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Descripción de Corrientes hacia 1760

El Teniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán a Guerra Bernardo López de Luján era un funcionario diligente y a él se debe la primera “Descripción...” completa de la Ciudad de Corrientes y su distrito, que hizo cumpliendo orden de Pedro de Cevallos, de fecha 31 de Agosto de 1759.

No sólo redactó su Informe sino que, previamente, visitó los pueblos comprendidos dentro de aquél, para lo cual salió de la ciudad el 29 de Noviembre de 1759. Su trabajo, claro y prolijo, fue publicado en el tomo III de la Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires(1).

(1) “Descripción, Historia y Geografía de la Ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, sus Términos y Jurisdicción, que hago yo el maestre de campo don Bernardino López de Luján, Teniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán a Guerra de ella, en virtud de orden y mandato del Excmo. señor, don Pedro de Cevallos, comendador de Sagra y Senet, en la Orden de Santiago, Teniente General de los Reales Ejércitos de S. M., su Gobernador y Capitán General del Río de la Plata y Ciudad de Buenos Aires, arreglado a la Instrucción que se sirvió comunicarme el Excmo. señor, fecha en esta ciudad a 12 de Febrero de 1760”. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

La ocupación y el poblamiento del territorio de Corrientes se inició con la fundación de la Ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, el 3 de Abril de 1588. Dicha población, ubicada sobre el río Paraná, frente al Chaco y el Paraguay, se consolidó lentamente y, desde principios del siglo XVII comenzó a extender su jurisdicción en dirección al Sur y al Este de ese distrito.

Pequeñas reducciones de indios se asentaron en Itatí, Santa Lucía y lugares intermedios. La escasa población y la actividad ganadera que la sustentaba obligaron a ganar otros espacios y extender sus actividades. De todos modos, esa expansión fue muy lenta y hacia 1760 -casi dos siglos después de la fundación de la ciudad- la jurisdicción de Corrientes llegaba hasta el interfluvio de los ríos Santa Lucía y Corriente(2).

(2) Si bien es tradición no confirmada el nombre de Corriente, el efecto para el lector no advertido es el de la omisión de la “s”.

Un amplio espacio -de lo que hoy es el actual territorio de la provincia- se hallaba ajeno a su jurisdicción.

- Primera descripción histórica y geográfica de Corrientes

López de Luján ocupóse de inmediato de tan importante asunto. Completada con datos sacados de relatos de viajeros y de documentos coetáneos, se puede tener idea del estado de Corrientes en aquella época.

Extendíase la jurisdicción de la ciudad sesenta leguas, tierra adentro, hacia el Este-Sudeste, hasta las estancias de los pueblos de las misiones guaraníes; y, por el Sur, setenta leguas hasta el río Corriente, que la dividía de la de Santa Fe.

Por el Norte y el Oeste el río Paraná le servía de límite y defensa contra las tribus indias, excepto la reducción de abipones de San Fernando, en el Chaco.

Tres caminos reales salían de la ciudad: uno para Santa Fe, costeando el Paraná hacia el Sur, hasta La Bajada(3); otro, para las misiones, derecho al Este, pasando por Caá Catí; y el tercero, costeando el Paraná hasta Itatí, donde se cruzaba el río en bote o en pelotas de cuero y, transitando por las misiones de guaraníes -situadas al norte y occidente del Paraná- llevaba a Asunción.

(3) La actual Ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos. En 1784 tenía capilla y unos trescientos cincuenta habitantes. Ver: “Viajes inéditos de don Félix de Azara”, en “Revista del Río de la Plata”, tomo I. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Tenía Corrientes como Patronos a San Juan Bautista, cuya fiesta se celebraba el 24 de Junio, y era el principal; además, a Nuestra Señora de Mercedes, el 24 de Septiembre; a San Sebastián, el 20 de Enero; y a San Roque, el 19 de Agosto.

La ermita que se dedicara a San Sebastián en los comienzos fue, desde 1690, iglesia de la Compañía de Jesús, si bien conservando su nombre y advocación.

El Escudo de Armas era: una Cruz en campo de fuego, blasón que perpetuaba el Milagro ocurrido al fundarse la ciudad.

El régimen político era el mismo de las demás ciudades españolas de América: un Teniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán a Guerra, designado por el gobernador de Buenos Aires, que tenía funciones políticas y administrativas, judiciales y militares.

Presidía el Cabildo, compuesto éste de los Alcaldes ordinarios -de primero y de segundo voto-; el Alférez Real, custodio del pendón de la ciudad; el Alguacil Mayor; el Fiel Ejecutor; dos Regidores; el Procurador General, que sólo tenía asiento en el Cabildo; y los funcionarios de la Santa Hermandad, con jurisdicción extramuros de la ciudad, que era el Alcalde Mayor provincial, con asiento y voz en Cabildo, y dos Alcaldes, que tenían únicamente asiento en Cabildo.

Estos Alcaldes de la Santa Hermandad se ocupaban, además de sus funciones específicas, del mantenimiento de escuelas en la campaña, habiéndose señalado por su celo en fundarlas, cuando desempeñó dicho cargo en los años 1753 y 1754, Francisco Xavier de Solís(4). Los referidos oficios se renovaban anualmente.

(4) Archivo General de la Provincia, Corrientes, Actas Capitulares del año 1756. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

El régimen militar era el siguiente: Jefe de las fuerzas, el Lugarteniente de Gobernador, como Capitán a Guerra; y, abanderado, el Alférez Real. Seguíanles un Sargento Mayor, un Comandante de las Armas y un Ayudante General, siendo los dos primeros de éstos superiores a todos los sargentos mayores y demás cabos y oficiales subalternos de las partidas.

Tenían dichos jefes a su cargo montar las Guardias y ordenar las rondas y contrarrondas. Había cuatro compañías, llamadas “del Número”, y una de Naturales; las del Número estaban formadas de la gente de la ciudad y pagos comarcanos, montando la Guardia por semanas, el día domingo por la tarde, y de ella se destacaban, por tiempo que variaba según las circunstancias, veinte hombres para guarecer el Fuerte de San Juan, situado seis leguas al Sur de la ciudad, sobre la costa del Paraná; y otros veinte hombres para la defensa de Santa Lucía de los Astos.

No percibían estos milicianos sueldo ni ninguna clase de retribución, manteniendo a su costa los caballos y las armas, pero se les proveía de municiones cuando eran conducidos a guerrear contra los indios.

Había otras cuatro compañías, llamadas Escuadras, compuestas de los Sargento Mayor, capitanes y oficiales reformados, que no estaban obligados al servicio de rondas. Todas estas tropas eran, en 1760, de caballería ligera, y sumaban un mil cien hombres. La compañía de Naturales, formada de negros y mulatos libres, y de indios, contaba ochenta y siete soldados.

Al que había sido Teniente de Gobernador se le daba siempre, como título de cortesía, el de General.

- Reedificación de la Iglesia Matriz

Tenía Corrientes una sola Iglesia Parroquial, cuyo titular era San Pedro, perteneciente al obispado de Buenos Aires, y en la que asistían dos curas, clérigos presbíteros, y el vicario para los españoles y, otro, para los naturales. Percibía el Vicario, anualmente, cuatrocientos pesos plata de diezmos y obenciones y, el segundo, que no tenía diezmos, cien pesos plata de las obenciones.

La Iglesia Matriz se había derrumbado muchas veces desde 1588, por lo precario de su construcción, acudiendo siempre a su reparo, generosamente, los principales vecinos(5).

(5) En 1630 costeó íntegramente su reedificación, Manuel Cabral de Alpoin; en 1670, el general Baltazar Maciel; etc. Ver: “Información de Servicios de don Gregorio de Casajús”, del año 1738, original en mi poder; “Información de Servicios del general Baltazar Maciel”, en Archivo General de la Nación, División Colonia, Tribunales, Legajo E 1, Expediente Nro. 6. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En 1757 su estado era casi ruinoso, apuntalados sus muros por tirantes de lapacho, a fin de que no ocurriese alguna desgracia. El vicario, doctor Antonio de la Trinidad Martínez de Ibarra, que era al propio tiempo su Mayordomo, resolvió reedificar la iglesia, empleando esta vez buen material para que no sucediese lo mismo en el futuro.

Como eran cortas las Rentas eclesiásticas echó mano de sus propios haberes y puso obraje de tejas en los montes de palmares de su estancia, consiguiendo allegar la cantidad de cinco mil setecientas cuatro tejas, cuyo valor se calculó en un mil ciento cuarenta pesos (1.140), a razón de veinte pesos el ciento.

Del Libro de Cuentas que el mencionado sacerdote llevaba en su carácter de Mayordomo, se desprende cuánto tiempo y dinero se gastaron en la construcción del templo, oficiales y obreros que trabajaron, sus salarios, etc. El ejemplo del Vicario, que agregó a las anteriores, doscientas doce tijeras de palma, tasadas a un peso cada una, y un mil cuatrocientas tacuaras gruesas, que se cortaron en el monte llamado “de los Galarza” y se pusieron en la Iglesia, a su costa, determinaron al vecindario a contribuir voluntariamente en la benemérita obra, con su trabajo y con donaciones de dinero que alcanzaron -a esta altura de la misma- a setecientos pesos.

En 1758 se colocaron postes de urunde’y y se taparon las goteras existentes con tejas de palma, por cuyo trabajo se pagaron ocho pesos al albañil y cuatro pesos al peón que lo realizaron.

En 1759 se pusieron puertas nuevas, con sus cerraduras, y fue menester componer otra vez las goteras, pagándose por dicho trabajo doce pesos al albañil y seis pesos al peón.

En 1760 se empezó la reedificación, obra de la que se encargó el maestro Onofre de Esquivel, mediante el pago de seiscientos pesos. El arreglo del retablo mayor fue hecho por el oficial José Cordero, que lo desarmó y volvió a armar, percibiendo por su labor cuatrocientos pesos.

Al maestro albañil que levantó las paredes y puso el primer revoque, y uno segundo de blanqueo, en el que empleó sesenta pesos de yeso, se le pagaron cuatrocientos pesos.

La obra duró diez meses y se ocuparon en ella treinta peones que ganaban ocho pesos mensuales cada uno. Para su trabajo utilizaron ocho hachas, alquiladas a un peso por mes “según costumbre de la tierra”; cuatro azuelas, a un peso; dos sierras, a un peso; seis barrenos, que se emplearon seis meses, a razón de un peso por mes.

Entre los Gastos figuran además en el Libro, los siguientes: treinta y dos pesos que se pagaron al herrero, que hizo los calces de las herramientas quebradas; cuarenta pesos por dos azadas, dos palas, dos picos y dos barretas; cinco libras de acero a cuatro pesos cada una; cuatrocientos ochenta pesos por ciento veinte reses que se consumieron en la manutención de la gente que trabajó en la obra; ciento veinte pesos al peón pastor de las reses, con sus caballos, o sea, a doce pesos mensuales; doce fanegas de maíz que consumieron las dichas gentes, a cuatro pesos cada una, que son en total cuarenta y ocho pesos; ciento cinco pesos por treinta y cinco arrobas de yerba, a tres pesos cada una; ciento veinte pesos por veinte arrobas de tabaco; nueve pesos por el alquiler de una carreta en que se llevó paja de espartillo para entejar la iglesia; doce pesos en clavos; treinta y dos pesos por dos de las hachas alquiladas que se perdieron, y cuyo importe fue preciso satisfacer a sus dueños, a dieciséis pesos cada una; doscientos cuarenta pesos por cuarenta frascos de aguardiente que se gastaron en el tiempo de la obra, para gratificar a los maestros; y dieciséis pesos al herrero que compuso el hierro de hacer hostias.

Concluidas las paredes, no se hizo el techo hasta el año 1766. Pusiéronse treinta y tres mil seiscientas tejas de barro, que costaron tres mil trescientos sesenta y tres pesos. Seis años después, en 1722, se colocó el piso de ladrillo, pues hasta entonces era de tierra, empleándose diecisiete mil, quinientos cincuenta y cinco ladrillos; de ellos, un mil setecientos cuarenta y tres grandes, y quince mil cuatrocientos doce pequeños, pagándose los primeros a cien pesos el millar y a sesenta pesos los segundos, importando todo un mil ochenta y siete pesos.

En el año 1774, con gran regocijo del vicario y los vecinos, estaba completamente terminada la reedificación. Emprendióse entonces hacer la torre, y de ello se encargó también el maestro Esquivel, que la construyó en seis meses, de madera, percibiendo como retribución seiscientos pesos. En 1778 se enladrilló el corredor de la iglesia.

- La Ciudad de Corrientes

Dos días en el año se celebraban grandes ceremonias en la Matriz: de la Purificación de Nuestra Señora y el de San Pedro, especialmente en este último, en que se oficiaba Misa cantada, con “cajas y pífanos”, que lo eran indios músicos de la reducción de Itatí, a quienes se mantenía durante su estada en la ciudad y se gratificaba generosamente(6).

(6) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Justicia, Legajo 2, Expediente Nro. 18, caratulado: “Libro de Inventario de Alhajas de Sacristía y Quentas de Fábrica. Púsole en su general Visita el Ilmo. señor, don Manuel Antonio de la Torre, año de 1764”. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Había en la ciudad dos conventos, de franciscanos y de mercedarios, fundados a principios del siglo XVII. El edificio de San Francisco era el mejor, cubierto de tejas y de construcción más sólida. Titular de su iglesia era San Francisco de Paula.

El número de frailes alcanzaba a diez, en 1760, pero en 1764 estaba reducido a cinco. Se mantenía de las limosnas de los fieles y de lo que producía una chacra situada a seis leguas de la ciudad, poseyendo para su servicio diecinueve esclavos de ambos sexos.

En cuanto al de mercedarios tenía como titular de su iglesia a San Pedro Pascual de Valencia, y lo formaban doce religiosos, en 1760, y sólo seis, en 1764; se mantenía, a su vez, de limosnas de los fieles y de lo que producían dos estancias: una en Caá Catí y, otra, en el Empedrado, y de las Rentas de seis capellanías, cinco de ellas en Corrientes y una constituida en Buenos Aires.

Servían a los mercedarios cincuenta y ocho esclavos, hombres y mujeres.

El Colegio de la Compañía de Jesús, fundado en 1690 por real cédula de Carlos II, a petición del Cabildo y a instancias del obispo y del gobernador del Río de la Plata, con licencia del General de la Orden, estaba instalado en edificio de buena factura, con techos de tejas.

Lo componían ocho religiosos, en 1768, y se mantenía de la explotación de varias estancias, pobladas con ganado vacuno, caballar, mular y ovino, de las cuales la principal era la del Rincón de Luna. Poseía diecisiete familias de esclavos para su servicio.

Por último, el hospicio de Santo Domingo, fundado en 1728 con licencia del obispo y del gobernador del Río de la Plata, y la correspondiente autorización del Cabildo. Su titular era San Pío VI; contaba con cuatro religiosos, en 1760, y en 1764, seis.

Se mantenía de limosnas de los fieles, de los productos de una chacra en la ciudad y una estancia en el Partido de las Saladas, y de la Renta de cinco capellanías. Tres esclavos únicamente tenía para su servicio, pero muchos libres, que trabajaban espontáneamente sin retribución.

Los dominicos establecieron, anexa al hospicio, una Escuela de primeras letras, que era frecuentada por los niños de la nobleza.

Fuera de la ciudad, a dos cuadras de ella, estaba el Santuario de la Santísima Cruz del Milagro, “por el que obró Dios Nuestro Señor en defensa de la población, según la común y constante tradición”.

La edificación, en general, no había mejorado desde el siglo anterior. Las casas, nos dice el Padre Parras, que estuvo allí en 1753, eran humildísimas, las más de pared “que llaman francesa”, o sea de cañas y barro con algunos postes de madera para sostener el techo, cuyas tejas de palma medían cada una, de una a dos varas de largo, “y son muy buenas, si como duran cuatro años, durasen cuarenta”, agrega.

Muchos edificios había ya de ladrillos. El aspecto de la ciudad era, por consiguiente, pobrísimo(7). El mismo Padre Parras anota en su “Diario” que no había “visto ciudad más pobre ni en lo material ni en lo formal, porque no hay sujeto alguno que tenga caudal de mediana consideración y, ciertamente, no sé por qué, porque la tierra es fértilísima, tiene bellísimas campañas y algunos arroyos, aunque con ellos nada se riega, sirven para los ganados”(8).

(7) “Diario”, de fray Pedro José de Parras, en la “Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires”, tomo II. En su Acuerdo del 12 de Febrero de 1749, el Cabildo de Corrientes resolvió prohibir a los vecinos de la ciudad que se fueran de ella por su estado precario. Ver: Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Gobierno, Legajo Corrientes, años 1732-1761.
(8) Fray Pedro José de Parras, ob. cit. // Todo citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

La población de la ciudad y su jurisdicción era de seis mil cuatrocientos veinte habitantes(9), que comprendían un mil cincuenta y tres familias, las más de las cuales vivían en el campo, en sus granjas “para atender a sus labranzas, hacienda y ganados de varias especies que mantienen en ellas”. Además, quinientos esclavos, entre negros y mulatos.

(9) Este dato no coincide con el proporcionado por otros autores. Por ejemplo, uno de ellos dice: "Por la misma época (mediados del siglo XVIII), Santa Fe apenas tenía 1.400 babitantes y, menos aún, Corrientes". Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Según López de Luján había un mil setenta y dos milicianos de reseña pero, cuando con motivo de la guerra con Portugal, en 1762, se hizo el Padrón de hombres aptos para llevar armas, sólo contó setecientos.

En la jurisdicción había dos pueblos de españoles: Saladas y Caá Catí, y tres de indios: Itatí, Santa Lucía de los Astos y Santa Ana de los Guácaras.

- Saladas

Saladas estaba situado veinte leguas al Sur de la ciudad, cerca del paraje llamado “Muchas Islas”, y entre las lagunas salobres, de donde vino su nombre. Databa su fundación de 1732(10), año en que los estancieros del contorno pidieron la edificación de una Capilla y solicitaron un párroco, lo que se les concedió, siendo gobernador Bruno Mauricio de Zabala, y obispo, fray Juan de Arregui.

(10) Fecha controvertida proporcionada por Raúl de Labougle. Se sabe que el Cabildo resuelve, el 11 de Agosto de 1707, crear un Fortín en las Lagunas Saladas para defender a los pobladores del lugar de las invasiones de indios misioneros y charrúas. Las familias se agruparon junto al Fortín constituyendo la base del pueblo de Saladas, población que tipifica las calidades de un conjunto de pueblos correntinos formados durante el período de la dominación hispánica para construir un centro de servicios a una población predominantemente rural. El poblamiento de la zona de las “Lagunas de Saladas” fue favorecida por la política capitular de Corrientes que, en búsqueda de una más intensa y productiva ocupación del espacio, fomentó la instalación de actividades agrícolas y ganaderas que pusieran coto a las avanzadas belicosas de los indios del Chaco. Al emplazamiento de “presidios” o Fuertes de campaña, signó el origen de muchos poblados, pues fijaba un punto de frontera, a cuyo amparo crecerían las actividades productivas. A comienzos del siglo XVII, en el paraje de las Lagunas de Saladas, se formaría un piquete de 20 soldados que custodiaban las posesiones -asaz conflictivas- de los hacendados correntinos.

Dirigieron los trabajos de fábrica el primer párroco, doctor León de Pessoa y Figueroa, y los capitanes Jorge Martínez de Ibarra y Melchor Valdez de Miranda, diputados para ello por el Cabildo, que no quiso ser ajeno a tan importante acontecimiento.

Tenía más de trescientos habitantes y de su Iglesia Parroquial era titular San José. Cerca del pueblo estaba el Fortín de Anguá, con guarnición de veinte hombres y una pieza de artillería. Era la región preferida de los ganaderos(11).

(11) Raúl de Labougle. “Litigios de Antaño” (1941), capítulo “La Traslación de Saladas”, edición Buenos Aires. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En 1750, la servía de párroco el maestro José de Casajús, cuyo prestigio en el pueblo y sus alrededores era considerable. La Parroquia rentaba de obenciones trescientos pesos plata anualmente.

- Caá Catí

A treinta leguas de Saladas y otras tantas de Corrientes, estaba el pueblo de Caá Catí, fundado en 1757 por el sacerdote santafesino doctor Matías de Ziburu, y cuya Iglesia Parroquial tenía como advocación a Nuestra Señora del Socorro.

El 22 de Agosto de 1764 se establece el Curato de Caá Catí.

La Iglesia Parroquial estando servida por un religioso mercedario, a quien las obenciones que percibía apenas le alcanzaban para mantenerse, por ser reducido el número de feligreses(12).

(12) Archivo de la Curia Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, incendiado por las “hordas peronistas” en 1955. Legajo 32, Expediente Nro. 19, citado en mi “Historia de los Comuneros”, p. 115. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Itatí

La reducción de la Pura y Limpia Concepción de Itatí estaba a dieciséis leguas de Corrientes. Había sido fundada a comienzos del siglo XVII, por el capitán Antón de Figueroa, en cumplimiento de órdenes del gobernador Hernandarias de Saavedra, siendo su primer cura fray Luis Gamez, franciscano, a quien, por no ser versado en la lengua guaraní le sirvió de compañero e intérprete durante muchos años el capitán Juan de Cuenca(13).

(13) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Tribunales, Legajo E 1, Expediente Nro. 61, “Información de Servicios del capitán Víctor de Figueroa”. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En 1760 continuaba a cargo de la Orden seráfica. Tenía como autoridades indígenas: un Corregidor y un Cabildo formado por dos Alcaldes ordinarios, dos Regidores, Procurador, Mayordomo y Escribano, elegidos anualmente, y cuyos nombramientos estaban sujetos a la aprobación del Teniente de Gobernador de Corrientes.

La Iglesia era de buena fábrica, de ladrillos y con tejas de palma, y en ella se veneraba la Imagen milagrosa que aún se encuentra allí y sigue siendo objeto de piadoso culto. Dicha Imagen poseía, además de ricas joyas de oro, plata y pedrerías, una estancia poblada de ganado vacuno, caballar y ovino.

Los indios del pueblo de Itatí tenían algunas tierras propias y otras comunes, que eran tres estancias -las llamadas La Cruz, San Antonio y el Puerto de San Bernardino- administradas por el Cura y pobladas con once mil treinta y dos vacunos, dos mil ochocientas noventa yeguas de cría, cuatrocientos ochenta y seis caballos y quinientas ochenta ovejas.

También se consideraba “bien común” una encomienda de indios guaraníes “puesta en cabeza del pueblo” y que comprendía noventa personas.

Había otras cuatro encomiendas que se regían -en cuanto al pago de los tributos- por las Ordenanzas de Francisco de Alfaro: una de cuatrocientos treinta y dos indios, de que era titular Francisco Xavier de Casajús y Ruiz de Bolaños; otra, de ciento sesenta y tres indios, que estaba vacante, por muerte, acaecida en 1755, de su último poseedor, el maestre de campo Gregorio de Casajús; y otra, de veintitrés indios, que pertenecía a la Real Hacienda, y administraba el Teniente Tesorero de ésta.

Para caso de guerra contaba Itatí con una fuerza de ciento noventa soldados indios.

- Fundación de Berón de Astrada

Según tradición popular se establece el 16 de Marzo de 1764 el pueblo de San Antonio de Itatí -hoy Berón de Astrada-.

Responsable del acto fue el R. P. Pedro Bernardo Sánchez, que establece el templo del lugar como Subparroquia de la de Itatí.

- Santa Lucía

Santa Lucía de los Astos, situada cuarenta leguas al Sur de la ciudad, con Iglesia y convento anexo. Se gobernaba en la misma forma que Itatí.

Su población, de doscientos habitantes, era de indios astos de raza guaraní, dedicados especialmente a trabajos de herrería y carpintería. Aparte de los escasos bienes que poseían individualmente los indios, era común y administrada por el Cura doctrinero, una estancia poblada con tres mil cuatrocientos vacunos, cuatrocientas yeguas, veinticuatro burros, veinte caballos y veinte bueyes.

Lugar muy expuesto a las correrías de los infieles del Chaco, por su alejamiento de la ciudad. Santa Lucía de los Astos tenía permanentemente una guarnición de veinte soldados. Fue este pueblo atacado, destruido y reconstruido numerosas veces.

Tanto el Cura doctrinero de Itatí como el de Santa Lucía de los Astos no tenían otro recurso que la parte que les correspondía de los bienes comunes de sus pueblos.

- Santa Ana de los Guácaras

A cinco leguas de Corrientes, agrupados en ranchos, pero sin iglesia ni traza de pueblo, había ciento cuarenta y nueve indios a cargo del Cura de Naturales de aquélla y que obedecían a un Corregidor nombrado por el Teniente de Gobernador.

Dábasele el nombre a esa población de Santa Ana de los Guácaras. Manteníanse los indios de la labranza sin pagar ningún tributo.

- San Fernando de Abipones

Frente a la ciudad, en la otra banda del Paraná, estaba la reducción de San Fernando de Abipones, fundada en 1750 como avanzada en el Chaco, por Nicolás Patrón y Centellas, a su propia costa y con la ayuda pecuniaria de Ziprián de Lagraña.

La Iglesia era de sólida construcción, a cargo de los Padres jesuitas, con sínodo de doscientos pesos plata, que se cobraban de las Reales Cajas de Buenos Aires. Su población era de trescientas cuarenta personas que se sustentaban de la estancia “Las Garzas”, que estaba en la banda oriental del Paraná y era bien común, poblada con dos mil vacunos, ciento cincuenta yeguas, cincuenta caballos y trescientas ovejas.

Por su situación, era frecuentemente objeto de asaltos por parte de los infieles y de su defensa estaba encargada Corrientes(14).

(14) “Representación” dirigida al gobernador José de Andonaegui, por el Alcalde de primer voto de Corrientes, Alonso Hidalgo, en Archivo General de la Provincia de Corrientes, Actas Capitulares del año 1753. “Descripción...”, etc., de Bernardo López de Luján, citada. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Estado de la agricultura y la ganadería

La agricultura era rudimentaria. Además de frutales y hierbas medicinales de diversas clases, cultivábanse mandioca, miel de caña de azúcar, batatas y maíz que, a veces, daba dos cosechas por año. También algodón y arroz, del que se había hecho experiencia el año anterior, 1759. Trigo se sembraba únicamente en Santa Lucía de los Astos.

Abundaba la campaña correntina en bosques de árboles de todas clases. Se explotaban principalmente quebracho blanco y algarrobo, que se empleaban en la fábrica de las casas; timbó para tablazón; urunda’y y lapacho para postes y carretas; palo amarillo, espinillo, palo moro, que se utilizaban para diversos menesteres.

Además de los palmares, que eran extensísimos, sobre todo entre la ciudad y Empedrado -en el antiguo asiento de Santiago Sánchez- se extraían sus frutos y se hacían las tejas para las casas.

La mayor riqueza de Corrientes era la ganadería, consistente en vacunos, equinos, ovinos, mulares y caprinos. Su único comercio importante era la venta de caballos y mulas al Paraguay del que, a su vez, importaban los correntinos yerba, tabaco y sal.

No corría plata ni otra moneda que la llamada “municipal”(15), que consistía en productos de la tierra a que se daba un valor determinado por el Cabildo, con referencia a la vara de lienzo, que representaba un peso de ocho reales -dentro de la jurisdicción- y cuatro reales de plata para los negocios fuera de ella. Muchos tratos se hacían por medio de trueque y, a menudo, pagándose en especie.

(15) Archivo General de la Provincia de Corrientes, Actas Capitulares. “Moneda imaginaria”, la llama López de Luján en su “Descripción”; “peso hueco”, Juan Francisco Aguirre, en su “Diario”, en “Revista de la Biblioteca Nacional”, tomo XIX, edición de Buenos Aires. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En el año 1758, por ejemplo, un entierro en Saladas se pagó de la siguiente manera:

“Un buey hosco quartero manzo, un caballo alazán, otro lobuno, otro moro, otro tordillo, otro rosillo, y un potro y una cabina y una espada de oja ancha”(16).

(16) Archivo de la Cura Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, Legajo 30, Expediente Nro. 18. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

López de Luján atribuía a dicha circunstancia el que los correntinos se limitaran a “cultivar la tierra y sembrar en ella lo preciso y necesario para el sustento y comunidad humana”. El Padre Parras señalaba otra causa: la falta de aplicación al trabajo, pero los correntinos imputaban su situación al continuo guerrear con portugueses y con salvajes.

En el año 1753, Alonso Hidalgo, a la sazón Alcalde de primer voto, en una Representación dirigida al gobernador José de Andonaegui afirmaba, después de citar las numerosas campañas en que participaran los vecinos de la ciudad, que ellas fueron causa de

“las miserias de Corrtes. porque no haviendo aquí otros Patrimonios qe. lo qe. el Personal travajo agencia ya sudando con el Acha, ya fatigándose con el Arado, que lucro sacarían en su laboriosísimo afán vezinos qe. ocuparan todo el tpo. y lo mas presioso de su vida, en el militar exercicio, y qe. les quedaría para sus miserables agencias”.

En dicha oportunidad, Hidalgo se quejaba de los beneficios de que disfrutaba Santa Fe, con el “puerto preciso y demás advitrios de qe. goza”, privilegio que se le concediera como compensación a los destrozos que en ella hicieron los indios sublevados en invasión de que fue liberada por el esfuerzo correntino.

Este privilegio consistía en la obligación, para todos los barcos que bajaran del Paraguay, de desembarcar en su Puerto las mercaderías de que fueran portadores, las que luego seguirían en carreta a su destino, fuera a la Ciudad de Buenos Aires o las Provincias del Interior, y fue concedido por real cédula de fecha 31 de Diciembre de 1662, renovada implícitamente por otra del 18 de Agosto de 1726; consideraba el funcionario correntino que su ciudad era mucho más merecedora que Santa Fe de semejante beneficio(17).

(17) “Representación” dirigida al gobernador José de Andonaegui, por el Alcalde de primer voto de Corrientes, Alonso Hidalgo, en Archivo General de la Provincia de Corrientes, Actas Capitulares del año 1753. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

La pobreza del vecindario determinó el que los Alcaldes, al administrar Justicia, se condujesen con caridad. Al respecto, en 1776 decía Ziprián de Lagraña, que “hay veces en que abandonan los jueces las Leyes atendiendo a la necesidad pública de los Pobres, que es la que prebalese a todos dros. Civil, y Canónico”(18).

(18) Archivo Histórico Nacional de Madrid, Legajo 20-410, caratulado: “Residencia del Capitán General Dn. Pedro Zevallos del tiempo que fue gobernador de la Ciudad de Buenos Ayres”, pieza 5, fs. 83, año 1776. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

La tierra en sí, no tenía valor ninguno. No se daba en propiedad sino en “depósito” por el Teniente de Gobernador o el Cabildo, que eran los que hacían la merced, sujeta a la aprobación del gobernador de la provincia, que la adjudicaba con carácter definitivo, es decir, en propiedad.

Cuando se recibía en “depósito” una tierra realenga, el beneficiario estaba obligado a obtener confirmación del gobernador, dentro del año pero, si no la trabajaban, cualquiera podía denunciarlos nuevamente y ocuparlas.

Por real cédula del año 1775 se dispuso que todos aquéllos que estuviesen poseyendo tierra, exhibieran sus Títulos, a los efectos de regularizar su situación, por compra o composición y, si no lo hacían dentro de seis meses, perdían todo derecho.

Denunciada una tierra como realenga por el vecino de la ciudad, el Teniente de Gobernador designaba un Juez Comisionado que se trasladaba al paraje donde aquélla estaba situada y, por Información de testigos -que lo eran siempre habitantes de la zona- comprobaba su carácter de realenga y que estaba despoblada, pasándose luego a la mensura de la misma, operación para la cual se utilizaba el agujón y una soga de un largo de cien varas de medir de Castilla; hecho lo cual, se procedía a la tasación.

Todas estas tareas eran realizadas por sujetos de reconocida idoneidad, que nombraba el Juez Comisionado y se llamaban: piloto, medidor y tasador. Aprobada la diligencia por el Teniente de Gobernador, se remitía el expediente a la capital de la provincia -Buenos Aires- donde era confirmada, o no, la resolución de su Teniente, por el gobernador.

Después, creado el Virreinato del Río de la Plata, en 1776, el sistema varió.
Además del trámite de una merced o de la compra de tierra realenga, en su caso, que se ha descripto, existía otro medio más común de adquirir la propiedad, y era el llamado “composición”.

Se aplicaba cuando el Título no era legítimo o era insuficiente, pero se había poseído la tierra durante más de diez años. Este sistema, vaco antes de 1776, se practicó con más frecuencia durante el virreinato.

Los estancieros habían llegado hasta el río Corriente, en 1760, y, según se desprende del expediente incoado con motivo del cobarde asesinato del Regidor decano Bernardo de Casajús, que perpetraran los indios de Yapeyú en el año de 1754, crimen alevoso que hizo posible la conducta falaz del jesuita que en dicha reducción se desempeñaba como Cura doctrinero.

En la vasta zona comprendida entre los ríos Miriñay y Corriente, vecina de las tierras de dicha reducción, no había entonces ningún español establecido.

La verdadera riqueza de Corrientes eran los ganados y las sementeras(19). Al producir su “Memoria” López de Luján, hacía tres años que sufría Corrientes los estragos de la langosta y los efectos de la sequía.

(19) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Criminales, Legajo 4, Expediente Nro. 11. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Tal era el teatro donde se desarrollarían los sucesos que llevarían a la revolución comunera de 1764, precursora de la de Mayo de 1810.

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