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Tenencia de Gobernación de Bernardo López de Luján

El gobernador del Río de la Plata, Pedro de Cevallos, nombró Teniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán a Guerra a Bernardo López de Luján, correntino, de linaje de conquistadores.

Tuvo este caballero como fiadores, entre otros, a Ziprián de Lagraña y José Bonifacio Barrenechea, de donde se puede colegir estuvo estrechamente ligado al grupo de vecinos que simpatizaba con la Compañía de Jesús.

López de Luján, al registrarse su nombramiento, ya estaba desde hacía seis meses a cargo -interinamente- del Gobierno de la ciudad. Durante ese tiempo, apenas asumió el mando, organizó una Entrada al Chaco, para cuyo efecto se puso de acuerdo con el Teniente de Gobernador de Santa Fe, Francisco Antonio de Vera Mujica(1).

(1) Vera Mujica era familia noble, originaria de las Islas Canarias, cuyo conquistador fue -en tiempos de los Reyes Católicos- el Adelantado Pedro de Vera, de quien se precia ser tataranieto el cronista Ruy Díaz de Guzmán al comienzo de su “Argentina”, cuya pluma sobria y galana nos dejó la primera historia del país. Estos Vera, de las Canarias y, anteriormente, de Jerez de la Frontera, no trillan parentesco averiguado con los Vera y Aragón de Estepa, contrariamente a lo que muchos han creído. El autor del Himno Nacional de Chile, doctor Bernardo de Vera y Pintado; Petrona de Vera Pintado, mujer de Juan José de Lezica que, como Alcalde de primer voto, presidió el cabildo abierto del 22 de Mayo de 1810; y Juana Ventura de Vera y Pintado, mujer del virrey Nicolás del Pino, eran Vera y Mujica. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Era su propósito el castigo de los indios abipones y guaycurúes y la protección del pueblo y reducción de San Fernando de Río Negro, de sus depredadores.

- Lucha contra el indio

Si el siglo anterior representó para la región del Plata la definición de sus fronteras interiores en relación a los indígenas, esta definición no significó en el siglo siguiente un estado de tranquilidad en dichas fronteras.

Por el contrario, los indios relegados a los extremos Sur y Nordeste del actual territorio argentino, dieron muestras de creciente agresividad. Los pobladores blancos, ya en su mayoría americanos, poseedores de una técnica militar mucho más eficiente que la de sus rivales, pero menores en número, dispersos en un enorme territorio y faltos de los medios económicos para sostener su aparato militar, cedieron muchas veces la iniciativa a los aborígenes, limitándose a tomar medidas defensivas y, en el mejor de los casos, represalias.

Esta guerra adquirió el carácter de un enfrentamiento armado entre dos civilizaciones y constituyó una especie de trasfondo de la vida colonial.

El sentimiento de oposición entre las dos razas y las dos culturas se hizo vivo y engendró en el corazón del blanco -criollo o español- un sentimiento de superioridad hacia su enemigo.

- El Chaco

El Tucumán, que tan duras pruebas había soportado en el siglo XVII, vio nuevamente asolados sus campos por los indios chaqueños desde Salta hasta Santiago del Estero, y aun llegaron estos, en 1749, hasta el río Segundo.

Para escarmentarlos, las ciudades tucumanas debieron reunir sus milicias y votar recursos para armarlas, lo que además de ocasionar perjuicios económicos despertó los egoísmos localistas de quienes no se sentían directamente amenazados y no comprendían el sentido y efecto del esfuerzo común.

Tal el caso de los cordobeses, en 1740, y de los catamarqueños y riojanos, en 1752 y 1758, respectivamente.

Nueve expediciones punitivas debieron realizarse en los primeros sesenta años del siglo. El medio geográfico favorecía a los indígenas, que sólo pudieron ser castigados cuando eran sorprendidos.

Poco después, el emprendedor gobernador, general Pedro de Cevallos, propuso expedicionar simultáneamente desde Salta, Corrientes y Santa Fe en marchas convergentes para privar a los indios del recurso de la retirada.

En sus líneas generales, el plan era la repetición mejorada del que había constituido la esperanza de los jefes españoles del siglo anterior, pero igual que entonces fracasó, pues los conflictos con Portugal y la defección correntina obligarán a dejarlo de lado.

Sólo en 1774 la exitosa entrada de Gerónimo Matorras, acompañada por la acción de los misioneros, constituirá el comienzo de una pacificación de la frontera Nordeste, que se lograría más efectivamente hacia el 1780.

Una de las poblaciones más beneficiada por la paz será Santa Fe, permanentemente amenazada desde el Norte.

El 3 de Abril de 1759 llegó -a la reducción de San Fernando- Vera Mujica con su tropa santafesina y enterado de que los correntinos tardarían aún quince días antes de pasar las caballadas por el Paraná, resolvió seguir hacia el Bermejo, en demanda de las tolderías de los infieles, tratando al propio tiempo de comunicarse con los gobernadores del Tucumán y del Paraguay, a fin de coordinar sus esfuerzos.

López de Luján había tropezado con muchas dificultades por la resistencia que opuso el vecindario a participar en la Entrada, considerando que nada se obtendría con ella de utilidad para la ciudad.

El mismo compartía esa opinión, pues escribió al gobernador, el 3 de Mayo de 1759, que en el Chaco no había campos sino “campichuelos” de malos pastos para sustentar las caballadas y que, dada la falta de recursos naturales para la expedición proyectada -que se calculaba duraría cuatro meses- tendría que llevar carne para seis.

No sólo los vecinos de Corrientes acogieron de mala gana la Entrada. Obligada la reducción de Itatí a contribuir a ella, envió veintiún indios de armas, dejando constancia su Corregidor de que habiendo quedado, entre sacristanes y cantores de coro, tan sólo dieciséis indios, prácticamente estaba la reducción indefensa frente a los enemigos payaguás y guaycurúes.

Sea como fuere, López de Luján decidió realizar la Entrada. Antes de partir a ella estableció una serie de disposiciones -“leyes”, él las llamó- para el Gobierno de San Fernando. Fueron éstas:

1ro. - Que en su ausencia, ninguno se fuese del pueblo, pues les dejaba suficiente mantenimiento para que no tuviesen el pretexto de buscarlo durante el tiempo de su permanencia en el Chaco;
2do. - Que todos asistan a la iglesia y explicación de la doctrina cristiana y traten, de una vez, de hacerse buenos cristianos y reducirse a la Fe;
3ro. - Que observen una ciega obediencia a su Cura, en todo lo que les ordenase para su bienestar;
4to. - Que trabajen en sus chacras y se acostumbren por sí mismos a buscar el mantenimiento en el cultivo de las tierras;
5to. - Que todos velen por la paz de Corrientes y demás ciudades, con el mismo empeño con que deben proceder en la conservación de su pueblo, mostrando su amistad y fidelidad en dar noticia al Padre Cura de todos los movimientos que supiesen hacen los indios de tierra adentro contra Corrientes o las otras ciudades.

López de Luján creía que, en caso de castigarse a los indios, debería hacerse ello paulatinamente, para evitar que se fueran de la reducción, desamparándola, lo que sería inconveniente, ya que servía de muro de contención para las invasiones de los salvajes.

Cerca de un mes empleó en los preparativos, porque era necesario llevar carne, tabaco y yerba suficientes para seis meses, ya que había calculado en cuatro la duración de la empresa, no pudiendo contarse para nada con recursos del Chaco, conforme escribiera al gobernador. Sólo el pasar el río las caballadas, demandaría quince días.

- Entrada al Chaco. Fracaso de la expedición

Antes de partir, requirió asimismo de los jesuitas le proporcionasen sujetos idóneos que pudieran orientarle en su marcha por la selva, pues desconfiaba de la capacidad y lealtad de los baqueanos.

Se diputó para ello al Padre Cayetano de Oyarzábal, cuya versación en Cosmografía y Geografía era notoria. De mala gana fueron los correntinos, a quienes no resultaba grata la participación que, como lógica consecuencia de su función, tenía el Padre Oyarzábal en el mando.

La expedición, formada por sesenta y cuatro soldados correntinos y veintiún indios cristianos de Itatí como auxiliares, inició su avance hacia el Interior del Chaco, desde San Fernando, en Abril de 1759.

Apenas habían andado una legua escasa supo que los indios de la reducción la habían abandonado, quedando allí tan sólo tres de ellos, con su cacique Ñaré, temerosos de ser castigados por sus robos y desobediencias.

López de Luján se dirigió entonces al pueblo, con ánimo de ocuparlo, pero la víspera del día señalado para esta operación desertaron catorce de sus soldados. Los cincuenta que quedaron en el real le notificaron verbalmente que permanecerían allí y no cumplirían la orden de atacar.

Reunióles López de Luján y les exhortó a seguir adelante, invocando orden expresa de Pedro de Cevallos, la que exigieron ver los amotinados, y como el Teniente de Gobernador no pudo mostrarla, pues no la tenía, le contestaron que ir contra los salvajes era “alborotar al avispero”.

Pese a la gravedad de su situación, López de Luján decidió seguir adelante, solo, con doce soldados leales escogidos, con el designio de rescatar algunos guaraníes cautivos y apresar, por lo menos, algunos abipones, de aquéllos considerados más peligrosos y cuya captura creía sería bien vista por los de la reducción pero, al llegar a ésta, de vuelta de su incursión, se encontró con toda la indiada alborotada, la que estaba de regreso y persistía en su amotinamiento, no obstante los esfuerzos que hacía el Cura doctrinero para sosegarla.

Convencido López de Luján por ambos jesuitas -el Padre Oyarzábal y el Cura doctrinero- de la inutilidad de pretender lograr su propósito inicial, pues con ello sólo conseguiría que los indios se sublevasen, limitóse a llevarse consigo tres de los guaraníes cautivos.

El 24 de Junio de 1759 estaban todos de regreso en Corrientes donde -según escribió al día siguiente, 25, al gobernador Cevallos- “hallé muy ultrajado mi honor, insolente la soldadesca y perdida totalmente la obediencia”, porque se decía en la ciudad que el gobernador no castigaba a los sublevados(2).

(2) Archivo General de la Nación, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes Nro. 1, años 1732-1761. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Fulgencio de Yegros y Ledesma, desde Asunción, refiriéndose al estado general de perturbación en que tenían a las poblaciones de blancos de las zonas de Corrientes y de Curupayty(3) los indios infieles propuso, el 23 de Junio de 1759, un plan a la vez terrestre y fluvial para su castigo.

(3) La zona de Curupayty y Lomas de Pedro González, al norte del Paraná, este del Paraguay y sur del Tebicuary, pertenecieron siempre a Corrientes. Por el Tratado del 12 de Octubre de 1811, en su Artículo 4to., fue abandonada al Paraguay. Se inició así, por obra de Manuel Belgrano y Vicente Anastacio de Echeverría, la funesta mutilación del territorio nacional. Ello no impide de que se ensalce la “diplomacia” del vencido de Paraguarí y Tacuarí. Ver: Julio César Chávez. “Historia de las relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay” (1959), capítulo XVII, Asunción-Buenos Aires. Edición Niza. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

El Gobierno del Paraguay estaba ocupado -desde el año 1741- en buscar soluciones al arduo problema de acabar con las invasiones de los indígenas, y Yegros y Ledesma señalaba como principal obstáculo para lograrlo que el Paraguay estaba

“lleno de Mozos malditos, vagabundos, holgazanes, ladrones, amancebados” que, con notable y descarada mala voluntad, servían al rey, siendo necesario para conseguir algo positivo la colaboración conjunta de Corrientes, el Paraguay y las misiones jesuíticas.

Esta Entrada de 1759 al Chaco “ha desatado la malévola fantasía hispanófoba y antijesuítica de los seudohistoriadores liberales, no faltando alguno que afirmara fueran cuatrocientos los soldados de López de Luján que padecieron cansancio y hambre y que todo fue obra de la Compañía de Jesús. Como en otros casos análogos, este torpe invento no merece siquiera un comentario”, dice Raúl de Labougle al respecto.

- Perturbación social. La relación con los Casajús

Había otra causa en las perturbaciones que sufría Corrientes, y era la de la rivalidad, cada vez más agudizada, entre los peninsulares y sus allegados, y los patricios, que seguían las inspiraciones localistas y antieuropeas de los Casajús(4).

(4) Llaman “patricios” -como se usaba entonces- a los blancos nacidos en el país. “Criollos” se aplicaba al negro o mulato natural del país. Solamente he encontrado dicha como referente a los blancos, en la frase de Sebastián de Casajús, que se cita más adelante. De ahí viene el equívoco aprovechado por los escritores liberales hispanófobos: “El criollo estaba excluido de la función pública”. Evidente y justo, porque no tenía “limpia sangre”, sino mezclada. El patricio o español-americano nunca estuvo en esa situación. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

La traslación de Saladas y el enojoso pleito -que fue su lógica consecuencia- alborotó al vecindario que siguió sus alternativas con apasionamiento siendo causa de numerosos incidentes.

- Las exequias por la muerte de los reyes

Cuando llegó a Corrientes la noticia de la muerte del rey Fernando VI, el Teniente de Gobernador la hizo saber por Bando, para que todos se enterasen, y remitió la pertinente comunicación a los Comandantes de los Partidos a fin de que bajasen sus moradores a la ciudad para, de esa manera, siendo mayor el concurso de gente, se hiciesen las exequias con la debida pompa.

El monarca -que falleció el 10 de Agosto de 1759- había sobrevivido poco más de un año a su mujer, la reina, Bárbara de Braganza, que tanta influencia tuviera sobre él. Fue un excelente rey, gracias, quizás, a dos grandes ministros que tuvo: José de Carvajal y Lancaster, y Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada; este último, gran administrador, equilibró Gastos y Recursos, siendo la primera vez que la Hacienda Real dio superávit; además, realizó el famoso Catastro de la Población de España, que se conserva actualmente en el Archivo de Simancas.

Se efectuó un solemne funeral en la Iglesia Matriz, el 10 de Octubre de 1760, para rogar por el alma de los reyes fallecidos -Fernando y Bárbara- donde se puso un túmulo

“con la magnificencia correspondiente al posible que permitía lo alto y ancho del templo, en donde ardieron doscientos y tantas luces, quedando muchas sin poder lucir por no haber dónde acomodarlas con grande sentimiento de los que las costearon, pues querían todos y cada uno de por sí excederse en manifestar la pena, que a ley de leales vasallos, rebosaba en sus corazones al contemplar la muerte de su Rey y Señor”.

Previamente se juntaron las fuerzas militares -con sus jefes y oficiales- en la Casa del Cabildo, donde se reunió el Ayuntamiento en pleno, los “Padres de la República y personas de distinción”.

Formados cada cual en el lugar que por su jerarquía correspondía, “a son de cajas destempladas y con sus banderas por el suelo tendidas”, señales de dolor y sentimiento, se encaminaron todos a la casa del Teniente de Gobernador, quien se incorporó al cortejo, haciendo de cabeza de duelo y dirigiéndose a la Iglesia, fueron allí recibidos por el Cura Vicario.

Para mayor ostentación, se cantaron tres Misas simultáneamente, oficiando la una la clerecía; en otra, los franciscanos; y en la otra, los reverendos Padres de la Compañía de Jesús, llenando el coro el resto de los religiosos de la ciudad. El sermón de honras estuvo a cargo de un Padre jesuita, que predicó “con aquella energía, doctitud y discreción que acostumbran estos sujetos”.

Terminadas las Misas, se retiró López de Luján a la casa de su morada, adonde inmediatamente concurrieron el vicario, con sus clérigos y, a su invitación, los demás religiosos,

“a expresar sus sentimientos, en cuyo acto el señor Teniente correspondió a todos, agradeciendo de parte suya la lealtad, fidelidad y amor con que habían concurrido, portándose verdaderos y amantes vasallos de S. M., con lo que finalizó esta función, que verdaderamente se hizo, no conforme la Majestad merece sino con el posible de sus ciudadanos permite, supliendo cualquier cortedad que aparezca, la sinceridad y afecto con que se ha practicado, sin que esto cause novedad alguna, pues lo han costumbrado siempre que a la lealtad de sus pechos han llegado semejantes noticias como es público y notorio; gastando y valiéndose de sus cortos haberes para intentar y pretender excederse en obsequio de sus soberanos cuya narración se ha hecho seguir y conforme ha pasado”(5).

(5) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes, Nro. 1, años 1732-1761. // Antonio Ballesteros Beretta. “Síntesis de Historia de España” (1945), capítulo XXIV, sexta edición, Barcelona. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Llega a Corrientes un nuevo vecino: Juan García de Cossio

Se radica en Corrientes Juan García de Cossio. Había nacido en 1732, en Rozadío, España, en el hogar formado por Justo García de Cossio y Ana Gómez. Duramte su juventud fue a estudiar a Burgos, porque “ágil era su discurrir y garbosa su letra”; debió ser buena la enseñanza en la ciudad castellana.

El espíritu de aventura lo llamaba a salir de España. Antes había estado en Madrid sirviendo de escribiente en el gabinete del Reverendo Francisco de Rávago S. J., confesor del rey Fernando VI. Este sacerdote recomendó al joven al general Pedro de Cevallos quien, al partir para el Río de la Plata lo trajo consigo, hacia el año 1756, dedicándose al comercio.

En 1759 se radicó en Corrientes, donde fue designado Teniente de una Compañía de Forasteros. En 1762 se casó con María Josefa Zamudio y Bolaños, introduciendo 15.000 pesos como capital.

De este matrimonio nacieron cuatro hijos, entre ellos Simón José, quien será el representante de Corrientes a la Junta de Mayo. Mientras tanto, Juan García de Cossio fue amasando una cuantiosa fortuna.

- Proclamación de Carlos III

Terminadas las honras fúnebres, correspondió la proclamación del nuevo rey, Carlos III. Corrientes no tenía ni siquiera pólvora para las salvas de rigor, por lo que Pedro de Cevallos envió la necesaria, como regalo personal suyo y, además, López de Luján hizo traer del Paraguay unas arrobas de azúcar para los refrescos, por no haberla en la ciudad.

Los vecinos no estaban tampoco en situación de hacer los gastos que demandaban los festejos, después de tres años de sequía que soportaran, de suerte que ellos se postergaron más de lo excusable, motivando el enojo del gobernador, que lo expresó ásperamente a las autoridades correntinas.

Por fin, el 15 de Enero de 1761 comenzaron las fiestas. Invitados por Bando del Teniente, concurrieron por la tarde de ese día los vecinos de la ciudad y los habitantes de la campaña. Colocáronse en la plaza cinco tablados “muy lucidos”, donde se hizo la jura, con general aclamación, y se enarboló para ella el estandarte de la ciudad, “en un castillo que al propósito se hizo”, paseándoselo luego por las calles por el Alférez Real a caballo, acompañado del Cabildo y vecindario.

Pusiéronse -asimismo- tablados en las puertas de las iglesias, “disparándose infinidad de tiros”, “con lo que se lograba hacer ruidosa la función”. Por la noche, ofreció un sarao en su casa el Alférez Real y, al otro día, que fue el 16, de mañana, se paseó nuevamente el estandarte, se cantó el tedeum laudamus, y se dijo la Misa de acción de gracias, haciéndose después -por la noche- rúa de parte del Teniente con su carro, concurriendo todo el vecindario con sus luminarias y leyéndose por las esquinas carteles en obsequio y alabanza del soberano.

El 17 de Enero de 1761, por la noche, salió a ruar el cuadrillero de cristianos con lucido acompañamiento, “con tantas luminarias, que no hacía falta la luz del día”, leyendo un cartel en las esquinas principales, el cual se dirigió a loar al rey “y desafiando a las demás cuadrillas a campal palestra, en donde sustentaba su Don Carlos Rey sin segundo”, concluyendo todo con un festivo sarao.

El día 18 salió el cuadrillero de moros a hacer lo mismo “concluyendo su rúa con un coloquio en festejo y aclamación de nuestro Monarca”.

El día 19 salió a ruar el cuadrillero de indios, manifestando no quedarse atrás en obsequiar “al invicto Rey Don Carlos, dando fin a la función con un baile muy lucido”.

El día 20 concurrió el cuadrillero de negros, con su cartel publicando “no ser menos en tributar cultos a la exaltación del poderoso Rey Don Carlos Tercero, pues la fama, que se extendía aún a las regiones lejanas, les concitaba al festejo por muchos títulos debidos. Feneció su función en un sarao”.

Los retaguardias hicieron lo mismo en las noches siguientes, representándose el 24 la comedia, a la que precedió la loa del rey, cuyo

“asunto era dedicado a la exaltación de nuestro Monarca, conferenciando entre sí, y disputando los cuatro elementos la preferencia de concurrir al festejo y, últimamente ofrecieron acordes tributos y adoraciones a nuestro Rey y Señor y juntamente un coloquio y una oración penegírica en latín, en alabanzas de nuestra Reina”, todas las cuales: comedia, loa, coloquio y oración fueron escritas por el R. P. Gregorio Mesquita, de la Compañía de Jesús.

Se jugaron cañas el 25(6) con cuatro cuadrillas, llenándose la plaza de gente

“y por su multitud vistosa, y muy divertida con la variedad de trajes y costosas libreas, que la hicieron muy lucida, en cuyo intermedio hubo sus postes en el Cabildo, con las religiones y clerecía que asistió, y lo mismo se hizo la noche de la comedia, cuyo gasto se hizo por una derrama que se hizo entre algunos vecinos y lo que el señor Justicia mayor gastó de su propio haber, como es público y notorio.
“Al otro día, se repitió la comedia en casa del señor alférez real, con lo que se concluyeron las fiestas reales, habiendo durado once días el elogiar, celebrar y aclamar por su rey y señor natural, al Muy Alto, Magnífico y Poderoso Señor Don Carlos Tercero, Rey de las Españas y de las Indias, que felices años viva”.

(6) Ver: “El Juego de Cañas”, por Raúl de Labougle, en “Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza” (1975), segunda época, Nro. 8, tomo I, pp. 301 y sigtes., edición Mendoza y, del mismo autor, “El Juego de Cañas”, en “Boletín de la Academia Nacional de la Historia” (1975), tomo XLVIII, pp. 249 y sigtes., edición Buenos Aires. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

- Medidas conflictivas del Cabildo

Empero, no duraron muchos días los comentarios de las fiestas. En el primer Acuerdo de Febrero los capitulares decidieron poner en ejecución una Resolución anterior que deponía de su empleo de Alguacil Mayor a Amaro Gómez Sardina, por ser portugués, y disponiendo que el Tesorero Juez, oficial real, le devolviese la suma que había pagado por su cargo, que tenía en propiedad.

Este Gómez Sardina estaba avecindado en Corrientes desde el año de 1726, en que se enroló como soldado en una de las compañías “del Número” de la ciudad llegando, luego de sucesivos ascensos, al grado de capitán; asimismo, había sido comandante de las embarcaciones de guerra que se usaban para recorrer las costas del Paraná, por nombramiento del Teniente de Gobernador Felipe de Zevallos, quien había extendido una Certificación de Servicios a su favor, el 22 de Febrero de 1746, y le designara Sargento Mayor de las milicias de la ciudad.

No obstante que no poseía Carta de Naturaleza, la Real Audiencia de Charcas le había confirmado como Alguacil Mayor propietario y, en 1757, fue uno de los capitulares que se opusieron a recibir como regidor a Sebastián de Casajús, de cuyo bando, ahora en 1761, formaba parte.

Invocando una real cédula del 18 de Febrero de 1750, que autorizaba -en su caso- el que fuera expulsado de los dominios de S. M., López de Luján y el Cabildo lograron que el gobernador de la provincia y los Oficiales Reales de Buenos Aires, elevaran al rey testimonio de los Autos que con tal motivo se obraran en Corrientes, alcanzando que se dictase real cédula, firmada en el Buen Retiro el 17 de Diciembre de 1759, que ordenaba la expulsión de Gómez Sardina, siendo en ésta en la que se fundaba la Resolución del Cabildo.

Durante el Acuerdo capitular, Pedro Bautista de Casajús expresó que no era el único el caso de Gómez Sardina pues, sólo en la Ciudad de Corrientes, había por lo menos treinta extranjeros, algunos casados con mujeres de familias principales, y que ninguno había justificado Pase de la Casa de Contratación ni Carta de Naturaleza, siendo muchos de ellos desertores de los ejércitos que combatieron en los sitios de La Colonia, que se ampararon allí.

Agregó que también había muchos en Buenos Aires, Santa Fe, Paraguay y Tucumán. El regidor Juan de Solís le recordó a Casajús que en el caso mediaba real cédula, que si no moderaba sus palabras se procedería contra él, sin tener en cuenta su edad, y que tuviera presente lo que se había hecho con su hijo Sebastián.

- Pedro Bautista de Casajús se retira del Cabildo

Casajús, airadamente, declaró que, por consideración a Pedro de Cevallos acataba lo resuelto pero que, desde ese momento, se excusaba de seguir ejerciendo el cargo de Regidor decano, que desempeñaba en representación de su nieto Francisco Xavier de Casajús y que, como abuelo y tutor de éste, prometía nombrar quien lo ejerciera.

“Unánimes y conformes”, los capitulares resolvieron darlo por suspenso en el empleo y comunicar lo sucedido al gobernador, para que éste determinara lo que considerase conveniente.

El Teniente de Gobernador -que había presidido el Acuerdo- expresó que le constaba lo que afirmara Pedro Bautista de Casajús sobre la cantidad de portugueses que había en la jurisdicción y resto de la provincia del Río de la Plata.

Sebastián de Casajús -hecho que recordara en el Acuerdo el regidor Solís- en las elecciones del 1ro. de Enero había pretendido ser designado Alcalde de primer voto pero, habiendo obtenido mayor cantidad de sufragios para el cargo José Bonifacio de Barrenechea, se opuso a que se le tuviera por tal, insultando con palabras groseras al Alcalde de segundo voto, Francisco Monzón, que no le votó a él sino a su contrario.

Los dos Casajús, Pedro Bautista y Sebastián, se condujeron con singular violencia, acusando Sebastián a Barrenechea de ser el autor de las discordias que se producían en la ciudad afirmando, a su vez, Pedro Bautista, que era éste quien aconsejaba al Teniente de Gobernador, haciendo imposibles las apelaciones.

Los Casajús propiciaban la reelección del saliente, José Ignacio Cabral, que era cuñado de Pedro Bautista y tío carnal -por tanto- de Sebastián(7). Gómez Sardina había acompañado con su voto, a los Casajús.

(7) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes, Nro. 1, años 1732-1761. José Ignacio Cabral era correntino, hijo legítimo de Gregoria Cabral de Melo y del maestre de campo Gaspar Fernández, ambos de segundo matrimonio. Había nacido en 1712. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

“En muchos años no logrará la ciudad de Corrientes sujeto más apto y digno del empleo de Alcalde de primer voto, como el expresado Barrenechea” -escribía a Cevallos el 2 de Enero de 1761, el nuevo Alcalde de segundo voto Clemente Gutiérrez- “por su solicitud, celo y capacidad, y estas calidades son, Señor, las causas de la malevolencia en que le mira don Sebastián de Casajús, cuyo terrible genio deseamos todos que V. E. lo contenga”.

A su vez, López de Luján, el mismo día 19 de la elección, en carta a Pedro de Cevallos, califica a los Casajús de “insoportables e insufribles”, y vaticinaba grandes males para la ciudad si no se ponía coto a sus actitudes.

Ni corto ni perezoso, Sebastián de Casajús le escribió al gobernador el 2 de Febrero de 1761, quejándose del Teniente, y en su carta le decía: “que soi la persona mas Útil ala reppa. q. ai en el secularismo enesta ciud”. Y agregaba: “que no me he bisto en estos trabajos sino por ser lealisimo al Rey uro Sor. y oponerme alos q. no lo son”.

- El gobernador ordena la prisión de los Casajús

Cevallos, atendiendo al pedido de su Lugarteniente, confirmó la elección recaida en Barrenechea, ordenando se le pusiese en posesión del cargo y se arrestare a Sebastián de Casajús y se le guardase en algún lugar fuera de la ciudad, practicando el sumario pertinente, contra él y su padre.

López de Luján no demoró en poner en ejecución las órdenes del gobernador y puso en prisión a Sebastián con ánimo de enviarle a la estancia “San Antonio”, en Itatí, pero no pudo realizar su propósito pues, favorecido por gran cantidad de pueblo, se liberó, acogiéndose a Sagrado en el Convento de San Francisco. Desde su refugio, el levantisco regidor escribió a Cevallos la carta que se ha mencionado precedentemente.

La novedad fue comunicada de inmediato al gobernador por el Teniente, disponiendo aquél que, por intermedio del Vicario, se lograse la entrega del asilado, y hecho, le fuera remitido bien asegurado a su Cuartel General de San Borja(8).

(8) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes, Nro. 1, años 1732-1761. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

En ese verano y otoño de 1761, los tapés de las misiones jesuíticas de Yapeyú y La Paz asolaban las campañas circunvecinas de ellas, atacando y robando a los blancos que encontraban en sus correrías.

A fin de evitar roces con los jesuitas, López de Luján, con motivo de un asalto perpetrado el 29 de Enero contra unos porteadores, denunció la situación al gobernador, solicitándole interpusiera su autoridad para que ella cesara o, en todo caso, le diese facultades para seguir a los indios hasta sus pueblos y rescatar lo que habían robado.

Aceptada la renuncia de Pedro Bautista de Casajús del oficio que ejercía por su nieto menor, Sebastián, prófugo, y habiendo fallecido el 16 de Abril el Alcalde de segundo voto, Clemente Gutiérrez -que fue reemplazado por Juan de Almirón- quedó el Cabildo constituido exclusivamente por partidarios de los Casajús.

El vicario, doctor Martínez de Ibarra, olvidando sus anteriores diferencias con los Casajús se incorporó a su bando, contribuyendo así a aumentar la intranquilidad del vecindario, que lo estaba por las especies que circulaban de que Pedro de Cevallos iba a ser reemplazado por José Joaquín de Viana, personaje con quien Sebastián tenía estrecha amistad y que, entonces, López de Luján sería destituido, ocupando la tenencia Casajús.

En esos meses, estaba ordenado que para la venta de caballos fuera de la jurisdicción era necesaria licencia del propio gobernador. Así lo solicitó y la obtuvo Ziprián de Lagraña, en Febrero, para llevar al Paraguay -con ese fin- varios redomones de su propia cría, para satisfacer de esa forma el importe de cuatro tercios de yerba y unos sobornales de sal que allí había comprado.

También consiguieron licencia Juan Fernández Chaves y el R. P. fray Vicente Calvo de Laya, en Octubre de 1761, y José Ignacio Cabral, en Diciembre.

Finalizó el año de 1761 con las solemnes honras fúnebres que se efectuaron por la reina, María Amalia de Sajonia, fallecida poco antes, noticia que llegada a Buenos Aires el 4 de Noviembre fuera comunicada de inmediato a López de Luján.

- Tiempos de guerra. Muerte del Teniente de Gobernador

A principios de Abril de 1762 recibió el Teniente de Gobernador carta de Pedro de Cevallos, datada en Buenos Aires a 26 de Marzo, comunicándole que España estaba en guerra con Inglaterra, y recordándole tener prontas fuerzas por si llegaba el caso de que Portugal pretendiera realizar alguna operación.

Hízose entonces reseña general de la gente en Corrientes, y resultó de ella que había setecientos hombres aptos para tomar las armas(9).

(9) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Legajo Corrientes, Nro. II, años 1762-1785. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Escogió doscientos, y delegando el mando en Bartolomé de Quiroga, el 4 de Junio(10), se dirigió el 16 de dicho mes al río Pardo, donde habían establecido su Cuartel General las tropas españolas.

(10) Quiroga había sido indicado por Pedro de Cevallos; murió el 10 de Julio de 1762, y el Cabildo resolvió que asumiese el mando político como Justicia Mayor, Diego Fernández, dándose el militar -como Capitán a Guerra- a José Bonifacio Barrenechea. Fue ésto, en realidad, una transacción entre los dos bandos, pero alcanzó la aprobación del gobernador. En cuanto a Bernardo López de Luján, no volvió a Corrientes; hecho prisionero por los portugueses, fue llevado a Río de Janeiro donde acabó sus días, a principios de 1763. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Allí fueron incorporados los correntinos a la división que mandaba Antonio Catani y estaba encargada de la defensa de dicha región. Se los empleó en diversos menesteres, no militares, pues -como por imprevisión- no llevaron los abastecimientos necesarios para mantenerse, debieron procurárselos allá mismo, habiéndoles facilitado Catani apenas un mínimo indispensable.

- Amotinamiento y deserción de las tropas correntinas

Declarada la guerra entre España y Portugal, el 5 de Junio de 1762, los españoles se apercibieron para entrar en campaña.

Catani dividió entonces a los correntinos en varias partidas que incorporó a las tropas guaraníes de las misiones, lo que disgustó a aquéllos, y ésto, unido a lo precario de la alimentación que recibían y a la circunstancia de no tener asignado sueldo alguno les determinó a solicitar autorización para regresar a Corrientes, la que, como era lógico, les fue denegada.

Lo cierto es que estas tropas se sublevarán y desertarán del servicio militar, lo que desembocará en crisis política.

Empezó entonces la deserción. Sesenta y cuatro soldados, conducidos por Gaspar de Ayala, dieron el ejemplo, y como a éstos siguieron otros, Catani dispuso saliese de su campamento el resto de los correntinos.

Despójeselos de sus armas y caballos, dándoseles el siguiente pasaporte:

“Dn. Antonio Catani, Capitán de Infantería y Comandante Gral. deste destacamto. y frontera de los dominios de S. M. Por el preste, y despido licencia del Real Servicio a diez Infames correntinos, qe. con otros de esta especie faltando a la ley qe. deven al Rey N. S., intentaban levantarse, y hacer fuga para Corrs. haciendo burla de las órdenes qe. en nombre de mi Gral. les comunicaba, y respecto de no poder fiar de ellos por su natural inconstancia de qe. tengo bastantes pruebas, y por ser los qe. agavillando a los demás, no cesan de inquietar, y dar perverso exemplo a los Indios.
“En su marcha vía recta se les dará el auxilio a qe. son acreedores asta llegar a su Patria qe. es la referida ciudad de Corrs. en donde se les deve considerar, como en todas partes, traydores de el Rey, Inquietadores de los que no lo son, y perniciosísimos para servir con los Indios. Campamto. de Sta. María, y diciembre quince de mil setecientos sesenta y dos (fdo), Antonio Catani”(11).

(11) Archivo General de la Nación, Criminales, Legajo 5, Expediente Nro. 4. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

El 17 de Diciembre de 1762 llegaron a Corrientes, donde se presentaron al Comandante de armas, que lo era José Bonifacio Barrenechea, siendo desarmados (sic)(12).

(12) Aceptando como verdad el relato de los desertores, de que Catani les desarmó, ¿cómo llegaron armados a Corrientes? // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Los portugueses aprovecharon la confusión que el hecho produjo entre los indios de las misiones para atacarlos sorpresivamente, logrando una fácil victoria en que hicieron varios prisioneros(13).

(13) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Criminales, Legajo 5, Expediente Nro. 5. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Informado de todo el gobernador Pedro de Cevallos, con harto justificada indignación, ordenó a Barrenechea, desde la Colonia del Sacramento, el 28 de Enero de 1763, que marcharan nuevamente de Corrientes doscientos hombres escogidos sin admitir personeros, a incorporarse al ejército de campaña, orden que fue recibida y publicada en la ciudad por voz de pregonero y a son de caja de guerra. Hízose la lista pertinente el 1 de Marzo.

El proceder de los correntinos en la ocasión relatada no tiene excusa. Abandonar un soldado el ejército en el frente de batalla ha sido siempre considerado delito gravísimo, castigado con severas penas, y aún con la última, en todos los países.

Los desertores intentaron justificarse y para ello inventaron una serie de cargos contra Catani y los jesuitas, que si bien pudieron parecerles verosímiles a ellos por su ignorancia, es inexplicable los repitiesen como verdaderos escritores de la cultura del deán Funes, Andrés Lamas y algunos otros.

En efecto, según argüían, fueron ocupados en trabajos de vaquería que sólo beneficiaban a los indios misioneros, dándoseles a ellos de alimento un toro día por medio para cada ochenta hombres, y nada de sal, bizcocho, ni yerba ni tabaco, siendo víctimas de agravios por los jesuitas, uno de los cuales, el Padre Cardiel, había llegado hasta el extremo de decir en un sermón:

“¿Qué os parece? No nos hemos de contentar hasta ver blanquear vuestros huesos por estos campos como vimos los de aquéllos pobrecitos indios, muertos por vras. manos, sino vuestros hijos lo han de pagar”.

Además, afirmaron que los indios, dirigidos por los mismos jesuitas, habían asesinado a Valentín Flores, uno de los desertores, en la Iglesia de Yapeyú, donde se refugiara, y que en el campamento del río Pardo, a los soldados Francisco Villalva y Bernardino Cáceres “les pusieron en capilla haciéndoles creer que los iban a fusilar, ¡confesándoles previamente al simulacro, el Padre Cardiel!”(14).

(14) Archivo de la Curia eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires. Legajo Nro. 38, Expediente Nro. 121. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Barrenechea incluyó en el nuevo contingente a varios de los desertores y, formado el tercio, delegó el mando, el 21 de Marzo de 1763, en José Ponciano Rolón(15), emprendiendo su marcha hacia el Yacún.

(15) José Ponciano Rolón era santafesino. Según los Solís, era mulato, y por esa razón se opusieron, sin resultado, a su elección. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Habían llegado a veinticinco leguas de Corrientes, no lejos de Itatí, al paraje de Arenguá, cuando la tropa, instigada por Francisco González de Alderete, José de Inzaurralde y José Medina, se amotinó, exigiendo de Barrenechea les dijese que a dónde iban, con qué se habían de mantener, qué sueldo percibirían y, además, que les mostrase las Instrucciones que llevaba.

El jefe se negó al requerimiento de sus subordinados, invocando las órdenes del gobernador y la situación de guerra en que se encontraban. Los correntinos, entonces, le depusieron del mando, apresándole, e iniciaron su regreso a la ciudad.

Cerca de una legua de ella hicieron alto y acamparon, notificando al Cabildo su decisión de no ir al río Pardo, la deposición de su comandante y la necesidad que tenían de una Certificación que justificase su proceder.

Los capitulares enviaron como delegado, para tratar con ellos, al maestro José Verón, y se reunieron con los principales vecinos en cabildo abierto, el 6 de Abril de 1763, para considerar la situación planteada.

Exigían también los sublevados la designación del maestre de campo Diego Fernández para Capitán a Guerra(16).

(16) Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Criminales, Legajo Nro. 5, Expedientes números 4; 9; y 10. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

El Regidor decano José Ponciano Rolón, que ocupaba con carácter interino los cargos de Alcalde de primer voto y de Capitán a Guerra, presidió la Asamblea y exhortó a los concurrentes a acceder a las exigencias mencionadas por estar “la plebe irritada”, y para así evitar tumultos y violencias, hasta tanto que, informado de lo acaecido, resolviese el gobernador lo que fuere pertinente.

Todos los asistentes estuvieron conformes con el parecer de Rolón, considerando que la ciudad estaba en “un estado deplorable”, y para obviar los inconvenientes consiguientes, “de la Plebe irritada, qe. caminan día a día a su peor precipicio, cometiendo los excesos qe. se pueden esperar de un licencioso despecho”.

Impúsose a los amotinados, como condición, la libertad de Barrenechea, e inmediatamente después de terminado el acto se trasladaron al campamento Diego Fernández, José Ponciano Rolón, Carlos José de Añasco y Francisco Xavier de Solís, en representación de la ciudad, para comunicar a los sublevados lo acordado.

Estos expresaron su acatamiento poniendo en libertad a Barrenechea y retirándose luego a sus respectivas casas. De todo se dejó constancia en Acta, que firmó con los nombrados precedentemente, José de Inzaurralde, en representación de la tropa(17).

(17) En carta de fecha 24 de Marzo de 1763, el maestro José Verón decía al gobernador Pedro de Cevallos que a Diego Fernández lo dirigía el general Casajús. Ver: Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobiero, Legajo Corrientes, Nro. II, años 1762-1785. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

Diego Fernández era uno de los más conspicuos miembros del bando de los patricios, y su nombramiento imputaba un triunfo para ellos(18).

(18) Doctor Gregorio Funes, deán de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba. “Ensayo sobre la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán” (1877), tomo III, edición de Buenos Aires. // Citado por Raúl de Labougle. “Historia de San Juan de Vera de las Siete Corrientes. (1588-1814)” (1978), Buenos Aires.

El 8 de Abril de 1763 dispuso se practicase Información sobre lo sucedido, de conformidad con lo resuelto y el petitorio presentado conjuntamente por el Procurador General, Francisco Xavier de Solís, y los oficiales del tercio sublevado.

Además de los testigos ofrecidos por estos últimos, que fueron doce, declararon como “testigos legales”, señalados para ello por el Justicia Mayor, Tomás de Villanueva y Manuel de Otarzú.

El 12 de Abril se terminaron las diligencias y de lo actuado, así como de las Actas anteriores, se remitieron los originales al gobernador Cevallos, quien nada contestó ni resolvió, dando a los comunicados que recibiere, según escribe el deán Funes, “por respuesta un silencio más duro que la reprimenda más amarga”.

En realidad, Pedro de Cevallos tenía problemas más graves a que dirigir su atención. Terminada la guerra con Portugal e Inglaterra, por el Tratado de Vais del 10 de Febrero de 1763, que fue completado por los Adicionales del 6 de Agosto y 27 de Diciembre del mismo año, entre España y el primero de los países nombrados, para establecer la fijación de la época en que la Colonia del Sacramento y la Isla de San Gabriel serían entregadas al mismo, como en ellos se convenía, los asuntos de Corrientes quedaron postergados para su consideración ulterior.

Una vez reintegrado a sus funciones en Buenos Aires, el gobernador resolvió encomendar a sujeto de su confianza la ardua tarea de poner orden en la alborotada ciudad, y escogió para ello al teniente de milicias Manuel José de Ribera Miranda, joven sevillado radicado en la capital de la provincia desde hacía poco tiempo.

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