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Concepción del Bermejo. Motivos de su establecimiento

Los hombres de España habían concluido, al finalizar el adelantazgo de Juan Ortiz de Zárate, el programa político-militar que los reyes fijaron a Pedro de Mendoza: además de la ocupación de la boca del Río de la Plata, construir una ciudad reducto sobre el eje Norte-Sur del gran río que Caboto explorara, que sirviese de muro a la expansión portuguesa hacia el Oeste de la Línea de Tordesillas, en demanda de las ricas minas de metal precioso del fantástico Potosí(1).

(1) Hernán Félix Gómez. “La Fundación de Corrientes y la Cruz de los Milagros” (1973), Capítulo Cuarto: “Fundación de Concepción de la Buena Esperanza del Bermejo. Motivos de su Establecimiento”, Corrientes. Edición del Banco de la Provincia de Corrientes.

Asunción del Paraguay fue la ciudad reducto de aquella política y la fusión de las razas de vencedores y vencidos, en base a la unión de los conquistadores con las mujeres de la clase gobernante -caciques y capitanejos-, del único pueblo civilizado de la zona, el guaraní, la fórmula que conservó a los primeros el poder y acreció el número de sus varones esforzados.

Desde Asunción, como si la tea formada por el eje fluvial Paraná-Paraguay hubiese iluminado en energía al período larval de las exploraciones y campañas, en busca de metal y de brazos laboriosos, siguió el de los establecimientos definitivos: hacia el Oeste, Concepción de la Sierra fue un enlace firme con el Perú; y hacia el Este, fundaciones varias, como Ciudad Real y Villa Rica del Espíritu Santo, aseguraron el dominio del Guairá, de sus masas agricultoras aborígenes, y de los caminos al océano por San Francisco en el Mbiaza y Santa Catalina.

El contrato de adelantazgo de Ortiz de Zárate con el rey, innovó en la política de la Cuenca del Plata: era necesario hacer colonización y buscar, a todos los intereses y actividades que se habían desarrollado, una puerta al Atlántico que evitara la ruta del Pacífico y el trasbordo en el istmo de Panamá.

El propio virrey del Perú, como los oidores de la Audiencia Real de la Plata (Chuquisaca), están en la inversión del plan de la conquista, y es así que las palabras abrir puertas a la tierra corren como una consigna. Cuando Garay, desde Asunción, llega a Santa Fe y al estuario, se encuentra con soldados de los conquistadores del Tucumán; es algo así como una carrera por cumplir el programa proclamado, con choques, alegatos y exigencias de jurisdicción.

En el fondo de este empeño de los hombres del Paraguay y del Tucumán, por llegar al Río de la Plata, están tres circunstancias: la una, es la terminación de la conquista; ahora se coloniza, se trabaja, y un comercio de cosas imprescindibles exige caminos fáciles y breves; la otra, es el recrudecimiento de las actividades de corsarios y filibusteros en el mar Caribe, donde cientos de islas favorecen sus actividades, que pueden eludirse por la ruta del Atlántico y la navegación costera del Africa hasta España.

La tercera circunstancia, son las actividades de Portugal, que sobrepasan la Línea de Tordesillas, que usurpa la tierra, y cuyos hijos en el Brasil, mamelucos y bandeirantes, cazan esclavos en las tribus guaraníes. El Guairá ya no lleva al mar, por San Francisco; un muro de hombres ávidos de trabajadores para las façendas y las minas, cortan los caminos y se apoderan de la propiedad privada. El drama no ha llegado a la crisis que obligó a la migración en masa de las Reducciones, al Sur del Yguasu, pero ya es evidente a los que conducen la colonización.

Durante el adelantazgo de Ortiz de Zárate, por obra de sus lugartenientes y de los que representaron al sucesor Juan Torres de Vera y Aragón, la tierra logró la puerta en el mar. Fue Garay el conductor de los jóvenes guerreros asuncenos, y Santa Fe y Buenos Aires surgieron como afirmaciones de una voluntad admirable. En el Tucumán, una red de ciudades estratégicas, desde la Quebrada de Humahuaca al Sur, hasta Córdoba, sirvieron de enlace a la misma puerta atlántica con los reinos del Perú.

En las dos últimas décadas del siglo XVI -adelantazgo de Juan Torres de Vera-, la expansión colonizadora sólo era posible en dos sentidos: en tierras que, razones de orden diversa habían conservado sin ocupación permanente, pero que expediciones responsables habían demostrado eran ricas y de fácil utilización. Referimos a la zona cuyo centro es la unión de los ríos Paraná, Paraguay y Alto Paraná, con abundante población autóctona, distribuida curiosamente, en algo así como un mosaico de tribus nómades y sedentarias.

El occidente de este nudo de ríos, siguiendo el cauce del Bermejo -en otras palabras, las tierras del Gran Chaco-, fue el escenario de las primeras actividades. Alonso de Vera y Aragón -el Cara de Perro, por su fealdad-, fue el comisionado de la empresa, y su fruto, la fundación de Concepción de la Buena Esperanza del Bermejo, establecida en 1585, bajo la advocación de la Virgen del Carmen.

Iniciada con fortuna, la nueva ciudad se convirtió en el centro de la vida de relación de la Cuenca del Plata; sus correos venían y circulaban de Santa Fe, Santiago del Estero, Esteco, Asunción del Paraguay, hacia las ciudades del Alto Perú, y la Audiencia de Charcas controlaba el mecanismo administrativo, a través de sus caminos; en su seno, el oidor Alfaro dio las celebradas Ordenanzas sobre encomiendas de indios.

En 1631, todo este maravilloso esfuerzo vino a tierra; la ciudad, atacada por los indígenas coaligados, fue abandonada y destruida, cerrándose el Chaco a la penetración del blanco.

Poco se ha escrito sobre las características de este drama y la desocupación efectiva del Chaco hasta 1884, con exclusión de su litoral, siempre utilizado por los hombres de Corrientes. Y lo que se ha escrito es tan difuso, que la interrogación obsesiona.

Pero cuando el drama de los hombres es vinculado al proceso geológico, la luz se hace en la perspectiva de los siglos. Desde Mar Chiquita, en la frontera Oeste de Santa Fe, al estero Patiño del río Pilcomayo, existe una quebradura de la corteza terrestre que, al unirse de nuevo, produjo el levantamiento del borde oriental. Este desnivel actuó de dique para las aguas que venían del Oeste, de las últimas estribaciones de las cordilleras andinas, en los deshielos, cuyos cauces secos se han descubierto en nuestros días en medio de enormes bosques.

Tierras fértiles, con agua abundante, sirvieron de residencia a pueblos autóctonos agricultores, y tal era el panorama cuando Concepción fue fundada en 1585.

Entre esa quebradura de la corteza y la recta fluvial formada por los ríos Paraná y Paraguay, el terreno en declive, sin agua, era habitado por tribus nómades, guerreras y crueles, en expediciones de caza. Las aguas pluviales produjeron pequeños arroyos, que los ríos de la base (Paraná y Paraguay), convertían en sus crecientes anuales en emisarios de las suyas.

Hubo, pues, un drenaje continuo, hasta que esos arroyos, convertidos en cauces hondos, llegaron hasta el desnivel producido por la quebradura de la corteza. Y cuando ese desnivel también fue drenado por los emisarios de los ríos de la base, las aguas endicadas se volcaron en los cauces abiertos.

Por eso, casi todos los ríos del Chaco ofrecen la particularidad de que sus cauces se suelten, y por eso el Pilcomayo, a contar del estero Patiño, tiene tres y más cauces que se disputan el volumen de sus aguas: Pilcomayo, Confuso, Verde, etcétera.

Aquella zona, al Oeste del gran desnivel anotado, es denominada, en las actuaciones de la Colonia, Valle Calchaquí y Tierra de los Mares, nombres de por sí sugerentes, y sus características geológicas desaparecieron en los tres siglos y medio transcurridos entre 1585 y nuestros días, por obra de los afluentes -emisarios del Paraná y Paraguay-.

Sólo en el Pilcomayo, el proceso no ofrece su punto final, como para que las generaciones presentes adviertan cómo fue la naturaleza la que reguló la utilización del Gran Chaco.

Los autóctonos que vivían en el Valle Calchaquí o Tierra de los Mares, eran tribus agricultoras laboriosas. Como los cauces que traían el agua de los deshielos andinos terminaban en la quebradura advertida, desde Mar Chiquita a estero Patiño, se formaban grandes lagunas, que respaldaban en ese dique natural, con abundantes lugares de pesca.

Miles de indios vivían en sus inmediaciones, y buscándolos, se fundó la primera Esteco, por los españoles de Santiago del Estero, y Concepción del Bermejo, por los de Asunción del Paraguay.

Si Alonso de Vera y Aragón, fundador de la última, no hubiese conocido aquella zona fértil e irrigada, de brazos abundantes a encomendarse, habría levantado su ciudad en la boca del río Bermejo, sobre el Paraguay. Y lo habría hecho, sobre todo, porque la zona que le enfrenta, el actual territorio paraguayo, es de maravillosa fertilidad, de tierras flojas, de formaciones puelches.

No procedió así: fue hacia el Noroeste, siguiendo el cauce del Bermejo, hasta la gran laguna llamada De las Perlas, que en el siglo XVI debía de cortar el cauce del río, como hoy lo hace el estero Patiño en el Pilcomayo. Allí levantó la fastuosa Concepción, ciudad de comercio, riquezas, placeres de la vida de relación entre 1583 y 1631.

Las tierras secas, simples cazaderos de tribus nómades, entre el desnivel comentado y los ríos Paraná y Paraguay, separaban a Concepción del Bermejo de las rutas a Asunción y a Corrientes. Era una franja Norte-Sur a lo largo del eje de los ríos, sólo accesible a expediciones armadas, y generalmente era cruzada por el cauce del Bermejo.

Pero cuando esos nómades se coaligaron, uniéndose todos los que habitaban sobre el río, para caer sobre la rica ciudad y los pobladores agrícolas de su dependencia, el Valle Calchaquí quedó silencioso, con su magnífica red de canales y acequias que hoy se descubren en el seno de la selva.

La naturaleza continuó el drenaje de los niveles elevados hasta captar los piélagos de la tierra de los mares, y nadie volvió a establecerse en los jardines que ponderan las crónicas, porque las tierras se hicieron inhabitables, sin gota de agua.

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