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La Ciudad de Corrientes a comienzos del siglo XIX

Vamos a ver lo que era Corrientes al comienzo del siglo XIX.

La aldea, vieja y estacionaria como todos los esbozos de futuras ciudades argentinas, se desarrollaba siguiendo las sinuosidades de las barrancas del río, desde la desembocadura del arroyo Salamanca -en cuya barra con el Paraná estaba la curtiembre de Fernández Blanco- hasta la Casillita, gran playa arenosa que el río Paternó brindaba a los pequeños astilleros de los carpinteros de ribera(1).

(1) Material extraído de Justo Díaz de Vivar. "Las Luchas por el Federalismo", Buenos Aires (1935). Ed. por Viau y Zona.

La aldea era pobre, sus calles irregulares, altos sus veredones donde los había; sus casas techadas de tejas de palma o de paja cortadera.

Poco se extendía en profundidad, porque había que estar cerca del agua potable, que para usos domésticos se acarreaba en cántaros de alfarería itatiense y porque la eminencia en que fue fundada estaba rodeada por el “pantano”.

Lo único que en su edificación chata sobresalían -pero sólo por su tamaño y sus torres- eran las iglesias de sus tres conventos y sus tres capillas, y que incluso sus “rancherías” ocupaban una cuarta parte del perímetro urbano.

Su plaza era un descampado cuadrado donde -como en sus calles- pastaban de costumbre animales domésticos de los vecinos, a pesar de las solemnes admoniciones del Cabildo que con toda gravedad había tratado en sus juntas el asunto.

En sus calles fronteras estaban: la Matriz, levantada a base de adobe crudo y tejas de karanda’y, y La Merced, con su convento.

Carecía de edificios públicos, o los que tenía eran de fortuna.

La vida en ella era monótona pero no triste, con las costumbres de las aldeas provincianas españolas, sin inquietudes ni añoranzas ni aspiraciones insatisfechas.

Los hábitos eran morigerados y rutinarios; se comía a mediodía, se merendaba corrida la mediatarde y se cenaba después del toque de ánimas.

El guaraní era la base de la conversación familiar e íntima y el lenguaje popular.

La sociedad estaba rígidamente jerarquizada a la española, más del siglo XVI que XVIII.

A su cabeza, el clero, representante de la intelectualidad, severo, de rígido conservadorismo, de gran influencia social, no sólo por su mayor cultura con relación al medio, sino porque a su formación contribuían las familias de más abolengo y arraigo, en las que constituía una costumbre tener un hijo eclesiástico, secular o regular, lo que aumentaba su prestigio y consideración.

Seguían en categoría los funcionarios reales, de escasa importancia y estipendio, pero de grandes pretensiones como casta.

Pero el núcleo de consideración lo formaban los ricos-homes, los “estancieros”, descendientes de los encomenderos, allí se reclutaba el Cabildo, cabeza y corazón de la ciudad; eran ellos más feudales que burgueses, orgullosos de su sangre blanca y su prosapia, rígidos en sus costumbres y en la disciplina del hogar doméstico, al uso del padre romano; intransigentes en sus alianzas legítimas, aunque no tanto en las de mano izquierda, severos en el continente y en las minucias de la honestidad y recato de las esposas e hijas, ignorantes, de un catolicismo intransigente, hogareños, prolíficos.

Fuera del mantenimiento de las costumbres heredadas en lo social y en lo político, no había mayores aspiraciones -en lo individual o en lo colectivo- que no fuera el bienestar material, por otra parte muy poco exigente en refinamientos.

Había abundancia de bastimentos, escasísima moneda, mucha industria casera para los gastos del hogar -a base de esclavos, sus descendientes y los allegados- bajo la dirección de la señora: la Ama.

En las casonas se hacía el pan para la semana, los bizcochos y los dulces, todo en abundancia, pues el trigo y el azúcar eran de gran producción local; allí se hilaba y tejía el algodón que daría el “lienzo criollo”, base de la indumentaria interna, de la mantelería y hasta de las albas vestiduras de los altares y de los oficiantes de la liturgia eclesiástica: y también moneda legal.

Muy poco lujo en el interior de estos hogares: los nichos y retablos de los Santos familiares, algunas piezas de plata llegadas en larga peregrinación desde el Perú, cucharas de lo mismo para los días en que se repica fuerte; en lo demás reinaba la alfarería itatiense.

Las largas veladas en que se hilaba y tejía algodón, las tertulias caseras entre la merienda y la cena, las funciones eclesiásticas y las procesiones con sus disciplinantes en la Semana Santa, hacían la “vida social”; las niñas de clase eran elegantes y vestían como en Buenos Aires, dice Félix de Azara.

En lo material algo mejoró la economía correntina después de la Ordenanza de Intendentes. Hubo algún despertar industrial que llegó a crear talleres y alguna fábrica (las de cueros), zapatería, talabartería, así como carretería y construcciones navales.

Puntualizo este detalle porque da ocasión a que aparezcan dos nuevos factores en la vida colectiva: la del “industrial” empresario que -en lo social- aunque un poco a regañadientes de los “ultras”, tomará asiento al lado del estanciero, será de la gente “decente”, podrá llegar al Cabildo y a una suerte de clase menestral -la de los oficiales y operarios- al principio de la mesnada del patrón, pero que será un germen de “clase” del futuro.

Corrientes, lo que hoy es Departamento Capital tenía, tal vez, 4.000 habitantes. Unos años después de la época que queremos bocetar -en el censo de Francisco Ramírez (de 1820)- alcanza a 7.000. ¿Cuántos urbanos, cuántos rurales?

Mantilla reputa este trabajo bien hecho. Me permito dudarlo. Da como población “blanca” un 84 %, proporción que apenas habrá ahora; sería un blanquismo muy relativo. Da varones de 1 a 16 años, 1.750; y de 21 a 61 arriba, 795. Ahora bien, como el total de varones es de 3.060, vemos una desproporción con las cifras estadísticas normales.

Llama la atención también la escasa esclavatura, apenas un 8,80 %. De todos modos, no teniendo otras cifras, tenemos que aceptarlas, con las correcciones prudentes.

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¿Cuál era el grado de cultura de esta sociedad, cabeza de la provincia futura? ¿Qué podría pensar, discurrir, gestar, aunque fuera en gérmen? ¿Qué solicitaciones extrínsecas actuaban o tenían posibilidad de actuar sobre ella?

Comencemos porque faltaba, o era muy escaso, el elemento mínimo para su adelantamiento: la escuela, siquiera elemental.

La instrucción primaria en España y en toda la Europa civilizada era entonces un renglón de las atenciones comunales y una contribución de los Conventos de religiosos y religiosas que seguían en esto -los primeros sobre todo- su tradición medieval.

Corrientes tuvo sus alternativas de escuelas comunales, que se abrían o cerraban conforme andaba la renta de “propios”.

En la práctica, la única permanente era la de San Francisco, en el Convento del mismo nombre. Allí aprendían a leer y escribir y contar los niños “decentes”, poseedores de ese tácito privilegio. Los demás no podían tener tal pretensión, ni se hubiera tolerado semejante atrevimiento.

Por otra parte eso no quitaba el sueño a los excluidos que consideraban perfectamente natural y lógica tal distinción.

En cuanto a las niñas de “clase”, aprendían en su casa a leer -no a escribir- en el Catón de alguna maestra particular o de la casa, lo suficiente para poder seguir sin dificultades el “oficio parvo” que llenaría en el futuro largos ocios de su vida y, tal vez, alguna otra obra eclesiástica o mundana pescada en la biblioteca del clérigo de la familia.

La cultura superior se refugiaba en los eclesiásticos seculares, buenos latinistas, penetrados de los clásicos, con sus puntas en lo jurídico por sus relaciones con el Derecho Canónico.

En cuanto a los seglares, algún correntino pudiente fue a Córdoba, Chile o Chuquisaca, pero éste era un elemento perdido para la sociedad pues concluía por fijarse en ciudades con Audiencia.

Hubieron sin embargo espíritus curiosos que aspiraron a mayor elevación mental sin que en ello influyera el profesionalismo.

He conocido la biblioteca de Manuel Serapio Mantilla, de más de 300 volúmenes, de historia, humanidades, etc.; su aposento se ornaba con litografías napoleónicas de Ruffet.

En materia de Bellas Artes sólo se cultivaba la música en los conventos, para las necesidades litúrgicas; de allí saldrían rabeleros, arpistas, clarinetes. Sólo la guitarra, la vieja guitarra andaluza, puede reivindicar su abolengo profano y popular. Y allí terminaba lo que en instrucción elemental superior y estética podía recibirse como disciplinas culturales. Lo demás lo daba el hogar, el acaso, la intuición.

La clase superior de la sociedad correntina -a fines del siglo XVIII- fue pues autodidacta, en la verdadera extensión de la palabra.

Pero para que este género de cultura se produzca es necesario que intervengan algunos factores indispensables. Primero, el personal, que da el ansia del saber; segundo, la existencia de elementos en qué saciar este deseo.

En un ambiente evolucionado el propósito de nivelación o de superación con los intelectuales representativos despierta esta primera condición hasta por egoísmo, ya que será esfuerzo recompensado por la plusvalía individual del que realiza el empeño; el acicate es factor de ambiente en este caso, que ciertamente no era el de los correntinos de entonces, condicionados hasta en sus modestas ambiciones por su calidad de oscuros colonos.

Y aún en el caso de cultura desinteresada, el saber por el saber mismo, ¿en qué fuente beberla?

Lo impreso, por su carestía, tenía allí la importancia de un incunable. La conversación con un clérigo docto, su biblioteca de clásicos, eran los únicos puntos luminosos en esa oscura noche y había que ser de extraordinaria capacidad para alumbrarse con esas pobres cosas; pobres para los grandes destinos que el acaso deparaba a esa generación, que no había de ser de égloga ni de ciencia especulativa, sino de creación, de organización, de valores activos.

Por eso hubo tantos tropiezos, tantas falsas vías; por eso caminaron a tanteos en la selva oscura. Generación que tuvo que improvisarlo todo, desde su saber; no pudo tener como bagaje para la gran tarea que le cupo soportar, sino su buen sentido y una sola maestra eficaz: la vida.

Gran maestra, la vida, pero cuya enseñanza es tardía y que da frutos cuando ya a los discípulos queda poco tiempo para aprovecharlos; ella fue quien les enseñó y a cuenta de crueles sacrificios.

Con tan pocos medios adquisitivos para asimilar el pensamiento y la experiencia ajena; con ambiente tan depresivo, el espíritu colectivo no podía ser por consiguiente -y uniformemente- sino conservador, tradicionalista, ya que ninguna inquietud mental y ninguna causa extrínseca obraba sobre él.

Apegados a los hábitos familiares de sus mayores, religiosos, ignorantes, leales al “rey nuestro señor”, satisfechas sus aspiraciones políticas con la tradicional libertad comunal, ya un poco liberados de la prestación del servicio de milicias que tanto agobió su pasado, tal encontramos a la sociedad correntina al finalizar el siglo XVIII, y he creído necesario hacer su boceto, pues es indispensabe conocer en lo posible, o conjeturar parcamente, para que la imaginación no nos traicione en su vuelo, el ambiente en que nacieron y se desarrollaron los hombres de la generación que tendrá a su cargo la pesada tarea de los primeros Gobiernos autóctonos.

Tarea por ellos no concebida e inesperada, que nada hacía presagiar que marcaba un salto tan prodigioso como sorpresivo en la evolución de la comunidad. Circunstancia tremenda que subvertía el ritmo acompasado y progresivo, normal en las sociedades humanas.

Bien podemos apreciar ahora, con la perspectiva que nos permite la distancia en el tiempo, lo terrible que debió ser, aunque en el momento careciera de teatralidad, ese derrumbe de las viejas instituciones sin que se acertara en el momento con qué reemplazarlas; ese despertar brusco de las ambiciones y de las pasiones en germen, favorecidas en su eclosión por el caos que traía consigo la caída del poder español, hasta entonces respetado, indiscutido, de derecho divino, tabú que nadie osaba siquiera examinar.

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Casi todas las poblaciones argentinas de entonces eran un oasis en medio del desierto, del bosque o de la llanura, y Corrientes no escapaba a esta ley general.

Sin contar con sus aledaños, mal poblados, el río no era una barrera completa contra los sombríos bosques del Chaco, fecundos en peligros que traían aparejados sus salvajes habitantes y sus fieras.

Todavía el año cincuenta y tantos se mató un tigre en la leñera de la casa de Madariaga, a una cuadra de la actual Plaza de Mayo(2).

(2) Donde hoy está el edificio del Banco Hipotecario Nacional. // Justo Díaz de Vivar. "Las Luchas por el Federalismo", Buenos Aires (1935). Ed. por Viau y Zona.

La lucha contra la naturaleza tosca hace nacer cualidades especiales en los que tienen que soportarla: este es un principio darwiniano. Y ese era el caso de los correntinos de entonces.

Allí no había que contar con la protección mutua contingente a los lugares densamente poblados, sino que había que extremar la precaución personal; y el consejo paternal perenne, junto con los relatos oídos y algo de la incipiente observación propia, desarrollaban desde la infancia aptitudes de género defensivo, la precaución, la sagacidad, la decisión.

Había que fijarse donde se ponía el pie, pensar lo que podía ocultar un matorral, tomar con rapidez y a tiempo una resolución que podía ser salvadora.

Por el desenvolvimiento de estas cualidades en continuo ejercitamiento, se está mejor armado contra la naturaleza hostil que en los centros civilizados, donde se ha logrado dominarla, pero no se está tan bien habilitado para la lucha interhumana.

Mientras se vive la vida de incomunicación, los habitantes del lugar sufren un proceso mental colectivo como en las ciudades sitiadas: el egoísmo es menos duro, el aislamiento hace estrechar filas, el Homo hominis lupus se atenúa.

La necesidad de lo solidario estimula el crecimiento de la buena fe, y ésta el de la confianza sin reservas, virtudes muy nobles pero muy peligrosas para sus poseyentes en cuanto se abre la poterna de la muralla.

Así, el hombre de la comunidad aislada, aunque receloso del extranjero al principio, ya no lo es tanto después de los primeros contactos y, habituado a la lealtad que la forzada disciplina -tanto más positiva cuanto más inapercibida- crea en la célula social primitiva a que pertenece, carece de suspicacia, que no es otra cosa que un recelo permanente fuera del dominio de la conciencia, una guardia preventiva contra la malicia.

Y fórmase así una cualidad negativa, la ingenuidad, que si es muy provechosa para entrar en el Reino de los Cielos, no lo es tanto para los combates de la vida. Recién los sacudones de la lucha hacen ver después -a veces tarde- que hay otros colmillos y otras zarpas que los de los bosques, y se produce la reacción, a menudo excesiva, pero ya hija del raciocinio: la reserva, templada por el buen sentido, que viene a llenar el claro.

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