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La sociedad rioplatense

- Población de la América española

Si a mediados del siglo XVII la población de la América española era de algo más de diez millones de almas, de las cuales los blancos representaban el 6,4 % y los indios el 81 % de esa población, ciento cincuenta años más tarde, al terminar el siglo XVIII, los habitantes de la América hispánica han llegado a 15.814.000.

El crecimiento de la población, tanto vegetativo como inmigratorio siguió una curva ascendente que se hizo más notoria en la segunda mitad de la centuria.

La inmigración blanca comprendió casi todas las clases sociales y los campos profesionales, representando las clases humildes más del 50 %, los mercaderes el 13 %, los clérigos el 5 %, los militares el 3 % y los artesanos el 1 %, proporción ínfima esta última que debe tenerse en cuenta para comprender el atraso técnico artesanal que va a representar uno de los grandes problemas de la América recién emancipada del siglo siguiente.

Ni la distribución de la población fue pareja en todo el continente ni lo fueron tampoco estos porcentajes. La corriente inmigratoria hacia el Río de la Plata fue secundaria y en ella los mercaderes parecen haber representado un importante núcleo inmigratorio, así como a partir de 1750 los militares destinados a la defensa de la región.

La inmigración negra se orientó principalmente hacia las regiones cálidas pero, desde 1703, estuvo abierto a ella el Río de la Plata, primero a través del Asiento de Negros francés, luego -1715- del Asiento de Negros inglés y, desde 1741, por el establecimiento de la libre introducción de negros.

Pero el mayor crecimiento de la población se debió al aumento vegetativo, pese a que las enfermedades como la viruela, las luchas, el agotamiento, etc., diezmaron a muchos pobladores, especialmente a los indígenas.

Para establecer cifras comparativas de la potencialidad humana del Imperio español americano, conviene señalar que aquélla representaba el 50 % de toda la población del continente, en tanto que las colonias inglesas representaban un 33 % y el Imperio portugués un 17 % aproximadamente.

Pero mientras la población de las colonias inglesas era blanca en un 80 % y concentrada en una extensión territorial relativamente reducida, la población del Imperio español era blanca en sólo un 20 % y dispersa en enormes extensiones, diferencia que debe tenerse en cuenta cuando se analiza la evolución posterior de las dos comunidades, para no caer en pueriles consideraciones sobre las virtudes colonizadoras de españoles e ingleses.

Otra característica fundamental de la población hispano­americana es que el 95 % de la población blanca era criolla, lo que subraya la debilidad de la corriente inmigratoria. La población indígena había decaído mucho, representando menos del 50 % del total, pero en su reemplazo se había producido un largo proceso de mestizaje, que elevó el porcentaje de mestizos a una cuarta parte del total de la población. Los negros eran sólo el 8 % del total.

En cuanto a sus ocupaciones, el grueso de la población realizaba actividades rurales; le seguía el grupo artesanal, luego los mineros y militares, cerrando la lista los eclesiásticos, comerciantes y burócratas.

Otra vez en esta enumeración debe señalarse la particular situación del Río de la Plata. En éste desaparece prácticamente la población ocupada en la minería, los núcleos rurales no son tan predominantes e, incluso en Buenos Aires, son francamente menores que los urbanos y, por lo tanto, adquieren relieve las diversas actividades características de las ciudades: artesanos, comerciantes, militares, etc.

- Los grupos sociales en América y en el Río de la Plata

Hernández Sánchez Barba, de quien somos tributarios en buena parte de este punto(1), divide la población hispanoamericana en grupos que prefiere denominar, acertadamente, “mentalidades”, para destacar las características de su actitud vital.

(1) J. Vicens Vives. “Historia de España y América” (1961), tomo IV, Barcelona; Mario Hernández Sánchez-Barba. “Historia de América”, capítulo: “La sociedad colonial americana en el siglo XVIII”. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Señala la existencia de una aristocracia indiana, formada por descendientes de los conquistadores, segundones de casas nobles, encomenderos, latifundistas y funcionarios, que aunaba buena parte de los núcleos más representativos de la población blanca, que aun en sus estratos inferiores se sentía aristocracia respecto de la población no blanca.

Este grupo aristocrático tuvo vigencia -principalmente- en las viejas Cortes virreinales -Lima y México- pero no logró arraigo en Buenos Aires, aunque tuvo cierta insinuación en las ciudades del Interior argentino.

Relieve continental y plena vigencia rioplatense tuvo en cambio la mentalidad criolla, hija de la coherencia social que resulta de su predominio numérico y de una progresiva sensación diferenciadora respecto del blanco europeo. Cuando esta mentalidad se perfile con claridad, estarán establecidas las bases de la inquietud revolucionaria.

La favoreció una legislación que subrayaba las diferencias entre españoles europeos y americanos; la lucha por los cargos civiles y eclesiásticos; la conciencia humanista desarrollada entre los criollos en las universidades; las actitudes de superioridad del español europeo y el desprecio intelectual con que le responderá el criollo.

Por ello se dijo sagazmente que el criollo era antihispánico -en orden a las querellas políticas y administrativas- y filohispánico en relación a la Corona.

La mentalidad colonial caracterizó al grupo reducido de españoles peninsulares que vinieron a América -según la óptica criolla- a hacer fortuna y no justicia. Dominantes en los cargos administrativos, subrayando sus privilegios reales o atribuidos, con una mentalidad formada en España, adoptaban en América una actitud de repliegue y defensa.

Este tipo de grupo social tuvo existencia en Buenos Aires, pero se vio muy neutralizado por lo que el historiador citado llama la mentalidad burguesa, característica de la periferia del continente y, por lo tanto de la ciudad-puerto de Buenos Aires.

Constituida por los grandes comerciantes, es una clase adinerada que encuentra en el Puerto la estructura económica adecuada para su desarrollo. Porque muchos de ellos eran españoles europeos o criollos de primera generación, esta mentalidad bloqueó y superó a veces a la mentalidad colonial.

Aparte de los diputados enviados a Cortes -cuando existía Consulado- tenían en el Cabildo una excelente representación.

La mentalidad eclesiástica constituía un grupo aparte que, aunque homogéneo en lo fundamental, presentaba en su seno divergencias notorias: entre los misioneros y los sacerdotes de curia, por ejemplo, y entre las diversas Ordenes religiosas, en particular en relación a los jesuitas, modeladores de la mentalidad americana, lo que se manifestó en el intento de arrebatarles la dirección de las misiones.

La separación entre criollos y europeos dejó también su huella en la vida eclesiástica y enfrentó a los clérigos en más de un problema temporal.

En los estratos inferiores de la vida social se encuentran los indígenas y los esclavos. Los primeros constituyeron, en cuanto incorporados a la vida occidental, un grupo pasivo, intensamente anulado por el proceso de aculturación y sin conciencia de clase.

Se le reconocieron derechos por una legislación proteccionista pero, en la práctica, no gozó de ellos y fue despojado paulatinamente de sus tierras. No tuvo, sin embargo, la situación degradante del negro. Ambos grupos fueron reducidos en el Río de la Plata y el Tucumán.

Los indios abundaron en el Paraguay y constituyeron la población básica de las misiones.

- Los grupos de poder

Si ahora examinamos los grupos sociales dominantes en el Río de la Plata, podemos señalar tres, siguiendo los pasos de Zorraquín Becú(2): los vecinos, los funcionarios y los sacerdotes.

(2) Ricardo Zorraquín Becú. “La Organización Política y la Condición Jurídica de los Grupos Sociales Superiores en la Argentina” (1961), en la “Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene”, Nro. 12, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Progresivamente -dice el citado historiador- la superioridad social dejó de depender del servicio al rey para ser reemplazada por la vecindad, que suponía domicilio, propiedad y familia.

Este grupo reunía lo que, en la clasificación de Vicens Vives, se denomina mentalidad criolla, burguesa y parte de la colonial. No era un grupo totalmente homogéneo, como los sucesos posteriores lo demostrarían.

Quedaban excluidos de él los sacerdotes, los funcionarios y militares llegados de otras partes, no afincados, los hijos de familia, los dependientes y todo aquél que no tuviera casa propia y familia.

Como sólo los vecinos podían ser regidores y alcaldes, el vecino era la base de la ciudad, desde la cual se podían intentar los diversos pasos hacia el predominio económico, político y social. De hecho, en él residía el poder económico y participaba parcialmente -con voluntad de acrecentar dicha participación- del poder político.

El clero constituía uno de los grupos sociales que, excluidos de la vecindad y sometidos a una serie de limitaciones en sus derechos civiles y políticos (no podían ejercer profesiones, intervenir en cuestiones políticas y negocios seculares, comprar tierras, etc.), tenía una posición dominante derivada de la participación de la Iglesia en el proceso colonizador y de la catolicidad de la sociedad americana.

A diferencia del clero español, carecía de riquezas y, tal vez por ello, representó mejor el poder moral del que extrajo una influencia notable que trasladó fundamentalmente al plano educacional.

También estaban excluidos los funcionarios civiles y militares venidos de España o de otras regiones de América, pues no tenían normalmente domicilio permanente, no podían adquirir tierras -salvo que fuesen naturales del país-, ni tener relaciones comerciales con los vecinos o casarse con mujer del lugar.

Constituían el poder político, que sólo compartían con la vecindad a través del Cabildo, o sea, en el modesto -aunque inmediato- orden municipal.

Esta constelación de poderes dirigía la vida colonial:

* al poder político le correspondía la dirección política, militar, judicial y financiera;
* el poder económico, integrado por comerciantes y hacendados y, en el Interior y en menor medida por los encomenderos subsistentes, reglaba la vida económica;
* el poder moral conducía la vida espiritual, cultural y la beneficencia.

Los tres grupos juntos eran los elementos activos y rectores de la sociedad colonial.

A partir de la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, con sus secuelas administrativas y los procesos militares y culturales que se producen desde entonces, el grupo de los funcionarios adquirió especial relevancia y se agregaron a la trilogía de poderes otros dos nuevos: el poder militar y el poder ideológico, que aflorarían con el advenimiento del siglo XIX.

- Buenos Aires

La población de las provincias -que pronto se reunirían en el nuevo virreinato- creció lentamente hasta mediados del siglo y, desde allí, adquirió un ritmo más ágil que, en el caso de la Ciudad de Buenos Aires alcanzó caracteres vertiginosos, como lo señala el escritor y alto funcionario, Alonso Carrió de la Vandera -cuyo seudónimo era “Concolorcorvo”- que estuvo en ella en 1749 y en 1772 y pudo apreciar la diferencia de su aspecto entre ambas fechas.

Otro testigo, Juan Francisco Aguirre, decía en 1782 que el crecimiento de la ciudad era tanto que “apenas era sombra ahora veinte años” y agregaba:

“Pero si alguno quiere convencerse por sí mismo de esta verdad, eche la vista al casco de la ciudad y notará que son nuevas, recientes, las primeras casas. A más que no hay anciano que no confiese la pobreza con que vestía y trataba en aquel tiempo.
“Pero qué digo anciano, no hay uno que no se asombre de la transformación de Buenos Aires casi de repente”(3).

(3) Juan Francisco Aguirre. “Diario”, en la “Revista de la Biblioteca Nacional”, tomo 17, p. 263, Buenos Aires. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Contribuía a este cambio el aumento de la inmigración española desde 1760. Las estimaciones de la población son otro índice de este desarrollo.

El Censo de 1770 da una población para la ciudad de 22.000 almas; Millau estima -dos años después- casi treinta mil o más y, Aguirre, a diez años de aquél, ya habla de treinta a cuarenta mil almas. Pero esta cifra sólo se alcanzaría en tiempos de la revolución.

Característica típica de Buenos Aires era que la cuarta parte de su población estaba formada por forasteros, según Millau, y que habiendo un gran desarrollo comercial, las grandes fortunas eran muy escasas.

Concolorcorvo sólo recuerda la del acoplador de cueros y hacendado Alzáibar, y Aguirre registra seis capitales de más de doscientos mil pesos, algunos regulares de ochenta a cien mil, “y los más que sólo giran con el crédito”.

En el último tercio del siglo el porteño abandonó la costumbre de trasladarse dentro de la ciudad a caballo y pasaron a recorrerla “hechos unos gentiles petimetres”, como dice un cronista.

La ciudad presentaba un aspecto agradable, muy andaluz, sin ostentación alguna, donde “no se ve lo magnífico pero tampoco lo miserable”, según apuntaba Aguirre.

Al borde de la época virreinal sólo quince carruajes existían en la ciudad y recorrían sus horrendas calles llenas de baches donde hasta una carreta podía volcar, donde se formaban pantanos intransitables en las lluvias y remolinos de polvo en épocas de sequía.

Edificada en ladrillos y adobe, con sus paredes blanqueadas, sólo las calles y las veredas con sus deficiencias afeaban la ciudad, así como los insectos que pululaban en aquéllas.

No vamos a describir el aspecto físico de la ciudad, harto conocido, con sus calles rectas, el Fuerte y la Plaza Mayor con su Cabildo, que pueden verse en grabados y reconstrucciones.

Recordemos simplemente que ésta es la época de la gran transformación edilicia del Buenos Aires colonial: en un plazo de cincuenta años se construyen el Cabildo, la Catedral, las Iglesias de La Merced, San Francisco, Santo Domingo, el Pilar, San Juan y Santa Catalina, así como la Casa de Ejercicios, todos monumentos arquitectónicos de estilo herreriano, con influencias barrocas en la decoración interior de algunos de ellos.

Buenos Aires empieza a sentirse una ciudad a la europea y adopta aires de capital aún antes de serlo.

La ciudad se extendió en quintas por sus alrededores, donde residían principalmente extranjeros y, más lejos, en las estancias, eran criollos los pobladores en su mayoría. De estos estancieros muy pocos residían en la ciudad, salvo que además se dedicaran al comercio, pues la riqueza pecuaria no alcanzaba aún para sostener dos casas.

Los viajeros insisten en señalar el parecido de la ciudad con las de Andalucía. Aguirre lo señala en el modo de adornar las casas y en las costumbres domésticas y alimenticias. Concolorcorvo lo destaca en las mujeres:

“Las mujeres de esta ciudad, y en mi concepto son las más pulidas de todas las americanas españolas y comparables a las sevillanas pues, aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con más pureza. He visto sarao en que asistieron ochenta, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española y sin embargo de que su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y demás del Perú, es muy agradable por su compostura y aliño”(4).

(4) Concolorcorvo. “Lazarillo de Ciegos Caminantes” (1942), p. 41, Buenos Aires. Ed Solar. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Señala uno de estos viajeros que hacia fin del siglo Buenos Aires tenía ya cafés, confiterías y posadas públicas y que no había casa de pro donde no existiese un clave o clavecín para amenizar las veladas; a ellas concurrían las damas enjoyadas con topacios, pues los diamantes eran escasos, por lo que se decía con gracejo que “el principal adorno de ellas era el de los caramelos”.

La campiña bonaerense estaba escasamente poblada. Luján tenía sesenta vecinos o familias; Arrecifes no pasaba de veinte casas; Pergamino, cuarenta familias; y los poblados del Sur eran mucho menores.

- Córdoba

La segunda ciudad de estas regiones era Córdoba -primera en el siglo anterior- y con 7.500 habitantes al crearse el virreinato.

Con una economía sólida, habían logrado sus vecinos una buena posición, evidenciada por la gran cantidad de familias que poseían numerosos esclavos y en el airoso vestir de sus hombres.

Aunque con pocas casas de altos, las existentes eran buenas y firmes y la ciudad se adornaba con excelentes templos, entre ellos la nueva Catedral.

- Santiago del Estero y Tucumán

Comparadas con Córdoba, las otras ciudades tucumanas sólo podían lucir su pobreza o pequeñez.

Santiago del Estero sólo podía envanecerse de su Catedral y del valor de sus habitantes. La ciudad había sido devastada por las inundaciones, perdida la sede capitalina en el orden civil y eclesiástico y sus vecinos ricos no pasaban de veinte, y sin que su riqueza fuese notable.

San Miguel del Tucumán se reducía -en 1772, según Concolorcorvo- a cinco cuadras por lado, no todo edificado; las iglesias eran pobres y los vecinos calificados apenas dos docenas y, en cuanto a riqueza “hay algunos caudalitos que con su frugalidad mantienen” y aún aumentaban con el comercio pecuario.

- Salta y Jujuy

No era mucho mayor Salta, pese a la fertilidad de su valle y a sus ferias comerciales. Bien edificada, con casas con altos que se alquilaban a los forasteros y calles que en tiempo de lluvia eran peores que las porteñas, tenía un activo comercio.

Jujuy tenía por entonces una extensión similar a la de San Miguel de Tucumán. Su edificación era baja y sin galas y sólo su contorno natural le daba lucimiento.

Entre estas ciudades existían estancias con abundante cría de bueyes y mulas por lo que -a diferencia de Buenos Aires- era mayor la población rural que la urbana.

La comunicación se hacía por caminos donde el único refugio eran las postas, pobres y precarias pero irreemplazables.

- Santa Fe y Ente Ríos

Por la misma época que examinamos, Santa Fe apenas tenía 1.400 babitantes. Más al Sur, Rosario y San Nicolás se desarrollaban convenientemente y, aunque sus plantas urbanas eran pequeñas, con sus alrededores y estancias totalizaban dos mil habitantes cada una.

En Entre Ríos la vida era aún predominantemente rural. Ni casa tenía el Cura en el villorrio de La Bajada del Paraná y las demás poblaciones esperaban el impulso creador del virrey Juan José de Vértiz y Salcedo que recogería las peticiones de los habitantes de la campaña.

- Montevideo

Pero río de por medio con Buenos Aires, la flamante Montevideo se desarrollaba vigorosamente. En los primeros años de la época virreinal ya totalizaba seis mil habitantes, reunidos en el extremo Este de la herradura de la bahía, mientras en el extremo contrario se alzaba el Fuerte.

La parte edificada estaba cerrada por una muralla. Las casas eran pequeñas y bajas, pero muchas de ellas construidas en piedra y se extendían hasta las barrancas por donde los habitantes resbalaban en los días lluviosos por el piso gredoso de las calzadas.

Ciudad muy reciente, con las imperfecciones de muchas improvisaciones, tenía un intenso movimiento marítimo y militar que le daba un tono particular.

Además, las excelentes condiciones del campo uruguayo hacían posibles muchos establecimientos rurales, por lo que buena parte de los pobladores tenían campos y casa en ellos donde pasaban los meses de verano, llevando en todo lo demás una vida y apariencia muy similares a las de Buenos Aires.

Sobre este conjunto de pequeñas ciudades, más Asunción, enclavada en el corazón del Paraguay y cada vez más aislada de sus hermanas, se estructuraba la vida virreinal de las que aquéllas eran el nervio y el pulso.

- Frontera Sur

En la frontera Sur la situación fue menos dramática pero distó de ser buena. Cuyo vio perturbado su desarrollo hacia el Sur por sucesivos malones a los que respondió con expediciones de represalia que llevaron las armas españolas en 1777 hasta el sur del río Neuquén.

Los fortines avanzados de San Carlos y San Rafael constituyeron el núcleo de futuras poblaciones.

Desde principios del 1700, las migraciones araucanas hacia las pampas situadas hacia el Nordeste de su hábitat, provocaron frecuentes avances de los indios sobre las poblaciones más alejadas de la región bonaerense y sobre las expediciones dedicadas a las vaquerías, ocasionando la suspensión de éstas y la consiguiente crisis económica.

La frontera estaba entonces totalmente abierta, sin que el río Salado fuera obstáculo para los indios, que conocían sus pasos, salvo en épocas de gran creciente. La única protección eran unas pobres patrullas de milicianos campesinos mal equipados para su difícil misión.

En los años siguientes se sucedieron los malones y las expediciones punitivas españolas, llegándose al punto máximo de las primeras en 1740 cuando el famoso cacique Cangapol, “el Bravo”, asoló los pagos de Arrecifes, Luján, Matanzas y Magdalena.

La condigna respuesta de los españoles convenció al jefe indio de las ventajas de la paz, firmándose en 1741 el primer Tratado de Paz entre pampas y españoles, que estableció por límite entre ambas naciones el río Salado.

Simultáneamente, los jesuitas establecían su primera reducción al Sur de este río, a pocos kilómetros de su desembocadura, a la que siguieron otras dos más al Sur, todas de corta duración.

Todavía el gobernador Ortiz de Rosas, inseguro de los efectos de la paz, aprobó la construcción de fortines a lo largo de la frontera, reductos miserables servidos por campesinos armados que, a los pocos años, desertaron por la rudeza de la tarea y la falta de todo estímulo.

Nuevos malones provocaron, en 1752, la reforma de las milicias, ahora a sueldo e instaladas en nuevos fortines, apenas menos miserables que los anteriores y que, señala el historiador Roberto Marfany, tenían más aspecto de corrales que de Fuertes.

Estos se fueron multiplicando lentamente, bordeando aproximadamente el río fronterizo, pero las autoridades españolas no se animaron a avanzarlos más al Sur.

Desde 1780 la frontera se mantuvo tranquila.

- Poblaciones

Todos estos hechos no impedían la expansión de las poblaciones y, en algunos casos, por el contrario, la estimularon. En 1725 algunos pobladores de Santa Fe, atemorizados por los ataques indígenas, cruzaron el Paraná estableciéndose en el lugar llamado La Bajada, originando el pueblo del mismo nombre, hoy Ciudad de Paraná.

Desde allí se expandieron hacia el Sur y por la costa del Uruguay inferior, y ya en la época virreinal se fundaron los pueblos de Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción.

En torno a Buenos Aires se formaron algunos poblados: Luján -centro ya de devoción religiosa- Merlo, Arrecifes, Pergamino, etc. En torno de los Fortines se fueron concentrando los pobladores formando pueblos nuevos. Así nació Chascomús, en 1781.

Otras poblaciones surgían en el resto del territorio. Bajo otro acicate, el de la amenaza portuguesa, nació en 1726 -por obra de Bruno Mauricio de Zavala- la Ciudad de Montevideo, elevada a cabeza de gobernación en 1750.

Las dos capitales del Río de la Plata habían nacido con siglo y medio de diferencia bajo el imperativo de consideraciones estratégicas.

Además de la población indígena que vivía fuera de las fronteras de la sociedad española y en frecuente choque con ésta, existían dos grandes núcleos de indios conviviendo pacíficamente dentro de las fronteras mencionadas.

La importancia de estos núcleos es muy desigual; uno estaba constituido por los indios encomendados, dispersos en todo el territorio y en franca disminución.

Constituían -en el último tercio del siglo XVII- alrededor de trece mil pero, al promediar el siglo siguiente, habían descendido a una tercera parte, si bien la escasez de estadísticas adecuadas impide establecer su número con exactitud.

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