otras consideraciones sobre la zona

Durante la exploración del río Paraná por Sebastián Caboto debió de ser individualizado el paraje Siete Corrientes, donde en 1588 se fundó la ciudad de su nombre(6).

(6) Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), capítulo Quinto: “El Paraje Siete Corrientes”, Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Debió de ser así porque es el lugar en que el río -que subían los españoles con una dirección Sur-Norte- toma casi violentamente la de Oeste-Este y porque en ese tramo afloran piedras toscas, morado-oscuras, sobre el arenal dorado que limita el río, piedras que se enciman, como si se multiplicaran, en puntas barrancosas, mayores y menores.

Las mayores formaban y todavía semejan, grandes espigones, que durante largos siglos sufrieron el roce continuo de las aguas, produciendo en su seno otras tantas corrientes oblicuas al eje del río.

Naturalmente, el panorama fluvial de 1588 no es el actual. Además del desgaste normal de las puntas por la acción de las aguas, el hombre utilizó sus piedras para el cimiento de diversas construcciones y, en casos excepcionales, enormes crecidas del río produjeron cambios memorables.

La tradición, por ejemplo, cuenta cómo la Isla de Meza, que tiene una base de piedra, estaba antes unida a la tierra firme, de la que fue separada, abriéndose el riacho que la convirtiera en isla, por la avenida excepcional del Paraná, del año 1917.

La notabilización del paraje Siete Corrientes, para quienes navegan el Paraná, tiene otra circunstancia: aguas arriba, zona de Itatí y, aguas abajo, barrancas del Empedrado, donde terminan, y con la excepción del paraje Siete Corrientes la costa correntina ofrece -además de la arena- formaciones de una piedra blanca, calcárea, que la intemperie y el tiempo endurecen.

Sólo en este paraje, que en realidad se inicia en Paso de la Patria, existe la piedra morada oscura a que hemos referido. Trátase de un contraste que, junto con la acción de las siete grandes puntas y las corrientes oblicuas al eje del río dieron carácter al lugar.

Según el folclorista Enrique Roibón -hombre erudito en las tradiciones de la zona, fallecido en la segunda década del siglo XX- las siete puntas que caracterizaban el paraje, denominábanse, a contar de aguas arriba: Aldana, Jatyta, Batería o Mitre, San Sebastián, Takuru o Vidal, Takuara y Arasaty.

Una mirada al plano del Departamento Capital muestra el enorme arco de círculo formado por estas puntas: es un paraje, una zona y nunca un lugar o un punto geográfico. A la propia ciudad de nuestros días le llevó desarrollarse por más de cuatro siglos, para lograr abarcar las dos puntas primeramente enunciadas.

Todo ese paraje debía ser explorado, elegido un punto favorable para la erección de la ciudad y, previamente, dominárselo estratégicamente, haciendo pie en la costa y resguardando los elementos de transporte fluvial.

- La extensión del paraje

Para sostener, con base objetiva, que toda esta tarea no era necesaria, se buscó achicar el paraje Siete Corrientes.

En el debate histórico de 1888, el ilustrado doctor Manuel Florencio Mantilla dice que las siete puntas se denominaban Ysyry, Isabel Durán, San Sebastián, Villegas, Casillita, Rozada y Batería, cuya posición es la de reducir el arco de círculo, achicar el paraje ante Corrientes, dándole una extensión de apenas un quinto de la real, lo que puede advertirse consultando un plano de la Ciudad de Corrientes en que se señalan siete puntas, de las que sólo dos, San Sebastián y Batería, forman corrientes en el río.

Las otras cinco son pequeños promontorios:

* el denominado Ysyry -que el común de la gente llama Takuru y debió de integrar la famosa Punta Takuara- es un punto de la costa que servía de base a la desembocadura del arroyo Ysyry -también llamado Salamanca en el siglo XIX- convertido hoy en desagüe pluvial entubado de la ciudad;

* Isabel Durán, es el nombre de una lavandera, a quien sepultó una enorme piedra desprendida de la barranca del antiguo solar jesuítico -después, Colegio Nacional- con cuyo nombre algunos denominaron, a raíz de la tragedia, la modesta punta tradicionalmente conocida como Ñarõ;

* Villegas, es el promontorio que limitaba al Este el murallón del Puerto, base del muelle de pasajeros;

* Casillita, el que le seguía, cuya base era amarradero de canoeros isleños, denominada así por una construcción de madera, para quienes revisaban a los pasajeros; y

* Rozada, la pequeña punta sudoeste del arroyo Arasa o Batería.

Ninguna de estas puntas, ajenas a la corriente central del río, formaban ni forman corrientes que dificulten la navegación. No expresamos que el doctor Mantilla hubiese tergiversado voluntariamente la verdad, sólo que no advirtió que de las siete puntas a que alude sólo dos son las que modifican el eje del río y, las demás, simples irregularidades de una costa accidentada y difícil.

Aclarada la extensión del paraje Siete Corrientes cuando se lo contempla desde el cauce del Paraná, quedaba establecer la naturaleza de sus tierras y recursos espontáneos, a los que ningún cronista alude antes de 1588.

Es por esto que, en 1581, un inteligente franciscano indicó el paraje como lugar propicio para la erección de una ciudad; pero tal afirmación no contiene más correspondencia que las observaciones que hizo desde el río.

El interior de Siete Corrientes recién fue explorado por Alonso de Vera y Aragón. El casco urbano de Corrientes ocupa la zona alta colindante con el río, allí mismo, donde se produce el cambio de dirección del cruce.

Al norte y al sur tiene dos zonas de bañados y, hacia el Este, sin perjuicio de algunas depresiones, el terminal de dos lomas de tierras flojas, de agricultura, que vienen abriéndose en abanico del Nordeste, separadas por cañadas y lagunas.

Como una trinchera actúa, al sur, el Río de las Palmas -hoy, Riachuelo- con sus afluentes caudalosos que, en el siglo XVI, separaba al paraje Siete Corrientes de las tierras de los nómades.

Las dos lomas arenosas que hacen vértice en el solar urbano no llegan lateralmente al río. Los guaraníes que las habitaban estaban ajenos a los canales y riachos del Paraná, habitados por gente de otras naciones, nómades, pescadores y cazadores.

El punto de Arasaty fue estratégicamente elegido como lugar que facilitaba la penetración al paraje habitado en las lomas por los guaraníes, sin ofender a los grupos nómades que, por el momento, no interesaban.

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