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La lucha con Portugal

La permanente aspiración de Portugal a establecerse en la margen oriental del Río de la Plata y de avanzar sus fronteras hasta el río Uruguay, provocaron a lo largo de este siglo un enfrentamiento diplomático unas veces y militar otras entre España y Portugal.

Esta, con una política más coherente que su vecina, obtuvo ventajas durante casi todo el proceso pero, a partir del acceso al trono de Carlos III, España logra elaborar una política internacional clara que al fin dio sus frutos.

La paz de 1701 había devuelto a los portugueses la Colonia del Sacramento. Reanudadas las hostilidades y sitiada la plaza, Portugal la abandonó en 1705, pero nuevamente la Paz de Utrecht le impuso a España una nueva devolución de la Colonia.

Como el Tratado sólo establecía la devolución de la plaza, los españoles se propusieron desde el principio limitar la posesión de los portugueses al recinto fortificado, trabando su circulación por la campiña aledaña, con el objeto de evitar que, bajo el pretexto de su posesión de la plaza, se extendieran aquéllos por el resto de la Banda Oriental y luego pretextaran el dominio de la región fundados en la posesión efectiva.

Conforme a esta política, las autoridades de Buenos Aires procedieron a trabar la circulación de los portugueses por el campo uruguayo, establecieron puestos de observación y fundaron Montevideo como afirmación de su propiedad sobre el resto del territorio.

Como los portugueses insistieran en extender sus actividades, se estableció un formal bloqueo de la Colonia en 1736 para obligarlos a abandonar la plaza, a lo que los lusitanos respondieron avanzando más al Norte sobre los territorios españoles de Río Grande, para asegurarse una carta de cambio.

La política madrileña se mantuvo indecisa, por el temor de comprometer un conflicto general ante la protección inglesa a los intereses portugueses. Por fin, el Tratado de Permuta de 1750 zanjó la cuestión en los peores términos para España, que acabó entregando sus posesiones de Río Grande hasta el Ibicuy a cambio de la Fortaleza del Sacramento que había pretendido siempre como propia.

Este Tratado provocó el alzamiento guaranítico, pero la misma resistencia indígena y las opiniones adversas de los funcionarios españoles llevaron al convencimiento de que el Tratado había sido un inmenso error.

Repararlo no era cosa sencilla pero, desde que Carlos III subió al trono se propuso anular el Tratado como uno de los objetivos básicos de su política internacional.

En 1761 se dieron las condiciones internacionales para llevar a cabo el proyecto. Inmediatamente de decretada la anulación del Tratado, las fuerzas del Río de la Plata fueron puestas en armas y se sitió la Colonia, que capituló en Agosto de 1762.

Los pasos posteriores de este conflicto no pueden seguirse desde la estrecha óptica del enfrentamiento local de las dos potencias en América del Sur, sino que deben ser examinados dentro del juego político internacional de las dos Cortes y de sus aliados.

Mientras el gobernador Pedro de Cevallos ocupaba Río Grande, los desastres franceses llevaron a la Paz de París en 1763. Allí, una vez más, se pactó restituir a Portugal la Colonia del Sacramento, mientras Francia compensaba a su aliada cediéndole la Louisiana Occidental en América del Norte.

Pero como el Tratado sólo disponía devolver Colonia, las autoridades españolas juzgaron en su derecho retener Río Grande y Martín García, con lo que mejoraron sus perspectivas estratégicas para el futuro.

Carlos III comprendió claramente que las fuerzas de los Reinos borbónicos eran aún insuficientes para dominar a Inglaterra, de la que Portugal no era sino un aliado en relación de dependencia política y económica. También se dio cuenta de que España no podía descansar en el poderío francés, si no quería desempeñar a su respecto el mismo papel que Portugal con Inglaterra.

Decidido, como bien subraya Gil Munilla, a utilizar el Pacto de Familia en beneficio de España y no dejarse envolver en conflictos europeos de interés francés, Carlos III se dispuso a reformar las fuerzas armadas españolas y la economía del reino(1).

(1) Octavio Gil Munilla. “El Virreinato del Río de la Plata en la Política Internacional” (1949). Sevilla. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”.

Dentro de esta política internacional cabe situar la reforma del comercio marítimo español, con connotaciones puramente mercantiles. También desde 1763 a 1768 se lleva a cabo una intensa modificación militar conducente a dotar a España de un ejército y una marina competentes. Y también tratan el Rey católico y sus ministros de acercarse a Portugal alejándola de Inglaterra.

Sin embargo, la contumacia portuguesa condujo a la invasión de Río Grande en 1767 y a la de Chiquitos. Al mismo tiempo, los ingleses ocuparon las Islas Malvinas, amenazando las costas patagónicas y la comunicación hacia las posesiones de la costa del Pacífico a través del Estrecho de Magallanes.

Intentar expulsar a los portugueses en ese momento hubiera sido arriesgar una guerra con Inglaterra. La conciencia de la propia debilidad y la desconfianza de Francia en comprometerse en un conflicto a beneficio sólo de España, hicieron comprender a Madrid que era el caso de tascar el freno y esperar mejores momentos.

Estos llegaron en 1770 cuando, al arreciar los conflictos entre Inglaterra y sus colonias de Norteamérica, se mostró aquélla proclive a condescender con una España cada vez más fuerte y segura de los pasos que daba.

Las negociaciones con Gran Bretaña llegaron a buen término y en Enero de 1771 ésta aceptó la expulsión de los ingleses de las Islas Malvinas, si bien por una cláusula especial se resolvió que España devolvería Puerto Egmont hasta que se resolviera definitivamente sobre el dominio de las islas.

El incidente malvinense había demostrado a Madrid la fragilidad de la alianza francesa pero, a la vez, había despejado una de las preocupaciones del gabinete de Carlos III, que al ver normalizadas las relaciones con Gran Bretaña se dispuso a recuperar de los portugueses lo que había perdido durante la incierta situación de los años anteriores.

Gil Munilla ha demostrado que esta decisión se tomó durante el año 1773, año en el que España se lanza a una verdadera carrera armamentista y en el que se comienza a pensar en Madrid en la necesidad o conveniencia de crear una Audiencia en Buenos Aires y un Virreinato para el Río de la Plata, medidas ambas necesarias para dotar a la región de un Gobierno con capacidad ejecutiva adecuada a las circunstancias que exigían decisiones rápidas e incontrovertibles.

Institucional, política y estratégicamente, se estaba a las puertas de la gran decisión que significó la creación de dicho virreinato.

El gobernador Juan José de Vértiz y Salcedo recibió Instrucciones de reconquistar los territorios de Río Grande como paso previo a la eliminación de los portugueses de Colonia. La medida, además, podía ser disculpada por los avances últimos de estos en caso de fracasar o de provocar la reacción inglesa.

La campaña de Vértiz, cuyas condiciones de militar no rayaban a la misma altura que sus habilidades de gobernador, constituyó un fracaso harto sensible en un momento en que España trataba de impresionar a las demás potencias con su capacidad militar.

Los recursos humanos y financieros de que dispuso el gobernador fueron escasos y ello va en disculpa suya.

Tras un comienzo exitoso, debió enfrentar la reacción portuguesa y, ante un enemigo mucho más pródigo en recursos que él, optó por retirarse a sus bases.

- La situación internacional hacia 1775

La campaña provocó la airada protesta de Lisboa y convenció a los portugueses de la necesidad de armar sus posesiones brasileñas en una proporción nunca registrada en América del Sur.

Pero, en cambio, Gran Bretaña no hizo ningún gesto impresionante de apoyo a su aliada. Estaba demasiado preocupada por los incidentes en sus propias colonias americanas, que se sucedían desde 1770 en forma cada vez más alarmante y que habían llevado a los elementos radicales a dominar en los Gobiernos coloniales.

Era evidente que Carlos III había elegido bien el momento para actuar. En 1775 reforzó su alianza con Francia, tratando a la vez de ceñir el conflicto sólo a América. Las hostilidades entre los ingleses y sus colonos norteamericanos habían pasado del plano político al militar, lo que también favorecía sus planes.

En ese momento culminante, Portugal cometió uno de sus pocos y grandes errores en el orden internacional. Deseosa de eliminar la espina en su costado que representaba la presencia de los españoles en el puerto de Río Grande, procedió a atacarla a principios de 1776 y tomarla tras una encarnizada resistencia de dos meses.

Las potencias europeas trataron de mediar y este gesto obligó a Portugal a suspender las hostilidades, pero su imagen internacional se deterioró fundamentalmente.

Francia aprobó -a partir de entonces- una acción ofensiva española. Gran Bretaña, a su vez, encontró el pretexto necesario para replegarse sobre su problema colonial y dejar obrar a España, admitiendo que una eventual réplica española no sería sino una retribución a la agresión portuguesa.

Ante este panorama, Madrid decidió lanzar su expedición en Junio de 1776 y mientras se la programaba se conoció la Declaración de la Independencia de las colonias angloamericanas.

A partir de entonces, subraya el ya citado Gil Munilla, la preocupación de Carlos III fue finiquitar su asunto con Portugal antes de que Jorge III lo hiciera con sus colonos rebeldes.

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